Me he lavado las manos antes de comenzar a escribir, no sea cosa que...

            Y ahora escribo, mientras escucho la Novena Sinfonía de Anton Bruckner, y la orquesta expande el pesimismo decimonónico por mi cuarto.

            Escribo que hace dos meses, casi ocho de cada 10 argentinos pensaba en la gripe A como algo que le sucedía a otros, una cosa lejana, de película. Pero ahora dicen que más de la mitad de la población tiene miedo a contraer el virus, y que el 95,2% de los entrevistados por la consultora Libra no están lo que se dice satisfechos con las medidas tomadas por el Gobierno nacional.

            Al mismo tiempo, el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, el magnate Mauicio Macri, asegura que el panorama es "mucho mejor que hace una semana".  Por su parte, el ministro de Salud bonaerense, Claudio Zin, sostiene que bajaron casi un 50% las consultas en los hospitales públicos.

            O sea.

            Las autoridades políticas y sanitarias garantizan que la situación está controlada.

            ¿Será por eso que han decretado asueto el próximo viernes y pidieron que todos se queden tranquilitos en sus domicilios?

            Hay, por lo pronto, un problema de credibilidad social. Muchos han pasado de la despreocupación al pánico sin escalas.Y eso es lo que refleja el sondeo: un 78% confiesa lavarse las manos todo el tiempo (aclaro que no soy uno de esos, ¿eh?) y más del 52,4% evita visitar a lugares en los que se hayan detectado casos de gripe A o haya sospechas. Un 14% usa su mascarilla.

            Los muertos, al momento de escribir esto con mis manos lavaditas, son 70. La Argentina se ubica en el tercer lugar de números de víctimas fatales en el mundo.

            En la Argentina se mueren muchísimas personas por otros factores, en general asociados con la pobreza estructural. Pero, en este invierno, es la influenza y su influencia la que profundiza los rasgos hipocondríacos de una parte de la sociedad.

            Esta mañana fui al banco a realizar una transferencia.

            La sala donde se encuentran los dos cajeros estaba repleta de clientes. Unos tosían, otros se cubrían con sus bufandas, por las dudas, y otros tantos bufaban, sin que faltaran los que sentían el catarro ajeno como un acto de agresión personal. Y no faltaron tampoco los que llevaron su alcohol en gel para limpiar el teclado del cajero automático, antes de dejar sus huellas, y los que se quejaban de cómo el banco no obligaba a la gente a formar fila afuera, a lo que una señora, la única que tenía mascarilla, dijo que cómo iban a esperar afuera si hacía tres grados, frente a lo cual, una chica, la última en llegar a la cola, respondió que era mejor soportar el frío que tiritar por la fiebre, en caso de eventual contagio, pero que ella no sería la primera en salir a la calle y quedarse sola, como un espantapájaros.

            Cuando llegué a mi casa, entre tantos correos había uno de un viejo amigo, Pablo T., verdadero cinéfilo y melómano, quien, apelando a su memoria, y tratando, seguramente, de quitarle un poco de dramatismo a las circunstancias, recomendaba pasar el invierno mirando tres películas "castástrofe". Habla de Epidemia (1995), dirigida por Wolfgang Petersen, y en la que Dustin Hoffman encarna a un militar bueno que "llega a evitar que los militares malos bombardeen el área de infección (con las personas adentro)". T. recomienda también de Bug (2006), de William Friedkin, y The Ebola Syndrome (1996), una cinta china, de Herman Yau.

            Querido Pablo, ¿por qué no leer mejor otra vez El Decamerón?. Giovanni Boccaccio lo escribió en 1351 y, como recordarás, sus cuentos giran alrededor de la epidemia de peste bubónica, conocida también como Peste Negra, que sacudió a Florencia en el medioevo. Un grupo de mujeres y tres hombres deciden esperar que pase la plaga en las afueras de la ciudad. Se aburren, y entonces deciden matar el tiempo relatando historias de amor y engaños. Hay, en ellas, ladrones, embusteros, adúlteros y caballeros. Hay maridos en y con problemas, un jardinero de abadía cuyas virtudes priápicas son exaltadas por las monjas, un plebeyo que se disfraza de monarca y se mete en la cama de la reina. Y hay una película de Pier Paolo Passollini, su propio Decameron, filmada hace 39 años, que recrea de manera extraordinaria ese mundo profano.

             Por suerte, Buenos Aires no es aquella Florencia.

            Ahora que conluyo este post pienso que es hora de volver a higienizar mis manos.