"La modestia debe presidir todos nuestros actos, y no olvidar, ni por un instante, que es siempre el trabajador humilde y abnegado del pueblo, el héroe mayor de la Revolución. Reitero mi opinión de que la sentencia dictada por el Tribunal Militar Especial debe ser ejecutada. Lavemos el ultraje. Pasemos de una vez esta bochornosa hoja de la historia, y levantemos la frente limpia y pura de la Revolución".
Carlos Lage tenía 37 años cuando, con estas palabras finales, apoyó ante sus colegas del Consejo de Estado, el fusilamiento de un Héroe de la Revolución, el general Arnaldo Ochoa. Ochoa había sido acusado de haber mantenido relaciones con el narcotráfico, y no fue el único ejecutado. En aquel verano de 1989 también fue sentenciado por delitos similares el coronel Antonio de la Guardia, otro de los secretos adalides del castrismo. Ahora, la rueda shakespereana ha triturado aLage, el hombre que manejaba la economía de una sociedad de la escasez como la cubana, y que tenía fama de modesto, al punto que a veces se lo veía andando en bicicleta (lo que siempre es mejor que esperar ese tranvía llamado deseo). Lage ha sido elípticamente considerado un "indigno" que se empalagó con la "miel del poder" por la encíclica del mismísimo Fidel Castro. La misma acusación le cupo a Felipe "Felipito" Pérez Roque, que hoy tiene 44 años y desde que era casi un adolescente se formó bajo la tutela del Comandante en Jefe. "Felipito" manejaba las relaciones exteriores de la isla. Su estrella parecía incluso ir en ascenso político después que las Naciones Unidas votaran en tiempo récord contra el embargo comercial norteamericano, y que Cuba normalizara sus relaciones con la Unión Europea. El canciller también fue el artífice de la entrada de La Habana al Grupo Río, el más importante foro de consulta de los países latinoamericanos. Pero, se sabe, la ley de la gravedad es inexorable, y más en Cuba. Todo lo que sube, debe en algún momento caer. Son las excepciones las que reescriben la regla newtoniana.
A estas alturas, saber las razones de la defenestración de dos de los más influyentes dirigentes del castrismo -una nueva reorientación económica, una disputa intercastrista, la misma posibilidad de que los Castro estuvieran en lo cierto- no deja de ser accesoria. Es el árbol que no deja ver el bosque. Hay una cuestión de estilo , un protocolo, que se cumple por encima de las contingencias y los dramas estatales. Los dirigentes en desgracia cometen "errores" , generalidad culposa que nunca se explicíta. Y son esos mismos dirigentes degradados los que luego formulan su acto de contrición, reconocen la culpabilidad (sin saber los demás de qué se los había acusado) y manifiestan su eterna lealtad al liderazgo que, en definitiva, todo lo ve y oye.
Las cartas de dimisión de Lage y "Felipito" son siamesas, como si habrían sido dictadas por una misma voz, que no es necesariamente la de la conciencia.
"Reconozco los errores cometidos y asumo la responsabilidad. Considero que fue justo y profundo el análisis realizado en la pasada reunión del Buró Político", dijo uno. Y el otro: "Reconozco plenamente que cometí errores, que fueron analizados ampliamente en dicha reunión. Asumo mi total responsabilidad por ellos".
Saber quién es quién es un ejercicio redundante. El estilo se impone. Hay una forma de reorganizar el sistema vertical del poder cubano que tiene un lejano parentesco con el estalinismo, en especial los Procesos de Moscú, de 1936 y años posteriores, durante los cuales fueron fusilados dirigentes históricos de la Revolución bolchevique como Zinoviev, Kamenev y Bujarin. Aquellos procesos siempre terminaban igual, con la autoinculpación del hombre que caminaba al patíbulo, y en su marcha cantaba loas a Stalin. La experiencia cubana ha sido menos sangrienta (salvo los casos visibles de Ochoa y De la Guardia). Pero, a lo largo de este medio siglo se ha cumplido la regla sagrada. El encumbramiento de ciertos dirigentes siempre tiene un límite y un tiempo de realización. Llegado a ese cenit, no queda más que convertirse en ángeles caídos. Ocurrió con Luis Orlando Domínguez, más conocido como "Landy", un carismático dirigente juvenil que dirigió el llamado Grupo de Apoyo de Fidel Castro, y presidió el Instituto de Aeronáutica Civil. En 1987, fue detenido y condenado a 20 años por malversación en 1987. -Diocles Torralba era vicepresidente del Consejo de Ministros y titular de Transporte. Lo echaron en junio de 1989. De repente, se descubrió que vivía como un rey. El general José Abrantes fue jefe de la escolta de Castro por 30 años. Fue ministro del Interior , fue miembro del Buró Político, y fue a dar con su cuerpo a la cárcel en 1989, como remezón del caso Ochoa. Carlos Aldana era dueño de una oratoria inusual. A fines de los ochenta fungió como responsable ideológico de la Revolución, y en ese cargo se enfrentó con una nueva generación de artistas que ya no creía en la vieja retórica. Llegó a ser el tercer hombre de Cuba. Hasta 1992, cuando se esfumó del Gobierno por "deficiencias y graves errores"'. Lo mismo pasó con Roberto "Robertico" Robaina. Fue de la organización de fiestas de la juventud comunista a la Cancillería, y sin escalas intermedias, en 1993. Tuvo seis años de gracia. En 1999 fue barrido del cargo por "deslealad" a Fidel. Dicen que hoy se dedica a la pintura. Y sin remordimientos.
Las nuevas destituciones, las más resonantes de los últimos años, me llevaron una novela hoy olvidada, Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz, un escritor muerto en el exilio. La novela, de los años ochenta, tiene que ver con un proceso delirante: la admisión al Partido Comunista Cubano, ritual también saturado de autocríticas y acusaciones. Pero, claro, la novela profética es de 1964 y la escribió el más grande de los escritores cubanos del siglo XX, Guillermo Cabrera Infante, que fallecio en el exilio londinense. Esa novela joyceana se llama Tres tristes tigres, y tiene un capítulo llamado "La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después -o antes". Cabrera Infante imita a Nicolás Guillén y le hace escribir: ¡Stalin! ¡Gran Capitán!/ que te proteja Xangó/ y te cuide Jemanjá/ ¡Cómo no!/ ¡Esto lo digo yo!. Y eso fue lo que ocurrió. La isla tradujo en clave tropical algunos usos y abusos del Padrecito de los pueblos. Al que Raúl Castro llamaba con cariño "el georgiano". Pasan los nombres, el estilo permanece.