Ernesto Guevara de la Serna fue ejecutado en Bolivia en 1967. La iconografía clásica del "guerrillero heroico" comenzó a exhibirse en las protestas estudiantiles de Italia y Francia, un año más tarde. En 1969, el mito llegó por primera vez al cine. Che, protagonizado Omar Shariff, inició la saga de ridículos mediáticos alrededor de esa figura. Shariff, ya grande, se ha arrepentido de participar en una película cuyo guión, dijo, había sido escrito por la CIA. Y es posible que casi todos los que hayan tenido que realizar el papel del Che sientan esa misma vergüenza con los años, aunque no esten detrás del malogrado proyecto los servicios secretos de EE.UU. Esa, parece ser, la venganza de Guevara desde el más allá: dejar que el absurdo de desenmascare solo.

             La tentación de convertir en objeto pop al hombre que quiso encender la mecha de la revolución en todas partes ha rendido sus frutos: el Che hoy es una marca y objeto de disputas comerciales. Pero los esfuerzos de transformarlo a la vez en entretenimiento familiar no han corrido la misma suerte. Escuchar y ver a un Che cantar, operísticamente, "es el sacrificio por el Hombre Nuevo" o, con cierto aire tanguero entonar "aunque la lucha no termina/ no dejo de pensar en la Argentina", provoca cierta sensación de incomodidad. Y, al mismo tiempo, la certeza de que, cada reincidencia alrededor del mito profundiza la anomalía. Acaba de estrenarse en Buenos Aires Che, el musical. Oscar Laiguera y Oscar Mangione son los responsables de la música y el libreto. Alejandro Paker y Germán Barceló se encargan de representar a Guevara. Y ha confirmado mis presunciones.

 

            Antes, un poco de historia. El musical tiene en Broadway una tradición extraordinaria. Basta solo recordar que Porgy & Bess, que hoy es considerada una "ópera" (por cierto maravillosa), fue pensada por George e Ira Gershwin como un "género menor".  West Side Story triunfó en Broadway como una adaptación urbana de Romeo y Julieta. Contó con el libreto de Arthur Laurents, letras de Stephen Sondheim, y la musica de Leonard Berstein. Se estrenó el 26 de setiembre de 1957 y cambió la naturaleza del musical, entre otras cosas por incorporar con gran agudeza para su momento la crítica social y el problema de la inmigración latina en Manhattan.

            Che, el musical, es, sin embargo, otra cosa. Realizar un musical sobre una figura tan intensa y polémica, abargar una época histórica de profundos desgarramientos con depara enormes riesgos de caer en la extravagancia. Hay un momento en el que Guevara bailar un tango con Eva Perón.

            "Evita, ustedes tuvieron la oportunidad de guiar a los argentinos hacia el hombre nuevo", dice EL.

            "Ernesto, al pueblo argentino no se lo guía, se lo sigue", responde ELLA.

            La escena en la que Guevara, que todavía no es el Che, conoce a la peruana Hilda Gadea provoca esa misma sensación esperpéntica. "La hembra me dará mi primer hijo", canta el proto guerrillero. Y, en otro momento, le dice: "Pero Hilda, vos me enseñaste a ser socialista. Nosotros no importamos. Lo que importa es la Revolución". Al fondo del escenario, sobre la cama, no se sabe muy bien por qué, un grupo de bailarinas hace una suerte de nado sincronizado.

            Para el diario Clarín, el musical es "desconcertante". Más piadoso, La Nación dijo: "vez el resultado hubiera sido otro si hubieran puesto esta historia dentro de un marco que permita un mayor extrañamiento para relatar una historia que está demasiado viva en América latina, por más que se haya querido convertirlo en el rostro impreso en una remera" .

            Che, el musical se estrena en un mundo en el que se conjetura sobre la posibilidad que EE.UU y La Habana comiencen un proceso de negociaciones que ponga fin a medio siglo de hostilidades y más de 40 años de embargo comercial. Como entretenimiento de la era Obama tampoco convence. Está más cerca de ser un High School Musical con algunas consignas del sesenta superpuestas.  La venganza del Che-Shariff sigue siendo implacable. Lo que queda, después, para el público y los hacedores, es la contrición.