Madonna regresó a Buenos Aires después de 13 años y como parte de su gira "Sticky and sweet tour". El Hotel Four Seasons, una antigua y aristocrática mansión reciclada en lujoso hospedaje, fue cercada por adolescentes histéricos a la espera de que la diva pop asomara al menos su cabeza por una ventana y les arrojara un beso y una bendición. Madonna trae los temas de su último dico, Hard Candy. Ella ha venido con sus tres hijos, sus leyendas urbanas y una nueva transfiguración. ¿A qué no saben quién la recibió de una manera muy entusiasta en la Casa Rosada? Sí, Cristina Fernández de Kirchner. La presidenta se tomó sus fotos de fan junto a Louise Veronica Ciccone e Ingrid Betancourt, como si las dos figuras fueran equiparables, nombres propios que se intercambian en la pasarela de la globalización. Madonna había estado en 1995 en la sede del Poder Ejecutivo, rodando la película Evita, de Alan Parker. Y también se había visto con Carlos Menem, un presidente que creía haber leído "novelas" de Jorge Luis Borges y libros de Sócrates, pero que tenía una innata predisposición a retratarse con los íconos de la industria de la cultura, creyendo que esas fotos le granjeaban la simpatía de los jóvenes. Así fue que se inmortalizó junto a los Rolling Stones. Y así fue que tuvo su momento de gloria con Madonna. Aquel encuentro debe haber sido lo suficientemente bizarro como para que la cantante lo incorporara a su autobiografía. A Ciccione le gusta ser mirada, diseccionada, celebrada, aunque casi siempre en el escenario o en calidad de objeto virtual (el video clip). Tal vez no esperó tener frente suyo un presidente voyeurista. “Lo agarré mirando al bretel de mi corpiño, que apenas se podía ver. Él siguió haciendo esto toda la noche, con sus ojos perforadores, y cuando lo cazaba mirando, sus ojos se quedaban con los míos”, escribió. Madonna asoció la mirada lascivia de Menem con los mismos ojos del Estado. “Sospecho que esto es lo más cercano a una dictadura que yo haya conocido”, exageró sobre aquella visita.
¿Qué habrá sentido Cristina K. al estrechar su mano? La periodista Susana Viau hizo conjeturó: "La Presidenta debe haber imaginado, además, que si la cantante se hubiera asomado por unos instantes al balcón que da a la calle Balcarce, la Plaza de Mayo, sin esfuerzo, sin ayudas, se hubiera colmado de gente; la Presidenta debe de haber imaginado, también, que su solo nombre nunca podrá llenar el estadio de River Plate una vez, y otra y otra y otra. Mucho menos, que alguien pague para escucharla".
Cristina K es peronista. Y, en estos meses de trasiego y creciente impopularidad, no se ha cansado de invocar la figura de Evita. Que Madonna haya sido Evita todavía es sentido como una profanación por cierta feligresía peronista. El tránsito de "chica plástica" a "abanderada de los humildes" no podía sino provocar cierto efecto revulsivo en 1995. Menem había convertido al peronismo en una sucursal austral del tatcherismo. Y entonces vino Ella. Muchos peronistas se enojaron más con su Evita que con el presidente que había terminado por enterrar al mito plebeyo por excelencia de la Argentina. Todo estaba o parecía estar al revés en esa Argentina. Si hasta Nacha Guevara, que durante los ochenta había tenido "su" propio papel de Evita, hacía por esos años de Madonna, prestando su propio cuerpo para el juego de los malentendidos. Guevara cantaba tangos en clave pop, mientras que la norteamericana rodaba en la misma Buenos Aires la versión cinematográfica de la "ópera rock" de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice. El presenta vuelve a trazar una irónica línea imaginaria entre ambas. Madonna, que tiene 50 años, cantará en un estadio de fútbol sus últimas canciones, mientras Nacha, 18 años mayor, se presenta otra vez en un teatro de la avenida de Corrientes con Evita, el gran musical argentino.
