Phan Anh NhungPatear el culo estadounidense alimenta el orgullo del pueblo vietnamita, que aún esta semana repartía medallas a los mártires. En la escala meritoria bélico-social, el sótano lo ocupan las semillas del enemigo, los bui doi o hijos de la basura, condenados por sus ojos azules, pelo ensortijado o piel oscura.

En 1969 coincidieron en Vietnam más de medio millón de soldados norteamericanos, con dólares frescos de cebo para las empobrecidas mujeres locales. Cuando el último de sus helicópteros partió en 1975 de Saigon (hoy Ho Chi Minh), atrás quedaban unos 50.000 hijos. Han superado la treintena y siguen atados a una vida miserable. En una sociedad tan tradicional, la ausencia de padre priva de estatus. Además, el mestizaje siempre ha sido oprobioso aquí: incluso las bellísimas hijas de la anterior ocupación francesa fueron despreciadas.

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China ha sacado la corneta tras un reportaje de la CBS sobre Guiyu, el mayor cementerio de ordenadores del mundo y probablemente la mayor calamidad medioambiental nacional, que no es poco.

Ha sido desde el diario China Daily. Los dirigentes de Guiyu aseguran que lo que se ve ni siquiera es Guiyu, sino Puning, otro vertedero electrónico. Es factible que no sea Guiyu: hace ya tiempo que los extranjeros sólo pueden entrar con un permiso especial. Los periodistas están muy mal vistos por la población, la voz de su presencia corre rápido y más de uno ha tenido que salir por piernas. Se hace difícil creer que una cámara de televisión pase desapercibida. La prensa escrita lo tiene más fácil, basta con fingir ser compradores potenciales.

Más miga tiene el fondo, un catálogo de negaciones y desmentidos. Prometen que las prácticas más aberrantes, como el uso de ácidos con las manos desnudas para extraer ínfimas cantidades de oro, están en desuso desde 2005. Bueno, en 2007 no lo estaban, así que no hay razón para pensar que lo estén hoy. Aún entonces la familia se juntaba para descuajaringar los ordenadores frente a la televisión, en el mismo salón.

Fue otro reportaje televisivo el que destapó Guiyu en 2000 y obligó a sus dirigentes  lavar su cara, al menos la mediática. Los avances son innegables, pero distan de los publicitados. Guiyu no tiene solución porque nadie la pretende: los dirigentes presentan balances económicos impecables a Pekín, los lugareños gestionan negocios de reciclaje que atraen a emigrantes de todo el país, y Occidente tiene otro vertedero donde, sobornos mediante, desembarazarse de su basura más contaminante.

Es probable que las televisiones tengan que filmar otras aberraciones medioambientales análogas a Guiyu pero que no son Guiyu. Pero eso no limpiará su aire ni sus ríos.   

Corea del Norte ha tardado más en conseguir una pizza margarita o unos spaguettis a la puttanesca decentes que un arsenal atómico. Después de más de una década de sinsabores y amarguras, Kim Jong Il cuenta ya con su primer restaurante italiano, abierto en Pyongyang.  El dictador de uno de los países más pobres del mundo y golpeado por frecuentes hambrunas sostiene que "el pueblo debe tener la posibilidad de probar los platos mundiales más famosos". Lo desveló Kim Sang Soon, jefe del restaurante, al diario Choson Sinbo, con base en Tokyo y habitual portavoz del régimen.

La crónica tiene un cariz triunfalista. El restaurante disfruta de llenos habituales desde su apertura en diciembre. "Sabía por la televisión que la pizza y la pasta son muy célebres, pero es la primera vez que los pruebo. Tienen un sabor único", declara Jung Un-Suk. El restaurante importa harina, trigo, mantequilla y queso de Italia.  Nueve de los 24 millones de norcoreanos han sufrido este invierno graves escaseces alimentarias, según el Programa de Alimentos de la ONU, pero el extenso cuerpo de funcionarios son bien tratados por el régimen.

La pizza era un viejo sueño de Kim. Ermanno Furlanis, un chef italiano, fue contratado en 1997 para aleccionar a sus colegas norcoreanos. Furlanis contó la historia años después. Pasó por rayos X, escáneres cerebrales, análisis de sangre y orina. Ya en Pyongyang, fue recluido en un palacio antes de ser trasladado a una base naval, sellada como un fortín, que haría las veces de taller culinario. Sus colegas lo apuntaban todo febrilmente, incluso le preguntaron por el número de aceitunas que requería cada pizza y la distancia exacta entre ellas.

El asunto debía de ser importante porque mereció la visita de Kim. "No estoy en posición de decir si realmente era él. Pero nuestro chef, que no tiene razones para mentir, se quedó varios minutos sin palabras. Dijo sentirse como si hubiera visto a Dios, y aún le envidio por esa experiencia", explica Furlanis.

La empresa fracasó. Según Kim, los esfuerzos durante una década de alcanzar la pizza perfecta no habían sido más que "pruebas y errores". Así que recientemente envió a sus cocineros a Roma y Nápoles a aprender sobre el terreno.

La apertura del restaurante apuntala la reputación de Kim de refinado gourmet. Kenji Fujimoto, su chef personal durante 13 años, desveló en un libro sus viajes en busca de caviar iraní, melones chinos, papaya tailandesa, cerveza checa o pescado japonés. Se sabe que le gusta la sopa de aleta de tiburón y sólo trasiega el cognac francés más selecto. En un viaje en su tren privado por Rusia se hacía abastecer de langostas vivas en cada parada. Sólo las mujeres pueden seleccionar uno a uno los granos de arroz más perfectos para él.  

En la caricatura de Kim tampoco suele faltar su ridículo tupé, las alzas en los zapatos y las adicciones al alcohol y al sexo. Poco más se sabe. Ese pueril retrato certifica el continuado fracaso de los servicios de espionaje estadounidense, surcoreano y japonés por adentrarse en el país más hermético del mundo. La muerte de Kim se habrá anunciado una veintena de veces en los últimos años, por ataques al corazón o cerebrales, atentados o accidentes de coche. Murió por última vez en agosto. Presidente de unos de los países más pobres del mundo, ha arrastrado a Estados Unidos a la mesa de negociaciones, imponiendo calendario y condiciones, mientras otros dirigentes del Eje del Mal ya han sido ejecutados. No está mal para el bufón del tupé.


Escuchaba a Zhong
y recordaba un reciente estudio sobre opinión global. Consiste en preguntar a gente de todo el mundo su opinión sobre países. China ha bajado: los que tienen una imagen negativa pasan del 33 % al 39 %. Repasemos lo más importante que ocurrió en China el año pasado: unos Juegos Olímpicos exitosos y un terremoto. Son reacciones elementales de la psique humana la empatía y la lástima por los que sufren, personas o países. Hasta los más furibundos antiamericanistas se tomaron un respiro tras los 3.000 muertos del 11-S. Los casi 100.000 chinos muertos en Sichuan son mucho sufrimiento.

Estados Unidos ha subido: los que lo ven de forma positiva pasan del 35 al 40 %. Lo más reseñable que hizo Estados Unidos el año pasado fue crear y extender globalmente la peor crisis económica del siglo. Desde los análisis más sesudos hasta la esclarecedora teoría ninja señalan a las celebérrimas hipotecas subprime como el germen. Les salió barato, parece.

Escuchaba a Zhong y me preguntaba en qué sótano de la opinión global estaría hoy China si la crisis fuera cosa suya, si los millones de parados en todo el mundo fueran cosa suya, hasta qué punto maldecirían a China y todas sus dinastías, qué límites habría alcanzado la sinofobia.

Los medios de comunicación occidentales forman la opinión global. No es caer en el antiamericanismo recordar que en Occidente sólo vive el 20 % de la población mundial. Huir del ombliguismo es difícil. Pero hay que intentarlo.

Parados, en el puente de Liu Li,Una furgoneta aminora el paso y una veintena de hombres se abalanza sujetando un papel sobre el que han escrito su especialidad: fontanero, pintor, paleta, o cualquier chapuza en general. Tres son elegidos a dedo y suben. El proceso es rápido y civilizado. El resto regresa a la partida de cartas o la tertulia en el puente de Liu Li, sobre uno de tantos cinturones de circunvalación de Pekín. La escena cada vez se repite con menos frecuencia. "Hace tres meses que no me sale nada", lamenta Zhong Dong Liang, mientras reparte cartas. 

Los casi 3.000 delegados chinos que estos días se reúnen en la Asamblea Nacional Popular tienen como prioridad encontrar soluciones al paro, un problema nuevo aquí. El tradicional modelo de fábrica del mundo, que empleaba a los emigrantes rurales en las ricas provincias costeras, se ha ido al traste por la crisis global. Más de 20 millones de emigrantes han perdido el empleo y han tenido volver a sus hogares. Ni siquiera es posible regresar a trabajar el campo, castigado por la peor sequía en medio siglo. Otros se han quedado.

 "Vine a Pekín hace cinco años y nunca faltó trabajo. Incluso podíamos elegir. Los meses previos a los Juegos Olímpicos fueron los mejores. El Gobierno nos pagaba 3.000 yuanes al mes por levantar la Villa. Pero después de los Juegos, todo se paró de pronto. Aquí nadie construye nada", dice Zhong, de 40 años y oriundo de la provincia de Shandong.

Hasta la semana pasada, la afluencia al puente era cada día mayor. Entonces la policía ordenó la disolución, en una de los habituales maquillajes previos a los grandes cónclaves políticos.  Zhong y compañía comparten la tipología del emigrante, ropas ocres y ajadas, ciudadanos de segunda en su propio país. Los más afortunados duermen en pensiones de medio pelo; el resto, en la estación de tren cercana.

A Zhong se le ve razonablemente tranquilo. Sus ahorros le permiten sobrevivir a dos años duros, calcula. Tampoco parece nervioso su compañero Han Zhen Shan, de 40 años. El cierre de la fábrica de componentes de televisores le dio una compensación de 20.000 yuanes, que aún estira. No tienen pensión de desempleo ni cobertura sanitaria, como ninguno de los compañeros del puente. Los chinos tienen una de las tasas de ahorro más altas del mundo, siempre pensando en los días difíciles. Ocurre que la remontada económica pasa por estimular el consumo interno, y eso choca contra una mentalidad milenaria. Mientras las coberturas sociales sean tan precarias, la misión es quimérica. "¿Cómo vamos a gastar los escasos yuanes que conseguimos? Hay que ser previsor, siempre me lo dijo mi madre", dice Zhong.

Preguntados por la crisis, sostienen que es un fenómeno global que el Gobierno chino se está esforzando en solucionar. Pekín aprobó en noviembre un paquete de estímulo de más de 400 mil millones de euros, aplaudido por expertos de todo el mundo. "En los últimos meses han dictado un montón de medidas. Por ejemplo, nos pagaron el viaje de tren en Año Nuevo para que visitáramos a nuestras familias. Hay que ser paciente", sostiene Han.

Algunas voces, siempre foráneas, anticipan un panorama de caos, revoluciones y caída del régimen si el paro continúa. Cualquier trabajo de campo desmiente un clima revolucionario, incluso entre los desheredados. La confianza de los chinos en la faceta económica de su Gobierno es monolítica, después de treinta años de milagro económico.

Puestos a buscar culpables, miran a Estados Unidos. "·Ellos empezaron la crisis. Tuvieron un problema, creo que con hipotecas. Se hizo grande y más grande y contagió a todo el mundo. Eso de la economía libre es una tontería. Si tienen un problema, el Gobierno no puede intervenir. El modelo chino es mejor. Si hay un problema, nuestro Gobierno lo arregla en un momento", juzga Han.

Coge un AK-47, hasta los niños africanos pueden usarlos", recomiendan. El AK-47 o kalashnikov, causante de 300.000 muertes anuales aún en los años 90, disfruta de un halo romántico. Simple, barato y resistente, ha sido empuñado por desheredados y guerrillas de liberación en medio mundo. No hay rastro de ese halo en esta angosta galería, húmeda y lóbrega en la canícula tropical, que amplía hasta la tortura el eco de los disparos.
Hay muchos más campos de tiro en el Sureste Asiático, pero pocos como este de Phnom Penh. De la pared cuelga una decena de rifles, a razón de 32 euros por 30 balas: los sobrios uzis rusos o los M16 americanos, perdedores frente a los kalashnikov en los barrizales vietnamitas. Para los más tímidos hay pistolas. El resto tiene ametralladoras M-60 americanas o K-57 rusas. Las granadas se pueden lanzar artesanalmente a un lago cercano, pero para alcanzar la alejada maleza es preceptivo un lanzagranadas M-79 (80 euros por disparo), capaz de derribar un pequeño edificio. Y uno no es un Rambo digno sin un bazuca B40 (160 euros).

El Comando 911 de Paracaidistas gestiona el negocio, a escasos metros de un campo de entrenamiento del Ejército camboyano. De ahí salen las armas. Las balas son el remanente del rico pasado bélico nacional. Los conductores de tuk tuk (carritos motorizados) ofrecen al viajero visitar el campo, a una hora de la capital. "En temporada baja viene una veintena de turistas al día. Los más apasionados son los ingleses, incluso más que los estadounidenses", cuenta el instructor, y señala a dos tipos orondos, rapados, tatuados y con la tez enrojecida por el sol en pleno ejercicio, rebozándose en tierra entre disparo y disparo. En la galería de tiro se desgañitan unos mochileros posadolescentes: "Tío, con el automático mola más, pero las balas se acaban en un momento".

El rey Norodom Sihanuk prohibió en el 2001 disparar a animales en los campos de tiro, haciendo ver que perjudicaba la imagen nacional y contradecía los postulados budistas. En la práctica, impuso discreción. Un empleado me señala unos patos que corretean entre unas bombas enormes con inscripciones como bienvenido o de nada. "Puedes dispararles por 15 euros. Por 280, te traemos una vaca. Sin problemas, tenemos un mercado cerca. Tú eliges el arma. Después, te lo llevas a casa y te lo comes", susurra, con la desconfianza ya vencida.

Uno de cada tres hogares camboyanos tenía un arma una década atrás. El país fue un arsenal de rifles estadounidenses, chinos y rusos, prueba del involuntario rol que este empobrecido y digno país jugó en la geopolítica del Sureste Asiático, y del que aún no ha cicatrizado. Pocos años atrás, uno podía llevarse por 24 euros del mercado ruso de Phnom Penh un AK-47 y una bolsa de marihuana de regalo. Los esfuerzos de Camboya por retirarlos han sido bastante eficaces. Desde 1999, centenares de miles de armas en poder de civiles han sido destruidas en público.
La venta de armas está prohibida, pero quien pretenda comprar una no tendrá problemas. Basta con preguntar a un conductor de tuk tuk. El precio de un AK-47 ronda ya los 80 euros, excesivos para la mayoría de camboyanos, muchos de ellos preocupados en la subsistencia diaria. Las armas han quedado en manos de la élite política y empresarial, impermeable a la ley.

Uno de los consejos más repetidos al turista es huir de cualquier local de moda tras la entrada de uno de sus hijos y de sus guardaespaldas de gatillo fácil. Cualquiera que haya vivido lo suficiente en la capital ha visto disparos en plena calle. Son especialmente revoltosos los sobrinos del eterno primer ministro, Hun Sen. Un juez anuló la condena a Hun Chea, envuelto en un tiroteo de sus guardaespaldas en la calle que acabó con muertos. Tampoco pisó la cárcel por circular por el centro de la capital a más de 100 kilómetros por hora con su Cadillac, atropellar mortalmente a un motorista y liarse a tiros con los congregados. Del resto de sobrinos también constan disparos, incluso contra la policía. "Si un niño rico tiene un problema, se va a estudiar un máster a EEUU", dice un camboyano.

Las armas son un doloroso recuerdo aquí. Los clientes del campo de tiro nunca son camboyanos. "No nos gustan, ya las hemos sufrido bastante. Esto es solo un trabajo", dice un empleado.

No parece fácil concentrarse en los pinceles cuando sabes que del lienzo depende tu vida y del patio llegan los alaridos de los torturados. Vann Nath lo hizo. Es uno de los siete únicos supervivientes de S-21, el principal campo de tortura jemer, de los 15.000 prisioneros que lo pisaron.

Lo cuenta hoy con su hilillo firme de voz. Cuando en febrero de 1978 le llamó a su despacho Duch, el infausto director del centro ahora juzgado, pensó que era el fin. Llevaba un mes en el centro y ya había sido azotado. Iba esposado pero con los ojos descubiertos y eso le dio una tibia esperanza: la venda era preceptiva. Duch le esperaba en el sofá. Ordenó que le quitaran las esposas y le aconsejó que no huyera. Estaba rodeado de guardia. Qué tontería, pensó. Duch le preguntó si sabía pintar. Había oído que era bueno.

Vann Nath es un artista autodidacta. Quedó deslumbrado con 10 años ante las pinturas budistas de una pagoda y su mensaje: "Si haces el bien, recibirás el bien". Copió el estilo y el fondo. Pobre de solemnidad, le abrieron las puertas de la escuela por su talento e tozudez. Perfeccionó la técnica. En poco tiempo se encargaba de anuncios comerciales de Coca Cola y de películas de estreno. Abrió una tienda de pintura que le permitió ganarse la vida con holgura. Suficiente para llegar a S-21.

"Sí, le respondí. Él me alargó una foto enorme de Pol Pot. Pero estoy demasiado débil, le dije. Me dijo que me daría tres días de descanso y comida. También me ordenó afeitar y ducharme. Apestaba". No volvió a la celda donde se hacinaba una cincuentena de prisioneros esperando turno para la tortura o ejecución. Durmió en una celda individual con colchón y los dos cuencos diarios con algunos granos de arroz se convirtieron en raciones sin límite.

Tres días después fue llevado a un despacho con vistas al patio que haría las veces de taller. "Sabía que no habría una segunda oportunidad. Estaba temblando y me llegaban muy claros los gritos de los torturados. Tardé una eternidad en coger el pincel. El guardia que siempre me vigilaba se estaba poniendo nervioso". Duch no le había impuesto un plazo, pero sí que saliera bien. A eso se agarró Vann. No sabía qué iban a hacer con él después, así que demoró la entrega cuanto pudo. "Un día más pintando era un día más con vida".

Una semana después entró Duch, tiró el cuadro a la basura sin apenas mirarlo y le ordenó que se olvidara de aquél y pintara un segundo. Una semana más con vida. "El segundo me quedó muchísimo mejor, pero no estaba seguro de si le gustaría. Entró al despacho, lo miró desde lejos y tras unos segundos soltó una carcajada. Y me asusté". Duch siempre le trató con educación y respeto. Las formas de aquel ex profesor de matemáticas eran linimento frente al salvajismo del resto de jemeres, jóvenes campesinos analfabetos entrenados para odiar. Años después sabría de su maldad, de que nunca mató con sus manos pero dictaba órdenes de ejecución sin tiento, de que dirigió la más perfecta maquinaria de matar.

"Este cuadro está bien, podemos usarlo", juzgó Duch frente al segundo. Después llegaron siete cuadros más, siempre copiando la misma foto de Pol Pot. Dos meses después le adjudicaron otro prisionero de ayudante y le permitieron dormir en el despacho. El equipo de artistas se amplió a cinco, entre pintores y escultores que calcaban febrilmente la efigie del responsable de su cautiverio. "Incluso nos permitían hablar, aunque sólo de nuestro trabajo. Uno me susurró que el pintor que me precedió fue devuelto a la celda común tras no superar la prueba y ejecutado rápidamente".

El ataque de los vietnamitas que liberarían Camboya de los jemeres puso fin al taller. Duch y los guardias huyeron llevándose a punta de pistola a los últimos trece prisioneros, los válidos: artistas, electricistas, carpinteros y mecánicos. El resto ya había sido trasladado a Choeung Ek, el vecino campo donde se mataba en masa. Una bomba cortó la fuga y Vann emergió entre una nube de polvo. Ni rastro de jemeres.

"Nunca supe para qué utilizaron esos cuadros. Vi uno años después, en el Museo -antes el S-21- . Estaba destrozado. Los visitantes le habían pegado patadas, apedreado y escupido. Me alegré". Vann siguió pintando tras ser liberado. Son cuadros con las escenas de torturas que vio desde su taller. Ha expuesto en medio mundo y ayudado a explicar el horror jemer. "Cada vez pinto menos porque estoy cansado. No es un problema de memoria. No he olvidado ni un solo detalle".

El inicio del juicio a los jemeres rojos trajo un eléctrico reencuentro de viejos conocidos. Francois Bizot trabajaba en la reconstrucción de Angkor en 1971 cuando fue capturado en la selva por las tropas de Pol Pot. Durante los tres meses en los que fue interrogado y castigado, desarrolló una especial relación con el camarada Duch, posterior director de S-21, principal centro de tortura jemer. Rodeado de adolescentes analfabetos, Duch pasó horas conversando con Bizot sobre sus desvaríos marxista-leninistas. Bizot fue el único extranjero al que Duch liberó. Mientras el público aún se sentaba ayer, Bizot se acercó al cristal blindado. Duch le reconoció en un par de segundos y le ofreció el saludo respetuoso camboyano, con las palmas de las manos juntas y la cabeza inclinada. Bizot le devolvió una mirada saturada de desprecio. "No sé por qué tiene tantas garantías procesales, él nunca dio ninguna a sus prisioneros", dijo después.

Fue más farragoso el resto de la jornada, en el primer juicio a la cúpula jemer por los crímenes de guerra y contra la humanidad cometidos entre 1975 y 1979 en Camboya. Duch apareció con camisa azul y se mostró pétreo. Él y los testigos no hablarán hasta dentro de tres semanas. Estos días se celebra la sesión procedimental. Su abogado, Francois Roux, recordó que lleva 10 años en prisión preventiva, cuando la ley camboyana solo permite tres.

Los abogados de los jemeres son los habituales de las causas perdidas. Roux defendió a Zacarias Moussaoui, un marroquí condenado a cadena perpetua en EEUU por el 11-S. Jacques Vergès, el abogado del diablo, ha representado a Carlos el Chacal y el nazi Klaus Barbie. Ambos son maestros en las técnicas dilatorias, especialmente enervantes en un juicio que llega 30 años tarde. Vergès declaró en noviembre al diario Der Spiegel que "un buen juicio es como una obra de Shakespeare, una pieza de arte". Roux protestó ayer por unos documentos que solo le fueron entregados en inglés y no en francés.

Una amalgama de víctimas, curiosos y periodistas ocuparon los 500 asientos en la audiencia pública. El ambiente era el de las citas históricas. "Es un día grande para Camboya. Hoy damos el primer paso para la reconciliación", aseguraba un periodista local. La formación del tribunal mixto ha sido una pesadilla desde que Camboya lo solicitó a la ONU en 1997. Primero fueron cuestiones técnicas, como el cuerpo legal aplicable o la proporción de jueces camboyanos e internacionales. Tampoco se prevén fluidas las deliberaciones entre los segundos, profesionales experimentados, y los primeros, de bagaje gaseoso. Se han publicado varios escándalos sobre sobornos que soltaron los magistrados locales para ser elegidos, práctica habitual en la justicia camboyana.

El mayor obstáculo, sin embargo, es la actitud poco decidida de Phnom Penh. Las demoras obedecen al propósito poco disimulado de que la muerte natural de los responsables solucione el problema. Pol Pot y Ta Mok ya han fallecido. Exceptuando a Duch, los acusados son octogenarios y tienen serios achaques. Su juicio empezaría en el 2010. La razón de las reticencias es doble: el asunto está aún demasiado a flor de piel, y hay exjemeres rojos en el Gobierno actual, empezando por el primer ministro, Hun Sen. Camboya obstaculizó la ampliación del número de imputados pretextando la reconciliación nacional.

Duch está acusado de las 15.000 muertes en S-21. Solo él ha reconocido su culpabilidad, pero aclara que las órdenes de "matar a todos los detenidos" llegaron de arriba. Los expertos jurídicos dan por hecha una larga condena. Con el resto será más difícil. El Centro de Documentación de Camboya será clave en el juicio. Es una oenegé que lleva 12 años acumulando evidencias contra los jemeres. Pero algunos analistas dudan de que todas esas atrocidades documentadas sean suficientes para demostrar que los acusados conocían las matanzas y que podrían haberse opuesto sin arriesgar su vida, requisitos necesarios para una condena. "Los jueces no deberían perder el tiempo en tratados de expertos, sino examinar los crímenes y escuchar a las víctimas que están deseando hablar. Y aunque alguno salga absuelto, ya habrá sido sentenciado por las víctimas: culpable", dijo a este diario Youk Chhang, director del centro.

No ha habido día más jubiloso en la capital de la milenaria Camboya que aquel 17 de abril de 1975. Las crónicas de la época hablan de una muchedumbre aclamando la entrada victoriosa en Phnom Penh de miles de soldados, adolescentes en su mayoría, vestidos de un riguroso negro matizado por un pañuelo colorado. Era el final del infierno, pensaron. El final de una guerra civil de cinco años que dejó un millón de muertos, del contumaz bombardeo estadounidense. Erraron: el infierno acababa de empezar. En los siguientes tres años, ocho meses y 21 días, unos dos millones de camboyanos, sobre un total de siete, murieron ejecutados, por hambre, agotamiento o enfermedades. Casi 30 años después, los jemeres rojos se sientan al fin en el banquillo.

Las sirenas sonaron pocas horas después de aquella entrada victoriosa, ordenando el inmediato desalojo de la ciudad. Partieron viejos y jóvenes, ricos y pordioseros, sanos y enfermos. Los incapaces de seguir el paso fueron tiroteados. Era el primer paso en el paraíso agrario, consistente en devolver al país a la edad de piedra. Quedó abolida la moneda, la religión y la familia. Todo pertenecía al Estado. Se fomentaba la delación y el asesinato entre familiares como muestra de obediencia. Fue el experimento de ingeniería social más extremo de la Historia, que dejó en pañales la Revolución Cultural maoísta de China.

Las heridas son evidentes hoy. Es difícil encontrar a alguien mayor de 40 años que no perdiera a varios familiares. Un estudio reciente revelaba que el 93% de los que vivieron en aquellos días se sienten víctimas, y que el 90% quieren ver a los jemeres condenados. Pero el mismo estudio indica que el 85% de los camboyanos ignoran o tienen escaso conocimiento del juicio. Es habitual en Asia que el día a día exija todas las energías y fuerce el olvido del pasado. El 80% de los nacidos después del régimen de Pol Pot ignoran sus crímenes.

