El pasaje es la representación urbana de un recuerdo. En 1980, el Ayuntamiento decidió recordar el 1800 y le puso una rimbombante placa en la calle del Carme. Quizá por la coincidencia del ocho. En el 2010, sin ocho de por medio, hay muchos locales cerrados. Huele a humedad. Hasta el zapatero se va. Él porque se jubila y nadie quiere aprender a remendar zapatos. Otro recuerdo. En la puerta de su tienda colecciona frases. Una: "Las canas ya no se respetan, se tiñen".

En el local 33 del pasaje de Mil Vuit-cents.

Cuentan que un rey mandó construir esta torre de piedra para controlar si los barcos en los que viajaban sus hijos llegaban a la ciudad. Oteaba el horizonte y observaba lo lejano, el azul inmenso. Ahora la torre es un caleidoscopio ciudadano: en una azotea hay una mujer que tiende la ropa y mira al cielo. De nuevo, se avecinan nubes de tormenta. A la izquierda, está la palmera de siempre. Diminuta, desde Via Laietana. Desde ahí, un oasis cercano. En el mar hay un crucero. Un hotel en forma de vela rompe la mirada que tenía el rey. La alteza no podría haber visto el camino de sus hijos. Lástima.

Todo tiene un sentido: el ruido urbano, los edificios altos que tapan el resto y la mezcla de siglos, de milenios. Con unas olas de por medio, Barcelona juega con ella misma, toma sentido y hasta es abarcable a los ojos del público sin que este tenga que hacer grandes esfuerzos. John Berger escribió que "la perspectiva nómada es la de la coexistencia y no la de la distancia". En Barcelona, la golondrina permite un ejercicio naturalizado de nomadismo. Disfrutar de la coexistencia; escuchar la ciudad como si de una caracola de mar se tratara. Ese camino de mar es la distancia perfecta para que en la ciudad desaparezcan las rutas marcadas y sea, de verdad, única.

Un paseo en golondrina.

 

Hay una mujer segando en las calles del Eixample. Lo hace con discreción desde la fachada de un horno. Vive desde 1898 en ese escudo. Pareciera que el cliente deba darle una contraseña para poder entrar en el establecimiento. Lo malo es que comprar pan ya es una rutina y muchos clientes ni siquiera la ven. Entra uno y pasa de largo. Y otro y otra.

 

En el Forn Sarret, calle de Girona, 73

 

 

Foto: Italo Rondinella 

 

 

 

No se imagen obeliscos egipcios, pero sí escuadras y compases entrelazados, bibliotecas, estatuas de la libertad, símbolos azulgranas y hasta salas de reflexión (con calaveras incluidas). La primera parada es en la Biblioteca Arús. El edificio se cerró a cal y canto durante el franquismo. Ahora está abierto a quien quiera adentrarse en la sabiduría masónica. Esta es solo la primera parada.

En el paseo de sant Joan, 26.

 

Foto: Italo Rondinella

 

 

28 de febrero de 1789 se anuncia que el trigo subirá de precio. Las mujeres ya no tienen nada en la despensa para alimentar a sus hijos. Hay descontento en las calles y amargura en las cocinas. Ellas salen a protestar y ellos las siguen. Hay disturbios, detenciones y hasta condenados a muerte. Los barceloneses se manifiestan en la plaza de la Llana y a la de Pla de Palau. Es la fuerza de la ciudad menestral.

La plaza de la Llana

Ya no se escucha el llanto de los bebés, pero la ventana giratoria de la Casa de la Misericòrdia sigue aquí para recordar que muchos chiquitos fueron abandonados en este alféizar. Se lo conoce como el Torn dels Orfes. Entonces, muchas mujeres no podían alimentar una nueva vida. Otras huían de la infamia de ser madres solteras Lo peor es que esa Barcelona esa no tan y tan diferente a la de ahora: sigue habiendo pobreza, madres solteras y hambre. La ventana está cerrada.

En la calle de Ramalleres, 17

 

 

Foto: Italo Rondinella 

 

Es lunes, las 5.30 y Barcelona ha callado. En otoño, por fin, duerme. Solo unos paquistanís con rosas sin espinas deambulan por el centro. Este es un rincón de madrugada. Tomo la plaza del Rei como excusa, pero es una invitación a ver la ciudad callada. En esa plaza se acerca un paquistaní. Se sienta en un escalón y pregunta qué es esa torre: "Un rey oteaba desde ahí si llegaba el barco con su hijo". Las palabras rebotan por el eco.
El domingo es el día de la colada en el Raval. Cuando el primer sol se cuela por las callejuelas estrechas, siempre hay alguien que tiende sus sábanas en el balcón. Las primeras que inician el ritual son las ancianas, quienes tienden lienzos apastelados. Luego, las madres. Sus sábanas están decoradas con coches, dinosaurios, dibujos de la tele, flores. A las 5 de la tarde aparecen las violetas, negras, rojas. El olor a detergente permanece hasta el lunes.

Está en Consell de Cent con Roger de Llúria. Ahí se levantaron, entre 1862 y 1864, las primeras casas del Eixample. Tenían como atractivo un manantial subterráneo, pero estaban en terreno de nadie, fuera de la ciudad y de las murallas. Por eso, las decoraron especialmente: con pintura mural y no esgrafiados. Solo se conserva una de esas cuatro casas, la más sencilla, sin pinturas. Otras dos han restaurada la fachada original y una cayó bajo la piqueta.

En la esquina de Consell de Cent con Roger de Llúria.

