Una extraña corriente de orgullo comienza a recorrer el suelo de esta ciudad. Reverdece esa sensación de sentirse pionero en la desgracia. Vanguardia, en definitiva. El ejemplo argentino cunde. "El mundo se argentiniza", escucho decir. "Aquí existe un corralito de facto, disfrazado. Hoy, si alguien va al banco y se quiere llevar 100.000 dólares de su cuenta, no se los dan. Le piden que vuelva la semana que viene, le dicen que la situación está difícil y le dan mil vueltas", le ha dicho Jaime Rojkind, al diario Clarín. Rojkind es el presidente de la Cámara de Comercio Argentino-estadounidense del Midwest, con sede en Chicago. Las cosas que suceden en EE.UU -y que ya ocurren en otras latitudes- son "similares" a las de la Argentina en los tiempos que el ministro de Economía, Domingo Cavallo congeló los depósitos. Claro, la palabra "corralito" tiene otras implicancias que, dice el financista, nunca serán admitidas en Estados Unidos ni en ningún lugar.
El "corralito" fue algo más que una imposibilidad de retirar el dinero depositado en un banco, con la consiguiente furia de los ahorristas. Fue el punto de quiebre de años de fantasía y endeudamiento nacional que terminaron estruendosamente, con la caída de un Gobierno y la clausura de una época de irrepetible cuño neoliberal. La mera invocación del "corralito" en el corazón del sistema capitalista invitaría al pánico planetario.
La crisis mundial ya empieza a anunciarse en Buenos Aires. La competencia de la predicción apocalíptica que circula globalmente tras el colapso de Wall Street y otras bolsas corre a la par de esa sensación de deja vu, de cosa ya vivida aquí, aunque en escala minúscula. En la Argentina, durante los noventa, también se vivió una vida prestada que finalmente pagaron otros. "¿Sabe qué? Antes del corralito yo me tomaba las vacaciones en Miami casi todos los años", me dice un camarero antes de dejar la taza de café humeante sobre la mesa. Las volutas de humo que desprende se llevan su nostalgia de aquel tiempo de facilidades sin costo. Sus ilusiones crediticias eran las de buena parte de la sociedad que ganaba en pesos y le decían que su moneda era equivalente al dólar, o más poderosa. Trabajar en Buenos Aires y consumir en Manhattan. Almorzar frente al Río de la Plata y desayunar en París. Y todo se cayó. E hizo mucho ruido. El 2002 encontró a un país colapsado. Las fachadas de los bancos eran tapiadas para mitigar los golpes de las cacerolas de los ahorristas. En los barrios populares donde había dejado de circular el dinero imperaba la ley solidaria del truque. Los políticos tradicionales no salían a la calle por temor al escarnio. "Que se vayan todos", les gritaban, con cierto aire nihilista (ellos se agazaparon, hasta regresar tranquilos a sus lugares de representación).
"Ahora los yanquis van a saber lo que es el corralito", dice el camarero, con una cuota de sorna, al regresar con la cuenta. "Les vamos a enviar al FMI".
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha hablado del "efecto jazz"para referirse al descalabro norteamericano. Más allá de lo impropio de la metáfora (¿por qué no se le ocurrió "efecto hamburguer" o "efecto ketchup" o "efecto Las Vegas", y lo asoció con una de las expresiones culturales más sublimes y ecuménicas de EE.UU? ¿Qué tienen que ver Lehman Brothers o Merrill Lynch y sus predicadores con Duke Ellington, Miles Davis, Charles Mingus, Louis Amstrong o John Coltrane?), Cristina K. le informó a la sociedad que esta guarnecida de los cataclismos. Que la crisis haya explotado esta vez en Wall Street y no en Buenos Aires ha sido para la presidenta motivo de alegría vindicatoria. Esa satisfacción es simétrica a la bizarra jactancia de haber sido parte de una avanzada mundial: "los primeros" en padecer "el corralito". Una curiosa vocación por lo ejemplar.