La historia de Ing Mei es habitual. Su pecado fue ser hijo de un empresario. Perdió a su padre y dos hermanos pequeños en una cárcel. "Un guardia los cogió de las piernas y los tiró a la fosa común. Nos daban cada día dos cuencos de sopa con unos pocos granos de arroz. Nos comíamos las ranas y ratas vivas que cogíamos y chupábamos la sangre del suelo para que no nos descubrieran. A uno lo mataron por robar un plátano. Eran adictos a matar. Cuando se aburrían, venían a la celda y elegían a unos cuantos entre risas. El día perfecto era cuando se olvidaban de torturarte: lo dedicabas por completo a recoger mierdas de vaca con la mano", relata Mei.

Kaing Guek Eav, el camarada Duch, es el primer jemer que será juzgado por crímenes de guerra y contra la humanidad. Dirigió el S-21 o Tuol Sleng, el principal centro de tortura. Los supervivientes han confirmado a este diario que nunca mató con sus propias manos, pero que le costaba poquísimo ordenarlo a sus guardias. Es el único responsable jemer que ha reconocido su culpabilidad. Los otros cuatro que serán juzgados a continuación han negado que supieran de torturas y ejecuciones. Son Nuon Chea, mano derecha de Pol Pot, Ieng Sary, ministro de Asuntos Exteriores, su mujer y ministra de Asuntos Sociales, Ieng Thirit, y Khieu Samphan, presidente del régimen de Kampuchea Democrática.

La máxima pena aplicable es la cadena perpetua. Los acusados son en su mayoría octogenarios, así que no parece excesiva. "No, no es mucho, pero es lo máximo a lo que podemos aspirar. Quiero que los asesinos de mi familia mueran en la cárcel. Ya me deprimí cuando Pol Pot murió libre", dice Ing.

La locura de los jemeres rojos se suele explicar con cifras: dos millones de camboyanos muertos sobre una población total de siete, una proporción superior a uno de cada tres. Es un caso único en la Historia de autogenocidio, logrado en apenas cuatro años (1975-1979). También ayudan a comprenderla los gestos: convertir una escuela en el implacable campo de tortura S-21 certifica su desprecio a la enseñanza. La ejecución de esa demencial reforma agraria que acunó Pol Pot en la Sorbona de París requería de un Ejército de miles de jóvenes analfabetos y moldeables. Pero comprender lo que fueron aquellos cuatro años exige visitar esa escuela, hoy Museo de los Crímenes Genocidas, mirar las fotografías que los jemeres tomaban de sus prisioneros antes de ejecutarlos, ponerle cara a esas cifras.

El director de aquella escuela, Kan Kenglev, alias Duch, será juzgado este martes por un tribunal en Phnom Penh, capital de Camboya. El antiguo profesor de Matemáticas es el primer jemer que se sentará en un banquillo. La justicia llega tarde y mal: 30 vergonzosos años después de la invasión vietnamita que los devolvió a la jungla y apenas cinco encausados. Pol Pot y Ta Mok, alias el Carnicero, murieron en cama hace años. La tortura es evidente en muchos de los fotografiados. Unos miran sorprendidos: campesinos en su mayoría, era la primera vez que veían una cámara de fotos. En algunos aún se ve miedo; en otros, solo la calma tras la derrota asumida. El dedo de un guardia se cuela en algunos retratos apretando el esternón para forzarle una sonrisa a la víctima. Una bella mujer llora con su hijo en el regazo: esposa de un dirigente jemer caído en desgracia, sabe lo que sigue a la foto.

Los prisioneros sufrían un proceso de despersonalización. Carecían de nombre, solo eran números que les eran adjudicados a la entrada. A los que llegaban desnudos se les clavaba con un imperdible en la piel. También se les informaba del decálogo que regía en la prisión. El punto cinco les prohibía gritar cuando les aplicaran electrochoques. Pedir permiso era obligatorio incluso para mover una pierna entumecida. En cada aula se hacinaba una cincuentena de prisioneros, sujetados con grilletes y con la prohibición de hablar. Si uno sentía necesidades fisiológicas debían pasarle en cadena una lata de aceite que después recorría el sentido inverso.

Sí que podían escuchar los gritos de los torturados en el patio, donde unas barras paralelas de gimnasia servían de potro de tortura. Cuando el prisionero perdía el sentido, era reanimado hundiéndole la cabeza en un cubo con aguas fecales. Lo resumía un letrero: Si mueres, no perdemos nada. Si vives, no ganamos nada. "Lo peor era cuando se llevaban a uno para interrogarlo y regresaba horas después sin uñas. Ya sabías lo que te podía pasar a ti. Venían cinco veces al día. Estabas desquiciado todo el tiempo. Los peores eran los más jóvenes, algunos de 10 años. Les lavaban el cerebro, les entrenaban para la crueldad. Muchos disfrutaban". Lo cuenta Chom Mey, de 78 años, uno de los siete supervivientes de los 20.000 prisioneros que pisaron S-21. 

La finalidad de los interrogatorios era descubrir traidores a la patria. En la práctica, las respuestas importaban poco. Como confesó recientemente Duch, no había ninguna respuesta salvadora. Los prisioneros solían estar en el S-21 entre tres y seis meses. "Entré muy tranquilo al centro. Era inocente y pensaba que se aclararía rápidamente. Pero no me escuchaban", cuenta Chom. Resistió golpes en la espalda y la extracción de dos uñas, pero se rindió con los electrochoques. Como tantos otros, confesó ser un espía del KGB, la CIA y unas cuantas siglas más cuyo significado aún ignora hoy. Las tropas vietnamitas tomaron Phnom Penh cuando ya estaba preparado para el viaje.

El viaje era un trayecto en camioneta al cercano campo de Choeun Ek. Hoy también rinde homenaje a las víctimas de los jemeres rojos. El centro lo ocupa un mausoleo de 10 metros de altura. Tras sus cristales hay cientos de calaveras extraídas de las fosas comunes. Se abrieron 86 de las 129 que constan. Los grandes hoyos descubren su ubicación. Hay letreros informativos en cada una: 500 cadáveres, fosa de mujeres, fosa de niños, fosa de decapitados. Los presos eran alineados frente a ellas y muertos a golpes de bastón o cañas de bambú. Los más afortunados, con cuchillos o azadas. Se optaba por lo artesanal porque ahorraba balas. Un árbol robusto servía para destrozar las cabezas de los niños. De otro colgaban los altavoces que acallaban los gritos con música revolucionaria. 

Un hombre pasa el rastrillo por la maleza de una de las fosas. "Me ofrecí voluntario. Toda mi familia murió y cada día lo recuerdo, pero quería trabajar aquí", dice bajo un árbol a cuyo pie se apilan fémures. Al memorial de Choen Ek acuden al año 10.000 extranjeros y apenas 1.200 camboyanos. Como consecuencia de las purgas jemeres, la población camboyana es muy joven y apenas sabe de aquello por sus padres. No se enseña en las escuelas. El analfabetismo ronda el 70% de la población. Treinta años después de la barbarie, Camboya sigue teniendo un problema con la educación.

Sar y Meas"Sólo tenía huesos y estaba muy pálido. Parecía un viejo terminal. Iba en calzoncillos. Era el peor del lote, sin duda. Le odié", recuerda Meas. "Tenía un derrame en el ojo, pero no estaba mal del todo. Las otras aún eran más feas y sucias. Un diamante en bruto. Podría haber sido peor", ríe Sar, y le besa la mejilla. Media hora después de aquel primer encuentro, estaban casados.

Nada se respetaba en esos cuatro años (1975-1979) con que los jemeres rojos pretendieron devolver a Camboya a la edad de piedra. La moneda, la religión, las ciudades, la familia... todo fue abolido. También el amor. Una cuarta parte de los matrimonios en esa época fueron forzados por los jemeres rojos, a menudo en ceremonias multitudinarias y a dedo. Negarse era morir. Los métodos eran variados. Normalmente juntaban a centenares de hombres y mujeres, decían en alto un nombre común, pedían que levantaran las manos los que así se llamaran, y los emparejaban sin más. 

La historia de Sar y Meas es habitual. El padre y cinco hermanos de Sar habían muerto de hambre. Los bombardeos norteamericanos en su provincia le obligaron a huir a Phnom Penh, pero los jemeres le destinaron al norte. Decidió volver a su pueblo de Takeo, una provincia del este. Cuando fue capturado, sólo los contactos de su madre le salvaron la vida. A cambio, tendría que casarse. Había estudiado, y eso estaba muy mal visto. Ella había perdido a su padre y dos hermanos. Su padre había peleado con las tropas de Non Lon, derrotadas por Pol Pot. Eso aún estaba peor visto. Pero mintió: dijo ser mecánico de bicicletas, y eso salvó la vida de toda su familia. Ella también mintió; dijo ser analfabeta. La llamaron una mañana: por la tarde se casaría.

Aquel 16 de abril de 1976 hubo dos ceremonias. En la primera se casaron 63 parejas. En una fila, los jemeres: viejos, amputados, analfabetos, sordos o ciegos, ruinas físicas. En la otra, jóvenes bellas y cultas de la ciudad. Pol Pot mataba dos pájaros de un tiro: premiaba a los que habían combatido en la jungla y castigaba a la clase elitista. "Ellos no paraban de reír. Algunas de ellas se secaban las lágrimas disimuladamente. Si las hubieran visto, las hubieran matado", recuerda Sar. Ellas cogían un papel de una urna y leían en alto el nombre de su inmediato marido.  Después llegaba el sermón habitual: promesas de ser fieles a los jemeres y de aumentar la población de inmediato. En la noche de bodas era costumbre que un guardia paseara por las chozas, separadas por hojas de palmera, para fiscalizar su obediencia a Pol Pot.

Sar y Meas llegaron después. No hubo sorteo porque el partido ya los había asignado. Otro centenar de matrimonios se ventilaron en una hora. Frente al jemer adolescente que oficiaba la ceremonia, hubieron de cogerse la mano. "Nunca me la han dado tan flácida", recuerda Sar. Tras su regalo bodas (tres gramos de cerdo y tres cucharadas de arroz), enfilaron a su casa. Ella le llamaba "cariño" y ella contestaba con silencio y acelerando el paso. "Su madre me dijo que podía hacer con Meas lo que quisiera porque ya era su esposa, pero que fuera bueno y paciente. Después me largó un discurso aún más duro que el de los jemeres", recuerda Sar. Aquella noche no pasó nada. A la mañana siguiente un guardia les advirtió de que les matarían si repetían abstinencia.

El cuadro de la pérdida mutua de su virginidad incluía lagunas sobre los métodos de reproducción humana, el suelo grasiento de la cocina de una choza que la organización les había cedido y dos certezas: el guardia que les miraba entre los recovecos de la madera y la muerte si le decepcionaban. Los detalles sobre cómo fue pertenecen a la intimidad de Sar, Meas y este cronista. "Lo recordamos a menudo para reírnos", dicen.

Superaron la prueba y, para preservar su intimidad de la suegra, la organización les dio la choza de un matrimonio asesinado reticente a consumar. En el corazón de Sar ya alumbraba la llama del amor. Con mimos y paciencia, consiguió diez días después las primeras palabras de Meas: "No te amo. Que te jodan". Pero Sar es un hombre tenaz. Un año después tuvieron un hijo y la resistencia de Meas aflojó. Su amor es evidente hoy.

No hay estudios fiables sobre cuántos de aquellos matrimonios resisten. Muchos pidieron el divorcio tras la caída de los jemeres. Otros continuaron por diferentes razones: llegó el amor o se impuso el compromiso con los hijos gestados por obligación. Hay más: el futuro de una divorciada es sombrío en la tradicional moral camboyana, que exige su virginidad para casarse. Y los matrimonios arreglados por los padres son aún comunes aquí. Se habla del destino: el marido que te toca es el que el cielo dispuso, da igual que lo arreglaran a punta de pistola.

him huyLa choza de Him Huy está a hora y media de Phnom Penh, a través de una carretera estriada y polvorienta con casas de madera a sus márgenes y niños que juegan desnudos. En ese marco, la choza de Him destaca por abajo. Sus nueve hijos juegan entre gallinas. Son misérrimos. Su hija susurra que tienen un mal karma por lo que hizo su padre. Su padre fue verdugo a las órdenes de Duch en S-21, el principal centro de torturas jemer.
La historia de Him es común en las guerras civiles: le eligieron el bando. Fue reclutado cuando una guerrilla que luchaba contra el corrupto y pronorteamericano Gobierno de Nol Lon llegó a su pueblo. Him acudió a una batalla tras otra hasta que huyó. Lo encontraron y amenazaron con matarlo si reincidía. Acabada la guerra, Him era afortunado: estaba en el bando ganador. Pero su huida no se había olvidado.

"'Tienes un problema, lo verás cuando llegues al centro', me dijo un jemer. Al llegar a S-21 me dieron palizas durante tres días". Después le encargaron vigilar a presos. Al principio eran unos 50, pero en 1977 superaban ya los 600. El tránsito era febril: tras una media de tres a seis meses, eran llevados al campo de ejecución de Choeung Ek, dejando sitio a los próximos. Him era entonces conductor de los convoyes de la muerte: dos o tres a la semana, con una veintena de prisioneros. En Choeung Ek han sido desenterrados 9.000 cadáveres de 89 de las 121 fosas censadas. Un número indeterminado son obra de Him.

"Un día, Duch me preguntó que a cuántos era capaz de matar. 'A mil', contesté sin dudar. '¿Solo a mil?', dijo. Me cabreé mucho. 'No, mataré a más de mil', respondí. En el primer viaje tuve miedo, pero temía más a Duch". El equipo de ejecución lo formaban 10 personas, cada uno con su función: niños, mujeres u hombres. Los camiones salían a medianoche, después de informar a los prisioneros de que iban a ser liberados. "Les bajábamos del camión, les atábamos las manos a la espalda, les vendábamos los ojos y les arrodillábamos en paralelo a la fosa común. Muchos me imploraban que no les matara. Yo me colocaba detrás y les daba un golpe en el cuello con una azada. A veces eran necesarios dos. Un compañero les acababa de degollar con un cuchillo".

Del apenas metro y medio de Him destacan sus manos, gigantes, nervudas, con los dedos en espátula, castigadas por la tierra. Es el caldo de cultivo idóneo para una revolución contra las clases elitistas y opresoras urbanas: "Sí, claro que los odiaba, pero no quería matarles. Me obligaron. Era la única posibilidad de salir vivo. Nunca vacilé. No sé a cuántos maté. Son incontables. No podía mostrar signos de flaqueza. Los guardias nos denunciábamos unos a otros. Muchos fueron ejecutados. No hice ningún amigo allí".

hija Con los vietnamitas cerca, Him se enteró de que Duch había matado a varios verdugos. Pensó que quería eliminar testigos y huyó a su pueblo: "Al principio temía venganzas, porque muchas veces vinimos a buscar a prisioneros aquí. Pero nadie me ha dicho nunca nada"

Ha anochecido y mosquitos enormes nos castigan, pero Him no parece darse cuenta. Hablamos en una llanura apartada tras cruzar un río en barca, buscando donde Him pueda hablar libremente: "Mi familia lo sabe, pero nunca hablamos de eso. Tardé muchos años en desvelárselo a mi mujer. No dijo nada. No sé si comprendió mis razones. Mi hijos tampoco preguntan".

Solo la cúpula de los jemeres será juzgada, no los cargos intermedios ni guardias. Se entiende que solo cumplían órdenes. Algunas víctimas han descrito torturas más crueles de lo aceptable, ensañamientos injustificables, ejecuciones entre risas. No es raro: un giro histórico inesperado da a los campesinos un poder nuevo, ilimitado, que digieren mal y usan sin mesura para rendir cuentas pasadas. Him dice ser tan víctima como los miles que degolló.

"Duch me obligó a matar. Hice cosas que no podré olvidar en mi vida. Aún recuerdo el olor a sangre después de las matanzas. Que le condenen. No lo haría de nuevo, preferiría que me mataran. Me ha arruinado el karma. Desde entonces me esfuerzo en mejorarlo con buenas obras".

Him simboliza las dificultades de la reconciliación de la sociedad camboyana. ¿Fue una víctima o un verdugo? ¿Esos campesinos desheredados y analfabetos merecen lástima o repudio? ¿Fue inducida su violencia? Si Him no hubiera matado a miles, sus nueve hijos no existirían. Al despedirme, Him insiste en que contrate a su hijo para conducirme a la ciudad. Cuando me niego, sugiere a mi intérprete que me amenace, con violencia si es necesario, para convencerme.

Parece que algo se mueve en China. El primer ministro, Wen Jiabao, ha urgido a la Universidad de Cambridge a perdonar al estudiante que le lanzó un zapato la semana pasada. La reacción de Wen es beatífica, según la ha trasladado el embajador chino en Inglaterra: "La educación es la mejor ayuda para un joven. Espero que la Universidad le dé otra oportunidad para seguir sus estudios. Como decimos en China, es mejor darle a un joven la oportunidad para que corrija errores que todo el oro del mundo". El estudiante, alemán de 27 años, le había llamado "dictador" y se enfrenta a una pena de hasta seis meses de cárcel y el pago de 5.000 libras.

Dejé dicho que un buen relaciones públicas, incluso uno mediocre, le ahorraría a China la mitad de sus problemas de imagen. Sus errores gruesos son continuos. Ocurre que China ha evolucionado mucho en amplias materias y nada en política de comunicación.

El conflicto del año pasado en Tíbet sirve de corolario. Aún en lo más crudo, el Dalai Lama perseveraba en su discurso pacifista y mano tendida, mientras China le daba el micrófono a sus líderes en la región, tipos asilvestrados y anclados en la Revolución Cultural, que llamaban "chacal" al Dalai Lama y pedían su destrucción. Así no se va a ningún lado en el terreno de las simpatías globales. En el pecado llevó la penitencia: aquel conflicto acabó siendo presentado como "la represión violenta a la revuelta tibetana", con el calificativo anclado firmemente a la represión y liberado de la revuelta. Los turistas y los dos únicos periodistas occidentales que estaban en Lasa no lo contaron así.

China ha contemporizado en el asunto del zapatazo. El ministro de Exteriores apenas lo llamó "despreciable". Dos días después, la televisión pública lo mostraba sin censura ni comentarios que pudieran enaltecer a las masas. Ha habido algo de ruido en internet, me atrevo a pensar que más por haber sido atacado Wen Jiabao que China. Llamado cariñosamente "abuelo Wen", el primer ministro es el político más sinceramente querido aquí. Alejado del gesto adusto al uso en la alta política china, se le ve a menudo rodeado de mineros o agricultores, y la foto no chirría. Su gestión tras el terremoto lo elevó a los altares.

El perdón de Wen a su agresor es un gesto pequeño, de cara a la galería, claramente político, sin relevancia práctica: no es factible que Wen pueda influir en las autoridades universitarias inglesas y menos aún en la justicia. Tampoco es baladí que llegara después de las disculpas del estudiante. Pero es relevante porque muestra la intención de recuperar el enorme retraso que lleva China en la carrera por la imagen global.     

La política también son gestos, y el de Ma Ying-Jeou no fue menor. El presidente taiwanés, poco después de ser elegido en marzo pasado, desatascó un problema sólo en apariencia trivial: la llegada de pandas a la isla. Pekín ya se los había ofrecido cuatro años antes en gesto de buena voluntad, como es costumbre diplomática. Los pandas son fósiles vivientes, rarezas que cualquier zoo envidiaría, animales decidamente simpáticos, pero fueron rechazados. La razón es que los pandas se llamaban Tuan Tuan y Yuan Yuan, que conjuntamente significan Reunificación. Taipei no le vio entonces la gracia.

Los pandas debutaron al fin la semana pasada en un zoo taiwanés con parafernalia de estrellas pop: gorras, bolsas, bolígrafos, globos, muñecos y llaveros. Más de 20.000 personas pasaron a ver como la pareja de pandas (un macho y una hembra de 106 kilos por cabeza), nacidos en la provincia central de Sichuan, devoraban bambú y dormían, actividades que ocupan la mayor parte del día de esta especie perezosa y en peligro de extinción. La lluvia y el frío deslució parcialmente el estreno y redujo el número de visitas previstas. Los vendedores también acusaron a la crisis de que las ventas de recuerdos no fuera más alta. Pero el clima, a pesar de ello, fue festivo y triunfal. "Es un honor para Taiwan acoger a los pandas, ya que sólo hay 1.600 en todo el mundo", resumió Ma, en su paseo por el zoo. En la China continental, Pekín subrayó el carácter histórico del día con un amplísimo despliegue mediático de la televisión pública que incluyó extensas informaciones, conexiones en directo desde el zoo y entrevistas a los miles de visitantes.

Los pandas no sólo tienen fans. Algunos sectores independentistas de la isla los ven como un regalo envenenado, un atentado a la soberanía, un remedo de Caballos de troya con los que Pekín intenta avanzar en la unificación de la isla.

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CCTVEl estadio y la piscina olímpicos, la terminal 3 del Aeropuerto Internacional de Pekín de Norman Foster, el Teatro Nacional de Paul Andreu, la sede de la CCTV de Rem Koolhaas. Algunos discuten que China atraiga a los mejores arquitectos del mundo con maneras de nuevo rico, con cheques en blanco y escasas limitaciones presupuestarias y artísticas. Lo que no se discute es el resultado: Pekín concentra hoy la más audaz y vanguardista arquitectura del mundo.

Ese rol escuece en Shanghái. Con Pekín mantiene una rivalidad preñada de estereotipos y parecida a la de Barcelona y Madrid. Simplificando mucho, los shanghaineses ven a los pequineses escasos de clase y estilo, algo paletos, mientras aquellos serían pijos presuntuosos y obsesionados por el dinero según estos. La rivalidad arquitectónica lleva a Shanghái a levantar rascacielos cada vez más altos en Pudong, cuyo skyline cambia a ojos vista. Simplificando mucho, Pekín construye para la Historia y Shanghái para el Guiness.

La solemnidad de las construcciones pequinesas claudica ante la invencible facilidad de la ciudadanía para imponer etiquetas espontáneas y evocadoras. Confucio ya aconsejó la rectificación de nombres. Es decir, rechazar la pompa y llamar a las cosas como son. Los chinos añaden hoy un sano humor. Algunos nombres son inofensivos, como el Nido de Pájaro del Estadio Olímpico. Otros no. El Teatro Nacional, una espectacular estructura ovalada que parece flotar sobre una piscina, simula según su autor una perla emergiendo del mar. Para los chinos era un huevo, y así se conoce. Un huevo en China no es bueno. Acostumbra a acompañar insultos: huevo podrido (huai dan) o huevo estúpido (ben dan).

No hay obra más epatante que la torre de la CCTV, la televisión pública. El periodista asume con ella la derrota de lo inefable. Mientras la iban levantando, uno esperaba un giro final que permitiera entenderla. Ya finalizada y alzada sobre sus imponentes 230 metros, el misterio permanece. Se la ha descrito como un rascacielos "en forma de puerta doblada e inclinada", en forma de "tres L entrelazadas" e infinidad de fórmulas más esforzadas e igualmente inútiles. Para los chinos son unos "grandes calzones", y así amenaza con conocerse. La torre se asemeja a un hombre en cuclillas, la postura obligada en los lavabos públicos chinos sin taza. No hay mejor forma de entenderla. 

Los "grandes calzones" no son aún tan famosos como el Nido de Pájaro o el Huevo. Quizá aún haya tiempo. El nombre oficial se elegirá en breve, así que la CCTV ha emprendido urgentes campañas en internet y entre sus empleados para dar con un nombre. Uno de los más célebres es zhichuang o Ventana de Conocimiento, apuntalado por tres razones de peso: la television pública es una metáfora evidente de ventana que emana información hacia el mundo entero, el polígono central de la estructura se asemeja a una ventana, y la otra acepción de Zhichuang es hemorroides. La propuesta vino de un diario de Shanghái.  

Y así, la estructura más soberbia de la actualidad oscila entre las hemorroides o los grandes calzones.

ZhangLos escándalos fotográficos llevan camino de asociarse a la celebración del Año Nuevo Chino tan férreamente como los jiaozi (empanadillas) de la suerte o los petardos que ahuyentan los malos espíritus. La víctima esta vez es la celebérrima actriz Zhang Ziyi, cazada en topless con su prometido en una playa caribeña. Las fotos llegan en lo más crudo de la enésima cruzada en internet, que ha cerrado en menos de un mes 1.507 web por contenidos "pornográficos y vulgares" y practicado 41 detenciones.

Un triunfante anuncio de la agencia de noticias estatal aseguraba que "la policía moral de internet no descansa ni siquiera durante el Festival de Primavera -la semana festiva que sigue al Año Nuevo-". Pero la masiva circulación de las fotos de Zhang revela que la censura china en internet, publicitada como inexpugnable, es un queso de gruyere. La gran muralla cibernética y los miles de ciberpolicías son presa fácil de los internautas chinos. El portal chino que colgó las fotos fue clausurado después de recibir decenas de millones de descargas en tres días, pero hay pocos chinos que no las hayan visto ya. El año pasado se aumentó la dotación de ciberpolicías para frenar el trasiego de cientos de fotos pornográficas de buena parte del star system de Hong Kong. Pocos días después, vendedores callejeros ofrecían la colección completa.

Es difícil superar aquel escándalo, originado después de que el cantante Edison Chen llevara a reparar su portátil y centenares de fotos fueron reveladas. Eran primerísimos planos de las cabezas de varias actrices y cantantes tozudamente incrustadas entre las rodillas de Edison, reputado donjuán.  Aquellas fotos arruinaron carreras  y matrimonios y sumieron en un estado de psicosis a las famosas hongkonesas, pendientes de quién sería la próxima. A su lado, Zhang y el multimillonario israelí Vivi Nevo, parecen seminaristas. Nevo apenas besuquea el trasero de Zhang y juguetea con el elástico de su bikini.

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Wen JiabaoLa lectura de la prensa hoy descorazona. En el diario Abc hablan de Wen Yiabao. En la crónica de La Vanguardia (para suscriptores), de Wen Jibao. Ambos textos reinciden varias veces en la errata, lo que descarta la equivocación involuntaria. No son los corresponsales en China, sino los enviados especiales al Foro de Davos. El de Abc es Ramiro Villapadierna, reputado periodista y políglota. El de La Vanguardia es Andy Robinson, una de las voces más aconsejables para entender Estados Unidos. Y sin embargo, no aciertan a escribir correctamente el nombre del primer ministro chino. Es Wen Jiabao. Traten de imaginar a un periodista de Internacional escribiendo Ovama o Merquel. El efecto para su carrera. La rechifla de los lectores. Las cartas al director. Pero no es Estados Unidos ni Alemania, es China.