 

Está camuflada entre un ciprés altivo y una de las dos torres que dan entrada al barrio Gòtic por la calle del Bisbe. Ahora ahí se acumulan latas y plásticos, pero antes era una de las entradas a Barcino. Miles de personas pasan cada día a su lado buscando la Catedral, la Generalitat, la plaza de Sant Jaume. Son pocas las que se dan cuenta de la existencia de esa puertecilla. Cuando la ven, las preguntas siempre son las mismas: ¿hacia dónde lleva esa puerta? ¿quién la atraviesa?

Al principio de la calle del Bisbe

 

Foto: Cécile Carrez

 

Es un hermoso rostro de mujer. Tiene la huella de siglos de historia en sus pómulos, sus ojos, su frente, pero no tiene arruga alguna. Se dice que, gracias a esta cara invitadora, los hombres que acudían a un prostíbulo de la zona sabían que no se habían perdido. Muchos no sabían leer y se guiaban por esculturas como esta como cartel de ubicación. Ya no se ven carassas -como eran conocidas popularmente- en la ciudad. Las chicas que se prostituyen lo hacen a pie de calle, sin escultura alguna.

En la calle de la Carassa

Foto: Cécile Carrez

 

Madrugada de viernes por la noche. Un grupo de trasnochados sigue con su guirigay en la esquina de la calle de la Dagueria y la plaza de Sant Just. Hablan y se ríen. En la escalinata de la iglesia unos hombres duermen. Amablemente piden a los trasnochados que se callen. Al día siguiente, también en esa esquina, una anciana sentada en una silla aconseja a dos mujeres que hablen más bajito. La plaza fue un cementerio.

En la calle de la Dagueria

Foto: Cécile Carrez

Son nueve metros los que diferencian esta casa de las otras que hay en la Rambla. Esos nueve metros indicaban a cualquiera que esa era la casa de más abolengo de la Barcelona del siglo XVIII. Ahí vivieron el virrey de Perú, Manuel de Amat, y su esposa. El hombre murió solo cuatro años después de instalarse en el palacio y los barceloneses se imaginaban a la virreina caminando sola entre habitaciones y lujo barroco.  Por eso, la casona se llama el palacio de la Virreina.  Quizá la vieron asomarse a las ventanas que dan a esos nueve metros de diferencia.

En el Palau de la Virreina

 

 

La calle es estrecha como tiene que ser un territorio para arrumacos furtivos. Cobija sombras, portales y bastantes huecos en los que meterse buscando no ser visto. La leyenda dice que ahí se despedían los condenados a muerte de sus familiares. Esos eran besos tristes. Este verano ha habido besos turistas -bañados de alcohol- o turistas sin besos y con cámaras. La calle no tiene salida. No es apta para amantes que necesitan una puerta de atrás. 

En la calle dels Petons, en el Born

 

Foto: Cécile Carrez

 

En el techo: una amanita muscaria, un hongo venenoso. Enfrente: una cruz blanca y azul. ¿La bandera bávara? ¿Es esta la casa de una bruja mala? El Park Güell tiene algo que recuerda a Hansel y Gretel, ópera que se estrenó en 1901 en el Liceu con el nombre de Ton i Guida y que podría haber inspirado a un Gaudí ávido de cultura. De hecho, el Park Güell tiene aire de cuento; de lugar de sorpresas. Hasta puede ser la morada de alguna bruja. 

En el Park Güell


Ocurrió en el siglo XIX cuando Hércules desapareció de la fachada del ayuntamiento y, en su lugar, apareció Joan Fiveller, mercader y noble. Lo pusieron en una hornacina para recordar que en vida, en el siglo XV, el hombre obligó al rey de Aragón a pagar impuestos por el pescado que consumía. Toda una hazaña.

En la fachada del Ayuntamiento

 

Foto: Camila de Maffei


Hay un cartel intocable en Barcelona. Es un simple folio, la mayoría de las veces escrito a mano y, casi siempre, pegado con un celo común, de andar por casa, en una persiana cerrada. Ese cartel aparece durante las vacaciones de verano y de Navidad. Nadie lo arranca; todo el mundo lo respeta. Es el cartel que informa a los clientes de que un establecimiento permanecerá cerrado de tal a tal día. Ni los grafiteros se atreven con tanta simplicidad.

En cualquier calle de Barcelona

 

Las flores diminutas vuelan en contraluz y chocan contra la muralla romana. Cuando el haz de luz las ilumina, brillan y se puede ver el movimiento en espiral con el que impulsan la bajada. En el siglo XXI, la dels Traginers es una plazoleta abirragada, terraza de verano, paso de vecinos, mezcla de estilos, de siglos, lugar para detenerse a descansar. Sentada viendo la peonza-flor, una no puede imaginarse el trajín de los acemileros y arrieros. La flor se pierde entre la piedra.

En la plaza dels Traginers.

Dragones con alas de águila o de murciélago, perros anoréxicos, machos cabríos, puercos, jabalís, unicornios, elefantes, sátiros con pezuñas de buco, hombres torturados con la boca abierta. En Barcelona hay 250 gárgolas que nos escrutan. En los atardeceres de verano, su imagen es terrorífica. Rodear la catedral a la hora en que los turistas cenan es encontrarte con ellas en solitario. Frente a frente. Una te mira; otra también.

