jueves, 14 de agosto de 2008 18:23
Abel Gilbert
Diario de Bolivia (II)
En las Paginas azules del diario La Razon se ofrecen empleos, vehículos y propiedades, materiales de construcción y objetos suntuarios; animales, traductores y detectives privados. Allí convergen, también, las necrológicas y la oferta de damas de compañías ("Hermosa señorita trinitaria", "Hermosas benianas, servicio completo", "Azafata, las veces que puedas"). Eros y Tanatos se juntan a u vez con mariachis y oráculos. "Egresado del Colegio de ciencias psíquicas (México D.F), miembro del Groupe D´Etudes Parapsychologiques (París-Francia), único a nivel en Bolivia: Ramse´s Kasandra, el visionario del destino: atraigo al ser amado en siete horas, captaciones energéticas, destrabes para perseguodos en maleficios. Si no cumplo lo prometido le devuelvo el doble de lo pagado". La publicidad de Ramse´s es la más importante en la primera de las Páginas azules, que en realidad son muy pocas, y no permiten establecer una posible dimensión de la economía diaria de La Paz. Esa escasez de oportunidades está hablando de algo. Y ese algo, hay que ir a buscarlo a la calle, "en" la calle, donde el corazón de la ciudad late al compás de la economía informal.
A las seis de la mañana, el mercado mañanero del barrio de San Sebastián entra en acción con todos sus ingredientes. Alrededor de la calle Tumusla se despliegan los interminables artificios del mercado negro. Zapatos, artesanías, marcas fraguadas de perfumes y ropa deportiva, indumentarias de contrabando, baratijas, películas pirateadas, se alternan en los puestos con las confecciones nacionales. Van montando, hasta las diez de la mañana, la escenografía de un vasto teatro de las transacciones. La división del trabajo es clara: los hombres compran, las mujeres venden.
Cuando no despachan, las cholas (sombrero bombín, pollera largas, blusa con encajes y volados, y una manta sobre los hombros) tejen, enhebran, en un lenguaje silencioso, la trama del intercambio. Muchas de ellas se han convertido en verdaderas capitalistas, han iniciado un sostenido proceso de acumulación que la vestimenta costumbrista engaña.
El dinero fluye por esas mismas manos tejedoras. Tradición y último grito de la moda, atavismo y consumo globalizado, se imbrican a lo largo de esta calle en pendiente. Una habla por el teléfono móvil en aymará, otra vende jugo de manzana con quinua (un cereal milenario del altiplano) mientras escucha música con su reproductor mp3. La música sale de otros aparatos e inunda el ambiente. Shakira se funde con el sonido de las zampoñas, los instrumentos aerófonos del altiplano.
Aquí todo es puro sincretismo. El sacón con los colores de la whipala (la bandera de las siete etnias andinas) es de fabricación coreana y las toallas con la imagen de Homer Simpson, el Hombre Araña y Blancanieves, son hechos por bolivianas. Gell American colt, Jossue printer, SimonIs trailer y Boutique Michelle son los nombres de algunos negocios que ofrecen chalecos de alpaca peruana traídos ilegalmente.
La calle Tumusla se pierde al cruzar con la avenida Manco Capac, donde se despliegan parte de las oficinas en las que se retiran las remesas que envían los emigrantes a sus familias. Boligiros, Money Gram, Western Union. Cuando el mercado mañanero termina su turno, el barrio recupera por unas horas un silencio extraño. Hasta que, más tarde, una nueva tanda de vendedoras y compradores se instala para continuar sus acuerdos comerciales.
Por la noche es el turno de los ropavejeros, vendedores de prendas usadas traídas de EEUU y que cuestan mucho más baratas. Más de 250.000 familias se dedican a este negocio. El comercio de la ropa usada ha superado en cinco años los 500 millones de dólares (336 millones de euros) --el 6% del PIB--, afectando especialmente a la industria textil. Por eso, hay una guerra declarada entre los mañaneros vinculados a la producción nacional y los ropavejeros. Las situaciones que se ven en el barrio San Sebastián se repiten en El Alto, la enorme ciudadela que bordea a La Paz, y en todo Bolivia. Las ferias son el corazón de la informalidad, pero también, a estas alturas, un sistema de relaciones sociales, un lugar de encuentro construido alrededor de las mercancías baratas.