En mi crónica sobre la inauguración olímpica defendía que los Juegos medían más al mundo que a China. China ocupa un puesto central en el mundo, y el resto va a tener que acostumbrarse. Urge superar prejuicios, y eso empieza por conocerla. El auge chino no ha venido acompañado de un mayor conocimiento global. China fue culpable de esa ignorancia durante las décadas de su reclusión voluntaria, pero nadie tiene excusa en 2009. Hablaba entonces del mundo porque el fenómeno es generalizado, pero en ningún país es tan acusado como en España. No se va más allá del tópico, y no es raro escuchar de los chinos que comen perro, empequeñecen los pies a sus mujeres y visten como Fu Manchú. España sigue viviendo de espaldas a China, sin enterarse. Como corresponsal que intenta explicar China, estoy abonado a la frustración.

No hace tanto tiempo, en la prensa española aún se citaba a los chinos por el nombre y no por el apellido, ignorando que el orden es el opuesto. Algo hemos ganado. Pero si dos prestigiosos periodistas de dos prestigiosas secciones de internacional de dos prestigiosos diarios españoles aún no escriben correctamente el nombre del primer ministro chino, ¿qué podemos esperar del resto?  

En 1978 empezó la mayor transformación económica y social de la humanidad: nunca tanta gente ha mejorado tanto en tan poco tiempo. Aquel país apolillado y sin ventilar es clave hoy en la resolución de cualquier conflicto geopolítico, requerido cuando azota la crisis global y ocupará  la cima mundial en dos décadas. Aquellos ubicuos vestidos Mao y cortes de pelo a cepillo han sido sustituidos por la moda más colorista. Las colas en las tiendas de racionamiento se repiten hoy en las oficinas de Bolsa. Los matrimonios no son concertados por los padres ni supervisados por la Unidad de Trabajo, que tampoco impone la profesión ni la vivienda.

Muerto Mao dos años antes y desactivado el radical Grupo de los Cuatro, Deng Xiaoping supo que debía desnudar a China de sus pesados ropajes ideológicos. Más arroz y menos dogmas, fue el mensaje. El socialismo con características chinas, feliz eufemismo del arquitecto de las reformas, es un cesto en el que cabe todo, siempre que funcione. Aunque China sigue siendo nominalmente comunista, su deriva es inequívoca: la bolsa de Shanghái abría en 1990, el Partido Comunista aceptaba a empresarios en 2002, una enmienda constitucional reconocía la propiedad privada en 2004 y los agricultores pueden arrendar e hipotecar sus tierras desde este año.

El pacto secreto que 18 agricultores firmaron con sangre hace 30 años en Xiaogang (Anhui) se conserva en una urna como un tesoro nacional. Cansados del hambre causada por las improductivas comunas, acordaron repartirse las tierras y vender el excedente de las cuotas obligatorias. En la vecina provincia de Zhejiang, los campesinos abrían negocios privados con las prohibidas redes de préstamo locales y los disfrazaban de filiales de compañías estatales. En otros tiempos, delitos tan capitalistas les habrían causado problemas muy serios. Pero funcionó, Pekín los elevó a ejemplo y extrapoló el sistema a escala nacional. Cualquier gato que cace ratones sirve, aclaró Deng. Tras décadas de ideología delirante, Pekín instauró el pragmatismo y se aprovechó de la ancestral habilidad de sus ciudadanos para medrar con los corsés legales más apretados.

Sin precedentes mundiales de tránsito de una economía de mercado a capitalista, Pekín hubo de descubrir su camino. Lo hizo con modestia, con el método de prueba-error: era habitual aplicar las nuevas medidas a zonas o sectores específicos para calcular su eficacia y corregir errores. A principios de los 80 convirtió a pueblos de pescadores en Zonas Económicas Especiales, burbujas ultracapitalistas con exenciones fiscales y abundancia de inversión extranjera. Shenzhen, la primera, es hoy la ciudad más moderna y epatante de China.

Es globalmente ignorada la eficacia del Gobierno chino, eclipsada por su política de derechos humanos. Los mejores cerebros se encierran durante semanas y discuten hasta acordar los pasos a seguir. No es casual, pues, que la renta per cápita se haya multiplicado por 15 (de 190 dólares a 2.350), que China encadene tres décadas con crecimientos económicos del 10%, que haya sacado a 500 millones de personas de la pobreza (nunca se ha luchado tan eficazmente contra el hambre como aquí, ha reconocido la ONU) o que, en un contexto de crisis global, China parezca el país más a salvo.

Los que sostienen que el éxito era fácil porque se partía de muy abajo tienen un problema con Rusia. Con población y pobreza comparables, su tránsito de economía planificada a economía de mercado acabó con el saqueo del país y su descomposición natural. China desoyó las recetas liberales que aplicó Rusia y sigue con su proceso gradual, controlado. Desde Occidente se lleva anunciando el inminente colapso de la fórmula china -abrir la mano económica y mantener cerrada la política- desde hace 30 años, pero nunca el Partido Comunista ha tenido un mayor respaldo popular que hoy. Aquella clase media, llamada a exigir más democracia cuando cubriera sus necesidades básicas, ha resultado ser apolítica y la más defensora del status quo.

El reto inmediato es sustituir el "cuenco metálico de arroz" maoísta por un sistema de cobertura social y sanitaria en las clases más bajas y desfavorecidas por la apertura. China no es sólo el país que más ha cambiado en los últimos 30 años, también será el que más cambiará en los próximos 30. La crisis global es una piedra imprevista en un camino irreversible. No es probable que la policía vuelva hoy a las calles para reprimir la moda a tijeretazos.

 

yuebin¿Un visionario? ¿Un revolucionario de las perolas? ¿Un ariete de la reforma? A Guo Peiji, 78 años, le incomoda y supera la política. "No, no, no. Yo sólo soy cocinero", ríe mostrando la dentadura arruinada del campesinado. Viste como muchos de los que salen en las fotografías sepia que muestra de su pequeño restaurante y suma las cuentas con un ábaco -también le superan las calculadoras, aclara-. Pero Guo es, posiblemente, el primer capitalista chino.

La historia moderna china es rica en gente anónima como Guo, humilde e iletrada en muchos casos y siempre con el hambre y el dolor esculpidos en el rostro, más movidos por la necesidad que por la ilusión, que con un fogonazo de inspiración y toneladas de tesón empujaron a China por un camino ignoto. "Deng Xiaoping me hizo rico", cuenta. 

Guo y su mujer, Liu Guixian, abrieron el primer restaurante privado chino 30 años atrás. Sus cinco hijos pasaban hambre y ellos sólo sabían cocinar -Liu había servido a un alto militar; Guo, en el Hotel Pekín, donde se alojaban los mandatarios chinos e internacionales-. El fogonazo llegó al escuchar en la radio que un hombre vendía baozi (empanadillas) en la calle en el norte del país. China acababa de anunciar la apertura, un asunto nebuloso que nadie sabía en qué consistía ni cuánto duraría. Durante el maoísmo, China había encadenado épocas de cierta relajación con campañas radicales que servían  para purgar a los que se habían relajado durante las primeras. La prudencia era un bien ligado a la supervivencia.

Pero Liu, sin siquiera una bicicleta, hubo de andar las dos horas que le separaban de la Oficina del Distrito a por su permiso de apertura. Se la informó de que no había antecedentes ni formularios. Regresó al día siguiente con recortes de prensa que anunciaban la reforma, y siguió haciéndolo durante un mes sin fallo, primero recibida con simpatía y después con hastío y rudeza. La hacían sentar y allí pasaba las horas, esperando en vano. Consiguió su permiso después de que un diario pequinés publicara su historia y convirtiera a Liu en un ejemplo de los nuevos tiempos.

Con un crédito de 500 yuanes (10 yuanes equivalen a un euro) compraron cuatro mesas y algunas ollas y se enfrentaron al siguiente problema: la comida se racionaba con cupones que ellos no tenían. La única solución eran los mercados de agricultores de Hebei y Tianjin, a horas de distancia en autobús. Con los 36 yuanes que le sobraron del crédito, Liu sólo pudo comprar unas verduras y cuatro patos, que hubo de estirar hasta lo milagroso para alimentar a las decenas de clientes que doblaban la esquina el día de la inauguración: pato picante, pato crujiente, pato ahumado... El éxito fue inmediato. Sólo podían servir a 12 personas por día y las reservas se apuntaban a dos meses vista. Ofrecía tres platos (carne, verdura y arroz) por un solo yuan. Se juntaba la gente humilde del barrio con altos políticos y personal de las embajadas.

"Claro que estaba asustado de que regresara la Revolución Cultural, todos los estábamos. Muchos nos insultaban a nuestras espaldas, nos llamaban capitalistas, traidores", recuerda Guo. Acusaciones así, incluso rumores, aseguraban un dura e inmediato castigo sólo un lustro antes. Pero ese año visitaron el restaurante los vicepresidentes Yao Yilin y Chen Muhua y les animaron a seguir así. "Los mismos que nos habían insultado abrieron restaurantes aquí al lado. Las críticas desaparecieron inmediatamente y nunca más volvieron".

El matrimonio compró un segundo restaurante a una cincuentena de metros. Las cosas iban bien y abrieron una fábrica de muebles. Su quiebra se tragó todos sus ahorros: seis millones de yuanes. Con la púrpura del pionero y probado el éxito y el fracaso, los consejos para empresarios de Guo valen oro: "Haz sólo lo que sabes hacer. Somos cocineros y nunca debimos salir de los restaurantes". Conservan los dos, Yuebin (Comensal feliz) y Yuexian (Inmortalidad feliz), con la misma cocina sencilla y honesta. La mayoría de clientes son de Dongcheng, un barrio tradicional de casas bajas en el corazón de la capital.

Las jornadas laborales de 16 horas durante décadas, maldurmiendo en una buhardilla sobre el restaurante, han vapuleado la salud de ambos. Ya no cocinan, pero cada dos días se acercan a supervisar sus restaurantes. No es fácil entrevistar a Guo, es necesario perseguirle en su nervioso tránsito de un local a otro. "No echo de menos el pasado, no tengo tiempo de pensar, sólo de trabajar. Nunca he pensado en jubilarme".  La reforma se cocinó en sus fogones, con una inversión de 36 yuanes, cuatro mesas y un esfuerzo indesmayable.

China ha dicho basta a su fútbol. No por la torpeza de sus futbolistas, que deprime a un país entregado al deporte rey. Le mueve un fin superior: la educación de su juventud. Los escándalos que rodean su liga nacional han empujado a la CCTV-5, el canal deportivo de la televisión pública, a sacarlo de la parrilla. El desencadenante fue una patada voladora de un jugador del Tianjin Teda al cuello de otro del Pekín Guoan que derivó en una trifulca masiva. Muchos mostraron más destreza en las patadas cuando no hay balón.

Jiang Heping, responsable televisivo, fue claro en una entrevista posterior. "La situación del fútbol chino hiere a cualquiera. Genera demasiadas malas noticias. Algunos jugadores carecen de la ética más elemental. Su comportamiento indigna la audiencia y aún más al fútbol, un deporte noble". Justificó la decisión por el bien del país, el pueblo y, más concretamente, su juventud. Quizá el año siguiente vuelva a las televisiones, pero sólo después de "un buen cambio".

Las peleas barriobajeras dentro y fuera del campo son el último problema de un fútbol que en los últimos años frecuenta más la crónica de sucesos que las páginas deportivas: dopaje, apuestas ilegales, encuentros amañados con jugadores, porteros y árbitros involucrados, orgías con  prostitutas antes de los partidos, demandas por impagos de salarios, peleas masivas de aficionados...

La corrupción estaba tan extendida hace unos años que siete equipos amenazaron con borrarse de la Superliga, la primera división china. Pekín avisó de que la cancelaría, impotente para erradicar a los silbatos negros, como se conoce aquí a los árbitros corruptos. Gong Jianping, por ejemplo, fue sentenciado a 10 años de cárcel por cobrar 40.000 euros en sobornos entre 2000 y 2001.   

La competición sigue, pero languidece entre campos casi vacíos y desidia generalizada. Es costumbre gritar "silbato negro" tras cada decisión arbitral dudosa. La corrupción ha pasado de generalizada a esporádica, dicen los analistas. El mes pasado, el Pekín Guo'an suspendió a su defensa internacional, Zhang Shuai, por meterse un gol en propia puerta y ser incapaz de explicar cómo había comprado un coche de 100.000 euros y una casa de un millón. "Sabemos muy bien lo que le pagamos", dijeron en su equipo. La destilería Kingway retiró su patrocinio a principios de año tras comprobar que, además de arruinar su imagen, no era rentable. Es el tercer patrocinador que huye en los diez años de Superliga.

Shenzen, el campeón de 2004, amenaza con disolverse con pérdidas de 4 millones de euros en los últimos tres años. "Aunque me regalaran el dinero no seguiría ni un día más metido en los problemas del fútbol chino", ha resumido Yang Saixin, el propietario. Compró el club por un yuan por la falta de más interesados. Los vaivenes financieros han salpicado incluso al Pekín Guoan, uno de los más ricos, que ha perdido ingresos del BBVA por la devaluación del euro.

Otro desaparecido es el equipo de Wuhan. Li Weifeng, figura y antiguo capitán de la calamitosa selección nacional, fue sancionado con ocho partidos por una agresión criminal. Decenas de miles de aficionados salieron a la calle y a la federación se le planteó la alternativa de calmar a las masas o dar un mensaje férreo contra el juego duro. Intentó lo segundo pero no consiguió nada. El equipo renunció como protesta y las peleas de jugadores se han multiplicado.

Con ese clima polidelincuencial no extrañó que se rechazara la solicitud del Pekín Guoan de jugar la próxima temporada en el Nido de Pájaro. "No queremos llevar la vergüenza al Estadio Olímpico. El fútbol chino no se merece ese honor", zanjaron las autoridades.

Nunca antes los déficits estéticos (el eufemismo es necesario) de una niña habían sido tan global y cruelmente aireados. Yang Peiyi es la que entonó tras bambalinas la Oda a la Patria en la inauguración olímpica mientras la pizpireta Lin Miaoke, vestido rojo y coletas, movía los labios en el estadio. En los medios chinos se decía de Yang que no era tan guapa como Lin y tibiezas parecidas. Los medios globales fueron mucho menos sutiles. Yang pasará un mal rato el día que, si ha estudiado inglés, repase cómo la describieron (describimos, desde aquí mis disculpas) los escandalizados y autoerigidos en defensores de sus derechos y de la infancia en general, más o menos guapa.

Sobraron descripciones y faltaron recordatorios de que en las inauguraciones olímpicas, al contrario que en el periodismo, la verosimilitud es suficiente: no había escandalizado en los Juegos de Turín de 2006 el playback de Pavarotti (¡de Pavarotti!), ni que la Orquesta Sinfónica de Sydney no tocara en el 2000 ni una nota (¡y una de las piezas simuladas pertenecía a la orquesta rival de Melbourne!) o el botonazo que prendió el pebetero de Barcelona mientras la flecha sobrevolaba Montjuïc.

Ha habido sonados playbacks en China. En un reciente espectáculo, la primera estrofa le pilló a la modelo y cantante Qu Ying recogiendo un ramo de flores. El playback en la pasada gala de Año Nuevo Lunar de Zhang Ziyi (La casa de las dagas voladoras, Tigre y dragón), tan guapa como hábil para pisar los callos de sus compatriotas, fue probablemente el más sonrojante de la historia televisiva en China. Pero son globalmente desconocidos, así que la nueva ley nace sin duda del Yang Peiyi-gate, presentado en su día como el corolario de la trapacería china.

China castigará severamente a los artistas que finjan cantar o tocar instrumentos, desveló recientemente el Ministerio de Cultura. Los nombres de los infractores serán publicados buscando el escarnio público. Las sanciones también alcanzan a los organizadores, que tendrán que contar con supervisores de los cantantes. Los artistas y organizadores cazados dos veces en un plazo de dos años verán sus licencias revocadas. La ley solo afecta a los espectáculos retribuidos, no a las habituales galas para recaudar fondos.

El proceso legal se encuentra en la fase de consulta pública, que aquí no acostumbra a influir demasiado en su aprobación. El debate entre los artistas tiene más miga. Los que están en contra han recordado que la práctica viene de lejos y no está más extendida en China que en otros lugares, que a menudo las condiciones acústicas desaconsejan el directo y que el grabado les viene impuesto por los organizadores casi siempre.
Es previsible que la medida afecte más a los productos del Operación Triunfo chino y decenas de análogos. Los viejos rockeros suscriben la teoría gubernamental del fraude: si uno cobra por cantar, tiene que cantar. Zheng Jun, célebre a finales de los 80, o Cui Jian, padre del rock chino y referencia moral, han dicho no reconocerse en la industria actual. "Los derechos del público están siendo atacados", ha zanjado Cui.

Thames Town compendia la cultura inglesa sedimentada en siglos: estatuas de Shakespeare y Lord Byron en sus calles, pubs que anuncian cerveza Guinness, un paseo marítimo victoriano, restaurantes fish and chips, viviendas de estilo georgiano y cabinas de teléfono rojas. Pero esto es China; todo se levantó en cinco años.
Thames Town forma parte del proyecto Una Ciudad Nueve Pueblos, pensado para aliviar la densidad de Shanghái diseminando en sus aledaños réplicas de ciudades extranjeras. Las restantes son de estilo italiano, alemán, sueco, holandés, canadiense o español. La española, en construcción, contará con una copia de Las Ramblas. Es paradójico: pocas ciudades sufrieron tanto el colonialismo como Shanghái, cuarteada en concesiones y con parques que prohibían la entrada a perros y chinos.

Thames Town está en las antípodas del trasiego jovial y caótico de las ciudades chinas. Un paseo vespertino por la avenida Leicester hasta los jardines Leeds, pasando por el lago con barcas de la mansión Windsor Island, relaja tanto como aburre. Hubo quejas obvias: la rica cultura china no necesita copiar a las extranjeras. Las acusaciones de Disneylandia son irrebatibles, pero también lo es que la ciudad ha captado la esencia. Thames Town, de 10.000 habitantes y a hora y media en coche de Shanghái, se publicita como "la mejor opción de relax para exitosos y honorables ciudadanos". Los nuevos ricos chinos ven en lo europeo un sello de respetabilidad, aunque naufragan en sus estilos tanto como los españoles en las dinastías chinas. El optimismo abundó en su nacimiento: las casas se vendían como rosquillas, los proyectos se acumulaban y Wal Mart iba a abrir un supermercado gigantesco.

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Conocí a Qiu Jibao hace tres años en un viaje oficial a la provincia de Zhejiang, una de las capitales de las manufacturas chinas. El concepto de self made man está ligado a Estados Unidos, pero en ningún lado han proliferado tanto como en China. Qiu ejemplifica a esos campesinos admirables que han levantado fortunas con sudor e ingenio en un medio hostil.

La apertura económica le pilló a Qiu remendando zapatos en el norte del país. Juntó sus ahorros y un crédito de 30 euros para fundar su empresa de máquinas de coser. No se desmoronó cuando la Feria del Cantón le cerró sus puertas. Buscó un listín telefónico de Hong Kong y llamó uno por uno a los distribuidores hasta que uno le posibilitó exportar a Latinoamérica. El resto es historia. Su empresa, Feiyue, era el líder mundial de máquinas de coser hace tres años: 500 millones de euros de beneficios, 5.000 trabajadores, ocho fábricas, exportaciones a 130 países y la visita de dos presidentes chinos.

Qiu es enjuto, pequeño, de piel morena  y con la dentadura arruinada del campesinado de aquí. Vestía trajes caros, pero a uno no le costaba imaginárselo con los ropajes misérrimos de los inmigrantes del interior que levantan las construcciones de Pekín. Lo recuerdo amable y risueño. Sentía una voluntad imperiosa de devolverle a su país algo de lo que había recibido. "Hace 30 años aspiraba a un cuenco de arroz. Hace 15, a ganar dinero. Ahora, a que prosperen mis empresas, pasear China por el mundo y agradecerle así todo lo que me ha dado". Tenía ideas bastante vanguardistas sobre la necesidad de aumentar la protección contra la piratería si China quería dar un paso adelante. Sus trabajadores parecían razonablemente bien tratados, dentro de los márgenes chinos.     

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A Kafka le hubiera costado superarlo: las nuevas medidas antipiratería de Microsoft le han costado la acusación de pirata. El cuadro lo completan las quejas de los internautas chinos, la denuncia de un abogado y la petición de Pekín de que reconsidere la medida.

La polémica la abrió la semana pasada el nuevo programa Windows Genuine Advantage. Se descarga desde internet e incluye armas para garantizar la propiedad intelectual. El programa se actualiza constantemente y chequea el sistema operativo XP y su paquete Office. Si detecta un software ilegal, funde la pantalla a negro y advierte en una pequeña pantalla al internauta de que es posible que esté siendo "víctima de la piratería informática". El usuario puede devolver manual y fácilmente el ordenador a su estado original, pero debe hacerlo cada hora. Microsoft ha alegado que el usuario debe dar el visto bueno a la actualización y que el sistema no sólo se utiliza en China.

Pero un especialista informático ha respondido que renunciar a instalarlo implica también la renuncia a las actualizaciones de seguridad y extender la alfombra a piratas y virus: "Microsoft nos ha secuestrado y nos da libertad para pagar un rescate o morir". 

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El ruido de unas obras cercanas llega a mi casa desde hace semanas, a veces hasta la madrugada. Le comento mi desesperación a mi vecina sobre las 10 de la noche. Acordamos que es una vergüenza y se ofrece a llamar enseguida para solucionarlo. Debo haberle mirado muy raro, porque rápidamente me aclara que China es un país sometido al imperio de la ley y que todos los periodistas extranjeros somos iguales.

Diez minutos después acude victoriosa: la junta del barrio le ha confirmado que las obras más allá de las 8 de la tarde están prohibidas y que envían a la policía de inmediato para detenerlas. Pero una hora después el ruido persiste y regresa cambiada. La policía dice que el edificio en obras pertenece al gobierno del barrio y no hay nada que hacer. Es una buena mujer, casi lo siento más por su papelón que por mi descanso.

Es un ejemplo a escala cotidiana de un problema ubicuo y grave en China: la ley rige siempre que no perturbe a un miembro del partido, da igual su nivel.

niños sordosLas calles pequinesas presentaban elementos extraños durante los Juegos Paralímpicos: minusválidos. En China hay 83 millones, según cifras previas al terremoto de Sichuan. Casi un millón viven en Pekín. Pero son invisibles, confinados en sus casas por las barreras arquitectónicas, la falta de trabajo y la discriminación rutinaria. China también arrasó en el medallero paralímpico, pero está lejos del podio en materia de sensibilidad. Como en tantos otros campos, tiene mucho terreno que recuperar y solo las buenas intenciones permiten el optimismo.

El mercado laboral excluye a los minusválidos. Solo el 0,5% alcanza la universidad. Veinte años atrás, se les llamaba inútiles. Un manual para voluntarios paralímpicos los describía como tercos, manipuladores y con sentido de inferioridad. Ese contexto, aderezado con creencias kármicas, convierte a un hijo minusválido en la peor noticia, un oprobio social.

"Lo primero que les explicamos es que hay una razón científica, que su hijo no es un castigo. Ya es un primer paso que los traigan aquí en lugar de esconderlos", cuenta Liu Cui, director del Centro de Recuperación de Minusválidos de Pekín. Una veintena de padres de hijos autistas charlan en un salón, comparten libremente sus problemas cotidianos con semejantes, pero todos rechazan hablar con el periodista. En el centro se educa a niños con minusvalías, mentales o físicas, y se les prepara para participar en la sociedad. Sus padres ingresan durante un mes para aprender a cuidarles. Hay maestros, médicos y psicólogos.

Pekín se esforzó antes de los Paralímpicos en prepararse para las sillas de ruedas. Gastó 60 millones de euros en 2.000 autobuses con suelos bajos, reformó lavabos públicos y parques, adecuó todas las estaciones de metro, bajó bordillos e instaló rampas en atracciones turísticas como la Ciudad Prohibida y la Gran Muralla. Todos los aeropuertos y la mayoría de los bancos son ya accesibles. Desde abril, los perros lazarillo son admitidos en lugares públicos. Esas tibias mejoras tardarán en llegar a las zonas rurales, donde viven el 75% de los minusválidos. Como es habitual, la China urbana y la rural son dos realidades opuestas que exigen estudios diferenciados. 

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feria de la cervezaHarbin se enorgullece por ser cuna de la cerveza en China. Los rusos abrieron la primera fábrica en la capital de la norteña y fría provincia de Helongjiang en 1900, durante su ocupación. Tres años después, los alemanes abrían la suya en Qingdao, durante su ocupación. En la capital de la occidental y soleada provincia de Shandong, plantear dudas sobre quién acunó la cerveza en China acaba con la misma respuesta: "En Harbin no utilizaban cebada, así que no era cerveza". 

Los chinos bebían kiu hace 4.000 años, un antepasado de la cerveza elaborado con cebada, trigo, mijo y arroz. La cerveza moderna llegó a principios del siglo XX, cuando su debilidad fue aprovechada por las potencias extranjeras para esquilmarla. Después, durante los años de encierro del maoísmo, la cerveza fue el único producto occidental que disfrutaron los chinos. La economía planificada y a base de cupones la convirtieron en un artículo escaso y de lujo.

La apertura precipitó su éxito. Un vistazo a las ventas de cerveza en China dice mucho sobre su historia contemporánea: 2.000 toneladas en 1910, 700.000 en 1980, y más de 10 millones en 1992. China consume 26 litros por cabeza y año, dos por encima de la media mundial, aunque lejos de los 80 litros de Estados Unidos, o los 100 de Alemania. "Los buenos productos siempre triunfan, y la cerveza lo es: de sabor agradable, barata y sana si se consume con moderación", explica a este diario Sun Ming Bo, director presidente de la cervecera Tsingtao.