Foto: Cecile Carrez

En una estadística del Ayuntamiento se lee que la playa de Sant Sebastià es la preferida por los hombres. Esta fue la primera playa de Barcelona en la que se permitió el baño mixto. A principios del siglo XX esa posibilidad de roce fue todo un escándalo. Ahora más de la mitad de los bañistas son hombres, un 70% vive en la ciudad y la mayoría lo hace en Ciutat Vella. Ahora se llega a la playa en Bicing -cuando funciona, claro-; antes, en tranvía.

 

La fachada de la Catedral, aunque sea en obras. El friso de los gigantes. Fotos y fotos. Barcino, el poema visual de Joan Brossa, casi pasa desapercibido al ojo foráneo. Luna, letra, sol, barco. La palabra hecha escultura es de color metal, pero una se la imagina azul añil de mar o azul sereno de cielo o azul cristalino de agua. Quizá porque las columnas del acueducto, justo detrás, aún guardan la memoria del agua que un día canalizaron. Barcelona fue Barcino.

Fotos: Sergio Lainz

 

 

Treinta ojos. Algunos pizpiretas; otros asombrados; muchos bizcos. Algunos, obra de un gamberro; otros, de un artista. Aquí hubo un salón tapizado con papel setentero, un baño, un recibidor. Se dieron besos en esta esquina, se criaron hijos, hubo peleas. El edificio ya no está, pero quedan huellas de él. Ahora hay una enredadera salvaje y muchos ojos. Pintados, dibujados, grafiteados, pero, al fin y al cabo, ojos.

Se lee en una pintada casi descolorida: multa de 5 pesetas a quien se orine en la calle. Es obra de unas manos.  ¿La verán todos esos ojos?

 

En la calle de Banys Vells.

Levantar la vista, empinar la cabeza hasta que casi haga daño y sentir que el cielo está enmarcado. Observar que la plaza está arriba y no abajo. La placielo (plaza-cielo) está en la calle de Milans, en el Gótico. El que cruza por ahí se encuentra con una plazoleta espontánea. Si, por casualidad, el paseo ocurre en la hora azul, entre las nueve y las diez de la noche, y las golondrinas están en danza, es todo un espectáculo. No se olvide de mirar hacia arriba. 

 

La placielo de la calle de Milans

Foto: Cecile Carrez

La mujer se asoma al balcón y se topa con la cara de ese hombre colgado a la fachada de enfrente. Es el papus de la Barceloneta; es el Negre de la Riba. Un antiguo mascarón de proa que, sin mar y sin barco, aparece como una imagen fantasmagórica en la Barcelona del sigo XXI. En 1860, lo encontraron en un almacén de un muelle y, durante años, sirvió de reclamo para ese almacén y para que los padres del barrio asustaran a sus hijos. "Va a venir..." "Qué viene..". Ahora los turistas se preguntan quién es ese hombre que mira al frente haga sol viento o lluvia: ¿un esclavo? ¿un indio amerindio?. El original está en el Museo Marítimo; pero la copia es lo suficientemente tétrica que asusta a cualquiera. Claro que la mujer del balcón está tan acostumbrada a verlo que ni se inmuta. Cuestión de práctica.

En la calle de Andrea Dòria

Hay que desprenderse de prejuicios y de que adentrarse en las entrañas de este personaje histórico es algo que solo hacen los turistas. La ascensión, eso sí, es un poco claustrofóbica pero al final el osado sabe que tendrá su recompensa: tener la Rambla a sus pies, ver la ciudad a vista de pájaro. La estatua de Colón es uno de los mejores miradores de la ciudad. ¿Por qué no convertirse en turista en tu propia ciudad? Eso sí, sin bronceador ni gorritos estrafalarios.

 

 

Foto: Martí Fradera

Los edificios se lo tapan, pero cuando lo levantó, entre 1862 y 1864, esa torre dominaba toda Gràcia. Un siglo y medio después sigue todavía marcando el tempo del barrio. Antoni Rovira i Trias se mantiene petrificado en un banco, con la mirada fija, llueva o haga sol, hacia esa torre. El arquitecto la observa unas plazas, unas calles más al norte, pero en el mismo barrio. Bajo el campanario de Gràcia, en la plaza de Rius i Taulet, una pareja de mujeres acaba de casarse. Se toman una foto; la torre sigue siendo el símbolo de la libertad.

 

En la plaza de Rius i Taulet

Foto: Albert Bertran

 

Es un calle neuronal aunque pase desapercibida para los de afuera. Recibe a los vecinos que huyen de los impulsos de Elisabeths y que saben cómo es el sistema del Raval. Callejuelas poco transitadas y calles abarrotadas. La calle del Notariat siempre está en sombra; es un micromundo alejado del turismo. En el 7 hay una placa que informa que ahí vivió Ramón y Cajal a su paso por Barcelona. El mármol no está en el álbum digital que los japoneses miran en el avión de regreso a su casa.

En la calle del Notariat, 7 

 

 

Foto: Ricard Cugat

La ropa lleva ahí colgada como mínimo cinco años. Cada día está más gris, más color ala de mosca, más color Barcelona. La raya roja del pantalón ya no es ni recta. Esa colada ya no es sinónimo de limpieza; es un despojo más del paisaje urbano. Los vecinos la han integrado de tal manera que ya ni se percatan de su presencia. La señora la colgó quizá unas horas antes de desaparecer para siempre.