Eva Duarte de Perón nació en 1919 y falleció a los 33 años de un cáncer de útero. Esa muerte, a la edad de Cristo, tuvo en Argentina una doble mirada. La de la santificación y la del odio celebrador, expresado macabramente en la consigna "Viva el cáncer". El musical, escrito por Pedro Orgambide y Alberto Favero, el marido de Nacha Guevara, durante su exilio en España, ha tratado de atrapar esos apasionamientos y funcionar a la vez como una respuesta a la versión de los hechos de Webber y Rice, que tuvo su primera versión española en la voz de Paloma San Basilio.
Guevara y Favero estrenaron su obra en Buenos Aires en 1985. Pasó sin pena ni gloria. Casi un cuarto de siglo después, emulando eterna juventud gracias a la benéfica eficacia del quirófano, Nacha decidió "ser" otra vez Eva. "Me crié con ella en el poder, y eso hizo que me pareciera natural que las mujeres lo tuvieran, aunque no sabía que eso era algo excepcional", ha explicado la cantante y actriz.Si la Evita verdadera es, en cierta medida, una figura inmune a las revisiones históricas y cinematográficas, Nacha, como se ha insinuado más arriba, hizo exactamente lo contrario. Entre una y otra encarnación teatral de "la abanderada de los humildes", ella cambió al pianista de jazz Favero por un joven modelo, abrazó la New Age, hizo cine, televisión y cantó canciones con aires juveniles. En plena era menemista llegó a tener su propio programa televisivo, Me gusta ser mujer, en el que solía mirarse frente al espejo, en un desopilante acto de autocontemplación.
"Me gusta quien soy frente al espejo, porque he llegado a hacer las paces conmigo", dice hoy. Volver a Eva no evita lo inexorable. El tiempo ha pasado para todos menos para el mito. El gran musical argentino que la tiene como figura estelar no solo cuenta con la presencia de su exmarido. Allí están, a su vez, sus hijos Ariel y Gastón, de 45 y 41 años, y dos de sus nietos. La descendencia participa en la dirección artística, las luces, el sonido y la producción.
Nacha promociona su nueva versión de Eva con esos trajes glamurosos que remiten a la leyenda. Así como hay muchas miradas del peronismo y de los peronistas (que suelen tratar de imponerse a balazos u otras formas más elegantes de la conjura), puede haber muchas Evitas en disputa. Elaine Paige fue la primera Evita en cantar "Don't cry for me Argentina" en el Prince Edward Theatre, en 1978. Se ha hablado antes de San Basilio, cuyos discos circulaban aquí discretamente durante la dictadura militar. Madonna también lloró en inglés por la Argentina, y con Antonio Banderas haciendo de Che. La argentina Elena Roger, nacida en Barracas, uno de los barrios más populares de Buenos Aires, triunfó en Londres, hace dos años, como "la primera Evita argentina" de Lloyd Webber. Hasta fue candidata al premio Olivier. Roger dejó hace muy poco aquel papel para convertirse en Edith Piaf, en otro teatro del West End londinense. Es en ese momento cuando reaparece Guevara, otra vez en escena.
A pocas cuadras de Evita, el gran musical argentino, lejos de las marquesinas, pero cerca del suntuoso hotel que aloja a Madonna, en la Galería Palatina, Daniel Santoro presenta su muestra Civilización y barbarie El Gabinete justicialista (peronista). Santoro suele trabajar con elementos de la gráfica litúrgica del primer peronismo. Uno de sus óleos estremece, entre otras cosas porque ilumina lo que la lógica del espectáculo niega. El óleo se llama La piedad, Eva Perón devora las entrañas del Che Guevara. Evita está sentada en las escaleras de la Fundación Eva Perón. Detrás de su rodete, puede verse la aureola que la santifica. Sobre sus rodillas tiene el cadáver del Che. Le arranca las tripas y las come, chupándose los dedos. "El peronismo y la izquierda en un ritual de comunión que nos remite a los viejos rituales del canibalismo", dice en el catálogo, que también suelta más de una lágrima por este país.