viernes, 22 de agosto de 2008 18:01
Abel Gilbert
La sociedad siliconada
Ella avisó a su trabajo estaría ausente por unos días: iba a mejorar su busto en el quirófano. La empresa consideró que el embellecimiento de su delantera no justificaba el abandono del puesto ni lo que tenía puesto. Entonces la despidió. Ahora, la Justicia ha ordenado que la señorita sea indemnizada. La discusión en los tribunales acerca del derecho al implante en cualquier momento no parece estar ajeno al valor simbólico que parte de la sociedad le está otorgando a las siliconas. Esta jerarquía tungente se construye en especial a través de los medios y funda toda una pedagogía del "ver". La cuestión es de cantidad, cierta propensión al exceso. A toda hora hay una prótesis que comentar (y mirar).
La noche televisiva arde ultimamente al compás de un numerito de "strip dance" en el que las participantes exhiben sin pudores sus nuevas adquisiciones plásticas. Todo esto ocurre en "Bailando por un sueño", la versión nacional de "Mira quien baila". Los diarios le asignan una importancia noticiosa sorprendente al tema. La trascendencia ha llamado ya la atención de más de un corresponsal extranjero.
"Lolas", "gomas", "mamas", "tetas", "melones". Lo importante es inunden la pantalla. Lo extraordinario de este "embuste" es, créase o no, su supuesto trasfondo filantrópico.
Porque, en rigor, los bailarines pierden sus pudores por una "causa noble": arreglar una escuela, pagar una operación costosa (no un remiendo corporal). Deben demostrarle a un jurado de "expertos" que sus anhelos de redención social merecen ser tenidos en cuenta. Así puede escucharse como una participante, vestida de colegiala inocente, de mujer-gato o secretaria ejecutiva, le cuenta a su platea, antes de sacarse todas sus prendas, que se ha entrenado con esmero porque quiere hacer realidad el anhelo de su compañero de pista (que, orgulloso, asiente).Y, en ese instante, con la música de fondo, la filantropía se dará la mano con el porn soft.
La realización de destrezas acrobáticas y circenses en un palo tiene origen en la China. Pero el "pole dance" es claramente otra cosa: las prostitutas de bajo costo del sudeste asiático lo bailaban para los soldados de EE.UU que combatían en Vietnam. Las marcas de la guerra se borraron cuando este baile se reencarnó en los clubes de strip tease de Londres. Ahora se ha convertido en el momento estelar de la televisión argentina y un hecho que trasciende las pantallas.
El "pole dance" ha generado su propia didáctica: comienzan a surgir las escuelas. "¿Necesitas estar en forma? ¿Te aburre el gimnasio? Ven a divertirte. ¡Animate a una actividad diferente!", anuncia la publicidad del "Pole, cardio, strip estudio", en el barrio de Belgrano. En sus aulas, además, ya se puede estudiar para "profesora". Mara Jaloj es la dueña de "Art Dance", otro de los centros de entrenamiento. "Tenemos alumnas de 16 a 60 años", dijo en los estudios del Canal 9. "¿Sesenta años?", repitió el periodista, creyendo que había entendido mal. "Sí, el pole dance es para cualquier edad. Quemas unas 500 calorías por clase, mejoras tu sensualidad y autoestima". Las bailarinas se han asociado en la Federación Argentina de Pole Dance. Exige que el baile del caño sea considerado un deporte.
El "pole dance" no está disociado del otro fenómeno más profundo al que se ha hecho referencia. Modelitos y concursantes luchan a la vez por igualarse visualmente. Ganará el favor del público aquella (¿aquel también?) que descolle por las huellas de los implantes. Y es allí donde el "Mira quien baila" muestra algo más que un entretenimiento de alcances caritativos. En el 2007 se han realizado 50.000 intervenciones estéticas, en su mayoría mamarias, pero también para "mejorar" el físico de los hombres. La demanda es tal que, reveló el diario Critica, en los últimos años se triplicó el número de cirujanos plásticos. Solo en esta ciudad se graduraron en el primer semestre el doble de los especialistas que a principios de la década. "El culto al cuerpo y la estética se convirtió en uno de los principales objetivos de muchas personas, potenciado por una sociedad de consumo y fomentado por los medios de comunicación", opinó Héctor Lanza, jefe de Cirugía Plástica del hospital Eva Perón.
La Justicia ha "robustecido" estas pretenciones. El portento está garantizado.