"De carne somos", suele decirse aquí para remarcar las innatas debilidades humanas, el fallido esencial. Pero, sin forzar demasiado la interpretación, podría decirse que la frase tiene en la Argentina, además, un profundo sentido proteínico. Porque, en un principio fue la vaca. Dicho en términos míticos: si Rómulo y Remo alguna vez mamaron de ella para fundar una ciudad que sería imperio, Roma, los orígenes de lo que en la Argentina se llama el "ser nacional" también están asociados a sus mugidos (y sus eructos: los gases estomacales de la vaca son una de las fuentes de contaminación ambiental más importantes de este país), así como las diversas formas en las que se troza el cuerpo animal. Carne patria. O, nerca, al revés, aunque con el mismo sentido.
Carne: su sangre y desperdicios. Los saladeros y frigorificos le dieron sentido a una pampa perdida al sur del mapamundi desde la independencia de la colonia. El matadero, de Esteban Echeverría, es una de las grandes obras literarias del siglo XIX y, a su vez, una metáfora permanente de la violencia que recorrerá la historia. Los golpes de Estado olerán a carne. Las conjuras de todo orden, también. Isabel Sarli, la actriz erórica-naif de fines de los años cincuenta, filmó con Armando Bo una película emblema. Se llama, naturalmente, Carne. Hay una escena memorable en un camión frigorífico. Y, también, una "violación" precedida por un diálogo memorable.
Ella: "¡No sé como pagarle!"
Él: "Yo sí se! y ahora mismo... con dinero freessco, del mejor"
Ella: "Pero, pero.. yo no tengo dinero"
Él (mirándola de arriba abajo con lascivia): "Pero tenés CARRRNE, ¡y de la buena!"
Ella: "No! no! déjeme!!"
En esa línea de producción de imágenes de aquello que se cuece en las parrillas, el periodista chileno radicado en Buenos Aires, Juan Pablo Meneses, publicó el año pasado La vida de una vaca (Plantea/Seix Barral). Meneses se había comprado una en un campo bonaerense. La llamó "La Negra". La adquirió con el propósito de "engordarla" y seguir su crecimiento hasta que llegue el momento del inexorable sacrificio. Meneses advierte pronto que ese es un camino entreverado. Y a medida que lo recorre se encuentra con los más variados personajes: peones de campo, productores en crisis, dueños de carnicerías y restorantes típicos (las parrillas, punto cardinal de las deguistaciones de los turistas extranjeros) y hasta peluqueros de vacunos. "La vida de una vaca" deja ver hasta qué punto el lenguaje cotidiano está asocieado de referencias bovinas. Las bellas mujeres argentinas tienen "buen lomo". Son "carne tierna". Meneses termina estableciendo una relación "afectiva" con "La Negra". Le cuesta asumir su destino chamuscado. El proceso de renuncia trae al final una sorpresa para el lector.
Y si recuerdo todo esto (después de un almuerzo frugal: entraña, un corte vacuno, con ensalada) es porque, dicen, la carne se acaba.
Qué augurio apocalíptico.
"La Argentina va a celebrar el Bicentenario comiendo carne uruguaya, cuando en el Centenario, era el granero del mundo y productor de la mejor carne". Eso lo dijo Hugo Luis Biolcati, el presidente de los grandes terratenientes de este país, agrupados en la Sociedad Rural Argentina (SRA). Jorge Ugolini, un poderoso ganadero de la provincia de Santa Fe, lo corrigió: en rigor, los argentinos ya están comiendo carne uruguaya."Quienes más están comprando fuera del país son los supermercados", señaló.
Qué herejía.
Hay que hacer algo.
Para la SRA, así como los medianos y pequeños productores rurales, la culpa la tiene elGobierno de Cristina (y Néstor) Kirchner. Ellos, dicen, desde que le declararon la "guerra del campo", en marzo del 2008, son los culpables de este deterioro.
El campo se ha movilizado con uñas y dientes en estas elecciones legislativas del día 28 de junio para propinarle al kirchnerismo una severa paliza que lo obligue a capitular en el Parlamento.
Uno de los líderes de la protesta rural, Alfredo De Angeli, dijo que, para derrotar al Gobierno, los productores deberían "buscar a los empleados de las estancias, subirlos a la camioneta y decirles a quién hay que votar".
Un verdadero demócrata.
Eso es lo que sucedía hace 100 años, cuando la renta cárnica era, junto con la cerealera, el motor del progreso.
De carne son.