La caída del dictador nicarguense Anastasio Somoza despertó enormes esperanzas hace 30 años en una América Latina dominada por los régimenes militares y la lógica de la Guerra Fría. El Frente Sandinista de Liberación (FSLN) irrumpió con la fuerza de las armas y, fundamentalmente, de la novedad. Tenía una dirección colegiada que no se declaraba marxista-leninistas ni explícitamente pro moscovita. La Teología de la Liberación ocupaba un espacio significativo en la concepción de la sociedad a construir. La Revolución Sandinista había contado con  el decidido apoyo logístico cubano pero, en lo manifiesto, reclamaba su derecho a ser original. Un año después de la toma de Managua, la economía mostraba tasas de crecimiento del 6% anual. Los vencedores decidieron repartir parte de la tierra de Somoza y sus amigos y aumentaron el presupuesto educativo. El FSLN insistía en subrayar que no querían una economía socialista sino mixta. Pero pronto comenzaron los problemas.

             La historia del siglo XX ha mostrado que no hubo revolución a la que no siguiera un lacerante período de guerra civil. Ocurrió en Rusia, China y también, a su modo, en Cuba. Nicaragua no podía ser la excepción. Ronald Reagan se propuso apoyar al bando desplazado para aplastar al pequeño país y ahogar, de paso, toda posibilidad de expansión de los cambios en Centroamérica. El hostigamiento de EE.UU llevó al sandinismo por un callejón sin salida. El Vaticano aportó lo suyo. Los errores internos tampoco fueron ajenos a lo que sucedería en pocos años.

           La guerra desangró un proyecto que, para sobrevivir, terminó empujando a los jóvenes al campo de batalla. El desgaste del sandinismo en el poder se manifestó en las urnas. En 1990, 11 años después de aquella alborada saludada en todas partes del mundo y ratificada en elecciones transparentes, en 1984, Daniel Ortega fue derrotado en los comicios presidenciales por una ex aliada, Violeta Chamorro.

            Pero, antes de abandonar el poder, buena parte de la dirección política del FSLN consideró que tenía derecho al acopio personal de bienes y fortunas, una suerte de canon por los servicios prestados que ya venía siendo cobrado en todos los años de Gobierno. Lo que se llamó "la piñata", un reparto de beneficios para afrontar un futuro sin sobresaltos.

          Con los años, los sectores más lúcidos del sandinismo -de Sergio Ramírez al sacerdote Ernesto Cardenal- abandonaron las filas de un frente que ya era partido o, mejor dicho, un partido partido en varias partes y cuya sigla histórica era controlada por Daniel Ortega y Tomás Borge, una supuesta "línea dura" que, en rigor, era un armazón retórico para disfrazar la picaresca del rédito personal. En la cirugía estética facial de Borge se representa la transfiguración de aquel proyecto. Un remiendo imposible: el bisturí no puede ocultar lo que hay que ver.

        Ortega volvió al poder de la mano de un derechista y con una foja de servicios muy cuestionada , en la que lo público y lo privado terminaron de consolidar una manera de entender la política y la vida. De la imagen epifánica del sandinismo del 19 julio de 1979 queda muy poco o nada, si se tiene en cuenta de que son los ex "comandantes" Ortega y Bayardo Arce quienes, 30 años después, aparecen en las tribunas como albaceas de un legado demolido desde afuera y por dentro. Un 54% de los nicaraguenses son hoy pobres. Dicen que las palabras se devalúan, que pierden su sentido, que el tiempo corrige su significado. Pocas veces eso ha sido tan evidente al escuchar hablar al actual presidente nicaraguense de un pasado pisado y sin retorno, más que como estética del oportunismo.