El nacimiento de los hijos de la Princesa Máxima de Holanda ha tenido en la Argentina un peculiar segumiento. Como si la línea sucesoria inaugurada en Amsterdam pudiera tener  cierta ascendencia en el país de origen de la madre. "Je, no se tiene a una argentina como aspirante al trono todos los días", puede escucharse. Ese reinado real se empequeñece (en un sentido muy figurado) sin embargo frente al reinado símbolico y atemporal de Diego Maradona, entre otras cosas por los efectos que produce en el imaginario patrio. La suerte del abolengo de Dios Diego despierta, por lo tanto, mayor interés y entusiasmo en la calle y en los medios. Y no podia ser de otra manera. La estirpe maradoniana va más allá de la sangre.

            Maradona tuvo dos hijas legales. A ellas les dio un apellido, un linaje que mezcla el oro y el barro, lo plebeyo y lo excelso. Siempre he resultado más que curioso escuchar al ex jugador lamentarse por no haber tenido un "varoncito" en su progenie. Su hijo extramatrimonial, Diego Jr, apenas tuvo reconocimiento parterno en los tribunales y a regañadientes. El muchacho no será un Hamlet napolitano.

            A Maradona, por ora parte, siempre le buscaron herederos futbolísticos. Pero la ilusión de extender su genealogía siempre duro unos partidos. Ahora se ha dado una situación curiosa alrededor de su prosapia. De un lado, Lionel Messi es reiteradamente señalado, dentro y fuera de la Argentina, como su "verdadero" suscesor (a propósito, recomiendo fervorosamente leer la crónica que escribió sobre La Pulga Roberto Saviano, el autor del espeluznante retrato de la mafia Gomorra) . A la vez,  acaba de nacer en Madrid Benjamín Leonel Agüero, el hijo de la hija de Dios, es decir, Giannina Maradona, y Sergio Agüero, la estrella del Atlético de Madrid y del seleccionado argentino. Es el nieto de Diego Armando, que al verlo, tan chiquitito, dijo olvidarse de su condición de abuelo y recobró bríos juveniles.

            Sobre los 3,6 kilogramos de Benjamín Leonel Agüero ya pesa un mandato que trasciende a Messi, el de extender la alcurnia maradoniana, aderezada ahora con una nueva y probada comninación genética futbolísitica. Benjamín Leonel Agüero Maradona se ha convertido en la "máxima esperanza futbolera de argentinos y españoles, que seguramente se pelearán por definir, cuando llegue el día, sí se vestirá de celeste y blanco u optará por teñirse de rojo", dijo el diario Critica. Del bebé se esperá que responda al llamado de su destino manifiesto. "Todos dan por descontado que será futbolista. Y de los buenos", dijo Crítica. ¿Quénes son todos? Es muy difícil saberlo, porque Maradona apela a unanimidades que no admiten fisuras. La única certeza que existe es emocional. Pura exaltación de la prole, convertida en asunto de interés de la Nación. La sola posibilidad de que Benjamín Leonel Agüero se dedique a otra cosa -el tenis, los negocios, el cuidado de los árboles bonsai, la ciencia o, ¿por qué no?, el arte- provoca escozor en esa mayoría maradoniana. Hay, por lo pronto, algo que los tranquiliza: la Ley Nacional Nº 346  establece que "son argentinos los hijos de argentinos nativos, que habiendo nacido en el país extranjero optaren por la ciudadanía de origen".

            En lo que respecta a la composición del ADN, Diego Maradona, con solo mirar al bebé ya determinó el genoma y la gerarquía de sus componentes. El recién nacido es "60% Maradona y 40% Agüero". He aquí una máxima enseñanza del jugador que ha inaugurado la genealogía predestinada: a las jerarquías se las respeta, más allá de las mezclas