Después de ver a Ingrid Betancourt junto a Hugo Chávez, después de leer en la revista colombiana Semana un capítulo anticipo del libro sobre la Operación Jaque, con aspectos desconocidos sobre las horas previas a su liberación, mucho después de tenerla unos minutitos al alcance de la mano, y después claro, de meditar mucho estas palabras, y las que dijo, es que escribo sobre ELLA.
Ingrid estuvo pocas horas en Buenos Aires. Vino a agradecerle a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner los esfuerzos que hizo el Estado argentino para que concluyera su aberrante cautiverio. Más tarde, recibió a la prensa en la sede de la embajada francesa. La ex cautiva atravesó los portales del Palacio Ortiz Basualdo, símbolo edilicio del confort y la grandiosidad con la que se imagino a si misma la clase patricia vernácula a principios de siglo -un estilo Beaux Arts con reminiscencias de la Maisons-Laffite al servicio de la renta ganadera- , seguida de una celosa custodia. Su sobria elegancia parece haber desterrado las cicatrices más visibles del confinamiento selvático ( ¿recuerdan esa imagen atrozde diciembre del 2007, esa figura casi exánime, esas cartas desoladas, sin atisbo de esperanza?). Pero no. El nuevo make up apenas reescribe sobre su cuerpo el mismo drama. Hay algo perturbador que va más allá de esa gracia y esa distinción recuperadas. Hay algo que va más allá de esa voz cansada, monocorde, exigida, de esos segundos de silencio que dejan sus respuestas en suspenso, como si esos baches la devolvieran al lugar al cual nunca querrá volver.
Le pregunté si creía que las movilizaciones en reclamo de la libertad de todos los secuestrados podían menguar en Colombia (la última marcha, del 28 de noviembre, había sido sensiblemente menor a las precedentes) y volvía a instalarse en la sociedad el síndrome de la despreocupación. Ingrid no te mira. Y si lo hace, desvía de inmediato la vista (sin iracundía ni el desdén que pudiera provocar la insignificancia del cronista, acaso impujada por una fuerza inercial). Mientras habla, uno se pregunta dónde es que apuntan esos ojos. ¿Existe un lugar? "El pueblo colombiano tiene una actitud cada vez más comprometida. La marcha del 28 fue convocada por todos los medios, un hecho extraordinario. Fue menos multitudinaria, sí. Pero eso se explica por el clima. Donde hubo lluvia no hubo. Segundo, el tema de las pirámides, un juego de plata que terminó arruinando a millones de colombianos, sin control de las autoridades, y supuestamente con dinero del narco, también incidió en esta merma. La policía llamó a tener mucho cuidado durante las marchas, para evitar posibles situaciones de violencia. Tengo confianza que el pueblo sigue el proceso de madurez politica".
Quise saber si creía que las FARC, que la encerraron en la manigua seis años, convirtiéndola en un objeto de intercambio, atraviesan una situación prácticamente terminal tras los serios golpes que tuvieron a lo largo del año. "Este ha sido el año negro de las FARC. Hay un rechazo muy fuerte de la opinion publica. Estan diezmadas, enfrentan un proceso de profunda degradación etica. Perdieron su rumbo. Si alguna vez pretendieron ser otra cosa, hoy en Europa y EE.UU las consideran terroristas. ¿Si se acaban? Bueno, eso dependerá de muchos factores. La presión militar, pero fundamentalmente situacion social y...": Ingrid respira, y calla. Pero esa breve sensación de ausencia se atenúa cuando la declaración se torna más política. "Mientras haya muchachos que puedan ser reclutados por la guerrilla en condiciones de pobreza, esta podrá seguir existiendo. Deben haber en Colombia reformas serias que le den a esa juventud otra oportunidad. Las FARC son un modus vivendi en un espacio donde tener un arma da estatus, techo, comida, vestido, la posibilidad de ser alguien entre comillas. Las FARC deben entender que se puede abir espacio de perdon y si tienen ideas nuevas, respetando las reglas de la democracia, hacer valer sus ideas. En estos momentos hay en America Latina lideres revolucionarios, pero ninguno tomó las armas".