 

 

 

Foto: Albert Bertran

El que puso la cinta adhesiva jugó con el inconsciente colectivo. La instalación emula una pista de atletismo y ha generado atletas improvisados. Cinco minutos parada enfrente: la mayoría de la gente escoge una de las pistas sin darse cuenta. Los pies caminan solos. Siguen hablando, pero avanzan en línea recta. Un no despistado ha encarrilado la pista del 2. Se percata de ello y no quiere seguir la línea. Rectifica y cae en el 3.

 

En el transbordador del paseo de Gràcia.

El escritor del Raval ya tiene plaza,o más bien, tiene un lugar en un entrante de la Rambla del Raval. El espacio es un no rincón porque no hay ni banco ni bar ni café donde sentarse. Por no haber, no hay ni palmeras. Hay prostitutas, algún vecino paquistaní que acorta el paso entre Sant Rafael y la Rambla y un conserje de un hotel lujoso. Barcelona, en vivo y en directo.

La plaza Vázquez Montalbán.

Foto: Mattia Insolera

En la plaza de Ramon Berenguer, cerca de las murallas

Esta fue una de las primeras entradas de este blog y, en cierta manera, es una de las primeras piezas de la colección de rincones. Entonces escribí: "Algunas esculturas pueden verse de dos maneras. El pedazo de hierro o a través de su sombra. Tanto el caballo como su jinete, Ramon Berenguer III, se proyectan en las noches en uno de los edificios que colindan la plaza que lleva el nombre del conde. Tras una de las ventanas alguien trabaja, lee o duerme con la cabeza del noble espiando en su balcón. Siempre hay alguien que se da cuenta de la indiscreción". Hace unos días día pasé por delante; llovía esa chirimiri ciudadano que no moja, pero sí ensucia. Las ventanas estaban cerradas, no se asomaba nadie. Me imaginé que el caballo y el caballero esperan, como casi todos nosotros, a que llegue la primavera. Ellos para colarse a través de las ventanas.

 

 

 Es una plaza de pueblo medieval, en un rincón de una ciudad de diseño del siglo XXI. Al atravesar el arco de la calle de la baixada del Monestir, el caminante se despoja de siglos y lo mejor es que se da cuenta de ello. A la tercera zancada se sitúa en el siglo XIV, cuando la reina Elisenda de Montcada fundó el monasterio de Pedralbes. En ese punto, el caminante se topa con los contrafuertes de la iglesia, las columnas y ventanas de estilo gótico catalán y, sobre todo, con el silencio de otro tiempo, de otro siglo. Frente a la iglesia, hay una plaza: bancos de piedra, árboles resistentes y un viejo tronco trozeado, muerto . Al subir las escalinatas, se ve la ciudad a la que pertenece el espacio. Lo primero, la torre de un banco.

 

 

 

La plaza del Monestir. Foto: Guillermo Moliner

 

 

Solo llegas a esta calle si te pierdes. Es pequeña, escurridiza y fantasmagórica. En una noche lluviosa de domingo, los que deambulan por ella adoptan la fisionomía de los fantasmas; caminan poco a poco sin que les importe el agua que les moja el cabello y cala hasta los huesos. Un joven deja una bicicleta vieja frente al bar Shangai; ni siquiera la amarra; tampoco la montaba. El joven desaparece en el bar. Un neón rojo se proyecta en la calle. Por sus sombras y sus luces, la calle enamoraría hasta a Orson Welles.

La de n'Aglà es una calle hecha para la noche ya que hasta de día permanece en penumbras. Ni el cartero, callejero humanizado, la sitúa en el mapa de Barcelona. ¿Dónde está la calle de n'Agl'a? Lo piensa, se sorprende a sí mismo sin respuesta y pone cara de agobio. Ese es su barrio y a esa calle nunca ha repartido una carta. En el 7 hay una bombilla que no funciona en el centro de en un corazón oxidado. La calle está en el barrio Gótico; llegar a ella es un acto propio de un flaneur: caminar sin rumbo, sin espectativas, dejándose perder por esta ciudad negra, de sombras y penumbras.

 

Foto: Dany Caminal
Eran las 4.30 de la madrugada y en muchas ventanas aún se veía la luz tenue de las lamparillas de noche, las imágenes parpadeantes de las teles. Era verano, 30 grados a esa hora tan tardía, y en la calle de Guifré nadie dormía: ruido, calor, teles a volumen bajo, radios lejanas, despertadores a casi cada hora, gritos de amantes. A las 4.30, se escuchaba el despertador de los panaderos; poco antes había sido el de los descargadores del Mercabarna y solo una hora después lo harían el de los fieles a la mezquita de la calle de Hospital. Guifré era a esas horas lo más parecido a la Rambla, pero en vez de turistas el desfile era de trabajadores, de curritos. Los vecinos aguantaban con esa paciencia infinita que da vivir en verano en una calle estrecha del Raval. Era como cualquier otra noche hasta que a las 4.35 pasaba algo que rompía la calma tensa de esa noche de verano. Tres estadounidenses pasaban por la calle cantando a todo pulmón el himno de Estados Unidos. Los despertadores, el calor, las teles...eran solo el callo de cada noche, pero que tres niñatos, tres turistas, se creyeran los reyes de la calle era demasiado para el civismo vecinal. Todo tiene un límite.
La primera que se asomó al balcón fue la señora que de día ponía rectos a los que tiraban la basura en cualquier lado. De hecho ese es su rol en la calle. Una especie de policía cívica que cualquier ayuntamiento querría tener en plantilla. La señora espetó: "Ya callaos, iros a vuestra casa" y ese grito de guerra hizo que otros dos vecinos se asomaran al balcón lanzando improperios a los turistas que, ajenos a todo, seguían con sus cánticos patrióticos. El señor del 7 los reprendió por turistas, por incívicos, por borrachos, por maleantes y, sobre todo, por ingleses. El del 6, solo por borrachos. Un muchacho en un balcón de la acera de enfrente, en el 9, corrigió al del 7 y le informó que los de abajo eran estadounidenses. Entonces empezó una escena que solo puede pasar en una ciudad como Barcelona y en un barrio como el Raval:
 
