-¡Qué barbaridad lo de las chinitas!

            Como magnetizado frente al plasma, y mientras la jamaicana Verónica Campbell Brown desafíaba en la pista la velocidad de la luz, el señor saborea su capuccino y, de paso, comenta para sí, desde un bar de Buenos Aires, los pormenores olímpicos.

            -Porque...no me diga, qué es eso de hacer cantar a una y poner la cara de otra nena.

            Dice, y busca complicidad. Y como a mí me toca estar más cerca le digo que sí, claro, con la mirada. Y vuelvo a mis cosas.

            Pero no le alcanza.

            -¿Sabe cómo se llama eso? Engaño. Timo. Eso es jugar con la buena fe de los espectadores.

            Bebe el que tal vez es su último sobro. Se limpia los labios con la lengua e insiste.

            -Menos mal que el verdadero espíritu deportivo es más fuerte que las trampas de los chinos.

            Le hace señas al camarero, que no lo ve. Y sigue con su catarsis matutina. Quisiera leer el diario y olvidarme de esa voz. Pero se inmiscuye entre las palabras escritas. Me llama . Me provoca. Con disciplina zen, trato de aislarme.

            -Fíjese nuestro seleccionado de baloncesto. Sus jugadores son como de una misma familia. Cómo se quieren. Cómo quieren a los colores de la patria. ¿Vio como besan la bandera? Esos son deportistas. O Arsenio Erico. Qué jugador. El máximo goleador del fútbol argentino. Y eso que era paraguayo. Menos mal que por fin se enteraron en ese país. Usted, que esta con el diario, sí, usted, ¿no leyó que Paraguay quiere repatriar sus restos? Lea, a ver, página 50. Sí, Erico, aquel de Independiente. Hacía goles hasta con la nariz, en los años cuarenta. Mi papá me lo contó, y la palabra de mi viejo es sagrada. Dicen que unos diputados de ese país se quieren llevar a Asunción el féretro y rendirle homenaje póstumo. Igualito que el general Perón.

            Qué máquina parlante.            

             En todas las ciudades hay gente que habla sola. Musita al caminar, dialoga consigo mismo, ante la indiferencia del entorno. Tal vez Buenos Aires le agrega cierto tono estentoreo, de barricada, al soliloquio. ¿Será la soledad? ¿Cierto fatalismo? En este país, donde el fútbol es un asunto nacional -y por estos días también el baloncesto, qué extraño y súbito apasionamiento-, donde las discusiones son casi obligatorias en las oficinas, entre amigos, familiares, vecinos y hasta desconocidos, el monólogo del señor de la mesa contigua se estaba moviendo hacia las arenas del patetismo, zona esa de la que es difícil regresar.

            -A los grandes jugadores hay que respetarlos en vida y no esperar que se mueran. ¿Le vamos a hacer eso al Gatito?

            Ya no se dirigía a mi, ni al camarero, ni a los otros vecinos del bar. Le "hablaba" al plasma.

            -¿Es que no aquí no se respeta a nadie, carajo?

            Edgardo El Gato Andrada nacio a fines de los 30, cuando Erico paseaba su gloria por las canchas argentinas. Se ganó su apodo felino por la elasticidad con la cual atajaba. Jugó en Rosario Central y fue parte del seleccionado argentino, en 1968. Un año más tarde pasó al Vasco da Gama de Brasil. El mundo lo conoció por haber sido el arquero a quien Pelé le anotó su festejado gol 1000. En 1976 regresó a la Argentina y vistió los colores rojinegros de Colón de Santa Fé. Alternó la portería con una lucha denodada y clandestina contra otros "rojos". Porque Andrada ha sido acusado de ser parte de los servicios secretos de la última dictadura militar (1976-83). El ex jugador debe ser citado próximamente por la Justicia. Un ex represor, represor Eduardo Constanzo, confesó que Andrada participó del asesinato de dos opositores, en 1983, un año después de abandonar completamente el fútbol.

            -A Andrada hay que hacerle un monumento, pero en vida, ¿eh? Yo sé por qué lo digo. Y lo digo de frente. ¿O va venir algún zurdito hijo de re mil putas a decirme que me calle?

            Como nadie le hizo caso, pagó su café y salió raudamente a la calle.

            Hasta el plasma debió sentir escalofríos.