Jorge Luis Borges solía hablar de una Buenos irrecuperable. "He nacido en otra ciudad que se llamaba Buenos Aires", escribe en uno de sus poemas incluídos en el libro La cifra. Era, esa, una ciudad donde el ruido de los hierros provenía de la puerta cancel. Borges recuerda en ese poema los jazmines y el aljibe, la resolana y la siesta, los faroles de gas, el tiempo generoso, "lo que he visto y me contaron mis padres". Una ciudad mítica y personal, y sin embargo también de todos, o casi todos.

            Es la misma ciudad en la que el arquitecto inglés Norman Foster imagina hoy el futuro en clave borgeana: acá piensa construir un complejo con apartamentos, locales comerciales y un centro cultural. Quien quiera tener un piso con la vista al Río de la Plata tendrá que pagar más de 4.000 euros el metro, toda una fortuna para los valores argentinos. Foster, que ha dejado su marca en Londres, Barcelona, Pekin y Dublin, ahora se propone hacerlo en Buenos Aires. Aleph Residences, el emprendimiento del Faena Group, asegura insperarse en ese extraordiario cuento de 1949 que habla de un lugar minúsculo donde convergen todos los lugares. Según el célebre arquitecto, el proyecto "desdibuja los límites entre el ocio, la comunidad, los hoteles y lo residencial". "Hay que entender estos departamentos como obras de arte, la única obra de Foster en Argentina, es como si se tratara de pinturas de (Francis) Bacon", dicen en el Faena Group. El diseño de Aleph Residences "combina lo mejor del pasado y del futuro, y resume de manera creativa distintos estratos de la extensa cultura arquitectónica de nuestra ciudad".

            La ciudad es una máquina en movimiento, un artefacto que no se detiene. Unos espacios se abren apelando a la ficción y otros se cierran por el peso de la realidad. La calle Ecuador, al cruzar con Bartolomé Mitre, se encuentra cortada desde hace casi cuatro años. Allí se consumó una verdadera tragedia. En un local musical llamado Cromañón murieron 180 jóvenes por asfixia y quemaduras. El episodio, que todavía eriza a los argentinos, tuvo lugar durante el concierto de Callejeros, un grupo de rock que estimulaba, como parte de su espectáculo, el uso de bengalas y otros artificios, hasta en espacios cerrados. La pirotecnia la aportaba el público. Por este desastre de fines del 2004 cayó el gobernante de esta ciudad, Anibal Ibarra, y han sido procesados el gerente del local y los músicos de la banda. En las puertas de Cromagnon, los familiares de las víctimas han levantado una suerte de santuario, y ya no se puede pasar. Esto ocurre en pleno centro de la ciudad.

            "La gente bailaba alrededor del fuego que caía del techo", confesó Maximiliano Djerfy en el juicio que se lleva por estos días a cabo para determinar las responsabilidades penales del espeluznante caso. Agregó que, cuando comenzó el incendio, provocado por las bengalas, la gente armó como "un ritual". Luego se escucharon los golpes contra el portón: la gente quería salir. Pero no pudo. La puerta de emergencia estaba cerrada. La gente golpeaba desesperada: sacaba sus dedos por los costados de la abertura. "Se escuchaban golpes contra el portón, pero cada vez más despacio, más despacio, hasta que no golpearon más", dijo el guitarrista.

            No se sabe si algún día Ecuador, al cruzarse con Bartolomé Mitre, volverá a abrirse o será, para siempre, un lugar de persignación y llanto.

            La distancia que separa al proyecto de Foster del escenario de esa desgracia se recorre en apenas cuatro kilómetros. Pero así es Buenos Aires. Esplendor y ruina, al mismo tiempo. Tal vez como muchas ciudades. O no.