-       "Perdona, hijo, pero maleantes e hijos de puta hay en todos lados", le dijo el señor el eñor al joven
-       "Es que hablan que no se entiende y una siempre piensa que son ingleses", dijo la señora justificando al vecino del 7
-       "Yo soy inglés. Ellos son estadounidenses", se rió el joven
-       "Pues, lo siento", dijo el señor del 7
-       "No pasa nada, buenas noches", contestó el joven y encendió un pitillo.
-       "Buenas noches", dijo la señora y se metió adentro
 
Los turistas ya habían desaparecido por la calle de Joaquin Costa. Ninguna ventana se cerró, se siguieron escuchando la radio, las teles. Se encendió el motor del taxi que cada noche abandonaba la calle a las 5. Faltaba media hora para el desfile de fieles. Una noche de julio en Guifré.
 

Era como un espejismo urbano. El arco iros acababa de asomarse en el paseo de Joan de Borbó, en la Barceloneta, y formaba una flecha perfecta entre el último edificio del muelle y la sombra marítima del llamado el hotel Vela. Partía del edificio de vecinos y casi rozaba las grúas que levantan el hotel en medio del mar; silencioso, solitario, monstruoso por grandilocuente. Por el paseo, los turistas se refugiaban en los bares y las parejas de la Barceloneta se dirigían hacia las calles estrechas, afectadas por la humedad, la sal y con restos del último viento de Levante. Aquí lo del Levante, el viernes aún era noticia. Pregunté si es común que aparezca un arco iris en ese punto y no me dijeron ni que sí ni que no. Una respuesta a lo Barceloneta: un mirar, un pensar y un no saber, dejarlo al viento. Quería poner ese arco iris en este espacio, decir a los lectores que ese es un buen paseo en un día de lluvia gris, un día solitario, de goteras, de ropa que no se seca. Lo pongo igual. No se sabe si ese arco iris aparece siempre, pero tampoco nadie lo niega. Si alguien pasa por ahí justo cuando esparza la lluvia, que nos lo cuente.

La de Joaquin Costa es, de hecho, una calle difícil. Coches, motos, bicis, patines, gentío, bincings. Frente a la cafetería del 36, siempre hay una pizarra con una frase. Quien lo sabe, para, lee, sonríe y sigue su paso. Dice Jaime, cafetero gruñón y poeta amable, que la escribe cada día desde hace siete años para "comunicarse con la gente". Ayer no sabía cuál sería la de hoy. Aquí va una de un día cualquiera: "Lo que desconoces puede ser la solución".

 En la calle de Joaquin Costa, en el Raval.

El jueves pasado en la edición escrita de El Periódico de Catalunya escribía un Por Barcelona dedicado a los piropos. Hasta hace poco yo aseguraba que los piropos eran algo del pasado en esta ciudad y que, con muy mal gusto, habían sido sustituidos por miradas, silbidos y, lo peor, sonidos guturales. Los piropos eran algo del sur; de Sevilla, de Cádiz. Fue en el Raval, cómo no, que me di cuenta de que siguen vivos e igual de ingeniosos que siempre. Un albañil me espetó algo que me hizo reír durante un buen rato. Llevaba un vestido verde y el hombre gritó: "Mujer, si así estás de verde cómo estarás cuando estés madura". Por supuesto, no pude hacer otra cosa que decir gracias, me pareció ingenioso. Entonces me dediqué a preguntar qué piropos andaban sueltos por la ciudad. Mi favorito es el que expliqué el jueves. Me lo explicó una amiga. Ahí va:

            "Las ocho de la tarde en un semáforo del Eixample. Una mujer mira fijamente la luz roja que le impide el paso. Rojo, rojo. Los coches pasan. Un hombre también espera. El semáforo se pone en verde y la mujer empieza a caminar. Es la primera que se avienta al paso de peatones. Camina con paso seguro. El hombre la mira y le dice:

-- Eso morena, pisa fuerte que paga el Ayuntamiento.

Ella sonríe y sigue caminando".

¿Qué otros piropos están en el aire en Barcelona?

 

¿Cuántas esculturas hay en Barcelona que sean representaciones de mujeres?. Hoy apunto una: una mujer serena que mira al frente en la avenida del Estadi en Barcelona. La mujer es obra de un escultor, Josep Clarà, y lo que me impresiona es la cara precisamente de serenidad con la que afronta lo que le viene, lo que la mira, la escruta. Una amiga me regaló una agenda el otro día en pleno proceso de buscar a mujeres esculpidas. En ella leí algo que me impresionó, que me reafirmó que el uso y el abuso de una palabra puede llegar a cambiar el sentido. La palabra en cuestión es soltera. En la agenda se referían al significado de la palabra, según el diccionario de María Moliner. Moliner explica que el origen de la palabra soltera proviene del latín solvere, desatar, soltar, soltarse, soltería, soltura, suelta. Sin riendas, sin ataduras. Leí esto mientras observaba una fotografía de la mujer serena. No hay ninguna escultura en Barcelona que represente a una mujer soltera; ni una avenida que lleve por nombre esta palabra ni siquiera una calle. Me quedo entonces con la cara de esa mujer serena, solvere, libre.

