viernes, 10 de octubre de 2008 22:48
Abel Gilbert
La quimera de la monedita (¿final?)
En estos momentos en el que el mundo advierte azorado que un agujero galáctico se ha tragado miles y miles y miles de millones de dólares jugados en la ruleta virtual, cuando nada menos que George Bush cavila si se convierte al dogma socialista y nacionaliza bancos, aquí, en Buenos Aires, tan lejos y cerca del desastre, se discute arduamente por monedas. No se trata de una metáfora tan propia de esta ciudad. "Discutir por monedas" quiere decir algo así como inflar una controversia, darle un cariz exagerado a algo que no merece la pena, ahogarse en un vaso de agua por una disputa menor. Pero en la capital argentina la pelea es literalmente por esas monedas que redondean la utopía del cambio concreto (el pequeño cambio, la modestia franciscana materializada en una circunferencia). Como ya he escrito anteriormente, en la calle no las hay, y si no te tintinean en el bolsillo, no podrás viajar en el metro, el tren o en el bus, ni comprar un simple helado o chocolate para endulzar este presente que aplasta. Y la escasez obligaba a la gente a pagar con intereses el acceso al dinero metálico.
O sea: si quieres 10 pesos en monedas, en rigor te llevas ocho, tal vez nueve (si el traficante es misericordioso)y, de esta manera, tributas al mercado negro de la desesperación. En el Correo de la Patagonia se han negado a este tipo de transacciones. Un cartel advierte a los clientes que entregarán estampillas como cambio a falta de las monedas. Pero Buenos Aires impone otras reglas. Hasta los conductores de los buses públicos encontraban en el tráfico de monedas un ingreso extra mientras se internan por los ruidosos meandros de la ciudad.
-Ahora se sabe parte de la verdad- escucho decir en el bar de siempre (una suerte de usina de verdades a medias y rumores paranoicos).
-Sí, parte de esas monedas habían sido robadas- precisa el camarero.
-¿Cómo?
-Es usted el que debería estar enterado, ¿de qué trabaja entonces?- me regaña. Deja la taza de café sobre la mesa y comienza su relato. Cuenta que la Policía allanó una empresa transportadora de caudales, Maco.
-¿Macondo?
-No se haga el gracioso. ¿Se comió un payaso? Déme que termine y así puedo seguir atendiento. ¿O se cree que es el único cliente?
O sea que la policía, dice, encontró 118 tambores (grandes toneles metálicos de 200 litros) repletos de monedas legítimas y otros 17 con falsas. Según Gendarmería, el valor secuestrado es superior al millón de euros en cambio. Las monedas serían llevadas al Banco Central. Acopiar monedas y esconderlas en momentos que el mismo capitalismo cimbra por falta de liquidez invita a la Argentina a realizar un patético aporte a la escandalosa crisis.
El caso Maco dejó instalada la idea de que enormes reservas de mondas han sido escondidas para provocar semejante distorsión. Y lo único que queda es salir a la búsqueda del tesoro. Días atrás, -supe más tarde- la Asociación de Supermercados Chinos había denunciado en el Banco Central a la transportadora Maco porque querían venderles monedas de manera encubierta.
Ahora la empresa asegura que el remedio utilizado pol el Estado para combatir el faltante será peor que la enfermedad: ellos en rigor no son acopiadores. "Nuestro negocio es mover las monedas. Así como entran, salen". Maco las distribuye.
O sea: es muy posible que todo siga igual. O, incluso, que haya que pedir la intervención de la Reserva Federal norteamericana, o la ONU, o el G-7, o vaya a saber quién, para garantizar el circulante en la calle.
El perro se muerde la cola. El anillo de Moebius. El eterno retorno de lo que no viene. "La vida es una moneda quien la rebusca la tiene/ ojo que hablo de monedas y no de gruesos billetes", cantaba Fito Páez a principios de los 80. Nunca más profético. Ni siquiera se puede arrojar la moneda al aire para someterse al rigor del azar. La Argentina no encuentra el camino del cambio.