Acabo de ver Historias Extraordinarias, una película de ¡cuatro horas y media (contando dos intervalos de 10 minutos)! de Mariano Llinás, y debo confesar que hacía mucho tiempo que no salía tan contento y emocionado de un cine, con tantas ganas de contar lo que había visto. Llinás es un jóven actor y profesor de guión cinematográfico, pero desde ahora es también el nombre de una asombrosa hazaña de múltiples consecuencias. Se lo recordará como el director que reinventó de manera radical un cine argentino en el que ya asoman figuras prometedoras (Lucrecia Martel, Albertina Carri) . La película de Linás no se ve en los circuitos comerciales: es exhibida los fines de semana en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) y en el Centro Cultural 25 de Mayo, en un barrio de pretensiones aristocráticas (Palermo Chico) y otro popular (Villa Urquiza), respectivamente. El efecto de Historias extraordinarias es extraordinariamente simétrico. Ambas salas se llenan de cinéfilos y desprevenidos, de jóvenes y jubilados o familas que no saben bien por qué han comprado su boleto. Pero nadie se mueve de sus butacas a lo largo de esas más de cuatro horas, solo para tomar aire unos minutos y recobrar el impulso.

             El público se rinde ante ese universo espiralado de historias y personajes. El público celebra la inteligencia que nunca se apoya en la pedantería. Al público no le importa que en la pantalla se impriman siluetas de actores desconocidos o que ni siquiera sean actores. El público se deja llevar por las reglas de juego que impone el autor: 240 minutos de cine con la voz en "off" de un relator omnisciente como los de la novela. El de Llinás es un cine que le debe por momentos mucho más al francés George Perec o a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares que a su propio protocolo. Que esa película pueda ser vista en una ciudad al borde del desquicio permanente, que se haya realizado en un entorno por lo general adverso, que atraviese circuitos no convencionales y sea, a la vez, catalizadora de la atención de un espectro social tan variado; que el propio director suela presentarse antes de que se apague la luz de la sala para explicar cómo serán las cosas en las próximas cuatro horas y agradezca la asistencia de la gente, todo eso, y muchas cosas más, convierten a Historias extraordinarias no solo en un acontecimiento cinematográfico de primer orden en este país. Tal vez sea el gran hecho cultural del año, y mucho, muchísimo más. Esta es, apenas, la escritura agradecida de un espectador. Para el recuento más detallado de la película les dejó dos agudas críticas publicadas en los diarios La Nación y Página 12. Ojalá que esta obra de Llinás pronto de vuelta al mundo. Ojalá.