 En la avenida del Estadi.

 

El día que encontré esa plaza en una esquina del Raval supe que podía vivir en esta ciudad. Barcelona tiene una plaza que está dedicada a la duda. Dudar, qué humano y qué escondido en nuestras cabezas. Ayer me di una vuelta por esa plaza minúscula. Mi objetivo era, libreta en mano, saber qué dudas tenían los que transitaban por ese rincón. Más kafkiano: saber si la plaza era la que hacía dudar a los transeúntes o si estos ya llegaban dudando. Primero vi a una mujer joven, de unos 20 0 25 años, que caminaba con cara de concentración absoluta. De su espalda colgaba un instrumento que supuse un violín, pero ya estaba tan acomodado a su cuerpo que parecía una extremidad más. ¿Dudas? "Saber si alguna vez podré actuar frente a un público; emocionarlos". ¿Es la plaza? "No, es la de cada día". Una mujer, con una bolsa de la compra en la mano, se preguntaba si podría ir a Marruecos el año que viene y visitar a su familia o si tendría que aplazarlo. ¿Es la plaza la que la hace dudar? "No, la crisis". Un señor no quería responder a la pregunta. La duda se presentaba en su cara sin necesidad de palabras: "¿Dónde estoy? ¿Cuál es esta calle?". Un niño mientras jugaba con una pelota. Su actitud era la de un Messi, un triunfador. Él no tenía dudas. Yo, en cambio, seguía con la misma duda. ¿Será o no será la plaza la fuente de las dudas de los que caminan por ella? Lástima, no había ningún banco para sentarme y seguir pensando, dudando. Dejé esa duda en ese rincón y seguí con muchas otras en mi cabeza y caminando por la calle de Riera Alta.

 

No se escucha un portazo ni se oye el gemir de una ventana mal cerrada. En el Raval, se sabe cuando el viento aúlla porque los plásticos con los que se cubre la ropa empiezan a dar golpes fuertes, muy fuertes. En el Raval, el viento tiene voz de plástico; no aúlla. El golpe tiene un sonido hueco, poco amable; se diría que hasta feroz. Un zzzasssst, zzzzasssst que una se imagina como un látigo. Una mujer en el balcón de enfrente lucha contra un pantalón tejano que desafía al plástico. No puede. Plástico, pantalón y viento le juegan una mala pasada. En el edificio de al lado, un anciano intenta sujetar el plástico con unas pinzas. Tampoco lo consigue y, sabio, decide descolgar ropa y plástico. En la ciudad, el viento ya no se cuela por las puertas, pero sí por los balcones.

Las campanas de la iglesia del Pi tocan las 11.00 y las agujas de ese reloj se encaminan hacia el mediodía. Las 11 tocadas y paso apurado. Es casi un impulso. Oyes el redoble y los pies se disparan. El impulso solo se mantiene unos segundos y, luego, todo vuelve a la normalidad. Me encamino hacia la calle de Petritxol y en mi inconsciente soy consciente que ya son las once. Las campanas ya tocaron. En la esquina de Rambla con Carme, las campanas vuelven a tocar las 11. Hay un desfase de unos dos minutos en ese redoble inventado. No eran 11 tocadas; como mínimo en esa esquina. El tiempo es relativo; otro invento.

Me los encontré una mañana en la que yo caminaba estresada. O mejor dicho una mañana cualquiera a mi paso habitual. Mi andar era casi un galope o un redoble; todo menos un andar tranquilo. Llegaba tarde a una entrevista e intentaba acortar el camino por los callejones de Gràcia. Cuando los vi, mi instinto fue adelantarlos, pero un coche no me lo permitió. La acera era angosta y los coches no dejaban de circular por la calle de Milà i Fontanals. Resignada, empecé a caminar detrás de ellos. Ella era una señora de unos ochenta años y él su marido. Se daban la mano quizá por no caerse, quizá con cariño. No les veía la cara. Por detrás, visualmente era bonito. Aún no me había dado cuenta de que, gracias a su paso, mi percepción sobre ese tramo de Gràcia cambiaría.

Caminaban lento, muy lento, se diría que a fuego lento como, dicen los dichos, se hacen bien las cosas. Mi velocidad había aminorado casi en seco. Fue entonces cuando me di cuenta de lo que pesaba mi bolsa. Esa fue la primera sensación. Miré hacia abajo y les vi los pies. Yo contaba hasta dos y ellos daban un paso. Luego, levanté la vista. El olfato me anunciaba que había una panadería cerca. Antes nunca la había visto. Milà i Fontanals dejó de ser un lugar de paso para convertirse en un lugar de vecinos, ¡una calle de verdad!. A la izquierda, en un callejón, un niño jugaba montado en una bicicleta. Alguien había tendido la ropa en el balcón y una Minnie gigante estampada en una toalla se secaba al sol. A la derecha, un joven fumaba frente a un viejo almacén, que ahora parecía un local de artistas, artesanos, terapeutas.

La pareja entró en un portal. No llegué a verles la cara. Ya no tenía excusa, tenía que seguir caminando rápido.

Por un segundo dudé: ¿rápido o lento?   ¿Qué hubieras hecho?

