
¿Un visionario? ¿Un revolucionario de las perolas? ¿Un ariete de la reforma? A Guo Peiji, 78 años, le incomoda y supera la política. "No, no, no. Yo sólo soy cocinero", ríe mostrando la dentadura arruinada del campesinado. Viste como muchos de los que salen en las fotografías sepia que muestra de su pequeño restaurante y suma las cuentas con un ábaco -también le superan las calculadoras, aclara-. Pero Guo es, posiblemente, el primer capitalista chino.
La historia moderna china es rica en gente anónima como Guo, humilde e iletrada en muchos casos y siempre con el hambre y el dolor esculpidos en el rostro, más movidos por la necesidad que por la ilusión, que con un fogonazo de inspiración y toneladas de tesón empujaron a China por un camino ignoto. "Deng Xiaoping me hizo rico", cuenta.
Guo y su mujer, Liu Guixian, abrieron el primer restaurante privado chino 30 años atrás. Sus cinco hijos pasaban hambre y ellos sólo sabían cocinar -Liu había servido a un alto militar; Guo, en el Hotel Pekín, donde se alojaban los mandatarios chinos e internacionales-. El fogonazo llegó al escuchar en la radio que un hombre vendía baozi (empanadillas) en la calle en el norte del país. China acababa de anunciar la apertura, un asunto nebuloso que nadie sabía en qué consistía ni cuánto duraría. Durante el maoísmo, China había encadenado épocas de cierta relajación con campañas radicales que servían para purgar a los que se habían relajado durante las primeras. La prudencia era un bien ligado a la supervivencia.
Pero Liu, sin siquiera una bicicleta, hubo de andar las dos horas que le separaban de la Oficina del Distrito a por su permiso de apertura. Se la informó de que no había antecedentes ni formularios. Regresó al día siguiente con recortes de prensa que anunciaban la reforma, y siguió haciéndolo durante un mes sin fallo, primero recibida con simpatía y después con hastío y rudeza. La hacían sentar y allí pasaba las horas, esperando en vano. Consiguió su permiso después de que un diario pequinés publicara su historia y convirtiera a Liu en un ejemplo de los nuevos tiempos.
Con un crédito de 500 yuanes (10 yuanes equivalen a un euro) compraron cuatro mesas y algunas ollas y se enfrentaron al siguiente problema: la comida se racionaba con cupones que ellos no tenían. La única solución eran los mercados de agricultores de Hebei y Tianjin, a horas de distancia en autobús. Con los 36 yuanes que le sobraron del crédito, Liu sólo pudo comprar unas verduras y cuatro patos, que hubo de estirar hasta lo milagroso para alimentar a las decenas de clientes que doblaban la esquina el día de la inauguración: pato picante, pato crujiente, pato ahumado... El éxito fue inmediato. Sólo podían servir a 12 personas por día y las reservas se apuntaban a dos meses vista. Ofrecía tres platos (carne, verdura y arroz) por un solo yuan. Se juntaba la gente humilde del barrio con altos políticos y personal de las embajadas.
"Claro que estaba asustado de que regresara la Revolución Cultural, todos los estábamos. Muchos nos insultaban a nuestras espaldas, nos llamaban capitalistas, traidores", recuerda Guo. Acusaciones así, incluso rumores, aseguraban un dura e inmediato castigo sólo un lustro antes. Pero ese año visitaron el restaurante los vicepresidentes Yao Yilin y Chen Muhua y les animaron a seguir así. "Los mismos que nos habían insultado abrieron restaurantes aquí al lado. Las críticas desaparecieron inmediatamente y nunca más volvieron".
El matrimonio compró un segundo restaurante a una cincuentena de metros. Las cosas iban bien y abrieron una fábrica de muebles. Su quiebra se tragó todos sus ahorros: seis millones de yuanes. Con la púrpura del pionero y probado el éxito y el fracaso, los consejos para empresarios de Guo valen oro: "Haz sólo lo que sabes hacer. Somos cocineros y nunca debimos salir de los restaurantes". Conservan los dos, Yuebin (Comensal feliz) y Yuexian (Inmortalidad feliz), con la misma cocina sencilla y honesta. La mayoría de clientes son de Dongcheng, un barrio tradicional de casas bajas en el corazón de la capital.
Las jornadas laborales de 16 horas durante décadas, maldurmiendo en una buhardilla sobre el restaurante, han vapuleado la salud de ambos. Ya no cocinan, pero cada dos días se acercan a supervisar sus restaurantes. No es fácil entrevistar a Guo, es necesario perseguirle en su nervioso tránsito de un local a otro. "No echo de menos el pasado, no tengo tiempo de pensar, sólo de trabajar. Nunca he pensado en jubilarme". La reforma se cocinó en sus fogones, con una inversión de 36 yuanes, cuatro mesas y un esfuerzo indesmayable.