Para oprobio de los harbineses, los chinos reconocen a Qingdao como la capital de la cerveza china. Aquí tiene su base Tsingtao, la más vendida en China, exportada a más de 60 países e imprescindible en cualquier restaurante chino del mundo. Su primera fábrica es un reclamo turístico con más de 300.000 visitas anuales. Y desde 1991, aloja la Feria Internacional de Cerveza, que recibe a cinco millones de turistas, solo superada por la de Múnich.

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El síndrome posolímpico aflige a muchos atletas tras cruzar la meta, después de su último salto, lanzamiento de jabalina o chapuzón. Mejor o peor, ha terminado una misión de cuatro años, la que les empujaba a despertarse a diario. La sensación de vacío es inevitable para muchos. La depresión alcanza a algunos, en especial a los que se retiran, cuentan los psicólogos deportivos. 

El síndrome posolímpico aflige a Pekín estos días, corolario de que el síndrome no entiende de fracasos o éxitos. Hay acuerdo, extraño por global, de que la actuación olímpica pequinesa no pudo acabar mejor. El tiempo ha desnudado a los que aireaban con tozudez los peligros de la seguridad o la contaminación: se batió el récord olímpico de maratón y los uigures hubieron de atentar a 4.000 kilómetros de Pekín. La sociedad civil se ha involucrado en la tarea de servir los mejores Juegos Olímpicos de la historia, aceptando sacrificios que habrían sido inaceptables en otro país. Los Juegos han acaparado la atención durante siete años. En los colegios se enseñaron gestas olímpicas, un canal de televisión emitió durante un año sin pausa contenidos olímpicos y se sucedieron concursos que medían conocimientos olímpicos.

Esos años de preparación se consumieron en un éxtasis olímpico de dos semanas, apenas un suspiro, y la descompresión no está siendo fácil. Muchos chinos que se habían soldado al sillón sufren ahora un sentimiento de pérdida y están próximos al llanto, han desvelado algunos psicólogos. Ya ocurrió algo parecido tras el Mundial de fútbol del 2006, cuando millones de chinos encadenaban partidos de madrugada a pesar de que la calamitosa selección china también faltó a esa cita. El efecto actual es mayor, y no solo porque fueran sus Juegos, sino porque los deportistas chinos fueron ubicuos y a menudo ganadores.

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Tim, en la piara¿Hay límites a la venta del arte, o al arte mismo? Si los hay, es difícil estirarlos más que el artista belga Wim Delvoye. Ha vendido su última obra por 150.000 euros: un tatuaje sobre la espalda de un joven, cuyas obligaciones hacia el vendedor se especifican en un contrato de diez páginas. "Sí, es arte porque alguien ha pagado por ello", aclara Delvoye.

La operación es la primera de estas características, según la galería alemana De Pury & Luxembourg, uno de los elementos de la historia. Los otros son Delvoye, un artista iconoclasta, Tim Steiner, joven amante del arte y músico ocasional, Rik Reinking, coleccionista alemán de arte transgresor, y la obra en sí: una representación de la Virgen María junto a una calavera y símbolos rituales asiáticos y africanos. Tatuarlo costó 35 horas durante los dos últimos años.

La galería alemana y Delvoye se han repartido el 80 % de esos 150.000 euros pagados por Reinking. El joven se ha llevado el 20 %. A cambio se compromete a exhibir y cuidar la obra. El nuevo propietario tiene derecho a verla periódicamente, es decir, a que Tim se levante la camiseta. También a exhibirla en un mínimo de tres ferias mundiales cada año. "Son sesiones de 2 ó 3 horas, en las que debo enseñar el tatuaje durante 10 minutos y después hablar con el público", explica Steiner en Pekín, antes de debutar en la SHContemporary de Shanghái, la mayor feria de arte moderno de China. Después viajará a Singapur. Grecia y Alemania esperan en 2009.

El contrato estipula que tras morir Tim, el comprador arrancará la piel de su espalda y la colgará en un cuadro. Una cláusula prohíbe reclamarla a los herederos de Tim. Si el comprador muere antes, la obra pasará a los suyos. En breve se redactará el contrato del seguro, que también se prevé minucioso. Tim tendrá prohibido ir en moto y deportes de riesgo.

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De ignoto a canción del verano en dos semanas. El himno chino ha acompañado el izado de una bandera roja estrellada 51 veces en los JJOO. China ha confirmado las quinielas de los expertos, que aquí nadie se atrevía a secundar por prudencia. Al medallero de Pekín le sobran argumentos históricos: China ha roto la dictadura deportiva, aquella dualidad Estados Unidos- Rusia que se repartió el liderazgo en los últimos 15 JJ.OO. También ha logrado el mayor número de oros desde los 55 de la URSS en Seúl'88. El reinado se antoja largo, por la suma de la demografía a los medios que faculta un crecimiento económico soldado al 10 %. Las declaraciones de los responsables estadounidenses ya digieren el final de los días gloriosos y preparan para una travesía por el desierto sin salida a la vista. La progresión deportiva meteórica de China sigue el paso político-económico, como siempre ha sido: la pérdida de influencia rusa es paralela a su caída en los medalleros.

Sus derrotas deportivas revelan su madurez tanto como sus victorias. Li Ning, el gimnasta del paseo etéreo previo al encendido del pebetero, fue glorificado cuando regresó de Los Ángeles-1984 cargado de medallas y vilipendiado tras llegar de vacío de Seúl cuatro años después. Su casa fue apedreada. Había ido forzado por la presión del país, a pesar de estar lesionado. Liu Xiang nunca ha disfrutado de tanta fama ni sufrirá ese desprecio. Después de la decepción inicial, la reacción a su retirada ha sido sensata. En internet se recordaba que China ya no es el enfermo de Asia que demanda héroes para sostener el orgullo nacional. 

El dominio chino en algunas disciplinas ha sido desmotivador. En ping pong y salto en piscina han acaparado los oros. En gimnasia han conquistado 9 de los 14, sólo por detrás de los 10 oros rusos en Seúl. El equipo de la redención en China es el de gimnasia masculino, vilipendiado tras el solitario oro de Atenas y ensalzado por haber perdonado sólo uno en Pekín. Badmington o taewondo también han bañado en oro a los chinos. En el cuadro global hay sombras. Al saco de medallas le ha faltado el broche del tartán, esquivo por la retirada del vallista Liu Xiang. Yao Ming ha llegado hasta donde la lógica indicaba, pero la dimisión de Liu ha dolido. Persiste el estancamiento en los deportes de equipo.

Sun Tzu ya mostró el sendero 2.500 años atrás: la confrontación directa sólo lleva a la derrota, la mejor victoria es la lograda sin siquiera la confrontación de ejércitos. Las enseñanzas del Arte de la Guerra sirvieron a generales durante siglos y hoy a altos ejecutivos.

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ping pong en SichahaiLa cabeza de Lin Jiamu apenas sobresale de la mesa de pimpón. Encadena reveses a ritmo de cadena de montaje. Del vértice opuesto emerge otra cabeza y un brazo que dibuja drives. Automatizan movimientos, juegan sin pelota. En la sala ensordecen la goma de las zapatillas contra el parquet y el repiqueteo de pelotas de las decenas de mesas vecinas. Liu llegó hace meses, con ocho años y un sueño: "Quiero ser campeón olímpico", dice.

Sichahai es una escuela de cemento gris y funcional a la vera del pequinés lago Hou Hai. Nada la descubre desde el exterior como la mayor fábrica de metales olímpicos. En Atenas, Sichahai dio tantos campeones como España. De aquí han salido ídolos como el taekuondista Luo Wei, la jugadora de tenis de mesa Zhang Yining o el gimnasta y estrella de Hollywood Jet Li. Sus fotos son ubicuas en los 13 campos de entrenamiento. También cuelgan grandes banderas chinas, para recordar quién paga: cada oro le cuesta a China cinco millones de euros. Hay un libreto con 40 reglas, como "respétate a ti mismo", "cuida tu aspecto" y "defiende el honor de tu país".

En la escuela viven 600 niños, a partir de 6 años. Estudian por la mañana y por la tarde entrenan taekwondo, tenis de mesa, boxeo o gimnasia. El horario descarta el tedio. Descansan el domingo y la tarde del sábado. Shi Fenghua, vicedirectora de la escuela, está acostumbrada a las preguntas de la prensa occidental acerca de la dureza, la presión y el prematuro reclutamiento. "Aquí entrenan 25 horas a la semana y en Estados Unidos, más de 40", zanja. En los entrenamientos hay un ambiente relajado, con risas y padres presentes. Solo las gimnastas entrenan en silencio y reconcentradas.

Los padres no están obligados a ceder a sus hijos, como ocurría en Alemania Oriental. Lo que les priva de alternativa es la realidad de un país en vías de desarrollo. La China rural no es rica en oportunidades, y la selección del hijo único para una escuela de entrenamiento lo es. La gloria de la patria se repita como un mantra, pero los niños anhelan un prosaico cheque. La alternativa es una vida igualmente dura en el campo, pero sin reconocimiento social ni ingresos. Las niñas aún lo tienen más crudo, lo que explica que la mayoría de medallas chinas vengan de mujeres.

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¿Un mundo, un sueño? ¿Amigos para siempre? ¿La fraternidad global a través del deporte? Corea del Norte maltrata los tópicos olímpicos. Sus atletas reflejan el régimen de Pyongyang, el más hermético del mundo, para el que tampoco existe la tregua olímpica. Sus 63 atletas viven en un edificio cerrado en la Villa. Literalmente encerrados: solo salen para entrenar o competir. Después, escoltados hasta el búnquer. Los norcoreanos son de los pocos deportistas que se irán de Pekín sin patearse la Gran Muralla, llenar la maleta de falsificaciones del Mercado de la Seda o emborracharse en el club China Doll.

Los norcoreanos tienen prohibido hablar con el resto de atletas. Cualquier entrevista en la zona mixta debe ser aceptada por el entrenador. La recompensa son declaraciones como "Pretendo agrandar el honor de la madre patria". Jong Au Ju, entrenadora de natación sincronizada, lo resumía la semana pasada: "No hemos venido aquí a hacer amigos ni turismo, solo a competir. No nos mezclamos".

Este diario se puso en contacto con el responsable de prensa, que no habla chino ni inglés, y que colgó el teléfono tras una delirante conversación de medio minuto con lujuriosos gemidos de mujeres de fondo. Es inevitable que un régimen tan particular y anacrónico como el norcoreano chirríe en el marco global olímpico. Corea del Norte alimenta el culto desmedido a Kim Jong-il, como antes lo hizo a su padre, Kim Il-sung. Los norcoreanos suelen llevar pins con sus efigies. Los atletas del vecino sur han recibido un libreto de 150 páginas con instrucciones precisas para no calentar aún más el ambiente: abstenerse de señalar, tocar o reírse de los pins y de los retratos de ambos líderes. Se prohíbe hablar de política y referirse a Corea de Norte o Corea del Sur e incluso a los nombres oficiales (República Democrática Popular de Corea o República de Corea). Solo se permiten los asépticos "nuestro lado" o "vuestro lado".

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Liu XiangZhang exhibía la semana pasada su entrada de tribuna para el jueves. Rechazó ofertas que septuplicaban los 80 euros pagados. "La historia no se vende. Contaré a mis nietos que estuve ahí". Ayer no podía colocarla a precio de coste. ¿Quién quiere ver la final de 110 metros valla sin Liu Xiang?

Liu es el epítome del deportista que trasciende al deporte. Es un referente social, nacional, continental. "Esto demostrará al mundo que los asiáticos también podemos correr muy rápido", dijo Liu tras colgarse el oro en Atenas. El Gobierno le pidió moderación, pero sus palabras sólo recogían el ánimo general. En un cuadro de retos nacionales cumplidos con la Historia, la primera victoria en una prueba de velocidad fue especialmente valorada por inesperada. Un chino corriendo más rápido que los negros probaba que no había reto inalcanzable. Liu saltaba las vallas al mismo ritmo que China encadenaba récords económicos.

A las virtudes deportivas, Liu añade el atractivo social. Su biografía se enseña en las escuelas como ejemplo de superación. Nacido en los suburbios de Shanghái de un camionero y una pastelera, Liu se hartó de llamar a las puertas de las escuelas. Su actual entrenador, Sun Haiping, aún recuerda su estilo asilvestrado del inicio. Hoy no se discute que su técnica es la más refinada. "Un vallista de seda", como le definió Colin Jackson después de que Liu le arrebatara el récord mundial.

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Con la indulgencia que permite el tiempo, aquellos Xiali rojos tenían su encanto. Eran los coches chinos que monopolizaban el servicio de taxi, fuente de anécdotas de los turistas de piel más fina. Sus tarifas oscilaban entre los 0,8 y los 1,4 yuanes por kilómetro: a menor precio, mayor descomposición del vehículo. Había infinidad de factores mecánicos que podían arruinar la travesía, pero los mayores peligros provenían del taxista. En esos escasos metros cúbicos se podía acumular una decena de olores, ya por separado temibles. No era raro bajar la ventanilla en lo más crudo del invierno, con temperaturas de bajo cero.

Los taxistas no son especialmente sucios, pero la estrechez del habitáculo acentuaba cualquier problema. Los taxis, además, suelen ser un remedo de cama caliente con ruedas: los conductores se turnan al volante, sin paréntesis para que el vehículo respire. En otros casos, viven en la lejana periferia de Pekín y para ahorrarse los desplazamientos acostumbran a comer y dormir en el taxi. Me han llevado taxistas mientras se cepillaban los dientes o se afeitaban. Los abusivos porcentajes que sufren de sus compañías les impiden despreciar una carrera.

No era la mejor presentación olímpica. La nueva y epatante tercera terminal del Aeropuerto Internacional de Pekín asegura una primera impresión inmejorable, pero un agreste taxista podía hacer olvidar a Norman Foster en un santiamén. Pekín renovó progresivamente la flota. Los Xiali han dejado el lugar a Hiundais, surcoreanos, amplios, fiables, amarillos con detalles rojos, verdes o azules. Todos cuestan dos yuanes el kilómetro. A la vez, se dio instrucciones a los conductores, profusamente recogidas por la prensa global: cepillarse los dientes tras comer ajo crudo, lustrarse los zapatos y nada de dormir y comer en el taxi. Y lo que más dolió al gremio: prohibido fumar.

Las campañas han tenido éxito variable, pero el cambio general es innegable. De noche, y si hay suerte, aún puedes encontrar alguno que te acepta el cigarrillo con una sonrisa traviesa.

En Tiananmén también se compite por la gloria olímpica. Suelen ser estudiantes extranjeros que, de súbito, se enfundan camisetas del Free Tibet, se tiran al suelo simulando estar muertos o lanzan soflamas mientras otro filma la escena. La policía los retira de inmediato, dejando la plaza y la atención mediática listas para los siguientes.

Ninguno ha sido premiado hasta ahora con el guantazo policial que alargaría sus 15 minutos de fama warholiana. De hecho, el tacto es escrupuloso. Tres activistas católicos volvieron a la plaza un día después de ser detenidos, interrogados y puestos en libertad. Un antiabortista de beligerante pasado dijo que era la primera vez que devoraba raciones del Kentucky Fried Chicken mientras era interrogado. En un video colgado de Youtube, un activista es preguntado antes de su protesta si siente miedo. Traga saliva, ejecuta una pausa escénica memorable y responde: "Hay que asumir los riesgos". La policía sólo se empleó a fondo un par de días atrás... para proteger a protibetanos de la furia de los chinos, algo cansados de que los invitados les abofeteen en su casa. 

Los extranjeros están sobreprotegidos en China, incluso cuando violan flagrantemente la ley que prohíbe las manifestaciones públicas. El mayor riesgo es que los coloquen grácilmente en un avión de vuelta. Descartada la épica, caben dudas sobre su utilidad. Formalmente, un discurso en inglés en Tiananmén cala tanto como uno en chino en la Plaza de Catalunya. Y en cuanto al fondo, recordemos que el contagio mundial por el movimiento Free Tibet no ha acercado al Dalai Lama ni un centímetro a Lhasa, asunto que depende más de una negociación sosegada con Pekín que de la repetición de eslóganes.

El Tíbet duele a los chinos, que saben perdida la batalla de la imagen. También les sorprende la fijación global con los tibetanos, vistos desde aquí como unos desagradecidos. Les sorprendería menos si supieran la verdad completa sobre el Tíbet. Saben, porque así lo repite Pekín, del gran progreso económico de la región, pero ignoran que ha beneficiado mucho más a los colonos han que a los tibetanos. Aún así, su conocimiento es oceánico en comparación con el de esa masa mediática convencida de que el Tíbet era un paraíso terrenal antes de la ocupación china. Acercarse al conflicto a través de Richard Gere no asegura unos conocimientos sólidos.  Ni un solo país ha reconocido nunca, ni siquiera durante la propicia Guerra Fría, la independencia del Tíbet, que tampoco apoya el muy respetable Dalai Lama. Sorprende, pues, tanta urgencia en esos "pijos estudiantes blancos", como son conocidos.

Incluyo comentarios de internautas después de que la policía bajara de un poste de la luz a estudiantes occidentales con pancartas protibetanas. "¿Quieren los tibetanos la independencia o la quieren los occidentales? ¿Por qué cuelgan pancartas en inglés?". "Son gente que busca un sentido a sus vidas vacías, y esto les hace sentir mejor. No tiene mayor importancia". "Ponte una camiseta del Tíbet en China y sé famoso. Qué triste". "Si quieren subir otra vez, dejadles, y colocad un sombrero para las propinas". "Que suban otra vez, pero que no les dejen bajar". "En América les habrían disparado". "La policía debería ser despedida por inútil. ¿Y qué la pasa a los pequineses? ¿Nadie intentó impedirlo?", "Los chinos somos demasiado pacíficos, tienen suerte de que no les hayamos pateado el culo".

El este contra el oeste, de nuevo. La oposición de dos patrones recuperada tras el despiece soviético. Hablar de capitalismo contra comunismo sería forzar la comparación, vista la deriva china. Pero la cuestión es la misma: el medallero como termómetro geopolítico. "Una explosión nuclear espiritual", dijo Mao en 1956 del primero oro chino en un Mundial de ping pong. Calculen la potencia si China supera a EE.UU. en Pekín. EE.UU siempre estuvo ahí, pero hay que echar un vistazo atrás para valorar la llegada de China.

Liu Changchun abrió en solitario el olimpismo chino en Los Ángeles 1932 con la subvención privada de su Universidad. Desfiló sólo en la ceremonia de apertura, llegó último en las primeras rondas de 100 y 200 metros y mendigó entre la colonia de expatriados chinos para pagarse el billete de vuelta. No hubo más chinos olímpicos hasta 52 años más tarde, también en Los Ángeles. Xu Haifeng, un vendedor de fertilizantes, ganó en tiro el primer oro chino. De allí se llevó seis medallas en gimnasia Li Ning, globalmente ignorado hasta que su reciente paseo etéreo por el cielo pequinés precediera el encendido de la antorcha. Cayeron 14 oros. "¡Uau! Esos chicos son buenos", dijo entonces Meter Ueberroth, presidente entonces del Comité Olímpico de los EE.UU y clave en el regreso chino. Casi 24 años más tarde, los hijos de aquellos pugnan por enterrar la supremacía de EE.UU. "No estamos acostumbrados a ir por detrás en los JJ.OO., pero tendremos que hacerlo", dijo esta semana Ueberroth.

"Juro por la Gloria de la madre patria luchar con determinación, utilizar todo el coraje y energía para ser el primero, competir con equidad y amistad, ganar sin orgullo y perder sin derrotismo", prometió recientemente una delegación de atletas a Hu Jintao, presidente chino. "Espero que entrenéis duro con el mismo rigor científico para mejorar vuestras capacidades para conseguir la excelencia en los JJOO", respondió Hu.

Los 637 atletas chinos, la mayor delegación de la Historia olímpica, tienen la sagrada misión de no decepcionar a la cuarta parte de la población mundial. El primer puesto en el medallero dispararía el orgullo nacional en un país que aún tiene muy presentes los siglos de humillación a manos de extranjeros, desde las guerras del opio perdidas frente a Gran Bretaña a las barbaries japonesas o los carteles que prohibían el acceso en los parques de la concesión francesa de Shanghái a perros y chinos.

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Un eclipse solar a una semana de que prenda el pebetero es el corolario de que algo falla este año. Desde que a Pekín le concedieran los JJOO, los chinos esperaban toneladas de dicha en 2008 y han acumulado las peores tragedias en décadas. Para el supersticioso pueblo chino hay indicios y explicaciones tras cada desgracia.

Por ello no parece casual el eclipse, que en la antigüedad presagiaba problemas y empujaba al emperador a evitar comer carne, consultar al oráculo, decapitar a los astrólogos que no lo habían pronosticado y ordenar al pueblo que tocara con brío tambores para ahuyentar al dragón antes de que mordiera el sol. Los chinos ya saben que detrás de un eclipse solo hay un cruce de caminos entre la luna y sol, pero el cúmulo de desgracias ha enfatizado las viejas creencias.

Las teorías se han multiplicado en las últimas semanas. La más audaz es la maldición de las mascotas olímpicas. Sus nombres, recitados de carrerilla, dicen "Pekín te da la bienvenida". Su elección se ha desvelado premonitoria. Así, el panda Jingjing se asocia al terremoto que causó cerca de 90.000 muertos en Sichuan, donde retoza la mayoría de estos fósiles vivientes. El antílope Yingying, que corre en los altiplanos tibetanos, estaría detrás de las revueltas de Lhasa. El acoso global a la antorcha olímpica es cosa del fuego Huanhuan. El pez Beibei se relaciona con las inundaciones y monzones que azotaron el sur del país. Del peor accidente de trenes de la década, que causó 70 muertos en abril, se responsabiliza a la golondrina por su parecido lejano a una cometa, cuya competición más importante tiene sede en Weifang, lugar de la tragedia.

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La ceremonia de apertura, elegante y cautivadora, grandilocuente sin empalago, fue el anuncio más eficaz de la historia: 4.000 millones de habitantes, dos de cada tres del mundo, recibieron el mensaje: China ha vuelto. El recorrido de sus 5.000 años empezó con los inventos de la pólvora, la brújula y la tinta, y terminó con astronautas descolgados del ultramoderno Estadio Olímpico, corolario de que no hay país con más pasado y futuro que China. Los mayores que aún ven en Mao el inicio del camino olímpico debieron decepcionarse por la falta de referencias, pero las necesidades chinas actuales van por otro lado.

Cabe preguntarse qué significan estos JJOO. No son, tranquilicémonos, la temida legitimación global del Partido Comunista: por bien que salga la empresa, seguirá siendo el Gobierno con peor prensa del mundo, silenciados sus logros y amplificadas sus vergüenzas. ¿Son el sello a la modernidad que imprimieron a Barcelona y el reconocimiento a glorias pretéritas que recibió Atenas? Sí, ambas. Pero son mucho más: el ingreso de China en el mundo.

"Un mundo, un sueño", reza el lema olímpico chino. El sueño es la inevitable concesión cursi, pero en la referencia a "un mundo" radica el meollo. China abrió las ventanas hace 30 años, pero los futuros libros de Historia fijarán en el día de ayer el de su regreso a la comunidad global. Aunque la memoria traicione, China ha sido tradicionalmente una potencia mundial, cuna de poetas, inventores y audaces emigrantes. Perdió el tren de industrialización hace dos siglos por autocomplacencia, y de su debilidad se aprovecharon el colonialismo europeo y el imperialismo japonés. Su historia fue desde entonces un cúmulo de desgracias sin comparación, y el terremoto de Sichuan ha sido el recordatorio. A todas ha respondido el pueblo chino con olímpico espíritu de sacrificio, afán de superación y desmedido esfuerzo. China cuenta hoy con la fuerza del superviviente. "La respuesta del pueblo chino al terremoto nos dio aún más confianza", dijo ayer el presidente del BOCOG, Liu Qi, en la ceremonia de inauguración. Los recordatorios de Sichuan fueron constantes en los discursos. Un niño que sobrevivió al seísmo acompañó al abanderado chino, Yao Ming.

Hasta el momento, la respuesta al despegue chino ha sido descorazonadora. China recibe la desconfianza y el desprecio reservada al advenedizo que ignora los plazos. La pasión china por el olimpismo es forzosamente nueva: durante los décimos JJOO de la era moderna, en Berlín 1936, China era un régimen feudal. Los chinos no han oído hablar de Abebe Bikila, el maratoniano descalzo de los JJOO de Roma de1960, porque entonces intentaban sobrevivir a la peor hambruna de la Historia moderna. Les son extrañas las siete medallas de oro de Mark Spitz en Múnich, metidos como estaban en lo más crudo y desquiciante de la Revolución Cultural.

China surgió de la nada y ocupará la cúspide económica en menos de 30 años, calculan los expertos. Sigue soldada a un crecimiento económico del 10 % mientras la recesión atenaza a EE.UU. La disputa por las medallas hay que leerla en esa clave: la supremacía mundial, la pugna entre el poder declinante y el pujante. Pekín comprendió el simbolismo de ese relevo y dedicó decenas de miles de millones de euros al Programa 119, que potenciaba los deportes en los que flojeaba y apuntalaba los más exitosos. La consultora PriceWaterhouseCooper pronosticaba recientemente que esa batalla también la ganará China, y que los próximos años no harán más que agrandar la distancia con EE.UU.

El mundo ya no puede obviar a China. Su robusta economía inunda de productos el mundo y alivia la crisis global nacida en las hipotecas subprime de EE.UU. Conflictos como el norcoreano no se habrían solucionado sin Pekín, que tiene la llave en Myanmar y media África. La realidad no es discutible: el futuro es chino, y ese es el contexto que avanzan los JJOO. Los JJOO miden menos a China que al exterior. Ya no vale saber de los chinos que escupen y comen perro o escorpiones, desconocer que Chongqing es la ciudad más poblada del mundo, recitar el nombre de una quincena de estados de EE.UU. e ignorar el de un par de provincias chinas, describir China simplemente como un país donde se violan derechos humanos o presentarla más como peligro que como oportunidad.

El mundo está urgido a cambiar el paso, porque China ha vuelto. Y ha vuelto para quedarse.