 

  Foto: Xavier Jubierre

Ni el corsé de los edificios las hace menos imponentes a quien alza la vista hacia muy arriba, casi hasta ese punto en el que el cuello ya no puede arquearse más. Una se vislumbra en una azotea de Via Laietana. Solitaria, lucha contra las nubes, contra los atardeceres de rojo viento. Cuatro se acompañan en Elisabets. Otra vive en un ático de Aragó; parece agobiada por el humo y por el ruido de los coches. Son las palmeras de la ciudad. Muchas no dan dátiles ni sombra; pero hacen que el caminante sueñe con oasis nunca visitados.

 

Domingo por la mañana a las 9.30 y Barcelona sigue dormida, aletargada. En los jardines de Les Voltes de'n Cires, un turista francés juega a comunicarse con una población de cotorras que canta desde los árboles. No se las ve, solo se las oye. El francés las imita y, de repente, un grupillo de ellas baja a la tierra, al pavimento, a la plaza y busca lo que les llamó la atención. El francés se ríe. El jardín está tomado por las cotorras. Son las únicas que alborotan en una ciudad dormilona. Los domingos la banda sonora de la ciudad es el del canto de las cotorras. Las palomas ya son totalmente barcelonesas: los domingos por la mañana duermen. O, como mínimo, no se las ve por ningún lado.

 

 

En los jardines de Les Voltes de'n Cires, en el Raval.

DANNY CAMINAL Es cuestión de buscar lo que está desapareciendo --este blog casi ha estado a punto de hacerlo por exceso de verano-- y la ciudad ofrece casi sombras que ya no están. Una señora, una anciana, me dijo un día que en el futuro ya no habría ni dónde comprarse un sujetador decente (y de la talla) en esta ciudad y empecé a buscar las corseterías --las cotillerías, palabra guardada casi en el olvido-- y me encontré con un mundo dónde te envuelven la compra, donde pagas a parte y donde el trato es personalizado. Quedan pocas, poquísimas. Una en la calle de Girona --el rótulo ya ha desaparecido-- otra, en Universitat. Hasta el nombre ya casi ha pasado a otra vida....cotilleria...cotilleria...

DANNY CAMINAL....Esta semana prometo ponerme al día y buscar los por barcelonas más chulos de este blog!!!!! Mañana una heladería, horchatería.... 

 

 

 

Un vecino descansa sentado en una silla en el rellano de una escalera. Tres, cuatro pisos son muchos con la compra a cuestas. Dos jóvenes cargadas con cajas pasan y el señor, pese al cansancio, les ofrece su ayuda. De ese edificio cuelga un corazón rojo que ilumina la calle. El corazón parece recordar que en la ciudad también es posible la amabilidad entre vecinos.

En la calle de Guifré, en el Raval.

 

SANTIAGO BARTOLOMÉ En el edificio de la calle de Aribau no se encuentra ninguna fecha ni portero alguno que pueda explicar la presencia de ese indio en la fachada. ¿Capricho de indiano? Con solo observarlo, se intuye que fue guerrero. Mirada fiera, cabeza altiva, penacho florido. Sus ojos parecen no perder ni un detalle de lo que pasa abajo. En su interior, unas mujeres mueven el vientre en una academia de danza oriental. Quizá le hagan cosquillas, pero él no sonríe.

 

En la calle de Aribau, 46


Condiciones del paseo olfativo: mantener los ojos cerrados y la nariz entrenada. ¿A qué huele Frente a la Biblioteca de Catalunya? A naranjos, a miseria y a porros mal hechos por manos de estudiantes. En el Institut d'Estudis Catalans: a camelias. En las paradas de payesas de la Boqueria: a rábano, a naranjas, a sudor. En la calle del Carme, a chocolate, a café, a contenedor. ¿A qué huele donde se encuentra ahora? Nos los cuenta.

FRANCESC CASALS

Hay calles desiertas de verde y solo tapizadas por la gris polución. Algunos vecinos lo remedian poniendo geranios rojos o, en tiempos de sequía, cactus. En la calle de Avinyó, un vecino ha tapizado su balcón de plantas. Dice el dueño del bar, justo debajo de ese balcón, que al hombre le gustan las plantas y que ese rincón es uno de los más retratados de la calle. El verde atrae a la gente. En el balcón, la cortina de plantas cambia cada día.

En el número 34 de la calle de Avinyó.

Stefanie Kremser, escritora alemana que vive en Barcelona, me puso sobre la pista el sábado. De hecho, en esto de la pista caí en cuenta más tarde. Kremser, que da vida a una investigadora privada llamada Anne Silber y que está acostumbrada a eso de la intriga, me dijo que en Barcelona algunos menús de restaurantes son literalmente traducciones del castellano o catalán al inglés. Al principio, no lo entendí y la verdad no le vi la gracia. ¿Literalmente? ¿Qué significa? Ella se puso a reír y me dijo que lo de literal venía porque estaban hechas a golpe --a consulta-- de diccionario. Así en algún restaurante la carta de platos aparece en inglés como The Letter, tal y como sería la traducción literal de carta en inglés. Aún me dijo otro mucho mejor: en algún puesto de la Boqueria han traducido mel i mató como honey and killed. Cualquier inglés que lo lea pondrá cara de sorpresa y hasta de agobio. El cartel le anuncia que ahí venden miel y asesinato. Kremser me lo dijo el sábado en una cafetería de Gràcia. Hoy me di una vuelta por la Boqueria y no encontré el puesto; desde el sábado busco The Letters en los restaurantes. Nada de nada. ¿Alguien sabe algo? ¿Alguien me da otra pista?

