Recuerdo la insólita nieve en El Alto, y el frío que esa la noche serruchaba los huesos. "La Paz parece, vista desde aquí, una cajita de juguetes", anoté días atrás, en una pequeña libreta, a 4100 metros sobre el nivel del mar. El Alto es el bastión de Evo Morales. Miles y miles de quechuas y aymarás urbanizados por la fuerza, reeducados en la dinámica del intercambio y la economía informal, ven en el presidente boliviano una chispa de esperanza, la posibilidad de redención social que nunca tuvieron. Y por eso lo votaron masivamente en el referendo que valido su mandato.

El Alto es la otra cara de la moneda boliviana llamada Santa Cruz, el trópico, donde las palabras "indio" y "cocalero" resuenan con eco clasista. "Tirano", le dicen en esa región, la única en mundo, posiblemente, donde los concursos de belleza se convierten en una tribuna política, el escenario sobre el que desfila un arquetipo jerárquico de "lo boliviano",  despojado de cualquier señal fisonómica precolombina. "Ana Paola Roca pronto será odontóloga", anuncia un diario cruceño. La frase tiene tantas resonancias que la he transcrito en mi libreta. Paola, tiene 21 años y 1.63 m. pero, lo más importante, se nos dice, es que pertenece a la agencia Promociones Gloria. "Desde pequeña siempre le llamó la atención las pasarelas y sesiones fotográficas", recuerda el diario.

     El cuerpo de Paola, en traje de baño, es, en cierto sentido, su principal "título": documenta, con sus poses ante la cámara, la diferencia que existe entre una cruceña "modelo" y "esas" cholas del occidente de su sombrero bombín, la saya larga, plisada, la blusa con encajes y volados y una manta sobre los hombros. Mujeres de un castellano rudimentario y cicatrices en sus rostros que dibujan una historia de humillaciones. Sobre esas marcas de dolor trata de operar Morales. O al menos eso esperan de él. "Los fundadores de Santa Cruz no vienen del Virreynato de Lima sino de Paraguay, señala la historiografía oficial de Santa Cruz, para justificar su origen racial y cultural diferentes (no altoperuano) y reivindicar su lugar especial en un país de indios", dicen Ximena Soruco, Wilfredo Plata y Gustavo Medeiros en Los barones del oriente. El poder de Santa Cruz ayer y hoy. Los autores creen que la elite cruceña hoy siente perdida la posibilidad de hegemonía nacional y apuesta a un control regional, a un Estado dentro o fuera del Estado-nación boliviano. Ese es el carácter de su proyecto autonómico. Son, dicen, populistas de derecha. De allí el odio que despierta Morales.

    Santa Cruz es la parada obligada para llegar en avión al aeropuerto de El Alto, y desde esa cima, bajar serpenteando hasta La Paz. La línea que las une es algo más que una ruta de vuelo. El mapa se despliga como una cartografía de tensiones históricas. "Hemos hecho visibles las fracturas que las élites escondían debajo de la alfombra", me ha dicho el vicepresidente Alvaro García Linera y, sí, ese corte, muestra en la distancia que separa a El Alto y santa Cruz, su hendija más pronunciada. Dos "modelos" de país, dos miradas del mundo (y todas las cosas que pueden ser divisibles por ese denominador común). Bolivia suele ser binaria en sus definiciones irreconciliables. Las cosas deberían ser más complejas, pero el conflicto oculta los pliegues de esta realidad.

