Escena 1: Buenos Aires. Mediodía.

-Una moneda, por favor.

Parada delante de la ventanilla de un banco, en el barrio de Villa Urquiza, la señora formuló su ruego de una manera sobreactuada: con las manos en forma de cuenco, señalando el lugar donde debería ser depositada lo que, a estas alturas, consideraba un dádiva.

-Es que no tenemos más monedas de un peso- le dijo el empleado y, otra vez, volvió a encogerse de hombros.

-Pero...-, balbuceo la mendicante a la fuerza.

-Vuelva por la tarde, el siguiente, por favor.

 

Escena 2:

Podría ser la misma mujer, u otra, o un señor, cualquiera. La situación se ha repetido tantas veces que las personas o los nombres propios carecen de relevancia. Esto que cuento ocurrió en una verdulería. El/la cliente ha comprado limones, tomates y lechuga. El paladar reclamaba una fresca ensalada y se quiso dar el gusto. Pagó con un billete de 20 pesos. Pero el verdulero le dijo que no tenía cambio, le faltaban las monedas de 1 peso y de 50 centavos, vea, mire, no le miento, le dijo y, entonces, para saldar cuentas, le propuso llegar a los 20 pesos con más limones, y qué voy a hacer con tantos limones, se me van a pudrir, le dijeron, y él, el verdulero, firme, le dijo que realmente lo lamenaba, pero que era la única manera de completar la transacción, porque, repitió, las monedas se esfumaron, ¿o usted las ha visto ultimamente?

 

Escena 3, en el metro:

 

"No hay monedas, pague con cambio", dice el cartel en la ventanilla. Los pasajeros se revisan los bolsillos, hurgan en carteras y bolsos buscando el precioso metal. Aquellos que encuentran la cantidad necesaria celebran alborozados. Los que no, se resignan o pierden la vergüenza y piden esos cinco centavitos que les faltan. La fila para comprar boletos se convierte entonces en una suerte de grupo de autoayuda. La gente cuenta sus experiencias en la escasez. Una dice que se tuvo que bajar del colectivo (buses urbanos) porque no tenía los 90 centavos para el viaje. El señor de al lado asiente con la cabeza y luego dice, pero no le creen en su entorno, que las monedas valen hoy mucho más de lo que su signo impreso marca, y que, por eso, faltan tanto en el mercado.

La insólita escasez no solo provoca dolores de cabeza a la hora de realizar pequeñas transacciones o desplazarse por la ciudad: habla de una incorregible predisposición a la molestia cotidiana. El Banco Central de la República Argentina (BCRA) asegura que abastece el mercado en las cantidades adecuadas. El 15 de setiembre del 2007 había 122.968.790 monedas en poder del sistema financiero. El 31 de marzo de este año, 137.402.698 monedas, es decir, un 12,3% más que 6 meses antes.

El problema, se defiende el BCRA, es que los bancos privados no las distribuyen entre sus sucursales. Pero los bancos se defienden señalando que no reciben las cantidades que necesitan.

Es en este cuadro desopilante que la calle se llena de rumores sobre la existencia de un mercado negro de las monedas cuyo valor es superior al de su circulación. El señor de la fila del metro tenía razón. Lo que después pude saber es que estas monedas se venden en rigor por lo que pesan en una balanza. Emer Mendoza, encargada de un kiosko "autoservicio" en el centro de Buenos Aires le contó al diario Clarín lo siguiente: "Por las de 5, 25 y 50 centavos y las de 1 peso me cobran 8% de comisión; las de 10 centavos me salen más caras: pago 10% de comisión".

 Sobre llovido mojado.

Ahora comenzaron a faltar los billetes de dos pesos.

-Qué, me va a pagar con un billete de 50. Ah, no, no lo puedo llevar- me dice el taxista, en el cruce de la avenida Córdoba con Dorrego.

Y, ascéptico, despiadado, pragmático, agrega:

 -Tendrá que tomarse otro taxi.