Se fue Mercedes Sosa, y una multitud la despidió acongojada por las calles de Buenos Aires. Se han dicho muchas y merecidas cosas sobre la gran voz femenina de la Argentina, en cierto sentido equiparable a la de Carlos Gardel. La Negra tenía un gran rango dinámico y expresivo sin igual. Y una personalidad avasallante cuando empezaba a cantar. La memoria de quien escribe guarda una imagen de 1972. Aquella noche, Mercedes cantó en el Teatro Colón, en una velada dedicada al folclore y al tango. El espectáculo se transmitió por la televisión. Por el escenario desfilaron Anibal Troilo, Jaime Torres y Ariel Ramírez. Le tocó el turno a Mercedes. En la Argentina gobernaba una dictadura militar y ella dijo lo suyo con la mirada puesta al palco. Los ojos apuntando fijamente al general Alejandro Agustín Lanusse, el presidente de facto, que había decidido asistir a la función. La memoria me traiciona. Creo que la canción fue "Los hermanos", de Atahualpa Yupanqui. ¿O habría sido  "Gracias a la vida", de Violeta Parra?. Lo cierto es que Lanusse se puso de pie para aplaudirla, y la cantora le dio la espalda.

            Por esos tiempos, ya había grabado casi todos sus mejores discos, con canciones que siguen siendo verdaderas gemas. Ya entonces el sentido común indicaba que nadie podría cantar en ese nivel superlativo "Balderrama", "Juancito caminador", "Laarenosa", "Plegaria para un labrador", "Luna tucumana", "Criollita santiagueña","Canción con todos", "Alfonsin y el mar" o "Cuando tenga la tierra". Algunas de esas canciones tienen la marca de la época, su sentido de la urgencia política. Otras son atemporales y preservan su misterio.

            Mercedes Sosa se encontró por primera vez con el gran público en 1965. Por muchos año estuvo la sensación de que sus entusiastas seguidores pertenecían solamente a la clase media, la misma que había "descubierto" el folclore en los años sesenta a partir de la irrupción de una nueva camada de autores e intérpretes.  En cambio, decía, era Horacio Guarany el que ese llevaba los aplausos de los sectores más populares.  Ambos pertenecían por esos años al Partido Comunista argentino (PCA). Juntos grabaron "Si se calla el cantor". La canción era una suerte de programa político para los artistas de un país estremecido por sus luchas internas. "Que no calle el cantor porque el silencio / cobarde apaña la maldad que oprime/ No saben los cantores de agachadas/no callaran jamás de frente al crimen", dice el texto, escrito por Guarany.

            Los dos estuvieron que partir al exilio después del golpe militar de 1976. La Negra permaneció en el país hasta el verano de 1979. Y aquí entra otra vez la memoria de quien escribe. Recuerdo que se iba a presentar en Villa Gessel, un balneario bonaerense, por entonces todavía con cierto aura "hippie", junto con el bandoneonista Rodolfo Mederos. Pero el concierto fue suspendido por amenazas.

            Mercedes Sosa regresó a Buenos Aires antes de la guerra de las Malvinas. Se reencontró con su público -esa clase media que había preservado los discos como un tesoro y un testimonio de que el futuro podía ser mejor- y con una nueva generación de músicos, que provenía del rock: Charly García y León Gieco, de quienes interpretó, en primera instancia "Cuando empiece a quedar solo" y "Solo le pido a Dios".

            Argentina recuperó la democracia en diciembre de 1983 y La Negra volvió a ocupar su espacio. Su canción "¿Será posible el Sur?" sintetizó, a modo de interrogante, la esperanza de los tiempos de la transición. El país, claro, ya no era el mismo. Ella trató de adaptarse a las nuevas realidades. Ya no cantaba los temas de memoria. Los leía en un atril, y sentada. En su repertorio entró el tango y el mismo rock.

            Aquel homenaje coyuntural y justificado de 1982 se convirtió, de esta manera, en un episodio de reverencia permanente. A partir de ese momento, se transformó en una suerte de Pachamama cantora. Como dijo el crítico Diego Fiescherman, "de alguna manera, terminó quedando prisionera de su propio personaje y, también, de la progresiva pauperización del repertorio".

            Sometida al trasiego del "homenaje permanente", Mercedes cayó en una trampa comercial similar a la de los tránsitos de los "Tres tenores" por los géneros populares. Su disco con Charly García queda como documento de ese extravío recurrente. Ella cantaba con celebridades de la música .local e internacional. Lo lógico habría sido que aquellos intérpretes se acercaran reverentes al mundo sonoro y estilístico de Sosa. Sucedió siempre al revés. La atiborraron de baterías, orquestas de cuerdas e instrumentos electrónicos. Cuando retornaba a la guitarra y el bombo, a las zambas y las chacareras,  volvía a ser insuperable.

            Este cronista pudo entrevistarla en su casa. Ocurrió a fines de 1998. Había superado una difícil enfermedad que le dejaría marcas a lo largo de los próximos 11años. La recuerdo hablar pausadamente, entonar alguna canción, al paso. No quería referirse a Guarany, que se había convertido al menemismo. Seguía defendiendo su vocación de justicia social, a pesar de haber abandonado el comunismo y abrazado otra vez la religión de su infancia, la católica.

            Mercedes Sosa había llevado adelante en los sesenta y setenta un proyecto que dependía en gran parte de la completa identificación con el público. Escucharla, comprar sus discos, era, en la mayoría de los casos, compartir una visión del mundo y un ideal. A veces esa mimesis se rompía. Había gente a la que le gustaba "Alfonsina y el mar" pero no podía tolerar la arenga a favor de la reforma agraria de "Cuando tenga la tierra".

            La caída del Muro de Berlín y el ocaso de la idología que lo sustentaba la encontró en plena etapa de reacomodamiento. Ya en los noventa La Negra había dejado de pertenecer a una sola franja social o un estandarte partidario. Era la voz de toda una región. Y quedará en la memoria como una de las grandes intérpretes de siempre. Las nuevas generaciones deberán medirse con su figura tutelar.