Y como recién escribí sobre la utopia bicing de Buenos Aires, me pareció más que apropiado postear mi reciente crónica sobre los trenes. Aquí va:

            "Ave...", dice la señora en el andén cinco de la terminal Constitución al divisar un tren que traquetea el lenguaje del agotamiento. No ha frenado, y ella ya inició su lánguido rosario: "María, llena eres de...". Sabe que es difícil entrar. Algunos pasajeros lo harán por las ventanas, antes de que abran las puertas, para obtener uno de esos asientos desvencijados.

            La señora sabe que, adentro, será empujada, aplastada, pisoteada ("bendita tú"). Olerá sudores y otros vahos mientras recorra la periferia bonaerense como una sardina enlatada. Llegará a la estación Burzaco, después de casi una hora. Volverá a tomar la herrumbre al otro día, bien temprano, y la vida se le escurrirá entre rieles, como a millones de personas que van de los suburbios a la capital todos los días.

            La historia de Argentina es, en cierta medida, la historia de sus ferrocarriles. El 29 de agosto de 1857, La Porteña, la primera y mítica locomotora, inició su viaje desde la estación Parque, donde hoy se levanta el Teatro Colón, hasta lo que en la actualidad es el barrio de Floresta.

            Aquella máquina arrancó con una promesa de prosperidad truncada. Para Raúl Scalabrini Ortíz, el ferrocarril se convirtió en los años 30 en símbolo de la dominación británica: sus rutas daban cuenta de los intereses económicos de la Corona, forjando un país asimétrico e injusto. Por eso, Juan Domingo Perón nacionalizó los servicios en 1948... cuando estaban amortizados.

            El peronista Carlos Menem imaginaba viajes espaciales capaces de unir Buenos Aires con Seúl en 45 minutos. Tal vez por eso, en los años 90 remató los trenes dándoselos al mejor postor y anuló recorridos que aislaron a numerosas poblaciones.

Los ferrocarriles atiborran el cine y la literatura argentina. Y también las canciones.      "Bienvenidos al tren", cantaba el rockero Charly García en 1972, invitando a "cuantos quieran" a subirse a la era de optimismo hippy. "No voy en tren, voy en avión/ no necesito a nadie alrededor", gritaría el mismo autor en 1987. Sus sueños colectivos habían terminado. En los trenes que hoy unen al oeste y el sur bonaerense se acumulan la furia y el desconsuelo. Los telediarios muestran a usuarios quemando estaciones porque el servicio no llegó nunca o, si lo hizo, fue a paso de tortuga. El tren Gran Capitán se demoró 48 horas en ir de la provincia de Misiones a Buenos Aires. La línea Roca, que también sale de Constitución y va hasta La Plata, la capital provincial, cumple hoy su trayecto en una hora y 33 minutos en un día de suerte. Hace cuatro décadas lo hacía en 55 minutos.

            "Entre todas las mujeres", musita la señora que aún no ha subido a la herrumbre que ya se detuvo en Constitución. Al entrar, después de encontrar un huequecito, se pregunta por qué la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no mejora los vagones en vez de construir un tren bala. Se gastarán 2.600 millones de euros para unir a Buenos Aires con Córdoba y Rosario. "Será un salto a la modernidad", profetizó. En pleno entusiasmo futurista de la presidenta, los pasajeros del convoy de los azotes atraviesan diariamente el túnel de un presente oxidado.