viernes, 11 de julio de 2008 14:12
Abel Gilbert
La ciudad de los murciélagos rabiosos
Lo que faltaba: murciélagos rabiosos surcan el cielo. La noche se agita con el batir de sus alas. En las cúpulas de los viejos y señoriales edificios, en las oquedades de los balcones y desvanes, acecha la batipesadilla. Escribo este post cuando Buenos Aires duerme. Lo revisaré tranquilo por la mañana, cuando los ruidos se hayan disipado. Mientras mis dedos se desplazan por el teclado, escucho en el telediario que otro quiróptero infectado ha sido encontrado en el centro de la ciudad, y que su presencia, naturalmente, generó pánico.
Todas las ciudades actualizan en tiempo real sus leyendas urbanas. Ahora le toca a los murciélagos.
-Es un ave.
-Es un avión.
-¿No se dan cuenta de que tiene una sola falange y carece de uña?
-Entonces es un...
-Sí, esos bichos que pasan el día con la cabeza colgada abajo, sujetados por sus garras.
-¿Vampiros?
El Gobierno de la ciudad llamó a la tranquilidad después de haber capturado al murciélago rabioso, y aseguró que "no tuvo contacto con personas, ni con ninguna mascota del lugar". Aunque no lo dijeron expresamente, las autoridades dieron a entender que rondan por el cielo otros de estos mamíferos noctámbulos.
-Hay que evitar el contacto directo- recomendaron, como si existiera una secreta necesidad de encontrarlos. Ahora bien, si alguno se cruza con la batimolestia (alguien que, por ejemplo, llega tarde a su casa del trabajo, o después de haber cenado con su esposa, o su novia, o quien quiera, entra a su apartamento, enciende la luz, escucha un ruido de cosa que revolotea y, de repente, lo ve, allí, en un rincón, emitiendo ultrasonidos que solo ELLOS pueden escuchar), lo que tiene que hacer es cubrirlo con una olla, una lata o una caja. Será mejor tenerlas a mano. Y, una vez capturado el intruso, llamar a las autoridades del instituto de Zoonosis para que se lo lleven y lo estudien.
-¿Qué pasa si me muerde?- preguntan, con una zozobra comprensible, algunas personas.
-¿Y si muerden a mi perrita caniche?
Hasta ahora nadie aclaró si se trata de una plaga o de episodios ocasionales. La presencia de murciélagos rabiosos le da otro toque inquietante a la ciudad en las horas que el músculo duerme, como decía un viejo tango cantado por el siempre joven Carlos Gardel. La rabia cunde aquí, pero no entre los animales. La gente está rabiosa. Se ha contagiado masivamente como una consecuencia colateral de la pelea entre el Gobierno y los productores agropecuarios. Las discusiones a veces terminan a las trompadas. Fobias dormidas han salido a luz. "Estos negros de mierda", vuelve a escucharse en algunos barrios acomodados. ¿Será posible que la rabia haya sido transmitida por la sociedad a los murciélagos? Todo puede ocurrir en Buenos Aires, y más en los días de luna llena, cuando el lobo del hombre despierta con su sed de sangre ajena.