Es una frase gastada que no ha habido JJOO más politizados que éstos desde Berlín, en 1936. Se ha escrito menos en la víspera olímpica de la pugna jamaicana de los cien metros o la cita con la Historia de Phelps que de los bandazos diplomáticos de Sarkozy o la cartilla sobre derechos humanos que leerá George Bush en Pekín. No hay dudas de que China, un país en desarrollo, ha cumplido con el esfuerzo homérico que requiere organizar el más complejo acontecimiento internacional, pero la atención la monopolizan las sombras políticas, que persisten siete años después de la elección del COI. La discusión sobre el nombre bajo el que debía participar Taiwan, la revocación del visado a un exatleta de EE.UU. por sus críticas al papel chino en Darfur o la prohibición de las manifestaciones políticas de atletas en la villa son los últimos signos.

"Teníamos dos opciones: sancionarles por la violación de los derechos humanos y cerrarles la puerta, o abrírsela y esperar que las cosas mejoraran", razonaba François Carrard, director general del COI de entonces. China ha logrado logros significativos en reducción de ejecuciones o en el uso de la tortura en comisarías provinciales, pero el ritmo de mejora ha sido lento, desesperantemente lento. La opinión aún se castiga con la cárcel en China, continúa la represión contra minorías étnicas, y el cuadro global es calamitoso. Cabe, pues, preguntarse si los JJOO mejorarán el panorama a posteriori, y la Historia mueve al optimismo. No hay precedentes de unos JJOO que empeoraran a un país, y los que más mejoraron fueron a los dictatoriales como Rusia o Seúl, democratizada un año después. "El riesgo merece la pena. Ningún país cerrado ha sido el mismo después de organizar unos JJOO. No puede serlo", opina un miembro canadiense del COI.  Es evidente que el roce con la comunidad internacional favorece el proceso democratizador más que el cerrojo, y no hay acto más global que los JJOO. "Los Juegos son un catalizador, no una cura", dijo recientemente Jacques Rogge, presidente del COI. 

Los cambios no serán bruscos en China porque nadie los quiere. La receta funciona. China ha sacado a 400 millones de personas en 30 años con un milagro económico alabado por gente tan dispar como Hugo Cháves, presidente venezolano, o Rodrigo Rato, exdirector del Fondo Monetario Internacional. Los chinos disfrutan de un progreso impensable unas décadas atrás. "Si mañana hubiera unas elecciones limpias, el Partido Comunista ganaría con un 90 % de los votos", me reconocía el año pasado Lee Cheuk Yan, presidente de la Alianza en Defensa de Movimientos Democráticos y Patrióticos de Hong Kong, una de las organizaciones de derechos humanos más beligerantes con el régimen chino. El acoso hostil a la antorcha y la eficaz respuesta al terremoto de Sichuan han acercado aún más el pueblo a sus líderes. 

Pregunté recientemente a una treintena de pequineses, barrenderos y licenciados universitarios entre ellos, qué cambios ansiaban que trajeran los JJOO. Ni uno mencionó los derechos humanos. Esas percepciones opuestas que tienen Occidente y los chinos sobre cuanto ocurre en el país asiático se explican por el simplismo del primero: los derechos humanos son la parte, que no el todo. Condenar a China a la sección de sucesos comporta perder la perspectiva.

La semana previa ha demostrado que esa brecha es difícil de acortar. Los 20.000 periodistas extranjeros desembarcados en Pekín han mostrado menos interés profesional por los rascacielos, las epatantes instalaciones olímpicas o el admirable renacimiento de esta civilización milenaria que por los dos minutos de gloria de un par de estudiantes estadounidenses que colgaron pancartas protibetanas en los aledaños del Estadio Olímpico, antes de ser detenidos con tacto extremo por la policía.

Los uigures son en China lo que los chinos en el mundo: fuente de malas noticias. Un atraco aquí, un atentado terrorista allí. Esta minoría étnica musulmana de la provincia noroccidental de Xinjiang se concentra en Pekín en los restaurantes. Son un bálsamo para los que abominan de las salsas que caracterizan otras ramas culinarias chinas. Sirven pinchitos de carne a la brasa, engullidos por decenas acompañadas de pan y cerveza.

Es comida simple, honesta y sana, a pesar de que los parámetros higiénicos de los restaurantes uigures tienen reputación de ser los más bajos de China, donde un vistazo a la cocina de un local de calidad media suele estar reñido con una correcta digestión. Es habitual verles despiezar al animal y ensartarlo en la calle, incluso en verano, pero tranquilizan las facultades sanitarias de las brasas.

El resto de chinos desconfía de ellos, los acusa de asilvestrados y pendencieros, ajenos al respeto debido y la armonía social confuciana. La corrupta policía lo comprobó hace unos meses cuando fue a cobrar la mordida a un restaurante. Los camareros se liaron a palos en plena calle. Esos chavales les dieron lo suyo antes de ser detenidos. La propietaria, mientras languidecía su negocio y su sonrisa, respondía "aún no, aún no" cuando le preguntaba si los habían soltado ya. Los soltaron meses después, con el restaurante traspasado. Nos quedamos sin uno de los últimos locales auténticos de Nanluoguxiang, un barrio tradicional arruinado como tantos otros por el parquetematismo de restaurantes pijos y tiendas de ropa tibetana y teteras.

Hablé hace poco con el líder de la comunidad musulmana de Yiwu, en el sur de China. A Yiwu llegan musulmanes de todo el mundo, y él soluciona los conflictos con la comunidad de origen. Es un chino de Sichuan, pero pensé que prevalecería el vínculo religioso. Y no. "Los uigures, ya sabes, son temperamentales, siempre dan problemas", dijo.

Un extranjero no vive mal en China. Disfrutamos de más derechos que los chinos. La policía se nos dirige con menos desprecio y muchas de nuestras conductas son tratadas de forma más permisiva. Es inevitable alimentar cierta sensación de impunidad con el tiempo, olvidar dónde estamos, hacer lo que no nos atreveríamos en nuestras democracias de origen. De vez en cuando, la memoria se refresca de golpe.

Les ocurrió, por ejemplo, a unos estudiantes que sufrieron más brusquedad de la necesaria en una reciente redada policial en el barrio occidental de Sanlitun. Hubo indignación general y pocos recordaron que los jóvenes consumían drogas en un local público en un país que tiene por costumbre ejecutar a varios narcotraficantes en el día internacional de la lucha contra la droga para dar ejemplo. Ocurre también como periodistas: escribimos despreocupadamente historias que a nuestros colegas chinos les costarían años de cárcel o palizas, y nos irritamos cuando la policía de provincias nos devuelve a Pekín al cubrir informaciones consideradas sensibles.

Es inevitable, decía, perder cierta perspectiva después de varios años. Pero los periodistas que llegan para cubrir los Juegos Olímpicos deberían tenerlo más claro. China delimitó espacios para las protestas, al igual que Atenas, pero aquí se sucedieron los aspavientos. Los requisitos anunciados hoy --solicitud con cinco días de antelación e identificación de los intervinientes-- las convierten en improbables o suicidas. Aclaremos, pues, que en China las protestas públicas habían estado prohibidas hasta ahora.

Los primeros periodistas en llegar al Centro de Prensa se escandalizaron por encontrar páginas web censuradas. No se discute la capacidad china para no ahorrarse un problema, ni siquiera uno tan estúpido: no parece imprescindible la web de Falun Gong para completar una crónica de vela. Pero la airada respuesta tiene miga. "Hay censura. Esto es una dictadura", ha revelado un periodista alemán. Bienvenidos.

Los anunciantes también pelean por la gloria olímpica, medida en impacto publicitario. La lucha es feroz: a un lado, los que siguen las normas; al otro, los que las burlan, con más sutileza o grosería. Los patrocinadores oficiales pagan decenas de millones de euros por la exclusividad del vínculo olímpico. Por ambush marketing o propaganda de emboscada se entienden los intentos de las marcas no oficiales de asociar sus productos a los Juegos sin haber pasado por caja. El fenómeno nació en Los Ángeles-1984; las primeras medidas se tomaron en Sídney-2000, e Inglaterra ya ha prohibido el uso combinado de palabras como oro y Londres con el año 2012.

Pekín reserva a sus patrocinadores los espacios más apetecibles: instalaciones olímpicas, metro, aeropuerto y principales avenidas. El comité organizador (BOCOG) revelaba recientemente que ya habían violado la normativa algunas marcas chinas pequeñas y medianas. "Han sido casos esporádicos, y más por desconocimiento de la ley y entusiasmo olímpico que por mala fe", aclaraba. El procedimiento consiste en informar y, si no hay rectificación, imponer "sanciones severas".

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Las últimas lluvias han disuelto la oscura neblina, los coches avanzan donde antes había atascos, los ubicuos andamios se han retirado y se han inaugurado líneas de metro y la nueva terminal del aeropuerto. Pekín luce preciosa a una semana de su cita con el mundo y la Historia. Pero la obsesión por la seguridad amenaza con arruinar el esfuerzo y apuntalar los prejuicios globales que China debía enterrar.

Pekín muestra músculo periódicamente. La Asamblea Nacional Popular y los congresos del Partido Comunista Chino vienen acompañados de altas concentraciones de uniformes por metro cuadrado, cortes de calles, cierres de tiendas de falsificaciones y registros de bolsos en Tiananmén. A eso están acostumbrados los pequineses, pero es dudoso que los visitantes lo asuman con buen tono. También se encierra a disidentes y persigue a peticionarios, campesinos con tremendas injusticias que pretenden denunciar en la capital. Todo eso se ve estos días, pero en una versión exagerada. Se han desplegado misiles tierra-aire en las proximidades del estadio olímpico, y de la seguridad se encargarán 400.000 soldados y policías, además de 300.000 voluntarios.

La seguridad ha echado a mucha gente de la ciudad. Miles de emigrantes rurales de imagen poco lustrosa se han ido por el cierre de las obras que los empleaban. La comunidad negra que monopolizaba el menudeo de drogas en el barrio occidental de Sanlitun se ha esfumado junto a mendigos y miles de prostitutas mongolas. Limpias parecidas son comunes en todas las sedes olímpicas, pero lo que provocaba chanzas se eleva aquí a graves violaciones de derechos humanos. El South China Morning Post, un diario de Hong Kong habitualmente serio, denunció por un grueso error de traducción que los bares iban a prohibir la entrada a los negros.

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Los internautas chinos ya pueden consultar los informes de Amnistía Internacional sobre el calamitoso estado de los derechos humanos en su país o en qué embajadas ha organizado Reporteros sin Fronteras protestas simultáneas a la inauguración de los JJOO. China agrietó ayer su gran muralla cibernauta tras las críticas recibidas por no ofrecer a los informadores extranjeros un internet libre. Levantó la censura no solo en el Centro Principal de Prensa olímpico, sino en todo el territorio.

La medida tendrá un efecto escaso: el idioma hace incomprensible esas páginas a la mayoría de los 253 millones de internautas chinos. Esas páginas tampoco se intuyen de gran utilidad para el trabajo de los periodistas acreditados, en su gran mayoría de deportes. Y en el caso de que lo fueran, cualquier internauta les habría aconsejado una larga lista de programas fácilmente descargables de internet que burlan esa censura, tozudamente descrita como inexpugnable. La discusión de estos días, pues, era más de principios que de aspectos prácticos.

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El D22 está en Wudaokou, la zona universitaria del norte de Pekín. Es un pequeño club de conciertos de grupos chinos de rock y punk. Coinciden en gritar como si les debieran dinero y tocar de espaldas a un público mucho más entregado de lo que sugiere el confucionismo que el Gobierno ha desenterrado para apuntalar la armonía social.

El Stone Boat es un precioso y sosegado bar a la vera de un lago en el parque Ritan. En verano son muy concurridos sus conciertos de jazz o música tradicional uigur, algo parecido al flamenco. Innegociable para las primeras citas.

La discoteca Mix es una de las favoritas de los jóvenes de la clase media pequinesa. Sus tres salas ofrecen diferentes ambientes musicales, o al menos de eso se jacta la publicidad. El profano es incapaz de singularizar esos muros de ruido electrónico, con decibelios perjudiciales a medio plazo para la salud. El Mix tiene merecida fama de servir el garrafón más abyecto de toda la ciudad. Más de dos copas incapacitan para el trabajo del día siguiente. Pero ofrece dos ventajas: la comunidad extranjera es mínima, y es el único sitio que uno puede encontrar abierto tras acabar de escribir la crónica a las dos de la mañana de un martes.

El Kiosk es un diminuto bar, apenas una cocina de fogones, que sirve una docena de bocadillos sencillos y dignos. Su terraza es una burbuja de paz en el corazón del barrio occidental de Sanlitun. Se encuentra estratégicamente colocada frente a las galerías de ropa Nali, así que es frecuentada por los acompañantes masculinos que demandan un respiro.

Son víctimas de la delirante preocupación por la seguridad. El D22 y el Stone Boat no programan conciertos este verano. El Mix cerró, como el resto de locales en los aledaños del Estadio de los Trabajadores, sede de la competición de fútbol. Y la policía ha reparado, tras muchos años, en que el Kiosk carece de licencia para terraza. Son los Juegos libres de diversión, como se les llama aquí. No hay que dramatizar: a Pekín le quedan miles de locales con encanto.

A los chinos les sobran motivos para alegrarse de sus Juegos, y la clasificación automática para el torneo de fútbol no es el menor. Solo jugaron el mundial del 2002, del que partieron tras tres partidos sin marcar. Su pasión por el fútbol y su nacionalismo deberían converger en la selección. Pero es calamitosa. Su tozudez en el ridículo la ha desconectado de la hinchada, que se protege tras un jovial fatalismo. El cabreo quedó muchos ridículos atrás.

Es dramático que entre una población de 1.300 millones no encuentren a once tipos que la toquen con decencia. China quedó encuadrada con Irak (5,5 millones de habitantes), Australia (20 millones) y Qatar (800.000) en el grupo clasificatorio para el próximo Mundial. El grupo de la muerte, lo llamaron, y se supo que China estaba condenada. Los expertos de una tertulia radiofónica se felicitaron: "Caeremos, sí, pero esta vez con la cabeza bien alta". Desde que el colonialismo la pusiera de rodillas, China ha sufrido pocas humillaciones mayores que su eliminación del pasado Mundial por Kuwait.

El clima era tan sombrío que los jugadores hubieron de empeñar su palabra: juraron por escrito que se clasificarían para el Mundial de Suráfrica. Seis partidos y tres goles marcados después, China está fuera. Pero el cabreo, decía, quedó muy atrás. Un internauta resumía un sentir general: "Un Mundial es un espectáculo demasiado bonito. No lo manchemos con nuestro fútbol". La ausencia sostenida de la selección ha descubierto a los chinos como los perfectos seguidores de fútbol: cantan todos los goles como propios. Seguí el pasado Mundial con una amiga que veía cada partido con una camiseta diferente. Tenía siete. Para un chino, decantarse en un partido entre Italia y Austria es tan difícil como para nosotros hacerlo en un Vietnam-Malasia. Así que eligen al que mejor juega.

La selección olímpica tampoco pinta bien. Al entrenador, un serbio buscavidas, lo largaron tres semanas antes del inicio de los JJOO. Pero si la hinchada china olvida oprobios pasados y anima a su selección, habrá espectáculo. Si juega China, miren a la grada.

Como otros asuntos, la contaminación se ve diferente aquí. Arrecian los artículos sobre neblinas cochambrosas, partículas PM10, renuncias de atletas, amenazas de federaciones y comités olímpicos, traslados o suspensiones de competiciones, y los 15 millones de pequineses nunca hemos sido tan felices con nuestro cielo. Quizá porque hemos masticado la contaminación durante años sin ninguna solidaridad global hacia nuestra tragedia diaria, silenciadas nuestras quejas, ignorados los estudios sobre cientos de miles de muertes prematuras al año por enfermedades vinculadas a la calamidad medioambiental. Nos conmueven poco los problemas de un puñado de miles de atletas que pasarán por aquí tres semanas.

La vara china de medir la contaminación son los llamados días azules: establece cinco niveles y califica de día azul los dos más bajos. Es un criterio optimista y sin validez internacional, así que el recuento oficial era recibido con chanzas durante los tiempos más crudos, cuando Pekín proclamaba mejoras y el aire tendía a sólido. Sin embargo, la contaminación se ha reducido, y mucho. Ignoro si lo suficiente para las pruebas de largo aliento, pero eso, decía, es una cuestión menor. Hoy Pekín es habitable, y pocos creímos entonces aquellas promesas.

Las medidas dictadas perturban seriamente la vida diaria, pero no se escuchan quejas. Solo la mitad de los coches privados circula desde hace una semana. Se reducirán a la décima parte si es necesario. La preocupación de los pequineses es el día después. Si tanto esfuerzo se justifica solamente para evitar que las marcas sean unos segundos peores, ¿volveremos a la condena de los eternos días grises?

La destreza china con la lluvia artificial debería tranquilizar a los más temerosos. Pekín se tomó el 8 de agosto del 2007 como un ensayo oficial. La semana anterior fue altamente inestable: llovía y salía el sol en intervalos desquiciantes. Una tarde granizó de súbito. Muchos pensamos que se les había ido la mano. Otros vieron premeditación maquiavélica: el atasco formado arruinó una protesta clandestina de Reporteros Sin Fronteras frente a la sede del Comité Olímpico Chino, disuelta mucho antes de que pudiéramos llegar los periodistas o la policía. Pero lo importante es que el 8 de agosto amaneció con un cielo calmado y pintado de azul con rodillo.

La lluvia provocada suele despertar resistencias. Es innegable que cientos de cohetes cargados de yoduro de plata apuntando a las nubes restan romanticismo a una tormenta primaveral. Los remilgos científicos son más discutibles. Hace años, cuando las quejas sobre la contaminación eran justificadas, era fácil pronosticar la lluvia. En los días más espesos, confiábamos en que el Partido Comunista ordenaría llover y la mañana amanecería limpia. Una dictadura también tiene ventajas. Raramente fallábamos. No conozco a ningún pequinés descontento con la lluvia artificial.

El éxito de la mayor campaña de relaciones públicas de la historia pasa por agradar a los cientos de miles de visitantes de todo el mundo. Los esfuerzos de los anfitriones no son tibios: en el camino se quedará el sonoro escupitajo, a pesar de que la tradición china lo cree saludable. Tampoco es previsible que se vean este verano muchas camisetas anudadas sobre impúdicas, generosas y refrescadas barrigas. El entusiasmo con el que los chinos se afanan en seguir las directrices para no incomodar al visitante erosionan aspectos del carácter chino, forjado durante milenios.

Más de 17 millones de chinos participaron en un examen por internet que preguntaba qué calcetines conjuntan con un traje (negros) o cómo reaccionar ante el regalo de un extranjero (abrirlo y mostrar gratitud: en China se guardan y se abren en casa). Los concursantes de un triunfal programa de la televisión pública debían mostrar cómo tratar a los visitantes de diferentes nacionalidades. Ganó el que preguntó arrodillado a una italiana si podía besar su mano. Un estadounidense fue saludado con una sonora sacudida de manos y un "Hey man, what's up" ("Oye tío, cómo va").

El distrito pequinés de Dongcheng ha repartido octavillas con una lista de ocho preguntas prohibidas por resultar irritantes: el sueldo, la edad, cómo va el matrimonio, creencias religiosas, opiniones políticas- "Oye, además del tiempo, ¿de qué se puede hablar con un extranjero?", se mofaba un internauta.
Un amigo tuvo que vivir un mes con la nevera averiada por arruinar la relación con su casero tras haberle regalarle un reloj de pared, que aquí equivale a regalar muerte. Muchos negocios mixtos saldrían mejor si el extranjero aprendiera el ángulo que demanda un brindis o que despreciarlo descubre a un tipo poco de fiar y desagradecido.

Las posibilidades de ofensa son mutuas, y deberían serlo los esfuerzos para evitarlas. Renunciando, por ejemplo, a risas y aspavientos tras un escupitajo. Ellos ponen la casa, y merecen tanto respeto como los invitados.

Francia es de lo poco que el chino medio distingue de Europa, ese magma indescifrable de países, tan pequeña y lejana. Quizá porque París incubó el comunismo de Zhou Enlai, el querido y eterno primer ministro maoísta, o el de Deng Xiaoping, el arquitecto de la apertura. O quizá porque los franceses han asociado su país al lujo y refinamiento extremo en China. Es difícil que un chino viaje por Europa sin pisar Francia. Sobre España, en cambio, no van más allá de los toros. La ignorancia de los chinos sobre nosotros es solo comparable a la nuestra sobre ellos.

Los conflictos del Tíbet arruinaron ese especial vínculo francés. Aquí se recuerdan las pancartas antichinas colgadas del ayuntamiento parisino o la respuesta policial poco gallarda al acoso a la antorcha, cuando una relevista paralítica china fue agredida por protibetanos. Y, especialmente, se recuerda que la herida se reabría periódicamente con las portadas que encadenaba Sarkozy: por postularse como mediador, por plantear un boicot a la ceremonia de inauguración, por dudar en asistir o no, por plantear tres condiciones, por fijar un día para su decisión, y por anunciar que sí. No se conoce ninguna intervención de Sarkozy para solucionar el conflicto tibetano en la ONU, un foro menos mediático pero decididamente más adecuado, y donde las opiniones de los presidentes franceses suelen ser escuchadas atentamente.

También se duda de que su currículo como defensor de los derechos sea tan sólido como el de Angela Merkel. La cancillera alemana es la única líder europea que en Pekín habla de derechos humanos más allá de la palabrería al uso. Recibió al dalái lama el año pasado y China echó atrás la firma de unos jugosos contratos económicos. Los firmó unas semanas después Sarkozy, cuando Merkel aún era criticada por naïf por empresarios y políticos de su mismo partido.

El famoso portal Sina.com organizó una encuesta en la víspera de que Sarkozy desvelara su decisión. El 89,78% de los casi 200.000 participantes acordaron que Sarkozy era persona no grata y que mejor que se quedara en casa.

Yang Yong JunEl escaparate de la fábrica global es Yiwu, en la sureña provincia de Zhejiang, a 300 kilómetros de Shanghái. Hace 30 años, era un pueblo de campesinos que malvivían vendiendo azúcar moreno. En los albores de la apertura, las autoridades pensaron que un mercado fomentaría el comercio local.

 Aquellas 700 precarias casetas al aire libre son ahora 65.000, repartidas en 20 mercados, donde se venden 400.000 artículos diferentes. Hay plantas enteras dedicadas a bolsas de plástico, pañuelos de papel, paraguas o cerraduras. Varias tiendas encadenadas ofrecen solo sacacorchos, y otra ofrece armaduras medievales europeas con el Made in China. La Feria Permanente es el núcleo: tres gigantescas plantas organizadas en 12 calles. Dedicarle 10 minutos a cada tienda implicaría una visita de más de un año. "Lo tenemos todo, y si no lo encuentras, pídenoslo y te lo hacemos", dicen los lugareños. Acostumbran a sonreír si se les pregunta por la calidad.

Más de 200.000 empresarios de todo el mundo llegan cada día para aprovisionarse. Los letreros se leen en mandarín, inglés, árabe, coreano, japonés o urdu. De aquí salen el 80% de los adornos navideños, la mitad de las cremalleras y el 40% de los relojes eléctricos del mundo.

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Como es norma olímpica, China combate la prostitución, aquí prohibida y ubicua bajo la piel de peluquerías abiertas de noche, casas de masajes y karaokes. En éstos, las salas privadas deberán tener ventanales en las puertas y las camareras, vestir con recato, según una orden reciente.

Pero hablar de prostitución en Pekín es hablar del Maggie's. Desde que lo abriera hace 15 años un funcionario de la Seguridad Pública de Pekín, el local ha sufrido cierres, reaperturas y traslados, pero siempre ha renacido más grande y lujoso, y siempre bien rodeado de embajadas. Hoy está en la puerta sur del parque Ritan, una de las zonas más lustrosas de la ciudad.

Se citan tres perfiles: prostitutas mongolas y expatriados escasos de tiempo o sobrados de años para pelear en el resto de locales. Al Maggie's se le conoce como la embajada de Mongolia y se pronostica que su cierre se notará en su producto interior bruto. Pero el Maggie's no sería un emblema de la capital, un imprescindible en las guías turísticas, uno de los lugares más concurridos por los expatriados si solo fuera un prostíbulo. También hay billares, los mejores hot dogs de la ciudad y una selección de clásicos de los 70 y 80 que rompe el monopolio de la música electrónica atronante del resto de la ciudad. El tercer perfil es el que busca tomar una copa. Casi todos los extranjeros --incluyo extranjeras-- reconocen haber ido, y nunca en voz baja.

Su cierre hace dos meses disparó los rumores. Se habló del reciente asesinato de dos prostitutas habituales del local, de que se prohibía la entrada a chinos, de que la policía había demostrado, 15 años después, que era una plataforma para la prostitución tras una ambiciosa investigación que incluyó el seguimiento de cinco parejas a sus hoteles. El motivo importa poco. El Maggie's deslucía la imagen olímpica. Se han visto camiones de mudanza descargando estos días frente a su puerta y se avanza que habrá redecoración a fondo. Después de los Juegos Olímpicos renacerá el Maggie's. Más fuerte, más lujoso.

La seguridad está vaciando Pekín de extranjeros. El visado de turista ha reducido su duración de tres a un mes y obtenerlo pasa por detallar dónde se va estar, mediante comprobante de pago adelantado del hotel o el de una agencia de viajes. Las medidas afectan al turismo en general. Ésta es la peor temporada en años, dicen las dependientas del Mercado de la Seda. Una guía española ha cerrado su compañía porque los visados de sus clientes no han prosperado. Pero, sobre todo, esa planificación obligada perjudica a los mochileros, ubicuos en China.

A muchos extranjeros que residían aquí desde hace varios años no se les ha renovado el visado. Todos conocemos a estudiantes o empresarios que verán los JJOO desde sus países de origen. Hablaba recientemente con un amigo, tan enamorado de China como de su novia china, con las maletas listas, y la sensación es que China se dispara al pie. Para las obsesionadas autoridades chinas, los mochileros no son de confiar: jóvenes, idealistas, impetuosos, no cuesta imaginarlos con camisetas de Free Tibet en Tiananmén o reclamando más derechos humanos en cualquier esquina.

Pero expulsar a los extranjeros residentes priva a China de sus mejores peones. Algunos son incapaces de encontrarle nada bueno a China, pero son la excepción. Tenemos habituales charlas intentando averiguar el por qué de la imagen calamitosa global de China, o sobre la distancia entre lo que pasa y lo que llega. Cuando volvemos a casa nos da por el proselitismo. Nada elaborado, apenas las ideas más elementales: que China no es la Rumanía de Ceaucescu, que la gente es feliz porque mejora a diario, o que los disidentes encarcelados son tan heroicos como poco representativos de una sociedad apolítica y despreocupada de las reformas democráticas.

