Apenas un par de años atrás, un apéndice del Estado argentino tuvo la desopilante ocurrencia de ofrecerle a los corresponsales extranjeros un seminario sobre lo que, tal vez sea sencillamente inexplicable en pocas o muchas palabras: el peronismo. Pero ellos creyeron lo contrario. Que uno se podía graduar en esa aula de "especialista en peronismo". ¡Y apenas  en un par de clases! Imagínense: sería como obtener un doctorado en lo "inasible" de la Argentina.

            No conozco a nadie entre mis colegas que haya superado la tentación de "estudiar" con un grupo de notables el verdadero alma del poder de este país, fuerza de naturaleza atávica que rinde pleitesía al ganador y huele la sangre de los derrotados (antes de devorárselos con ayuda de la historia). "Los peronistas no son ni buenos ni malos: son icorregibles". La frase se la atribuyen a uno de los más despiadados antiperonistas que se hayan conocido: Jorge Luis Borges. A mi me sigue gustando más la escena de la novela de Osvaldo Soriano, No habrá más penas ni olvido, retrato de la violencia descarnada entre peronistas en los años setenta, en la cual, cada bando mata y muerte, literalmente, al grito de "Viva Perón·".  ¿A cuento de qué viene todo esto? Es que el 17 de octubre los peronistas festejaron el "Día de la lealtad", efeméride que nos retrotrae a ese día de 1945, cuando las masas populares rescataron al coronel Juan Perón de su prisión. A estas alturas del Gobierno de Cristina (y Néstor)  Kirchner, los peronistas están partidos al menos en cuatro pedazos, y cada uno realizo su propio ritual de pertenencia, acusando de hereje al otro.

            En este día sacro se realizó, a su vez, la segunda jornada del juicio oral que se le sigue a Carlos Menem por encabezar una asociación delictiva que traficó armas a Croacia y Ecuador mientras cada uno de esos países estaba inmerso en un conflicto bélico. Recordemos: Menem es peronista. Menem fue un presidente peronista y gobernó 10 años. En sus días de cenit, muchos le besaban el anillo de su mano derecha con un servilismo teatral, hasta obseno. Hoy,  él está en el suelo, olvidado, encanecido, despojado de ese aire imperial, del cinismo y la picardía que lo distinguieron. Menem: apellido palíndromo. Se lee igual de derecha e izquierda. Un nombre propio a la altura del más descarado oportunismo político. Sin embargo, aquel que exaltó el uso del engaño, vive hoy sus días de patetismo, a tal punto que, emulando a Augusto Pinochet Ugarte, debe simular una enfermedad para no presentarse en los tribunales.

            Los muchachos peronistas/todos unidos triunfaremos

            Así comienza la famosa marcha partidaria.

            ¿La habrá silbado al menos Menem en el día en que ni la sombra le es leal?

            ¿Y Néstor Kirchner?

            ¿Y la presidenta Cristina Kirchner, que tuvo su acto y su claque demostrativa en la periferia bonaerense?

            Ser "leal" es, de hecho, reconocer la predisposición a la conjura permanente, abonar el silencioso camino de la tración, esperar el momento de la zancadilla, saber seguir la corriente y cambiar de caballo cuando corresponda. Menem supo hacerlo y, como en una tragedia de Shakespeare, a medida que fue subiendo la escalera, otro, u otros, estaban preparando el momento de sacárselo de encima. Le ocurrió a Eduardo Duhalde, que fue vicepresidente de Menem y luego conspiró contra él y el presidente provisional Adolfo Rodríguez Saá (hasta le cortaron la luz del despacho donde sesionaba). Duhalde ungió a Kirchner y Kirchner luego lo eyectó del firmamento del poder. Hoy Kirchner maneja el partido, pero ya escucha que más de uno pide por su cabeza (ex menemistas, ex duhaldistas, ex kirchneristas, ex exes). "Todos los argentinos son peronistas: lo que pase es que algunos aún no lo saben", dicen que decía el mismísimo Perón.

            Por eso, el peronismo puede ser neoliberal, socialdemócrata, tercermundista, ultramontano, preconciliar, troglodita, libertario, emancipador, tatcherista, defensor del "socialismo nacional", promotor del "nacionalsocialismo", conservador o revolucionario.

            Todo o nada.

             Un gran libro en blanco para llenar de contenido según la coyuntura. Siempre igual y distinto a si mismo.

             

          Posdata 1:

            Hubo un tiempo en el que el movimiento obrero era "la columna vertebral" del peronismo. Desde muy temprano, sus dirigentes fueron configurando una casta. Pero fue en los noventa que la diferencia "social" entre los sindicalistas y sus representados adquirió una visibilidad obsena. Comenzaron a llamarlos "los gordos", y no solo por las calorías ingeridas: lo que acumulaban era otra cosa. Hubo un tiempo en el que el 17 de octubre se convertía en la demostración de ese poder sindical.

            No deja de ser un síntoma de estos tiempos que Andrés Rodríguez, el secretario general del sindicato de los empleados civiles del estado (UPCN) realizara su propia fiesta peronista montando un caballo pura sangre que, de acuerdo con el diario Perfil, le ha costado nada menos que 50.000 dólares. Rodríguez estuvo con Menem y hoy con Kirchner. Mañana ofrecerá sus servicios al postor que le garantice su pasatiempo de jinete.