Hace tanto calor en Buenos Aires que uno se derrite con el asfalto. La insólita canícula de noviembre provoca una multiplicidad de trastornos adicionales. El precio de los equipos de aire acondicionado han aumentado un 15%, a pesar de la monumental crisis que se avecina y que derrumba la cotizaciones de todos los artículos suntuarios.Y, de otro lado, los servicios energéticos colapsan por el uso intensivo de esos mismos aparatos. Miles de usuarios se han quedado sin luz en pleno y flamígero día.

Algunos vecinos salieron a cortar las calles para pedir que vuelva la luz. La televisión muestra a la gente abatida por los 40 grados de "sensación térmica", a los chicos y no tanto arrojándose a las fuentes públicas, a las señoras peleando por una porción de sombra. Hace tanto, pero tanto tanto tanto calor, que tomar el metro es, en estas circunstancias, una experiencia límite. Los metros de Buenos Aires tienen una ventilación que... Dicho de otro modo: la refrigeración es una quimera. Los vagones son verdaderos baños turcos. Pobre de aquel que utiliza ese día su mejor traje, o del que se ha perfumado como para ser advertido a la distancia, me compadezco de la chica que ayer hizo de su make up un momento de sutil transformación (habrá tenido una entrevista de trabajo, o una cita a ciegas...), porque ella, como él, que se sento a su lado por azar,  o cualquiera, saldrán a la superficie hecho sopa.

Buenos Aires fue levantada de espaldas al Río de la Plata, ha vivido ensimismada en el cemento y el acero. El verano vuelve a ígnea a su superficie. Te tomás un litro de agua helada y es como si ingirieras vapor. ¿Esto es el Sahara? ¿Otro desierto? ¿Dónde está Lawrence de Arabia? ¿Quién inventó este infierno? En estas horas que el sol pega como un látigo en los cuerpos (y cómo deja sus marcas), cuando la sensación de pesadez transforma todos los movimientos en cámara lenta, la vista se nubla; en este adormecimiento general, de estado de somnolencia,  hasta la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dicen que no se quiere mover de la sede del Poder Ejecutivo y ha suspendido algunas de sus actividades públicas.

Mientras unos buscan aquí un pequeño oasis, otros tropiezan con sus espejismos. Anuncian lluvias. Y, sí, finalmente llovio. Mejor dicho. Fue el diluvio. Calles anegadas. Las líneas del metro interrumpida. Buenos Aires pasó de ser un magma a un mar de lágrimas. Esa sensación pendular que reina en esta ciudad se ha trasladado ahora al clima.  Todavía hay muchas manzanas sin luz. En Palermo Hollywood, los negocios a oscuras o, si tienen luz, es porque han contratado un generador a gasolina. La multiplicidad de motores aturden. Es un concierto metálico.¿A quién le cantan? ¿A qué santo hay que encender las velas?