lunes, 30 de junio de 2008 22:45
Abel Gilbert
Sangre y gol II, a 30 años del Mundial 78
Tuvieron que transcurrir 30 años de aquel Mundial de Fútbol de 1978 para que, al menos tres jugadores del equipo argentino campeón del mundo levantaran una bandera con rostros de los desaparecidos durante la última dictadura militar. Leopoldo Jacinto Luque, René Housemann y Julio Ricardo Villa, un titular y dos suplentes de la formación que venció 3-1 a Holanda en la final del torneo, hace tres décadas, se hicieron presentes en el mismo estadio en el que se jugó despreocupadamente aquel partido. Se sabe: después de los goles, que los dictadores Emilio Massera, Jorge Videla y Orlando Agosti, gritaron con la boca bien abierta, después de que esos mismos jerarcas le entregaran sus blasones a los jugadores, casi toda la Argentina salió a la calle a festejar la victoria.
En medio de esa algarabía nacional, una minoría lloraba a los seres perdidos y no encontraba paralabras para expresar las escenas de paroxismo que observaba (incluso en el seno de sus propias familias). Los argentinos habían gritado los goles en el estadio de River Plate mientras, a pocas cuadras, en el campo de concentración que funcionaba en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), se escuchaban los gritos de dolor por las torturas que le aplicaban a los cautivos. Esa escasa distancia existente entre la ESMA y River era, en rigor, un abismo que ninguna explicación ha logrado aún llenar en esta ciudad. "Veinticinco millones de argentinos/jugaremos el Mundial", rezaba la canción oficial del certamen. Es decir: el Mundial lo jugaban todos, como si en ese "nosotros", el régimen también extendía responsabilidades colectivas por lo que estaba ocurriendo y que no se quería ver (ni los medios, ni parte de los intelectuales). Junio de 1978 marca el momento de mayor aceptación social de un régimen brutal. Un día después del partido hubo hasta hubo gente en la Plaza de Mayo que fue a vivar a Videla (el tirano no tardó en aparecer en el balcón y extender su dedo pulgar hacia arriba, en señal de complicidad). Se ha dicho que el Mundial 78 es un equivalente de las Olimpiadas de Berlín del 36. Pero acaso haya sido peor, porque la memoria falló. "Mundial, la justa deportiva sin igual", decía el estribillo de la canción. Sin igual. ¡Qué singularidad argentina!
Cayó la dictadura, en medio de otro Mundial, el de España, y la guerra de las Malvinas. Y la misma sociedad que salió a las calles a gritar "Dale campeón", comenzó en democracia a olvidar esas escenas. Miles y miles de individuos escribieron de nuevo sus biografías y aseguraron nunca haber estado allí, en esa noche de invierno que helaba algo más que los huesos. Las calles atiborradas se vaciaron. Ese Mundial que habían jugado apenas involucró a la dictadura y contó, según el relato amnésico, con la complicidad de jugadores y el locuaz entrenador del seleccionado, César Luis Menotti.
Se sabe que la historia no fue así, pero es la única que sirvió como analgésico para tolerar la vergüenza de esos días de junio.
Treinta años después, tres jugadores de aquel equipo, solo tres, se hicieron otra vez presente en River Plate para jugar "la otra final", junto a juveniles y al lado de las Madres de los desaparecidos. "Esta presencia significa alejarme de aquel Proceso Militar con el cual nunca coincidí. Nada más lejos de mis pensamientos están la dictadura y los crímenes que cometió. Si este partido sirve para despegarme de aquello, bienvenido sea", dijo Villa, que ya pasó los 50 años, antes de que se iniciara el partido de desagravio.