Raúl Alfonsín ha muerto, a los 82 años. La noticia (martes, 21 horas) me conmovió profundamente. En este blog se lo ha recordado en más de una ocasión, más por sus virtudes que por las cosas que no le salieron bien, que fueron bastantes. Al "gallego" Alfonsín lo traicionó la imaginación. Después de los enormes desgarramientos que había atravesado la Argentina, entre 1976 y 1983, intentó clonar en un país atiborrado de caciques sin linaje, conspiradores y expertos en la zancadilla, la fórmula del Pacto de la Moncloa de España.

            Y, claro, no le fue bien.

             Tampoco lo ayudaba mucho su partido, la Unión Cívica Radical (UCR), una confederación de dirigentes que son conservadores pero todavía no se enteraron de su estirpe.

            Alfonsín ya tiene un lugar de privilegio en la historia argentina. Fue el presidente que, en condiciones muy difíciles, encabezó al recuperación de las instituciones democráticas, en una Argentina, la de 1983 que, en rigor, poco sabía de democracia de tantos golpes militares. En ese contexto -la posguerra de las Malvinas- fue que Alfonsín se atrevió a juzgar a los jerarcas de las dictaduras militares. Es cierto: en su momento algunos consideraron que ese era un gesto timorato, que había que llevar a los tribunales a todos los represores. Alfonsín argumentaba que él no "había tomado la Bastilla". La suya, insistía, no había sido una revolución, en el sentido clásico. Los militares habían perdido contra la Corona británica, estaban desmoralizados y por eso llamaron a elecciones. Pero seguían siendo un poder fáctico. Alfonsín lo supo. Las fuerzas le alcanzaban para juzgar a los máximos responsables de las violaciones a los derechos humanos. Y fue lo que se hizo. Y lo hizo en condiciones de enorme hostilidad. No solo de las fuerzas de derechas que, como dice el periodista y escritor, Eduardo Blaustein, todavía no se artrevían a pronunciar la palabra "República". También tuvo en contra a buena parte de la Iglesia y de los medios de comunicación. Ah, y también a los grupos de izquierda pleistocena, que hasta volvieron a tomar las armas para tener su propio (y desgraciado) cuartel Moncada, en el verano de 1989. 

            Alfonsín habló de los "tres niveles de responsabilidad" en la represión y ordenó juzgar a las primeras líneas de la dictadura. En 1984 comenzó en Buenos Aires un proceso judical al Proceso de Reorganización Nacional, como se hacían llamar los golpistas. En ningún país que había pasado por una dictadura se había llevado a sus responsabes ante los jueces. Y eso ocurría en la Argentina. Lo acusaron de rojo y, a la vez, de no ir al fondo de la cuestión. Siempre se puede estar peor: en 1987, y tras una tentativa de rebelión castrense, Alfonsín, que ya estaba debilidado (¡el sindicalismo peronista le hizo 14 huelgas generales!) promovió las leyes de impunidad para los represores que alegaron haber cumplido órdenes. Había aceptado la extorsión. El presidente dijo haber obrado de esa forma para preservar las frágiles instituciones.

             Dos años después, Alfonsín fue obligado a irse anticipadamente del poder, empujado por una hiperinflación. Lo reemplazó el inefable Carlos Menem, quien en 1990 indultó a los dictadores que habían sido condenados a prisión perpetua. Alfonsín siempre creyó que la democracia argentina era muy precaria. Y eso lo condujo a pactos de escasos réditos. Para evitar que Menem promueva su reelección sin consensos y arrastre al país al abismo, avaló una reforma constitucional que finalmente habilitó las pretensiones del presidente peronista. El "gallego" alternó gestos políticos encomiables y otros que serán de eterna discusión (oscuridades que hoy perturban a los tempranos forjadores de los personajes de bronce, las figuras inmaculadas). Tuvo incluso el coraje de ponderar en el 2003 la anulación de las leyes que beneficiaron a los represores. Había comprendido que los tiempos eran diferentes. Néstor Kirchner, el presidente que contribuyó con decisión a que se terminara la impunidad, careció, sin embargo, de la visión histórica que le permitiera reconocer la titánica tarea hecha en materia de derechos humanos durante los primeros años del alfonsinismo, y que permitieron llevar adelante el histórico juicio a las juntas militares. Alfonsín merecía ese reconocimiento.

            Al cumplirse 20 años de su asunción, lo entrevisté en su casa, en la calle Santa Fe. La Argentina apenas había salido de la crisis del 2001. Alfonsín hablaba entonces de los "deficits" de la democracia. La recuperación de las instutuciones había sido un gran logro para este país, pero no se habían podido resolver algunas de las grandes asignaturas sociales.

           Nacido en el seno de una familia de gallegos republicanos, Alfonsín podía ser cascarrabias, tozudo, extremadamente gentil. Y era un muy buen orador, tal vez anticuado para los parámetros actuales. Su verba era no obstante capaz de encender pasiones. Y era un buen improvisador. A veces, incluso, se salía de su libreto, con humor o irascibilidad. "A vos, gordito, no te va tan mal", dijo, una vez, desde la tribuna, después de escuchar una y otra vez cómo un asistente criticaba su política económica.

       Alfonsín quiso hacer muchas cosas. Quiso trasladar la Capital Federal de Buenos Aires a la Patagonia, fomentó la apertura cultural, después de años de ostracismo medieval, promovió la ley de divorcio, sentó las bases para la paz de la Argentina con Chile, participó activamente en favor del retorno de la democracia en los países de la región y de los esfuerzos por la paz en Centroamérica. Jugó un gran papel en el caso chileno, no solo salvándole la vida a quien fuera luego su presidente, Ricardo Lagos, sino apoyando con decisión a las fuerzas que derrotarían al dictador Augusto Pinochet. Será a su vez recordado como el presidente que promivió la asociación estratégica de la Argentina con Brasil, intentando sepultar décadas de desconfianzas mutuas.

            Caso raro el suyo. A diferencia de quienes lo sucedieron (Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde), nunca ha caído sobre él la sospecha de haberse enriquecido de manera fraudulenta ni ser parte de organizaciones oscuras. Tampoco lo salpicaba un gran escándalo de corrupción. A diferencia de todos ellos, Alfonsín podía caminar tranquilamente por la calle sin ser objeto de insultos. Vivió con relativa modestia. Y así también será recordado.