    En aquella noche alteña, cerca del mercado Satélite, he visto en una esquina a un joven leyendo un libro. Ese libro se llama Jefazo, y es la semblanza de Morales trazada por el periodista argentino Martín Sivak. La edición pirata del libro ha inundado el país. Los lectores se dividen apasionadamente a favor o en contra de un relato apasionante. "En Isallavi (el altiplano profundo), los Morales vivían en una casa de adobe y techo de paja. Se trataba, en realidad, de un cuarto de tres metros por cuatro que servía de dormitorio, cocina y comedor. Al lado tenía su corral. No sólo a la pobreza y la falta de materiales se debía el piso de tierra. Las comunidades aymaras prefieren el contacto con la tierra, la Pachamama, y evitan las mediaciones, como el cemento y aún los muebles...como parte de su educación, Evo debió internalizar tres reglas de conducta: ama sua (no seas ladrón), ama quella (no seas flojo) y ama llula (no seas mentiroso). La cuarta se impuso más tarde: ama llunk´u (no seas servil)", escribe Sivak.

    A lo largo del libro, el presidente es presentado con un pantalón gastado, con el bolsillo descosido en la nalga, zapatillas azules y camisa, escribiendo con faltas de ortografía, agitando masas, trabajando de sol a sol, exigiendo a los suyos esa misma entrega, incurriendo en exageraciones (reduccionista por momentos, intuitivo, testarudo, jacobino o populista, según las circunstancias). Jefazo ilumina la educación presidencial de un sindicalista que aprende lo que es el rigor fiscal en el Palacio Quemado. Sivak disecciona su imaginario indigenista, presenta sus contradicciones y las de la sociedad de la que es parte. Retrata a su círculo aúlico y a sus encendidos adversarios.

       Sobre ochenta y tres gobiernos que tuvo Bolivia en la historia republicana, 36 no duraron más de un año, 37 fueron de facto y hasta el momento, dice Sivak, ningún historiador ha sabido precisar la cantidad exacta de golpes de Estado e intentonas militares.

      -Morales irrumpe en esa Bolivia concreta.

       Le digo a Filemón Escobar, durante una conversación telefónica. Escobar ha sido fundador del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de Gobierno, y mentor de Morales. Se han distanciado hace un par de años. Escobar vive en Cochabamba, modestamente. Acaba de publicar su libro De la revolución al pachacuti. Explica, del otro lado de la línea, que en Bolivia hay "dos energías", la andina-amazonica, y la occidental. El "pa", es doble par, la energia a ambos lados, el "kuti" es el retorno. Morales, insiste, debia haber ejecutado el pachakuti, la complementariedad de opuestos, pero, sin embargo, enfatiza, ha cometido un gravisimo error. "Adopto la politica del monoteismo occidental, se ha plateado la confrontacion". Recuerda que, en 1876, un cruceño blanco, de ojos verdes, Andrés Ibáñez, fue federalista, y lo fusilaron. Y que, 20 años más tardes, esa bandera la hizo suya un aymará. Morales, cree Escobar, debía haber retomado ese camino trunco. "Pero no. El grupito que lo rodea, lo transformó en enemigo de la autonomia. Y se perdió de entrar en la historia republicana de este país como el mejor de todos sus presidentes. El error de ser enemigo de la autonomia le ha generado el conflicto que estamos viviendo". Sigue Escobar: "estos muchachos de la izquierda tradicional, ya no indigenista, se han planteado aplastar al otro en la confrontacion. Estan trabajando para la derecha, como en 1964 y 1973. No se dan cuenta de no se puede destruir la sociedad civil occidental, que hay que negociar".

            Un diplomático, que es un agudo observador, teme que Bolivia desperdicie la oportunidad histórica que se le ha presentado. Que, oscilando entre el impulso de la "revolución permanente" y el apego a la letra pequeña de leyes que nunca se han cumplido, no pueda despegar de la condena del atraso.

       Vuelvo a El Alto y leo lo escrito, de cara al imponente Illimani, después que Morales arrrasí en la consulta popular. En las paredes de esta ciudadela donde parte de sus habitantes se bañan en duchas públicas porque carecen de alcantarillas, se escribe su nombre con letras de lealtad. Anochece. La Paz parece, desde esta elevación, una cajita de juguetes, refulgiendo a lo lejos, y tan cerca de la vez, con sus luces arcanas. Indescifrables.