Con el previsible aluvión de extranjeros cargados de prejuicios, China echará en falta a esos embajadores expulsados por la aplicación fundamentalista del principio de que, cuantos menos extranjeros, menos problemas.

El cine es un vicio burgués en China. Las entradas cuestan lo mismo que en España, lo que incapacita al grueso de la población. La oferta tampoco predispone: China solo permite el estreno de una docena de películas extranjeras al año, superproducciones de Hollywood poco sesudas. El erial cultural estaría servido de no ser por la eficaz red de piratería que solivianta a Occidente.

Los DVD piratas no se venden sobre una manta extendida por inmigrantes de carrera fácil, sino en tiendas. Todos los estrenos llegan puntuales (mucho antes que en España) y cuestan un euro. Una reciente encuesta revelaba que pocos extranjeros con varios años de vida en Pekín sabrían donde encontrar copias legales. La prensa extranjera vocifera tras cada una de las películas prohibidas o recortadas, pero a los chinos les afecta poco. Memorias de una Geisha o los minutos impúdicos de Deseo, Peligro han sido éxitos de masas.

Ese clima impune sufre breves paréntesis periódicos cuando llega prensa extranjera, como en la Asamblea Popular Nacional o el Congreso del Partido Comunista. Desde hace dos semanas, los escaparates solo ofrecen clásicos en blanco y negro y películas chinas. En el barrio occidental de Sanlitun está la última tienda que retiró los estrenos. De su dueño se rumorea que alimenta una sólida amistad con la policía. Podría sorprender que la nueva oferta no haya reducido el número de clientes. ¿Una súbita pasión por el cine clásico? No tanto: los dependientes ofrecen ahora con disimulo un catálogo a la carta y traen del depósito las películas elegidas. En otra tienda cercana, el cliente es acompañado a un cuarto poco ventilado, en los bajos del supermercado Yashow, donde se acumulan las carátulas.

Dicen los dependientes que espabile, que la policía no permitirá esas triquiñuelas en breve, que me aprovisione para el largo invierno olímpico. Tres semanas después, y con la prensa extranjera de vuelta, regresará el cine.

Vendedora ambulanteQingtian parece acunada en la falda de un valle tan escarpado como verde, aún a salvo del desarrollismo chino. No parece un mal lugar para vivir. Tampoco la altura de las montañas facilita la huída. Y sin embargo, desde que alcanza la memoria, sus habitantes se afanan en dejarlas muy atrás. Como se dice aquí, donde hay un camino en el mundo, hay un qingtianés caminando. La mayoría elige un mismo destino, a 12.000 kilómetros al este. Un 70 % de los 124.022 chinos empadronados en España viene de esta ciudad de 300.000 habitantes, una nadería comparada con los 1.300 millones de chinos.

No hay ninguna razón que explique por sí sola el vínculo de esta ciudad de la provincia de Zhejiang y cercana a Shanghái con España. Existe un marco que invita: la reagrupación familiar, el sentido grupal acentuado en un país extraño donde se habla muy raro, la bonanza económica en España o su política migratoria, solo comparable en laxitud a la italiana. Nadie en Qingtian ignora las cinco regularizaciones especiales entre 1986 y 2005, ni que en una bastó con el recibo de la luz.

QingtianA mediados del siglo pasado sólo había en España una treintena de qingtianeses, que preferían latitudes europeas más prósperas. Después llegó la democracia, el despegue económico, las regularizaciones especiales y el aluvión. El número se ha estancado en los últimos años. La anunciada recesión y las medidas restrictivas podrían rebajarlo en el futuro, aunque sólo es una hipótesis lejana. España reservará la reagrupación familiar sólo a hijos y excluirá a padres. Pero los padres son reacios a dejar el terruño, ya ancianos, así que el efecto será mínimo. Lo explica Chen Ming Li, de 75 años, autor de un libro sobre la emigración de Qingtian en los últimos tres siglos: "Ni la crisis es grave, ni las restricciones son severas. Los que están no se irán porque ya han echado raíces. Pero otros ya eligen Europa del este y África, donde hay mucho por hacer. La comunidad en el exilio está en contacto y las noticias corren rápido".

Las solicitudes de visado no han bajado aún, reconoce Antonio Segura, cónsul español en Shanghái. "Es fácil conseguirlo. Compartimos edificio con Noruega y Luxemburgo y no reciben ni una centésima parte de peticiones que nosotros". Sostiene Segura que la ley es buena, pero que debería aplicarse escrupulosamente.

QingtianMuchos chinos llegaban antes a través de mafias, sin papeles, en las bodegas de barcos o hacinados en camiones. Muchos no alcanzaban el destino. Es una vía en extinción, por los esfuerzos de Pekín y porque hay métodos menos traumáticos.  Ahora se opta por la vía de la reagrupación, si algún familiar vive en España. Y si no, a través de una oferta laboral por la que un empresario cobra unos 15.000 euros y que el emigrante devuelve trabajando gratis dos o tres años en condiciones descritas por Dickens.

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El apoyo de los chinos hacia sus Juegos es granítico. Occidente suele explicar estos fenómenos aludiendo a estomagantes campañas nacionalistas en prensa dirigidas por Pekín, sin detenerse a pensar que eso implica considerar idiotas manipulables a la cuarta parte de las personas del mundo.

Cuando Europa finiquitaba su segunda revolución industrial a principios del siglo XX, China era feudal. Los señores de la guerra aún camparían hasta la fundación del país, en 1949. No son, pues, los 40 años de oscuridad franquista que Barcelona y por extensión España enterraron en 1992, tras una esforzada transición. La transición china cubre un agujero de varios siglos, durante los que China enlazó las peores calamidades: a la guerra civil, que la empata con España, hay que añadir el sangriento imperialismo japonés, el codicioso colonialismo europeo, los desvaríos maoístas o la peor hambruna de la Historia moderna. En los 60, cuando los españoles empezaban a comprar seiscientos y lavadoras a plazos, entre 30 y 40 millones de chinos morían por no tener nada que llevarse a la boca, una cifra superior a la población española de entonces.

Y sin embargo, China organizará unos Juegos Olímpicos tan sólo 16 años después de España. Así avanza China; quemando en décadas las etapas que en Europa costaron generaciones. Hay claroscuros, como la execrable política de derechos humanos o la presión sobre minorías étnicas, pero si un chino mira atrás, no necesita que le manipulen para orgullecerse del cuadro global.

Los chinos miran a los Juegos como la oportunidad de presentarse al mundo, convencidos de que sólo el muro de la ignorancia que han levantado siglos de aislacionismo explica su mala prensa global. "Cambiar la mala imagen" es una respuesta común cuando se les pregunta qué es lo que más ansían de los JJOO. Los chinos, cuyo carácter tiene rasgos infantiles y naives, esperan ver correspondido su júbilo por el fin del encierro. Así se explica su sorpresa y horror por el acoso a la antorcha, recibida con gritos de "China avergüénzate" incluso en países que hasta hace poco la esquilmaban o condenaban a la drogadicción para cuadrar su balanza comercial.

Además de tibetanos, miembros de Falun Gong y otros colectivos con razones comprensibles para desear la ruina olímpica, se escucha un runrún político, civil y artístico global agresivo. La concesión olímpica fue presentada como una tragedia. Se espera que a China se le caiga el castillo de naipes, que se descubra que es aún una advenediza en la modernidad y en el club cerrado de los que mandan.

Lo noticioso no es cómo miran los chinos los JJOO, por carecer de misterio, sino como los mira el mundo. China ha cumplido su dolorosa parte para llegar hasta aquí. Ahora le toca corresponder al resto del mundo.

Se acercan los Juegos Olímpicos y arrecian las noticias sobre las medidas de seguridad: los miles de estudiantes y empresarios a los que no se les ha renovado el visado, los misiles tierra-aire desplegados junto al estadio olímpico, la prohibición de entrar líquidos en el metro o el aeropuerto o el control a los extranjeros. La policía ha acudido tres veces en una semana a mi casa para urgirme a renovar mi permiso de residencia. No es nada traumático. Son dos chicas monas y simpáticas, aún en la academia, que aceptan resignadas mis torpes excusas.

Una amiga me comenta las instrucciones que ha recibido en el aeropuerto de Pekín antes de volar a Dalian, en la costa. Un inciso: el pato laqueado es el plato más típico de la capital. Es habitual que los turistas chinos regresen con un pato precocinado. Van en bolsas metálicas rojas características, ubícuas en los aeropuertos. La apariencia desalienta a probarlo, y los comentarios escuchados aún más. Ahí va lo que se escuchaba el otro día por los altavoces: "Para aquellos que lleven pato laqueado, recuerden que han de retirar la salsa antes de pasar por el puesto de seguridad".

Y un pato laqueado sin salsa no es pato laqueado ni es nada.

un trabajador de la fábricaEs el inapelable progreso: los hutongs, barrios tradicionales pequineses de casas bajas y callejones retorcidos, tienen difícil cabida en la sede olímpica. Pero lo que no sirve para vivir puede valer aún de mesa, silla o estantería. La fáctoría Bao Yi Xin Long recicla hutongs y los transforma en muebles nuevos, pero de madera centenaria.

El proceso es sencillo. Lo que queda de los hutongs afectados por un proyecto inmobialiario pertenece al constructor. Las viejas vigas de madera que soportan los tejados solucionan un problema grave para las modestas empresas chinas. Éstas no pueden comprar las caras máquinas extranjeras que secan la madera joven, de más de medio millón de yuanes (10 yuanes equivalen a un euro). No es raro que los muebles chinos nuevos se agrieten o deformen con los cambios de temperatura. Así pues, una vieja viga puede costar entre 2.000 y 3.000 yuanes (10 yuanes equivalen a un euro). El constructor se llena los bolsillos antes de colocar el primer ladrillo.

La fábrica Bao Yi Xin Long está en las afueras de Pekín. Son varias casetas desperdigadas sin orden aparente y rodeadas de maleza. Las vigas son purgadas de clavos, pulidas y cortadas en láminas antes de llevarlas a manos de los carpinteros.

Li ***, su propietario, lamenta la crisis. La fábrica ha pasado de tener 200 trabajadores a una cincuentena y este año ha cancelado dos importantes encargos por no poder cumplirlos. Enumera las causas y maldice los Juegos Olímpicos: la lucha contra la contaminación ha prohibido la circulación por la ciudad de los camiones que traían la madera y ha cerrado temporalmente las fábricas de barnices. La falta de trabajadores se explica por el férreo de control policial a los emigrantes del interior. También por las nuevas políticas de ayuda al campesinado, que ahora ya no mira a las fábricas como único tablón de salvación. Li ha doblado sus sueldos en tres años.

Li, sobre las viejas vigasHay otra causa: el número cada vez menor de hutongs y las nuevas políticas proteccionistas. "Este año no he comprado ni una viga en Pekín. Los precios se han cuatriplicado en siete años. Compro maderas de casas viejas de las provincias de Shandong o Shaanxi. Antes sacaba un 20 % de beneficio, ahora apenas puedo pagar salarios. Muchas empresas ya han cerrado", dice.

El período dorado fue entre 2000 y 2004. Pekín había sido designada sede olímpica y las autoridades dictaron la sentencia de muerte de los hutongs. Se dijo que no quedaría ni uno y la piqueta tuvo carta blanca. Cayeron hutongs centenarios y chabolas, sin distinción. Camiones cargados hacían cola a diario frente a la fábrica de Li. Sólo quedan unos 500 hutongs de los 3.000 que hubo a principios de los noventa.

La sensibilidad cambió más tarde, se instauró el Día del Patrimonio Cultural y el ministro de Cultura, Sun Jiazheng, pidió perdón por los desmanes. También Li apoya esa política, imprescindible para salvaguardar las esencias pequinesas, pero recuerda que las condiciones de vida en muchos de los hutongs eran y son muy duras, impropias de la capital de la cuarta economía mundial, y que la aspiración de vivir mejor es universal.

Su fábrica transforma las vigas en muebles clásicos chinos, del austero estilo de la dinastía Ming al recargado de la época Qing. En los últimos años también vende a occidentales, que tienen parecidos problemas para orientarse entre dinastías a los de un chino entre catedrales románicas o góticas. Mientras en Occidente se aprecia el arte chino tradicional, los nuevos ricos chinos se decantan por los estilos europeos modernos. Así que Li los ha incluido en su colección. Maderas que cubrieron a generaciones de chinos, vieron pasar dinastías, nacionalistas y comunistas, acaban como una silla de corte europeo de vanguardia. "Cumplo los pedidos. Bastante tengo con eso", dice Li.    

Ocurrió hace unos días en Shanghái. Un enajenado enmascarado y armado con cuchillo y martillo lanzó ocho cócteles molotov en la puerta de una comisaría. Entró, subió pisos y tiró de cuchillo hasta ser detenido en la planta 21. Había matado a seis policías y herido a otros tantos. Tang, que así se apellida, dijo haber actuado por venganza: había sido detenido injustamente el año pasado por robar bicicletas.

Me entero de la noticia en un restaurante pequinés. Sorprende la nula lástima por los policías, viudas y huérfanos. Incluso enorgullece que el agresor fuera pequinés. Sugiero que las víctimas ni siquiera fueron los culpables de aquella detención, pero mi argumento tampoco cala. Los presentes se atropellan contando historias de abusos policiales sufridas. Todos tienen la suya. El dueño del pequeño restaurante de Xi'an explica que a un camarero le acusaron injustamente de robar una bicicleta y le apalizaron en plena calle hasta que lo admitió. Le cayeron tres años de cárcel.

Hay una tibia reacción a favor de Tang en internet. El caso recuerda al del salchichero indultado del año pasado. Es improbable que a Tang le sirva: seis policías muertos son muchos muertos. Pronostico que su pena de muerte será dictada en los próximos días y ejecutada con celeridad para evitar más debate.

Los encuentros de ciudadanos con policías suelen ser traumáticos. La corrupción policial no es cosa de personas sino de sistema, tan podrido como el de los gobiernos locales. Su imagen es la antítesis de los humildes, valerosos y paletos soldados. En China, a una persona desprendida y generosa se le pregunta si ha estado en el Ejército, esperando que la respuesta sea positiva.

Vuelvo a Zhou Zhenglong, una debilidad personal. Zhou es el campesino y cazador ocasional que fotografió al tigre de Amoy cuando se creía extinguido. El bueno de Zhou ha acabado donde me temía: en la cárcel por fraude. El Gobierno de Shaanxi ha reconocido finalmente que el agua moja: las fotos eran falsas. Zhou tiene el encanto de los personajes de la literatura picaresca. Su estafa era tan osada como burda, sólo era cuestión de tiempo que se descubriera. Como le definió uno de los principales activistas contra el fraude: "Zhou es sólo un chivo expiatorio, la pieza más débil del tablero".

El asunto tiene interés porque sirvió de prueba del descrédito de los gobiernos locales. Mientras las pruebas del fraude se acumulaban, los funcionarios seguían defendiendo las fotos, despreciando a la comunidad científica y al sentido común. Detrás estaban los fondos que iban a recibir de Pekín para levantar una reserva natural y los ingresos por turismo. O quizá sólo la estupidez humana, la arrogancia del que se sabe intocable, la huida hacia adelante. Erraron: trece funcionarios han sido despedidos.

Entre ellos, los más testarudos. El director del Departamento de Silvicultura, Zhu Long, dijo ayer que iba a vivir una vida feliz y a disfrutar un montón. El jefe del departamento de Información, Guan Ke, reconoció que su pasión había excedido su razón. No parecen excusas muy sentidas, a pesar de que aceptaron las fotos falsas, ignoraron las evidencias en contra y se anclaron en la mentira, utilizaron los mecanismos del poder para evitar que la verdad aflorara, ofrecieron su cargo como garantía, defendieron las fotos hasta hace dos días y levantaron un escándalo que traspasó fronteras.

A su lado, la pedestre falsificación de una foto con photoshop de un pobre campesino se me antoja pecata minuta.

Del terremoto de Sichuan se sigue hablando del papel de los equipos de rescate extranjeros. Los expertos rusos sólo pudieron salvar a un superviviente. Era una mujer de 61 años, atrapada durante 127 horas entre los escombros, en Dujiangyan. Es una zona rural, donde la mayoría sólo ha visto a extranjeros por la televisión. Ahora se ha sabido lo que dijo, muy seria, cuando vio al equipo de rescate: "Joder, pues sí que ha sido fuerte el terremoto. Me ha desplazado a un país extranjero".
¿Compra menos tiendas de campaña el dinero donado por un actor después de que internet desnudara su avaricia?  ¿Es digno que una multinacional limpie su apoyo protibetano con millones de beneficiencia? Por encima de los debates éticos sobrevuela una certeza: la ayuda a las víctimas del terremoto es urgente y necesaria, y no hay medio malo para conseguirla.

El terremoto sacó lo mejor del pueblo chino, del que a menudo se menciona su reciente apego al dinero. Jóvenes de todo el país se dejaron el sueldo de meses en un vuelo a Sichuan para ayudar a las labores de rescate. Media docena de magnates de Hong Kong confortaban y compartían rancho con las víctimas en Yingxiw, en el epicentro del terremoto. Largas colas de donantes se formaban antes de que abrieran los bancos de Chengdú, la capital provincial. Se ha hecho famoso el mendigo que daba todas sus limosnas. Varios supermercados pusieron sus productos a disposición de las víctimas, y compañías de telefonía han dado crédito gratis en las zonas afectadas. Es posible blindarse frente a decenas de cadáveres sobre camionetas descubiertas, pero no ante una niña hambrienta que ofrece al periodista un pedazo de sandía en Jiu Long, un poblado remoto y devastado, o ante una anciana que insiste en darle uno de los dos botellines de agua que le corresponden por día mientras cuenta que ha perdido la casa y la familia.

En ese marco, perder el paso está muy mal visto. Los internautas, con un poder de presión enorme y a veces descontrolado, han fiscalizado los esfuerzos de los famosos. El actor Jackie Chan sale fortalecido en su papel de reserva moral e ídolo de masas: dio 10 millones de yuanes (diez yuanes equivalen a un euro), ha organizado galas de solidaridad y planea una película para recaudar fondos. El millón de yuanes y la recolecta de fondos organizada en Cannes han redimido a la actriz Zhang Ziyi , un blanco habitual de la red tras representar a una prostituta japonesa en la película japonesa "Memorias de una geisha" o cantar en playback en la gala de fin de año.

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Sostenemos los corresponsales de por aquí estos días un fragoroso debate sobre por qué cayeron las escuelas en el terremoto de Sichuan. Las referencias a la corrupción fueron constantes desde los primeros días. Se argumenta que muchas escuelas eran lo que aquí se conoce como proyectos tofu, es decir, edificios levantados con menos presupuesto del escriturado, y cuya diferencia se reparten el constructor y los Gobiernos locales. También se recuerda la costumbre de éstos en levantar sus excelsas sedes mientras escatiman en colegios u hospitales. Un esforzado artículo del Internacional Herald Tribune recordaba recientemente un caso significativo en Fuyang, provincia de Anhui. No veo en esos argumentos más que los habituales prejuicios con que China es mirada desde Occidente, incapaz de dar tregua ni siquiera después de 90.000 muertos. Como dice un colega, recordar que el terremoto fue de 8 grados parece de mal gusto.

El debate está mal enfocado. La corrupción en los entes locales es sistemática y mastodóntica. Lo que se plantea es su incidencia en la caída de las escuelas. Las escuelas cayeron porque tenían que caer. Sichuan es una de las provincias más atrasadas de un país en desarrollo, y en ese marco lo raro sería una escuela en buen estado y construida con materiales caros. Vi de cerca los restos de la famosa escuela de Dujiangyan, donde quedó sepultado un millar de estudiantes: cemento prefabricado, yeso y ladrillos de arcilla. No había rastro de acero para reforzar las estructuras internas. Con o sin corrupción, esa es la escuela que uno espera encontrar en Sichuan. O, por ejemplo, en Argelia. O en Marruecos. O en Turquía. O en Pakistán. Esa es la escuela que no tiene ninguna posibilidad frente a un terremoto de ocho grados.

Las escuelas son las primeras en caer durante un terremoto en zonas subdesarrolladas. Es tan dramático como incontestable. Así ocurrió recientemente en Argelia, Marruecos, Turquía y, especialmente, Pakistán: murieron 17.000 niños y cayeron 7.000 escuelas. Incluso ocurrió en el sur de Italia. Las escuelas se derrumban "rutinariamente" durante los terremotos, concluía un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Unos dicen que es por su tamaño medio, el menos resistente contra un seísmo. Otros, que son menos rentables que las viviendas y se levantan con lo mínimo. Sea lo que sea, la caída de escuelas no es un hecho diferencial chino.

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Brigada de desinfecciónNinguno había visto un cadáver antes y hoy integran la brigada que los extraen y desinfectan por decenas en Yingxiw, un pueblo cercano al epicentro. Son una docena, de entre 18 y 20 años, y llevan seis meses en el Ejército. "Al principio vomitábamos, porque muchas veces no hay más que trozos, pero después de una semana ya estamos acostumbrados", dice uno. Un par juega con sus mangueras, simulando que son espadas. Otros dormitan apoyados sobre los restos de un colegio. Trabajan día y noche, y arrancan siestas donde y cuando pueden.

Los soldados del Ejército Popular de Liberación son estos días la reserva espiritual que alivia el dolor. China siempre ha estado muy próxima a sus soldados, pero las alabanzas se han disparado ahora. Se adentran en edificios pendientes de un soplo para caerse, comparten su rancho con los supervivientes y ofrecen con una sonrisa fideos instantáneos, preciados botellines de agua o un cigarrillo cómplice. En la estampida tras la amenaza de una inminente inundación en Beichuan, solo los soldados cargaban trabajosamente a los heridos, ancianos y niños hacia las laderas.

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Zhang Guang Bei, junto a su esposaLa llegada de cadáveres por docenas al tanatorio de Dujiangyan, en camionetas al descubierto o en palas de tractores, le enfrenta a uno a la desasosegante certeza de la fragilidad del cuerpo humano, de los muchos caminos que llevan a su rendición, de sus demasiados órganos imprescindibles. Del Hospital Huaxi de Chengdú se va uno con la certeza de su resistencia, de hasta qué punto puede ser aplastado, seccionado, sepultado y privado de agua y alimentos sin dimitir. Visito a un paciente dolorido por su pierna supurante, y a la mañana siguiente le ha sido amputada.

En el hospital de Chengdú, la capital de la provincia de Sichuan, hay casi 2.000 víctimas del terremoto, que ha causado 80.000 muertos y desaparecidos. Los rescates en los últimos son sólo un goteo, pero el ulular de las ambulancias es continuo. Es el único hospital de la región con capacidad para practicar las operaciones quirúrgicas más complejas, así que hay un trasiego febril de enfermos entre éste y los hospitales comarcales.

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Zhou MinChina envía al equipo de Zhou Min (Pekín, 1962) para ayudar en las crisis internacionales. Ha estado en el tsunami de Indonesia y en los terremotos de Irán y Pakistán. Estos días se aplaude la rapidez de reacción y coraje de los equipos chinos, pero hay sombras sobre sus medios. Zhou acaba de recibir la orden de dejar Yingxiw, una ciudad devastada donde han muerto 7.000 de sus 10.000 habitantes. Muchos siguen enterrados.

-- ¿No quedan más vivos aquí?
-- No. Hoy por ayer hemos sacado a uno al que habíamos localizado hacía tiempo, y ha salido con las piernas y brazos destrozados por las infecciones. Los perros no han encontrado nada en varios días. En Pakistán sacamos a uno enterrado que llevaba 28 días enterrado en un supermercado donde podía beber y comer, pero eso es excepcional. Aquí hemos sacado sólo a 10 porque tardamos tres días en llegar, antes fuimos a otros sitios. Ahora vamos a Wenchuan. No tenemos esperanzas de sacar a nadie.

-- ¿Cuál es el mayor problema ahora?
-- Las epidemias, por la acumulación de cadáveres. No ha habido aún ningún caso, pero podrían empezar la semana próxima.

--Se ha discutido la calidad de las construcciones chinas. ¿Qué diferencias hay con Pakistán, otro país en desarrollo?
--Esta es una zona pobre y los edificios son viejos. Además, no podemos olvidar que fue el epicentro de un terremoto de intensidad 8 y ha sufrido múltiples réplicas. Y, sin embargo, hay bastantes edificios en pie. El terremoto en Pakistán fue de intensidad 6 y no quedó nada. Las casas son más altas aquí, hay más escombros, pero hemos sacado a más gente porque conocemos las costumbres, dónde está la cocina o el baño. Y hablamos el mismo idioma. Allí nos tenían que traducir del urdu al inglés y después al chino.

-- El veto al personal internacional, ¿fue para evitar esos problemas?
-- El idioma es clave: lo más eficaz para salvar a gente es la comunicación con la víctima, que te explique dónde está o si hay más gente en la casa. Es mucho más importante que la maquinaria más moderna. Fue una decisión diplomática en la que no entro, pero hay que recordar que sí han venido equipos de Rusia, Japón y Taiwán.

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Mesas de ping pong en el campusEscribía hace una semana sobre el miedo en Chengdú. Lo de anoche fue pánico. Las continuas réplicas que han seguido al terremoto han afectado el equilibrio nervioso de la población. No se puede recuperar la calma si cada día vibra tu edificio, sobre todo en las plantas más altas. Tampoco es agradable ver rodar el bolígrafo por la mesa cuando escribes de madrugada una crónica sobre el terremoto. La tercera vez que me despertaron los temblores decidí cambiarme de la novena planta de un hotel espigado a la cuarta de uno más bajo. Un corresponsal con el que compartía hotel hizo comentarios poco elogiosos sobre mi gallardía, y la noche siguiente corría hacia la calle tras una fuerte réplica de 6 grados.

