La ciudad se ha vestido de tango de pies a cabeza. Se lo ha escuchado hasta en las alcantarillas estos últimos días. Primero fue un colorido festival, donde, entre otras cosas, se reconstruyeron admirablemente los arreglos de la orquesta de Astor Piazzolla de 1955. Y, después, sobre este gran tinglado también conocido como Buenos Aires se desplegó el sexto Mundial de Baile de Tango. Los argentinos se quedarán tal vez eternamente con las ganas de realizar unos Juegos Olímpicos (sueño menemista de 1997, que, como la misma antorcha, todos los mandatarios toman en sus manos buscando ascender un imaginario cenit) o volver a ser escenario del máximo certamen planetario de fútbol, como en 1978, bajo una dictadura. Pero ¿quién les quita lo bailado a la hora de llevar adelante un mundial tanguero? En este terreno, la autoridad parece indiscutible.

            La palabra "mundial" puede parecer ampulosa, como si se quisiera buscar una equivalencia con otras competencias globales. Lo cierto es que más de 400 parejas, 90 de ellas provenientes de 23 países, se apuntaron para demostrar sus destrezas y colgarse orgullosas las medallas. Otras miles hacen cola para verlas.

            ¿Y quien ganó el Mundial?

            Argentina, claro.

            Melody Celatti y José Fernández se conocieron hace más de dos años  en una pista de baile y desde 2007 la transitan juntos y abrazados. La pista los ha unido sentimentalmente. El tango, dijeron a coro, "siempre ayuda a la seducción". Tienen una inminente gira por Japón, que les servirá de luna de miel.

            El tango, dijo alguna vez Enrique Santos Discépolo, uno de sus más atormentados letristas, es un "pensamiento triste que se baila". Decádas atrás, Ernesto Sábato creía que  así como el napolitano baila latarrantela "para divertirse", el habitante de Buenos Aires encuentra en el tango una baldoza para "meditar" sobre su suerte o para "redondear malos pensamientos sobre la estructura general de la existencia humana" Y, cuando sonríe de costado, "ese gesto grotesco se distingue de la risa del alemán como un jorobado pesimista de un profesor de gimnasia (¿por su giba o su desconsuelo)?".

            En Buenos Aires se asiste, mundiales aparte, a un curioso resurgimiento del baile.

            Hace más de 60 años, en la llamada década de oro del tango, se aprendían los movimientos por osmosis. La ciudad latía al compás de una orquesta. Un ejemplo. En los carnavales de 1946, el diario El Mundo incluía 36 páginas con avisos en los que se promocionaban los bailes. Eran tiempos en los que cada orquesta contaba con sus propios "hinchas" que seguían a los ídolos hasta los barrios más alejados de la Capital. Días, aquellos, en los que no era lo mismo bailar con la orquesta de Carlos Di Sarli, Osvaldo Pugliese, o Anibal Troilo, ni en clubes como Atlanta o en los cabarets  como Marabú. Sutiles diferencias establecián una apropia taxonomía del bailarín, cuyo protocolo nunca era evidente a los ojos de los iniciados. En 1952, el año de la muerte de Evita, los anuncios de los bailes de carnaval en el mismo diario El Mundo llegan apenas a cinco páginas. Todavía eran muchos, pero a medida que el año va transcurriendo, las publcidades menguan de manera significativa. En octubre de 1956, solo en Buenos Aires el porcentaje de músicos desocupados ascendía, de acuerdo con el sindicato de músicos, a un 70%. El cierre de otros importantes salones de baile -La Enramada, Palermo Palace y Salón Chamamé- había dejado sin trabajo a unos 300 músicos. El tango agonizaba, y muchos culparon al rock.

            A fines de los 90, algunos músicos jóvenes fueron a la búsqueda de los orígenes del tango y formaron grupos a la vieja usanza. La orquesta Fernández Fierro es uno de los ejemplos más acabados. Y eso llamo la atención en el exterior. Con la crisis, y tras la devaluación de la moneda, miles y miles de turistas llegaron aquí para aprender los secretos del baile. Muchos argentinos redescubrieron el tango a partir de la fascinación ajena. El fenómeno de los festivales no está disociado del aluvión de visitantes extranjeros.  Más del 30% de las personas que participaron de los eventos eran turistas que quisieron teñir de la música rioplatense sus vacaciones. Gastaron 27 millones de euros.

            El Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, que encabeza el magnate Mauricio Macri, asegura que otros miles de extranjeros llegaron solo para presenciar el certamen de baile. A un hombre tan asociado a los negocios como Macri no se le escapa el enorme valor simbólico y comercial del tango. El tango, dijo, no casualmente, es un commodity como la soja, producto que en este país se ha convertido en un maná de riquezas inmediatas y, a la vez, origen de violentas disputas políticas. Hace pocos meses, los productores agropecuarios cortaron las carreteras y desabastecieron los principales centros urbanos porque rechazaban la decisión del Gobierno de aumentar el impuesto a las exportaciones (¿se imaginan a los tangueros tomando las calles, clausurando bares, destruyendo discos, porque no cobran lo que creen que les corresponde en cuestión de derechos de autor?)

            En el vasto mundo del tango conviven el ejercicio insoportable de la nostalgia, el homenaje sentido, la atracción turística y la preservación de sus esencias. En un extremo puede ubicarse el músico Gustavo Santaolalla, ganador de dos Oscar en Hollywood, quien acaba de producir el disco y la película Café de los maestros, una suerte de versión local del Buena Vista Social Club cubano.

            Por otro lado, el aprendizaje concreto del tango, la transmisión de su lenguaje a las nuevas generaciones, corre por una senda de peligro. La Escuela de Música Popular de Avellaneda, única en su tipo en América Latina, carece hoy de edificio. Y el Conservatorio Argentino Galván, llamado así en homenaje a uno de sus grandes arreglistas y dependiente de la Academia Nacional del Tango, se encuentra abandonado.

"El turista ve a Buenos Aires como la meca del tango y el festival es el gran atractivo turístico", dice Manuel Novo, de la Asociación de Hoteles, Restaurantes y Cafés. De lo otro, lo molesto, mejor no hablar.