miércoles, 06 de mayo de 2009 14:30
Abel Gilbert
El estornudo de los "otros"
En la Argentina ya no se habla de dengue, que ha dejado más muertos que la ex gripe porcina en México, ahora llamada el virus de la influenza A/H1N1. Los mosquitos se han retirado a un segundo plano o zumban en silencio, merodeando las aguas pestilentes. Esperan una nueva ola de calor para atacar a una población que no siempre está a resguardo por cuestiones estructurales (la falta de servicios sanitarios, de urbanización). Pero, de todas maneras, no existe el sosiego. Aquí, la gente se está volviendo un poco paranoica a medida que llegan las noticias internacionales. No estornudes en público -un bar, la parada del transporte, el metro- porque, de repente, las miradas pueden acuchillarte. Un refrío moderado, propio de la estación otoñal, te convierte en sospechoso. Tal vez, se piensa, has venido de México, lo has ocultado, y tienes la peste. Eres un apestoso y sin barbijo (mascarilla) ¡Pones en peligro a los demás! El círculo ascéptico debe preservarse a toda costa. Mejor vete o enciérrate, hasta que las cosas se aclaren.
Treinta años atrás, la dictadura militar argentina lanzó en calcomanías la consigna "los argentinos somos derechos y humanos". Era una respuesta gráfica a la llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que venía a investigar las aberraciones cometidas por los militares. Esa línea divisoria entre "nostros" y "ellos" se trazaba por los apologistas del régimen con tintes políticos, morales y hasta antropológicos. La Argentina como territorio incontaminado que había que proteger a toda costa.
Los militares han pasado (muchos están en prisión o siendo procesados por sus delitos) y en la Argentina no hay dictadura hace tres décadas, por más que el escritor de best sellers de autoconsuelo, Marcos Aguinis, califique al ex presidente Néstor Kirchner de "tirano" y aprendiz patagónico de Benito Mussolini. No obstante, parece haber todavía, en el subsuelo que habita el poder, una idea recurrente: solo "afuera" está el peligro. De "afuera" vienen siempre los males (el dengue, por ejemplo, dicen que es "importado" de Bolivia y la inseguridad la traen los pobres de los suburbios). Y, por eso, la Argentina, mejor dicho, el Gobierno argentino decidió suspender unilateralmente los vuelos con México. Los mexicanos, que tan solidarios fueron con los argentinos exiliados en los años setenta, están muy furiosos con el cerco dispuesto en Buenos Aires. El embajador en el DF, Jorge Yoma, intentó calmar los ánimos. "Repudiamos cualquier forma de discriminación sufrida por los mexicanos. No es el caso de Argentina, nuestro país sufre de un brote de dengue. Tiene más enfermos que México", dijo.
Pero, en esta ciudad, hay quienes prefieren pensar lo contrario. La amenaza no solo paraliza sino que impide hablar de las calamidades propias. No faltarán los que responsabilizarán a los méxicanos de la crisis hospitalaria, los costos del seguro médico privado, las reiteradas denuncias de mala praxis médica, la tendencia creciente a la automedicación. Una nueva Malinche globalizada. Recomiendo, para terminar, el artículo del escritor y periodista Martín Caparrós en el diario Crítica, porque da cuenta de ese malestar autóctono y e innombrable. El de los muros.