Sobre el cementoFue en ese contexto cuando el Gobierno anunció que se esperaba un terremoto inminente de entre 7 y 8 grados. No había habido ningún anuncio antes, así que el asunto parecía grave. Me lo dijo mi chófer tras recogerme en la presa cerca de Yingxiu, cerca del epicentro, donde murieron 7.000 de los 10.000 habitantes. Ahí se sintieron con toda la intensidad los 8 grados del terremoto. Huang Yu, uno de los pocos supervivientes, me contaba que ha perdido el miedo: después de aquél, lo que viene después son migajas. "Cuando siento otro temblor, me doy la vuelta y sigo durmiendo". Los daños fueron mucho menores en Chengdú, a 150 kilómetros. Murieron 45 personas sobre una población de 10 millones, por ataques al corazón o tras saltar por la ventana. Casi todos los edificios quedaron indemnes.  Es curioso que haya más miedo en Chengdú que en Yingxiu.

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Una mujer llora en BeichuanEs posible atravesar Beichuan saltando entre los escombros, sin pisar el suelo. Vista desde arriba, recuerda una construcción de Lego tras el manotazo de un niño. Si el infierno en la tierra existe, es esta ciudad de más de 100.000 habitantes de la provincia de Sichuan, en la China rural del interior, a miles de kilómetros al oeste de la púrpura de Pekín, Shanghái o Hong Kong. Es la ciudad más cercana al epicentro del terremoto, que ha matado a 50.000 personas y dejado sin casa a cinco millones. 

El 80% de las construcciones ha caído. El resto de edificios aguanta en alambicadas posturas, esperando un soplo para dimitir. La tierra se abrió. El tejado de una fábrica textil se levanta apenas un metro del suelo. Sus cuatro plantas fueron engullidas, junto a un centenar de trabajadores. Mu Cheng Jin sabe que es imposible sacar de ahí a su esposa, ni siquiera su cadáver. Su casa también cayó, apenas veinte minutos después de que él saliera. Fue uno de esos raros días que no comió en la fábrica.

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El funesto ritual...Eran las cuatro de la tarde cuando se repitió el triste ritual del instituto de Juyuan. El súbito silencio señalaba que los equipos de rescate habían encontrado otro cuerpo. Los soldados que formaban el corredor por el que iba a ser evacuado se cogían de las manos y tensaban los brazos para contener la avalancha de cientos de padres ansiosos de noticias.

Cuatro soldados llevaban sobre una tabla el cuerpo, con la cara cubierta por el chándal que usan los estudiantes chinos. Lo conducían hacia una cercana carpa, rematada por una tela agujereada, y lo colocaban sobre una puerta, que lo separaba del lodazal. Los soldados controlaban el acceso ordenado de los padres. Algunos destapaban la cara con cuidado. Otros no se atrevían y tan solo le miraban los pantalones o el calzado.

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Una calle de Chengdu, después de la réplica del terremoto. APChengdu, de 10 millones de habitantes y capital de la provincia de Sichuan,  está a un centenar de kilómetros del epicentro del terremoto. No se ven escenas de destrucción masiva. Sólo unos pocos edificios cayeron; el resto apenas sufrió desperfectos. Pero han muerto 45 personas, y el miedo se nota. Mucha gente desafía el aguacero durmiendo en la calle con tiendas de campaña que no son más que dos palos y una tela vieja, hay familias enteras durmiendo en los coches. Existe el convencimiento de que sólo el cielo abierto es seguro. Sólo una minoría está en la calle forzada por los desperfectos de su casa; la mayoría lo está por miedo, con sus casas intactas. La réplica de esta tarde, de 6 grados en la escala Richter, lo ha multiplicado. Leer más

Un ordenador viejo plantea un problema. Reciclar no es rentable: el valor de los materiales salvados ni siquiera roza lo que cuesta extraerlos. Rentabilizarlos requeriría salarios misérrimos e ignorar olímpicamente engorrosas medidas de seguridad. La solución es Guiyu.

Guiyu, de apenas 200.000 habitantes, es el mayor cementerio de ordenadores y demás chatarra electrónica del mundo. Hay más veneno del primer mundo en India, Pakistán, Filipinas o Nigeria, pero en ninguno como en Guiyu, en la provincia china del Cantón. Sus calles son un enorme basurero de cables y hojalata. A veces el orden revela la alta especialización: medio centenar de contenedores con ordenadores portátiles se alzan unos diez metros en la calle principal; una docena de grandes bolsas con carcasas de Game Boy se acumulan un poco más allá; un triciclo a motor cargado hasta lo peligroso de placas metálicas cruza a toda velocidad la ciudad. Otras veces no hay más que cordilleras de plásticos y metales. Es lo poquísimo no aprovechable que queda al final de la cadena, y que terminará en el río.

El 95 % de la población come de los ordenadores. A diferencia del paisaje del Cantón, en Guiyu no hay fábricas. El taller es el cobertizo, el patio interior, unos taburetes en el salón de casa. La tecnología del siglo 21 se destripa con sudores y utensilios del 19, a martillazos, con destornilladores y alicates, sin más protección que guantes. Los tóner de las impresoras, irrecuperables, son tirados en cualquier lugar, pero antes se ha inhalado la carbonilla. El asunto no sería tan catastrófico si los ordenadores no contuvieran tantos elementos cancerígenos. Hasta hace pocos años, en las calles se quemaban cables para extraer el cobre y se bañaban en ácido los chips para recuperar ínfimas cantidades de oro. Ahora se hace en la trastienda.

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Se ha hablado mucho estos días del boicot chino a Carrefour. Así, sin matices.

Estuve en el Carrefour de Pekín el primer día de las protestas, y no había más de treinta jóvenes. No estuve el 1 de mayo, cuando supuestamente se iniciaba otro boicot de tres días, pero un colega me describió las protestas: un idiota disfrazado de ninja quiso entrar con una pancarta, la policía se la quitó, y los que estaban comprando, que no manifestantes, rieron y gritaron un poco. Hubo más protestas en centros de Xian, Chongqing, Shenyang y Changsha, que concentraron a unos miles.

Tenemos, pues, protestas en cuatro de los 112 centros de Carrefour en China. Tenemos a unas decenas de manifestantes en Pekín, de 15 millones de habitantes. Tenemos a unos miles de manifestantes en todo el país, de 1.300 millones de habitantes. Y tenemos titulares como "China protesta contra Carrefour", "Boicot chino a Carrefour" o similares. Leer más


Hablé de la diplomacia taiwanesa del dólar durante las elecciones de marzo. En esencia, Taipei intenta frenar con generosas inversiones a fondo perdido el irrefrenable trasvase de países a la órbita de Pekín, que exige la rotura de relaciones diplomáticas con Taiwan y la asunción del principio de "una sola China". A pesar de que la diplomacia sangra sus arcas, Taipei apenas conserva una veintena de países de peso mosca.

La absurda diplomacia del dólar trasciende estos días. A Taiwan se le han perdido 30 millones de dólares de camino a Papúa Nueva Guinea. En 2006, Taiwan les dio el dinero a dos comerciantes para que mediaran en la  "mejora de los lazos" con el país del Pacífico. Más claramente, para convencerlo de que rompiera las relaciones con Pekín y las estableciera con Taipei. Leer más


Jin Jing ha relevado estos días en la prensa china a las cinco niñas chinas encerradas en una tienda y quemadas vivas por tibetanos durante la revuelta de Lhasa que en occidente muchos aún creen pacífica. El relevo parisino de Jin, la guapísima minusválida, tiene una fuerza icónica invencible: zarandeada y golpeada por manifestantes protibetanos, salvada la antorcha bajo su cuerpo mientras grita dónde está la policía, y salida del desigual combate con lágrimas y el labio magullado, pero digna y victoriosa, aferrada al fuego olímpico entre los vítores y gritos de los chinos en las calles de París: "¡Chica, sé fuerte!", "¡Adelante, China, adelante!". "En ese momento sentí que toda la madre patria me apoyaba, y tuve el presentimiento que los Juegos serán un éxito", dijo después Jin.

Jin es el símbolo de la resistencia china a los agentes extranjeros que persiguen la ruina olímpica. "El ángel sonriente en silla de ruedas", "la relevista más guapa", "la heroína que protegió la antorcha con su cuerpo", se la describe en la prensa. "Eres guapísima, pero tu corazón aún lo es más", "gracias por proteger el orgullo chino", "venceremos", se lee en los blogs. La historia ha sido detalladamente descrita por testigos, y muchos chinos reconocen que han llorado al leerla. Jin la ha repetido en los medios chinos. La foto en la que aprieta la antorcha contra su cuerpo tiene el aroma de lo perdurable. 

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Zhang Shufan era una desconocida hasta que habló brevemente en un programa televisivo que anunciaba otra campaña contra los contenidos indebidos en la red. "Buscaba información en internet cuando una ventana surgió de repente. Era muy amarilla, muy violenta. La cerré enseguida", contaba la Lolita de 13 años con el susto aún fresco. El erotismo chino no es verde sino amarillo, y la frase triunfó. Se han creado webs con ella, circulan fotos, vídeos y caricaturas. Hay clasificaciones sobre las webs más amarillas y violentas. Zhang ha desoído el clamor que le suplica el nombre de la que la perturbó, y su padre ha denunciado la crisis que sufre por tanta burla.

Carece del regio lustre del "¿por qué no te callas?", pero ha ido mucho más allá. Todo es amarillo y violento en los últimos meses. ¿Qué tal tu fin de semana? Muy amarillo, muy violento. ¿Has visto la versión sin censurar de Deseo, peligro? Muy amarilla, muy violenta. Es una de las frases de éxito que se repiten estos días en cualquier esquina. Hay más, también de generación espontánea.

Los cantantes en Hong Kong frecuentan menos el lado salvaje que las recepciones con políticos. Gillian Chung, la mitad del grupo juvenil de masas Twins, aún iba más lejos. Censuraba a los famosos que se besaban en público y criticaba el sexo prematrimonial en colegios católicos. Edison Chen es el actor que causó un enorme escándalo sexual tras llevar a reparar su portátil con cientos de fotos privadas de sus famosas exnovias, Gillian entre ellas.

"Cuando era joven era muy naíf y muy tonta", se excusó entre lágrimas en una rueda de prensa que no convenció a nadie. Su carrera está acabada y su boda aplazada. Si cuando era naíf se dejaba fotografiar con la cabeza tozudamente entre las rodillas de Edison y con una botella de lubricante a mano, qué hará cuando madure, se preguntaban los internautas. Cuando uno tiene un problema hoy en China, finge pucheros y dice que fue naíf y tonto.

A Edison le fue mejor. Reconoció sin matices su culpa, dijo haber fallado como modelo social, anunció que dejaba la industria del entretenimiento de Hong Kong para limpiar su alma a través de obras benéficas, recibió el perdón de la sociedad y nadie se ha molestado esta semana al saberse que en breve empezará a rodar en Singapur. Había dicho Hong Kong.

La verdad ha sido vapuleada desde que empezaron las revueltas en Lasa. Era esperable de China, una dictadura anclada en la manipulación y la censura de la Revolución Cultural, pero mucho menos de medios occidentales. Militares nepalís golpeando a tibetanos han sido constantemente presentados como chinos por televisiones y diarios. La CNN manipuló una foto de las revueltas violentísimas de Lasa, cortando a manifestantes que apedreaban un camión de soldados chinos.

"No seas tan CNN", se dice al extranjero que ve el conflicto del Tíbet como una película de buenos y malos. Por extensión, también a los que culpan a China de la ruina ecológica mundial o del aumento del precio de la leche. Es una frase anónima y aún incipiente, pero sobran naífs y tontos para augurarle el éxito.

Gordon Brown no irá a la ceremonia de apertura de los JJ.OO. de Pekín, ha confirmado Downing Street. No hacía falta: su ausencia, por causas de agenda,  ya era conocida desde hace meses, mucho antes de que estallara el conflicto del Tíbet. Brown lo ha repetido esta semana: su decisión era previa y no tiene relación con el boicot. Pero la noticia ha sido ampliamente divulgada en la prensa occidental en grandes titulares.  El contexto se explicaba muy abajo, o no se explicaba, así que Brown ha pasado a incluirse en la lista de boicoteadores junto a Ángela Merkel o Sarkozy.

Las ceremonias de inauguraciones de los JJ.OO. atraen a buena parte de los mandatarios mundiales. Pero a éstos se les presupone una agenda cargada o una buena lista de problemas internos a resolver. Basta repasar las anteriores inauguraciones olímpicas para comprobar insignes y variadas ausencias. Convendría recordarlo antes de identificar automáticamente a cada ausente como un boicoteador.    

Se suele meter estos días en el mismo saco a Ángela Merkel y Nicolas Sarkozy porque aquella no irá a la ceremonia de inauguración de los JJ.OO en protesta por la política de derechos humanos de China y éste es probable que tampoco.

Merkel es, probablemente, la única líder europea que trata con honesta beligerancia los derechos humanos en Pekín. Lo habitual es que las delegaciones diplomáticas suelten a los chinos un par de generalidades o abstracciones antes de largarse con jugosos contratos económicos bajo el brazo. Para China es un trámite indoloro, y al país en cuestión le basta para salvar la cara ante su opinión pública. "Les hemos mostrado nuestra más enérgica postura, y se han mostrado muy abiertos a considerarla", es una fórmula habitual. Leer más


La llegada de la antorcha olímpica a Pekín estuvo envuelta en "excepcionales medidas de seguridad". También hubo "excepcionales medidas de seguridad" en la ceremonia del encendido en la plaza de Tiananmén. Ese fue el titular global, que solía completarse con coletillas como "para evitar protestas como las de Grecia". Tiene el innegable valor de subrayar el carácter de estado policial de China. Y soluciona el problema periodístico del titular, especialmente grave si no pasa nada en la llegada de la antorcha y la ceremonia es el previsible tostón.

El problema es que el peligro de protestas en Pekín no existía, como se demostró después, y no por las "excepcionales medidas de seguridad", sino porque los chinos apoyan sus Juegos Olímpicos y suelen mirar a los tibetanos como revoltosos desagradecidos. No he encontrado a nadie en Pekín, extranjeros incluidos, que tuviera dudas de que la antorcha, al menos en Pekín, respiraría tranquila. Leer más

Hay coincidencias en los casos de Ren Xiaofeng y Xu Ting. Ambos robaron un banco, fueron capturados y despertaron la simpatía general. Ahí acaban: el primero ha sido ejecutado y el segundo saldrá a la calle tras cinco años de cárcel.

Ren, ajusticiado ayer junto a su socio Ma Xiangjing, protagonizaron un robo tan audaz como estúpido: desfalcaron 4,6 millones de euros del banco donde trabajaban como guardias de seguridad y se los gastaron en lotería con la certeza de que les tocaría el gordo y podrían devolver lo sustraído discretamente. Lo conté ya en su día. Sorprende la dureza de la sentencia: China ha elevado el listón de la pena de muerte a los casos realmente graves. Ni Ren ni Ma utilizaron la violencia. Al final pesó más el fin ejemplarizante de la justicia china y la cuantía del robo, el mayor de la historia en el país.    Leer más

Tren y antílopesDespués del tigre que no estuvo ahí, los antílopes que llegaron demasiado pronto o demasiado tarde. La foto de la izquierda no es una cualquiera: fue premiada en el Concurso de Fotoperiodismo de 2006 que retransmite en directo la TV pública, salió en más de 200 medios chinos y bastantes extranjeros. Y mucho más importante aún, dio aire al Gobierno cuando ecologistas de medio mundo alertaban del desastre ecológico causado por el tren del Tíbet, el más alto del mundo. La foto muestra la coexistencia armoniosa de la alta tecnología y la vida salvaje.

Tampoco el autor es un cualquiera. Liu Weiqiang es un habitual de los medios chinos más prestigiosos y ganó el premio en un concurso nacional de 2002 con una espectacular foto de una tormenta de arena. También es un tenaz ecologista, habitual en las campañas para salvar de la extinción al antílope. Tras ser premiado por la foto, dijo haber tenido que esperar ocho días con sus ocho noches en una desértica y fría zona a 4.000 metros de altitud.

La foto es falsa. A algunos expertos ya les había extrañado que la veintena de antílopes, extremadamente tímidos y huidizos, trotara alegremente con el tren a sus espaldas. La prueba llegó más tarde: un internauta amplió la foto y vio una línea roja que parecía la unión de dos fotos diferentes. Leer más

Desde que a sus 24 años dejó atrás el palacio Potala a galope y disfrazado de guerrillero para engañar a las tropas chinas, Lhamo Dondhup, más conocido como dalái lama, ha abrigado un sueño: morir en el Tíbet. Hoy tiene 72 años y, con las relaciones con China arruinadas, su deseo es más que nunca eso, un sueño. Por si había dudas, un alto político chino le sugirió esta semana tras la revuelta que asumiera la idea de no volver a pisar las nieves del Himalaya tibetano y conformarse con Dhramsala, la ciudad india donde está la sede del Gobierno en el exilio.

La relación entre el dalái lama y China nunca ha sido fácil, aunque las complicaciones han variado de intensidad. El dalái lama se esforzó en aliviarlas. Hace tiempo que no reclama el gran Tíbet, que incluía parcelas chinas, ni exige un "autogobierno auténtico". Renunció a la independencia, apoyada aún por los sectores del exilio más radicales, en favor de una más factible "autonomía verdadera" que preserve la identidad cultural, lingüística y religiosa. Se hizo evidente en una histórica entrevista a un diario de Hong Kong en 2005: "El Tíbet es parte de China", fue el titular.

Pero China no quiere darle privilegios frente a otras provincias que, como Xinjiang, esgrimen parecidas quejas (repoblación a base de chinos, disolución de la cultura musulmana propia) pero no han encontrado a una estrella de Hollywood que les ampare. La petición del dalái lama de aplicar la fórmula de "un país, dos sistemas" vigente en Hong Kong fue rechazada de plano porque, según Pekín, el Tíbet ha sido China siempre y no se puede hablar de restablecimiento de soberanía. Leer más

La olla a presión tibetana volvió a estallar ayer, llevada al punto de ebullición por los conflictos religiosos, nacionalistas y étnicos desde que las tropas chinas entraran en 1950 en el país del Himalaya. La relación entre Pekín y Lasa está salpicada de capítulos sangrientos. Los 10.000 muertos en las revueltas de 1959 obligaron a miles de tibetanos a emigrar con el dalái lama a la India, sede desde entonces del Gobierno en el exilio. China decretó el estado de excepción en 1989, tras tres días de incidentes.

Estos 57 años de relación se explican de forma muy diferente en Lasa y en Pekín. Los tibetanos denuncian la falta de libertad religiosa, la política de diluir su cultura y una represión genocida. Según sus cuentas, China es responsable de un millón de muertos y del encarcelamiento de 175.000 tibetanos.
Pekín defiende que sus tropas liberaron al pueblo tibetano del yugo teocrático de los lamas, un anacronismo medieval que había convertido a la región en una de las más pobres del mundo.


China subraya los esfuerzos para desarrollar el aislado Tíbet. Su economía ha crecido el 12% en el último lustro (un ritmo superior a la media nacional) y recibirá inversiones hasta 2010 de casi 10.000 millones de euros en infraestructuras, educación y seguridad social. El Tíbet es la provincia que más dinero recibe de Pekín en los últimos años. Cuando a un chino se le pregunta por los tibetanos, suele responder con desdén que son unos desagradecidos. El dalái lama reconoce las mejoras económicas, pero reclama mayores libertades. Leer más

Un restaurante, en GuijieGuijie es un escaparate culinario nacional. En kilómetro y medio se concentra un centenar de restaurantes de todas las provincias chinas, Taiwán incluida. La competencia es fuerte y muchos relaciones públicas abordan al peatón medianamente cercano. En los últimos años también han abierto restaurantes extranjeros. El ruso sirve filetes sin la concienzuda mutilación china y en el brasileño suena Caetano Veloso. Están tocando, así que es habitual ver a sus relaciones públicas disputarse a los clientes, uno con gorro siberiano de orejeras y otro con camisa hawaiana, chinos ambos.
 

Guijie significa calle de los fantasmas porque las antiguas tiendas de verduras abiertas de noche usaban lámparas de queroseno. Hace 10 años fue reformada y ampliada y el Gobierno le cambió el nombre: Guijie, de igual pronunciación pero diferente escritura. La nueva acepción se refiere a una antigua vasija de dos asas para transportar comida. Se colocó una enorme escultura de una vasija en la entrada de la calle para defender el nombre, pero los chinos siguen hablando de fantasmas.

Los restaurantes han heredado la costumbre de abrir sin interrupción y hoy son la única opción entrada la noche. Es entonces cuando los miles de farolillos rojos le dan un aspecto único, casi mágico. La mayoría son restaurantes tradicionales, pequeños y honestos, de clientela heterogénea. Sus bajos precios preservan el perfil popular, pero es habitual ver aparcados ostentosos coches de quienes echan de menos las recetas de la abuela. Da igual la hora y el día, en Guijie nunca falta ambiente. La milenaria vinculación china de gastronomía y celebración ha hecho de Guijie una Canaletes pequinesa donde festejar los raros triunfos de su selección de fútbol. Cuando Pekín fue designada sede olímpica, miles de ciudadanos cantaron, bailaron y comieron 5.000 kilos de langostas picantes hasta el amanecer. Leer más

China se podría ahorrar muchos problemas con un buen Relaciones Públicas. Uno que, por ejemplo, supiera que una visita del Dalai Lama al Congreso de EE.UU. sin pataleta china es un breve o una media columna en día de secano informativo y que una visita del Dalai Lama al Congreso de EE.UU. con pataleta china son dos días de portadas con publicidad para la causa tibetana. Cosas básicas, como la del presupuesto militar.

China lo anuncia durante la apertura de la Asamblea Nacional Popular, con miles de periodistas pendientes. El Ejército chino tiene desde hace años el privilegio de ser el único del mundo cuya presentación presupuestaria goza de portadas. Hay países que gastan mucho más en silencio. Estados Unidos, por ejemplo, acaba de aprobar el mayor presupuesto de Defensa de la historia.

El periodista no tiene margen, en el titular sólo cabe el dato y la noticia es meridiana: China aumenta un 17,8 % su presupuesto militar. Es habitual que el Pentágono aproveche las fechas para presentar en el Congreso un informe sobre la amenaza militar china, un mensaje que cala en el imaginario global, a pesar de sus dudosos cimientos.

Un pollo desencadenó la crisis. El USOC (siglas inglesas del Comité Olímpico de Estados Unidos) se topó en un supermercado chino con media pechuga de pollo de 35 centímetros. "Suficiente para alimentar a una familia de ocho", aclaró un funcionario en el New York Times. Los análisis concluyeron que estaba tan atiborrada de esteroides que habría dado positivo cualquier atleta que la hubiera probado.

Con ese temor, Estados Unidos anunció recientemente que traería la comida de casa: más de 11 toneladas de proteína sin grasa para sus 600 deportistas, llegadas en barco dos meses antes de la inauguración olímpica. El plan preveía contratar suministradores y cocineros propios, al margen de la organización. La decisión llegaba poco después de que Australia diera información precisa a sus deportistas sobre qué podían y qué no podían comer. Además de esteroides, algunos alimentos en China muestran restos de  insecticidas y drogas para el engorde del ganado. 

China reaccionó con prestancia. Sostuvo que no había nada que temer y recordó que, como es norma olímpica, está prohibida en la villa la comida externa por razones de seguridad y las bebidas por compromisos con los patrocinadores. Así que los estadounidenses romperían la armonía olímpica. "Hemos luchado duro para que todos los atletas del mundo puedan comer juntos y disfrutar. Si Estados Unidos no quiere hacerlo, será una pena. Habrá comida variada y segura para todos", dijo Kang Yi, directora del catering olímpico.

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Zhuang Zedong y Glenn CowanAhora que la visita de la Filarmónica de New York a Corea del Norte ha acuñado la expresión de diplomacia de los violines, conviene recuperar la diplomacia del ping pong. De la primera se espera que desatasque el eje Pyongyang-Washington de la misma forma que la segunda desatascó el eje Pekín-Washington. Es una bella historia sobre la fuerza de la casualidad, que certifica que el aleteo de una mariposa en el Índico puede provocar un maremoto en Miami.

Se celebra el Campeonato Mundial de Ping Pong en Nagoya (Japón), en 1971. Las relaciones entre Estados Unidos y China son nulas. Ningún estadounidense ha entrado en China desde que Mao fundara la república en 1949. Los deportistas chinos tienen incluso prohibido hablar con los estadounidenses. En ese contexto la mariposa aletea. Glenn Cowan, un hippie greñudo, se equivoca de autobús y sube al chino. Intenta abrir las puertas pero fracasa y se ve forzado a un trayecto de 10 minutos con los chinos, que han visto aterrorizados las tres letras de su chándal: USA. El silencio es tan denso como corresponde a una crisis geopolítica en ciernes. Finalmente, Zhuang Zedong, tricampeón mundial, se dirige hacia él y comienza una conversación trivial con ayuda de un intérprete. Antes de bajar le regala un bordado de seda.

Al día siguiente, Glenn le corresponde con una camiseta con el símbolo de la paz y la inscripción "Let it be". La fotografía da la vuelta al mundo y llega a manos de Mao. "Zhuang no es sólo un buen deportista, sino un buen diplomático", dice. Mao invita al equipo norteamericano a visitar Pekín, donde serán tratados como reyes. Son famosas las bromas del primer ministro Zhou Enlai sobre la melena de Glenn. Leer más

La renuncia de Steven Spielberg a participar en los Juegos Olímpicos de Pekín ha devuelto a la actualidad la responsabilidad china en Sudán. Sobre este conflicto se ha leído mucho en Occidente, pero muy poco o nada sobre la opinión china. Una aproximación desapasionada al conflicto plantea dudas, descubre zonas oscuras, grises cuando menos, matices ignorados por el coro global que responsabiliza sin más a China. Se las plantea, por ejemplo, a Rafa o Antonio, dos colegas más que solventes.

Hollywood ha elegido Darfur y China como campaña humanitaria y su potente altavoz mediático ahoga cualquier voz contraria. Sin más pretensión que ofrecer la oportunidad de conocer también la otra versión, adjunto un editorial del Diario del Pueblo, publicado tras la renuncia de Spielberg. La traducción en castellano es calamitosa, recomiendo la inglesa.

La politización de la Olimpiada es inaceptable

"Cierto director de cine occidental fue muy ingenuo al tomar una acción irrazonable sobre la Olimpiada de Beijing, lo que se debió tal vez al temperamento específico de esa personalidad de Hollywood; no obstante, lo "ingenuos" que se muestran ciertos medios de comunicación occidentales en torno a la Olimpiada de Beijing resulta ridículamente infantil.