Una cotorra y una paloma en un carril bici. ELISENDA PONSLa cotorra observa la escena desde la lejanía. Unas palomas se pelean por algo no identificable en el suelo. Con cautela, la cotorra se mete en el círculo. Como ellas, cabecea y camina como dando saltitos. Cuando está en el epicentro, alarga una pata y les quita la presa. Ellas ni se enteran. La cotorra mutó en paloma. Las palomas emprenden el vuelo y casi chocan con dos japonesas, que, asustadas, gritan histéricas.

 

Algunas esculturas pueden verse de dos maneras. El pedazo de hierro, o a través de su sombra. Tanto el caballo como su jinete, Ramon Berenguer III, se proyectan en las noches en uno de los edificios que colindan la plaza que lleva el nombre del conde. Tras una de las ventanas alguien trabaja, lee o duerme con la cabeza del noble espiando en su balcón. Siempre hay alguien que se da cuenta de la indiscreción.

En la plaza de Ramon Berenguer, cerca de las murallas.

¿Conoces otras sombras? Hay una en paseo de Gràcia....¿sabes cuál es?....

El cartel de la estación central de bomberos de la calle de Provença. SANTIAGO BARTOLOMÉ
"Se trata de un cartel útil". "Es un cartel de los años 30, como el edificio". "Es un cartel bonito, cariñoso". Tres peatones frente al cuartel de bomberos de la calle de Provença y tres maneras muy diferentes de leer y ver una única palabra en un cartel. Lo cierto es que pocos carteles consiguen lo mismo que este. Una sola palabra de color rojo lo dice todo: Bombers y, además, deja entrever lo que hay dentro.

En el parque central de bomberos, en la calle de Provença.

Dragón en el Paseo de Gràcia. SANTIAGO BARTOLOMÉSon un ejército de dragones y han tomado la ciudad: la escrutan desde arriba. Los humanos cuentan hasta 29 los lugares colonizados por estos seres de fuego. En el de Pla de la Boqueria vive el más exótico. Hay hasta manadas: 556 dragones de hierro observan el paseo de Gràcia desde los balcones del número 75. Y los hay solitarios. El que se enrosca en el pináculo del edificio de paseo de Gràcia 26 es el más fiero.

Este es el artículo que se publicó en la versión impresa de El Periódico, el jueves 22 de mayo. Ese mismo día una lectora llamó preguntando si existía tal ruta. En realidad, yo no sé si existe tal ruta como tal. A mí, ese dragón siempre me ha intrigado desde que llegué a Barcelona. Un animal tan fiero que te mira desde la azotea de un edificio, aunque sea de piedra, provoca escalofríos. Leer más

El gris se expandeNo haga fotos, por favor. Abra los ojos, afile la nariz y siéntese, por favor, siéntese. El muelle de pescadores es mucho más que una postal de ciudad; es casi un recuerdo. Es parte de esa ciudad gritona, marinera, vieja, sin prisas y real que desparecerá cuando el último lobo de mar se jubile. Ya quedan pocos. Las redes están quebradas y el mar tiene ese color gris que, dicen los expertos, evoca Barcelona.  

Al final de la calle de Escar, en la Barceloneta

Cada obra tiene sus seguidores incondicionales. Son jubilados que se reúnen para comentar avances, desperfectos y hasta aspectos técnicos. Algunos, dicen, se conocieron en el corrillo, tras la reja. 11 de la manaña en la calle de Balmes. Uno de los jubilados señala a un operario. Lo observan. Al corrillo no le parece bien lo que hace. Estos hombres son el reloj, la cronología y el público de la obra. Días de sol y polvo.

Obras en la calle de Balmes, entre Provença y Rosselló, en Barcelona.
 

Aseguran que hay 13 debajo de la ciudad. Se sabe que una de ellas se llamaba Correos. Afirman que de ellas ya no queda nada. Solo el recuerdo. Son las estaciones de metro fantasma. "Yo venía con mi padre", explica una empleada de Correos. Un joven pasa por encima de las rendijas donde algunos, con mucho esfuerzo, ven las escaleras. La cerraron el 20 de marzo de 1972. La habían inaugurado en 1934.

Justo frente a la escalera de la central de Correos, en Via Laietana.

Encontré un link interesante que enumera todas las estaciones fantasma que hay en Barcelona:

¿Has visto alguna estación fantasma? Dicen que la de Correos se ve si te pegas al cristal de metro entre la estación de Sant Jaume y la Barceloneta. Yo, por ahora, no lo he conseguido. 

 

En la plaza de la Acadèmia.

Una ventana azul. Bicicletas, el estruendo del motor de escape de una moto, bares de diseño con sillas vacías, tiendas, turistas arriba y abajo de la calle de Carders, el sonido de una bachata se cuela por la puerta de un locutorio, más motos a todo gas, una pandillita que mira con codicia el bolso de una turista, una palmera solitaria, calor de mayo urbano, un edificio en obras y, al final, una ventana al cielo. Sin imágenes, solo azul.

La virgen de Guadalupe. Frente a la central eléctrica de Sant Adrià del Besòs.

Ni el ateo más racional puede negar que en cuestión de apariciones la virgen de Guadalupe es milagrosamente omnipresente en todo el mundo. En México, su tierra, hasta hay ateos que se consideran guadalupanos y no se avergüenzan por ello. En Barcelona, menuda y pintada en una pared, parece velar por los cuerpos que hay en la playa. Comparte muro con un pez verde y con una pintada que clama humildad.