Fue el rostro de la caridad mediática. El cura de los famosos. Tuvo su momento de gloria en los años noventa, cuando, en virtud de su relación con la flor y nata de la política, creó la fundación Felices Los Niños, supuestamente para alojar y velar por los chicos carenciados de la periferia bonaerense.

            Julio César Grassi fue condenado ayer a 15 años por abuso sexual y corrupción de menores.

            La fiscalía había pedido 30 años de cárcel.

            Pero, tras nueve meses de juicio, los magistrados determinarón que el sacerdote no irá a prisión, hasta que el Tribunal Supremo ratifique o anule la sentencia.

            La Iglesia argentina tuvo en los últimos cinco años al menos dos sacerdotes condenados por abuso de menores.

            Grassi no imaginaba semejante destino. Hasta último momento pensó que la mano providencial de la política lo rescataría. El jet-set, que tanto se emocionaba con su obra, le dio la espalda. El obispado tampoco acudió en su ayuda, al menos públicamente.

            "Siento mucha tristeza, mucha amargura. Para mi esto (la condena) es una mancha. Siento indignación por esta resolución que nada tiene que ver con la verdad", dijo Grassi, al salir de los Tribunales.

            Estela Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, expresó su estupor por la decisión judicial de no enviarlo a prisión. "Me parece terrible que lo hayan dejado en libertad. Es un peligro para la sociedad", dijo.

            "Seguramente (los jueces) entendieron que no hay peligro de fuga y que su personalidad no reviste peligro de reincidencia. No tengo dudas de que es un privilegio. Igualmente no deja de llamarme la atención que siga libre. Hay una alta tasa de reincidencia de los abusadores. Me gustaría saber cómo van a controlar a Grassi", se preguntó  el abogado constitucionalista Daniel Sabsay.