Vincular el problema de Darfur de Sudán con la Olimpiada de Beijing no se ha iniciado hoy. En los últimos años, los conflictos en Darfur han causado la muerte de unas diez mil personas y la pérdida de hogar para cerca de un millón de personas. Pero el problema de Darfur no ha sido causado por China ni tiene relación alguna con la política de China hacia África.

En los últimos dos años, China ha hecho esfuerzos activos por la solución de Darfur y ha enviado a esa región fuerzas de mantenimiento de paz. Cada vez mayor número de personas en la arena internacional han visto que la solución de este problema requiere esfuerzos mancomunados de la comunidad internacional y que no es justo vincular el problema de Darfur con la Olimpiada de Beijing. Leer más

Mao y KissingerLa razón de estado hizo de China un ejemplo de sociedad igualitaria en 1950. Mao comprendió que no podría levantar un país devastado sólo con la mitad de la población y dictó la Ley de Matrimonio: iguala a las mujeres en derechos al hombre, las saca del ámbito doméstico y las permite estudiar, trabajar, heredar, elegir el marido y divorciarse. "Las mujeres sostienen la mitad del cielo", dijo a una audiencia que vio desmoronarse su credo confuciano.

De la visita de Nixon a Mao en Pekín en 1972 se ha escrito todo. Nixon dijo con acierto que sería recordado por dos cosas: el Watergate y la apertura de China. De la visita de su secretario de Estado, Henry Kissinger, se ha sabido bastante menos, y por eso son importantes los documentos ahora desclasificados.

Según éstos, Mao ofreció a Estados Unidos 10 millones de chinas. En ese clima de relaciones cordiales, Mao le dijo a Kissinger que China era un país pobre que no podía ofrecer gran cosa a Estados Unidos, salvo mujeres. Las mujeres chinas, dijo Mao, se empeñaban en tener demasiados hijos, y su escasa destreza en la lucha no ayudaría en caso de que la URSS decidiera invadir el país. "Dejad que vayan, así reducirán nuestra carga", pidió.

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callosE.T cae en China y un comité de sabios discuten qué hacer con él. Los pequineses apuestan por investigarlo; los shangaineses, por exhibirlo y cobrar entradas; y los cantoneses, por hacer una sopa.

Es un viejo chiste que circula en Pekín, cuyos ciudadanos son los únicos que salen indemnes. Los shanghaineses son vistos como algo parecido a los catalanes, y los cantoneses son redomados comedores. La capital, Guangzhou, está consagrada a la gastronomía. Los cantoneses se ofenden si se pone en duda que su cocina, esparcida por el mundo entero, es la mejor de China.

El jamón y los callos tajamonesmbién son cantoneses. Los callos son una especialidad, servida en muchos tenderetes callejeros. Se acompañan de patatas, zanahoria y una salsa picante. 

 

pasajeros en Guangzhou-1Las peores nevadas en medio siglo han mostrado la fragilidad del milagro económico chino al mundo, tradicionalmente pendiente de las exuberantes ciudades del este y los epatantes ritmos de crecimiento. Los focos se han dirigido a la caldera que alimenta el éxito, los millones de min gong o emigrantes rurales poco lustrosos que estos días permanecen varados, sin poder regresar a sus casas durante las vacaciones.

El epicentro de ese drama es la estación de Guangzhou. Es la capital de la rica provincia de Guangdong, la fábrica de China y por elevación del mundo, cuyas fábricas emplean a 30 millones de campesinos del paupérrimo interior rural. Más de un millón revolotean en las calles adyacentes con pocas certezas: ¿Saldrá mi tren? ¿Cuándo? Las turbas se dirigen de un lado a otro empujadas por rumores. Una pareja hace cola sin saber si conduce a la estación o al Centro de Convenciones del Cantón, un edificio de ocho plantas y capacidad para 20.000 personas que ha sido habilitado como refugio.

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Long Li, en su habitaciónLong Li, 19 años, se enfrenta a sus vacaciones en la fábrica como un escritor desentrenado a la página en blanco. "Patino, chateo y veo películas en el cibercafé, compro chucherías, paseo...", enumera tediosa, antes de regresar a la novela rosa de bolsillo que lee recostada en uno de los 12 camastros de una pequeña habitación con una letrina.

Una sesentena de los 200 trabajadores de la empresa zapatera Tian Ye, en Foshan (Cantón), se han quedado en la fábrica debido a las nevadas. El cambio es radical porque la vida de Long no va mucho más allá de su silla de trabajo y su camastro.  Las 8 horas de trabajo diario se alargan a más de diez en las frecuentes puntas de producción. Las horas extras no se pagan. Descansa dos días al mes. "Trabajamos mucho porque afortunadamente la empresa va bien", dice Long.

Debería haber llegado a la provincia central de Hubei un día después de sus padres, también empleados en Tian Ye, pero las taquillas acababan de cerrar cuando llegó a la estación. Ahora está encadenada a unas vacaciones que la descansan tanto como la aburren. Leer más

China insiste en regalarle pandas a Taiwan, la isla que Pekín reclama como parte de su territorio. Taiwan ya los rechazó en 2005, en un episodio recordado como el conflicto de los pandas. Resumiéndolo mucho: Pekín ofreció dos pandas en gesto de buena voluntad a Taiwan. Los pandas son animales raros que todo zoo se preciaría por tener, y hay quórum en que son decididamente simpáticos. ¿A qué vino ese rechazo?

Los pandas se llamaban tuan tuan y yuan yuan, palabras que conjuntamente significan Reunificación. La cosa tiene su gracia, pero en Taiwan no se la vieron y dijeron que gracias pero no. China se lavó las manos explicando que los nombres habían sido elegidos democráticamente en una votación en internet y dijo ver oscuras razones políticas en el rechazo del independentista presidente Chen Shui Bian.

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La gerente de un restaurante pequinés de la cadena Quanjude, propiedad del Gobierno, remite a su superior, que se excusa y sugiere al jefe de prensa, que da el teléfono de un funcionario de competencias no aclaradas. Un par de llamadas más bastan para perderse en el ovillo burocrático que envuelve los temas molestos, sobre todo si el que pregunta es un periodista occidental.

El relevo de los hornos de leña por unos eléctricos en Quanjude es un tema muy molesto. Sus patos laqueados son tan pequineses como las calles enmarañadas de los barrios antiguos o las falsificaciones del Mercado de la Seda. En sus fotografías posa buena parte de los políticos clave de este siglo y el pasado, muchos invitados por Zhou Enlai, eterno primer ministro maoísta y principal publicitario del pato pequinés. Unas breves declaraciones en un diario desataron la polémica. "Una empresa alemana nos suministrará hornos eléctricos informatizados. Garantizarán la calidad y simplificarán y estandarizarán la cocción", dijo Xing Ying, encargado de la marca.

Un 77 % de los encuestados en una web estaba en contra y un 63 % opinaba que la marca se pasaba a la comida rápida. Las protestas de los clientes se dispararon. "No comemos pato aquí sólo por el sabor, sino por los cientos años de tradición y la cultura que nos legaron los antepasados", dice uno. "¿En qué se diferenciará del Kentucky Fried Chicken?", se pregunta otro. Un pato cuesta 198 yuanes, casi 20 euros: a excepción de las clases pudientes, se reserva para ocasiones muy señaladas. Las críticas subrayan que por ese precio se espera una obra de arte hecha a mano y no el producto de una cadena de montaje. También que la modernización del país, esta vez, ha impuesto un peaje gastronómico demasiado doloroso. Leer más

China ha concretado aquellos etéreos castigos anunciados el año pasado para los ricos que burlan la política del hijo único. Son tres: multas económicas más severas, la prohibición de pedir créditos estatales y de pertenecer al Partido. Agravar la multa por el segundo hijo se antojaba imprescindible como arma desincentivadora: la cuantía actual queda fuera del alcance de la clase media y baja, pero los más pudientes la asumían como un impuesto muy llevadero.

Las parejas se enfrentaban hasta ahora a una multa de hasta diez veces el ingreso local per cápita. En Pekín, con una media de 2.200 euros anuales, las multas rondan los 10.000 euros. No parece mucho para Hao Haidang, por ejemplo, famoso futbolista con un sueldo de 500.000 euros. Leer más

Las cosas se le complican al bueno de Zhou. Zhou Zhenglong es el ex cazador de la provincia de Shaanxi que abrazó la gloria cuando fotografió por primera vez en más de 30 años a un tigre de Amoy en libertad. El asunto no terminó bien: se le acusó de haber falseado las fotos con Photoshop a partir de un póster y regresó a la selva en busca del tigre. Hasta la revista Science había picado.

Eso pasó en diciembre. El tigre no ha aparecido, y sí una querella judicial por difamación que puede desplumarlo. En el fragor de la batalla, Zhou había acusado de violar sus derechos de autor a la compañía que había imprimido seis años antes el póster de un tigre alarmantemente parecido al suyo. Ahora es Vista Printing and Wrapping, que así se llama la compañía, la que le denuncia por apropiación indebida y difamación. Un tribunal de la ciudad de Yiwu ha aceptado la querella, en la que se piden 10.000 yuanes (unos 1.000 euros) a Zhou. "La empresa está a punto de quebrar y está intentando intimidarme", se ha revuelto Zhou, con parecida calma a la que debió hacer gala para retratar 70 veces a un tigre de Amoy salvaje a pocos metros. Leer más

La inflación se ha disparado en China, espoleada por el alza de los precios de los alimentos. Sólo en noviembre subieron el 18 %. La carne de cerdo, capital en la dieta nacional, se ha encarecido un 56 % en un año. Mientras el Gobierno da con la solución que dice estar buscando, los restaurantes han de solucionar urgentemente la crisis.

La inflación ha conducido al pueblo chino, con una de las tasas mundiales más altas de ahorro, a reducir aún más los gastos. Una rápida encuesta sin vocación científica entre propietarios de restaurantes pequineses revela que la clientela ha bajado un 30 %. En ese contexto, subir los precios para adecuarlos al auge de las materias primas suena suicida.

La solución ha sido disminuir las raciones, como comentan muchos pequineses. Otras veces se modifica la esencia del plato. En el muy recomendable restaurante Kong yiji, en el lago Hou Hai, se puede degustar la cocina de la sureña provincia de Zhejiang. Una de las especialidades es la ternera con pan frito. El plato se sigue llamando igual, pero hay que ser muy afortunado para dar con un trozo de carne bajo el océano de pan. 

 

 

Los chinos comían con palillos mucho antes de colocar el primer ladrillo de la Gran Muralla o ser esquilmados por su primer emperador. Ahora pende sobre ellos el último peaje del milagro económico. El Gobierno subió en marzo un 5% los impuestos a los ubicuos palillos de madera desechables, lo que ya ha hecho cambiarlos a algunos restaurantes y ha golpeado aún más fuerte a Japón, principal importador. El impuesto está incluido en una ley que pretende atajar la brutal deforestación que ya afecta a más de la cuarta parte del territorio. También grava los suelos de parquet, los preferidos por los chinos.

Más de 1,3 millones de metros cúbicos de caucho y dos millones de madera son cada año convertidos en 45.000 millones de pares de palillos. Según los ecologistas, son sacrificados 25 millones de álamos y abedules directos. Son especialmente dañinos los restaurantes de Xinjiang, donde la comida se suele servir ensartada en palos ("pinchitos").

Los palillos de un solo uso son los más baratos: cuestan 0,1 yuan (un euro equivale a diez yuanes). Están en la mayoría de restaurantes. Sólo los de gama alta disponen de palillos de madera más robusta (diez veces más caros), plástico (aunque son más resbaladizos) o marfil. Los desechables son los preferidos porque evitan el contagio de enfermedades, como la hepatitis. Leer más

Mattel retiró 20 millones de juguetes provenientes de sus plantas chinas en verano por peligrosos. La causa, se dijo, era la pintura de plomo que habían utilizado suministradores chinos. El escándalo ocupó las primeras portadas de los diarios durante días. El enfoque, con pocos matices, era que la multinacional estadounidense había visto traicionada su buena fe por sus colegas chinos. Las exportaciones chinas fueron descritas como un peligro del que el mundo debía protegerse. Los 'neocon' estadounidenses atizaban el miedo amarillo y hasta la candidata demócrata, Hillary Clinton, proponía cerrar las fronteras a los productos chinos.

Ocurre que la historia ha acabado con los papeles cambiados, con un final tan inesperado como ignorado. Poco después del escándalo, Li Changjiang, ministro de la Administración General de Supervisión de Calidad y Cuarentena, señaló que el diseño era el culpable del 85 % de las unidades defectuosas . "Habrían sido devueltos en cualquier país", dijo. Muchos juguetes tenían imanes y piezas pequeñas fácilmente desprendibles, acusaba.  Según cálculos de Li, a los fabricantes chinos les correspondía el 15 % restante por incluir pintura con plomo.

Pudo sonar a la desesperada excusa del flagrante culpable, pero Thomas Debrowski, vicepresidente de Mattel, llegó pronto a Pekín para protagonizar una de las disculpas públicas menos matizadas de la historia. "Mattel asume toda la responsabilidad de las devoluciones y quiero excusarme personalmente ante ustedes, el pueblo chino y todos los consumidores que compraron nuestros juguetes. Es muy importante que todos sepan que la inmensa mayoría de los productos defectuosos provenían de un fallo de diseño nuestro y no de los fabricantes chinos. Entendemos y lamentamos los problemas que han causado a la reputación de China". Debrowski aún fue más allá: vio el reparto de culpas de Li del 85-15 % y lo subió a un 87-13 %. Eso lo dijo Debrowski en rueda de prensa, con una cara que revelaba estar pasando un muy mal rato, cuando aún tenía que soportar la última regañina de Li: "Es inaceptable retirar 10.000 juguetes sólo porque uno está por debajo del estándar". Leer más

WangfujingWangfujing es una de las calles comerciales mas célebres de Pekín. Allí abrió Dong'an en 1903, el primer mercado de la ciudad. Sólo en esa calle se podía comprar antes de la apertura económica de Deng Xiaoping en los 80. En los Grandes Almacenes de Wangfujing había variedad y buenos precios, y enormes colas en las vísperas del Festival de Primavera. Hoy hay más de 200 tiendas, apenas una gota en el oceano comercial de la capital. Muchos pequineses rehuyen ahora el antaño pequeño oasis capitalista por masificado, turístico y falto de glamour.

A Wangfujing acuden los turistas chinos del interior, deslumbrados al anochecer por los neones. También por los extranjeros. Es habitual que aquí le pidan a uno con toneladas de educación y respeto y unas briznas de vergüenza hacerse una foto, al igual que en los recónditos pueblos de la China rural. Conviene posar con la mejor sonrisa porque es probable que esa foto vaya a ocupar mucho tiempo un lugar digno en un humilde hogar de Sichuan, Yunnan o Gansu, donde tardará en gastarse la anecdota del día en que se habló y compartió foto con un da bi zi (nariz grande).

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La contaminación pequinesa no es nueva. Pekín es la ciudad gris por el color de las casas de los hutongs y de su cielo. Es una pequeña tragedia diaria para 15 millones de personas que vivimos y respiramos en ella. Ha aumentado la concentración de PM10, partículas en suspensión que causan asma, problemas cardiovasculares y cáncer de pulmón. Es decir, Pekín atenta contra la salud, a corto y largo plazo.

Recuerdo que un ministro español ofreció un encuentro la primavera pasada en la embajada con los corresponsales en Pekín. Debía esperar encontrarse un grupo de periodistas enérgicos, aguerridos, un golpe militar en Nepal hoy y un tsunami en Indonesia mañana, y se topó con unos tipos de tos pertinaz, nerviosa, geriátrica. Leer más

Los peticionarios son campesinos con terribles historias de injusticias que llegan desde todos los puntos del país a Fengtai, un barrio chabolista pequinés donde malviven esperando inútilmente resolver sus problemas. Intentan hablar con políticos y deambulan por las oficinas de quejas. En esa misión imposible gastan sus magros ahorro mientras tratan de esquivar los palos de la policía, que durante los cónclaves toma Fengtai. No es fácil hablar con ellos. Muchos periodistas han sido detenidos estos días. Yo tuve que secuestrar al que entrevisté: lo llamé desde el taxi y salí a la carrera hacia un restaurante alejado.

Cuesta entender a los peticionarios desde entornos con justicia independiente y eficaz y niveles de desarrollos aceptables. Hay dos razones claras. La primera es que sus problemas son muy serios, de pura supervivencia. Muchos peticionarios han perdido las tierras que le alimentaban por corruptelas de gobiernos locales, que controlan los juzgados en los que se estrellan sus denuncias. No más de un 2 % de peticionarios triunfa en Pekín. El porcentaje es desalentador, pero es el único asidero. Mejor que nada, mejor que rendirse. Leer más

Un mandato gubernamental devolverá los fideos instantáneos a sus precios habituales. Tres subidas desde junio los habían disparado entre un 20 y un 40 %, causando el enojo general y "severos desórdenes" en el mercado, según la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (CNDR).

La medida culmina la denuncia de un abogado por sus repetidas alzas. La investigación oficial reveló que a cada subida le precedía una reunión de los mayores productores, con una cuota de mercado del 90 %. China las declaró un acto de connivencia ilegal y las consecuencias son graves. La Ley de Precios prevé la devolución de los beneficios, multas de hasta cinco veces las ganancias obtenidas y la rescisión de las licencias de negocios. También la inmediata bajada de precios, que no se ha producido aún, según dependientes de tiendas pequinesas.

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Zhao Yan, colaborador del New York Times (NYT), fue liberado esta semana tras cumplir una condena de tres años por fraude. Había sido acusado en 2004 de revelar secretos de Estado tras haber publicado su diario en exclusiva que el anterior presidente, Jiang Zemin, iba a renunciar a la jefatura del ejército, último cargo importante que retenía. La justicia retiró los cargos tras prometer el NYT que no había logrado la información a través de él, pero a cambio Zhao fue inmediatamente acusado por fraude. Según la sentencia, había cobrado 20.000 yuanes (unos 200 euros) de un empresario a cambio de un artículo favorable.  La historia de Zhao sirve para hablar de los periodistas chinos, una gran masa uniforme de la que sobresalen héroes y villanos.

El periodismo no es tal en China, si éste ha de ser independiente. No es un cuarto poder ni contrapesa al primero. No controla al Gobierno, lo publicita. Los medios de comunicación son un enorme gabinete de prensa al servicio del Partido Comunista. "En la universidad nos enseñan que un buen periodista no hace preguntas", me cuenta una joven redactora de la CCTV, la televisión pública china. La inmensa mayoría asume el papel.

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Una encuesta ha revelado la pésima imagen que tiene China de sus ricos. El 70 % de los encuestados cree que carecen de moral, no merecen respeto y su calidad como personas es baja o muy baja. Sólo el 4 % les defiende. La mayoría cuestiona la forma en que se enriquecieron. ¿Sólo envidia, el sentimiento más internacional?

Hace 30 años el manto de la pobreza cubría a todos los chinos por igual. El despertar económico ha destapado a algunos. Así, no es raro que el vecino con el que se compartía arroz sea hoy un magnate que devora langostas. La pregunta es inmediata: ¿Por qué él y no yo?

Muchos han llegado ahí gracias al trabajo duro: en ningún lugar hay tantos self-made man como en China, pobres de solemnidad que juntaron un yuan tras otro en jornadas de sol a sol hasta construir imperios. Los albores de la apertura fueron fértiles en esas historias. Hong Donyang, por ejemplo, es un mito en Wenzhou, provincia sureña de Zhejiang. Hace una treintena de años sólo había campesinos y hoy es una de las zonas más prósperas de China. Hong empezó vendiendo las medias que cosía en los caminos y su éxito fue seguido por miles de vecinos. Wenzhou pasó a ser la primera productora de medias del mundo. Por historias parecidas, Wenzhou fue después la Ciudad de los Zapatos, es ahora la Ciudad de los Encendedores y de las Gafas de Sol...

Pero al ver un rico, un chino rara vez piensa en la meritocracia, sino en vías más turbias: amigos poderosos  -la red de favores dados y debidos que vertebra la sociedad, el ubicuo guanxi- y corruptelas. En los desfavorecidos anida una permanente sospecha que no es gratuita. La experiencia de los últimos años enseña que bastantes de los chinos de la lista Forbes de hoy estarán en la cárcel mañana. Muchos piden a la publicación no ser incluídos para evitar investigaciones. Es posible que ese gesto, motivado por la simple supervivencia, sea la única discreción de los nuevos ricos chinos, porque no los hay más arrogantes y exhibicionistas en todo el mundo. La prensa suele publicar sus caprichos: una mansión que reproduce fielmente la Casa Blanca de Washington, otra con el suelo cubierto de lingotes de oro y muchas otras estupideces que revelan una digestión difícil del nuevo estatus. "Extravagante" es la palabra con la que más encuestados definen a los ricos, seguido de "codicioso". Sólo un 33 % cree que son listos.

Un rico debe juntar tres requisitos para ser respetable, concluye la encuesta: tener sentido de responsabilidad social, buen corazón y autodisciplina. Así, se entiende que los más valorados sean Li Ka-shing, Bill Gates, Wang Shi o el jugador Yao Ming, una lista heterogénea con apenas la conciencia social en común. Es revelador que los ricos mejor vistos sean los hongkoneses, macaenses y taiwaneses.

yuanes y dólaresLa liturgia se repite tras la publicación de los datos de comercio exterior chino: Estados Unidos se sulfura por el enésimo récord negativo en su desequilibrio comercial (136.817 millones de dólares en lo que llevamos de año), urge a Pekín a revalorizar el yuan y amenaza con trabar sus exportaciones. El proyecto de ley Schumer-Graham, que preveía gravarlas con un 27,5 %, fue tumbado el año pasado. La semana pasada, la candidata demócrata a las presidenciales de Estados Unidos, Hillary Clinton, defendió la prohibición de alimentos y juguetes chinos.

Washington se aferra a la falta de seguridad de los productos chinos para cerrarles la puerta tras las estériles presiones para que Pekín aprecie el yuan. El razonamiento, martilleado durante años, es que Pekín mantiene baja su moneda para favorecer sus exportaciones, lo que dispara el desequilibrio comercial, cierra sus fábricas y dispara el desempleo.

Muchos expertos discrepan de que el yuan sea el culpable de todos los males de la economía norteamericana. Pedro Solbes, ministro de Economía y Hacienda, calificó esa opinión de "simplista" el año pasado en Pekín y defendió que el desequilibrio comercial con China, que también afecta a la UE, debe de ser tratado de forma global. Según Stephen Roach, economista jefe de Morgan Stanley, a Washington le iría mejor si se concentrara en sus males, como la falta de ahorro y su pérdida de competitividad. También pronosticó un "suicidio económico" si apuesta por el proteccionismo. Robert Mundell, Nobel de Economía, rechaza con brío la apreciación del yuan. Leer más

Venetian casinoEl Casino Lisboa, en el casco viejo de Macao, concentra el encanto del pionero. Sus neones, casi tímidos, anticipan un aire saturado de humo, alfombras deshilachadas, muros ocres, ceniceros desconchados, tapetes de verde desvaído y bocadillos baratos de un sospechoso fiambre en la planta baja. Decenas de chinos, ni un solo extranjero. La tipología, poco glamourosa, es la de un domingo por la mañana en un parque: padres con hijas, amigas sesentonas...

El aire se aclara a medida que se suben los pisos. Las lámparas de araña se agrandan y el mármol devuelve tu imagen. Un lujo añejo. Club del Dragón de Oro, Riqueza, Triunfo... los nombres de los salones privados tientan. En uno de ellos, por encima de una montaña de fichas asoma la cabeza reconcentrada de un hombre, rodeado de una cuadrilla habitual: una chica en minifalda colgada de su brazo y seis o siete tipos que gesticulan y aúllan al croupier para darle mal fario cuando saca su carta. La apuesta mínima es de 8.000 euros; la máxima, de 150.000. El camarero vio una noche a un hombre perder 4 millones de euros; a otro, ganar ocho. "Pero si quieres ver a ricos de verdad, vete al Sands", susurra. Leer más


Es difícil que un caso de corrupción en la banca china sorprenda. Durante la primera mitad del año pasado, por ejemplo, fueron detenidos 421 funcionarios. No es raro que el botín acabe desparramado sobre las mesas de los casinos de Macao o en regalos a concubinas. Un directivo del Banco de la Construcción fue ejecutado en 2004 por malversar 40 millones de yuanes (10 yuanes equivalen a un euro) en atenciones a ocho concubinas.

Ren Xiaofeng y Ma Xiangfing han sorprendido. Protagonizaron uno de los mayores robos de la historia en China y se gastaron el botín en lotería. El plan tenía la belleza de lo simple: conseguir el premio gordo, devolver lo sustraído antes de ser descubiertos y retirarse a una vida de lujos con el resto. Ren y Ma dijeron que su plan fue el resultado del hastío de su anodina vida de funcionarios en un banco de provincias. Leer más

Zhu Yu, en la exposiciónZhu Yu disfruta de la calma que sucede a las tormentas. Atiende con tacto y sonrisas a los elegantes visitantes de la pequinesa y glamurosa galería de arte Xin Beijing. Allí inauguró el 4 de agosto su exposición de platos con sobras de comida, pintados al óleo. Hacerse vegetariano le afiló la figura, pero sobre todo le liberó de la pesada etiqueta del artista caníbal. 

Zhu le debe la fama mundial a su performance Comiendo gente. Se vio por primera vez en la Bienal de Shangai de 2000.  cocinaba al horno un feto humano, lo servía en la mesa, trinchaba y comía por partes.  Zhu consiguió el feto de un hospital. En una actuación anterior, pagó a una prostituta por dejarla embarazada y abortar. Zhu dio de comer el feto a un perro. Leer más


Luchador incorruptible es el juego de moda entre los internautas chinos. Reproduce fielmente lugares de Ningbo, ciudad de la sureña provincia de Zhejiang, y cubre desde la dinastía Qing hasta hoy. El juego consiste en perseguir y matar a docenas de políticos corruptos de la historia del país. Para mejorar sus armas o avanzar niveles, los jugadores deben leer casos antiguos de corrupción. Una vez eliminados todos, el jugador entra en un "paraíso lleno de cantos de pájaros y aroma de flores, un mundo pacífico donde la gente vive rodeada de amor, armonía y prosperidad nacional". Leer más