¿Y qué piensa sobre los "falsos positivos", el nombre judicial que se le ha dado a los colombianos pertenecientes a los sectores sociales menos protegidos que han sido asesinados y luego presentados como bajas en combate con la guerrilla -escándalo que obligó ayer al general Mario Montoya a abandonar la comandancia del Ejército? Betancourt tomó aire antes de contestar, sin modificar la intensidad de su voz, con una rítmica cansina que no solo denuncia el agotamiento de los encuentros protocolares, los viajes y la alta exposición post cautiverio (ese instante de eternidad que sirve para seguir insistiendo en las pantallas por el fin de los secuestros). Dijo: "Es una realidad espeluznante, en Colombia existen muchos problemas de violacion a los derechos humanos. Pero la justicia esta actuando. De hecho, que sepamos lo de los ´falsos positivos´es importante. Eso sí: la comunidad internacional debe seguir el tema colombiano, apoyar a los jueces, y ese apoyo no solo debe ser moral sino tambien de proteccion. Colombia progresa, no hay duda, pero nos quedan enormes problemas". El encuentro con la prensa terminó al poco tiempo y Betancourt se retiró de la sala acompañada por las autoridades diplomáticas y esos custodios tan iguales a los que velaban por la tranquilidad de Madonna en el hotel Four Seasons, a pocos metros de la embajada francesa.
La experincia límite vivida en cadenas por Betancourt sume en la perplejidad a cualquier observador. Es posible que un manto de piadosa comprensión la acompañe de aquí en adelante, que la proteja incluso de eventuales desatinos políticos. Se ha escrito tanto sobre su sufrimiento que los añadidos siempre corren el riesgo de la vacuidad. Si algo me ha llevado a incluir este post es una circunstancia azarosa y, a la vez, reveladora. Días atrás volví a ver Kaspar Hauser, la película del extrardinario director aleman Werner Herzog, sobre un hecho real. Hauser fue una suerte de personaje mediático a principios del siglo XIX. Había sido criado en una cueva oscura. En 1824 llegó a un pequeño pueblo alemán, arrastrando sus piernas entumecidas. Apenas hablaba con 17 años. Su leyenda se extendió por toda Europa. Kaspar aseguraba haber estado encerrado en una pequeña celda oscura la mayor parte de su vida. Su ropa (jirones de seda, casi harapos) había sido buena en alguna ocasión. Sus piernas estaban casi paralizadas por la falta de movimiento. Devino atracción científica. Los especialistas pronto concluyeron que el joven no estaba loco: era el resultado de una searación por la fuerza de la sociedad. A las pocas semanas de haber sido "descubierto" hablaba con fluidez y podía leer y escribir. Pronto estuvo en condiciones de explicar qué le había sucedido. Y contó que siempre estuvo en un calabozo, que había dormido sobre un colchón de paja, sin sonidos y con alimento que alguien, que nunca llegó a conocer, le llevaba, la misma persona que, antes de su partida, le dijo cuál era su nombre y las frases que debía decir si lo encontraban. Hauser pudo ser en cierta medida libre: adquirió conocimientos de filosofía, latín y hasta ciencias. Algunos creyeron que era un hijo bastardo de la casa real. Lo asesinaron nueve años después de haber sido hallado, llevándose su enigma a la tumba.
Temo que Betancourt termine convirtiéndose en una "rareza" de los medios, una atracción temática, el árbol que no deje ver la selva, la espesura que resume el drama de un país (no faltan los fisgones solo preocupados por su situación sentimental). Por lo pronto, la hoy hiperkinética Ingrid ha anunciado que abandonará la escena por unos meses. Se dedicará a su familia, a meditar y volcar al papel su acaso inenarrables circunstancias. Cuando se llame temporalmente a silencio, otros, muchos otros, deberán apropiarse de verdad de sus reclamos.