La foto de Orlando Zapata, en la puerta de una habitante de La Habana (Cuba). AP / FRANKLIN REYES El presidente cubano Raúl Castro consideró que la muerte del preso político Orlando Zapata es consecuencia directa de la confrontación histórica con Estados Unidos. Sin rebajar la importancia del histórico diferendo, ni las consecuencias que ha provocado para los cubanos (cuya mayoría necesita de la asistencia financiera de sus familiares exiliados en Miami), atribuir el deceso del fontanero cautivo a un efecto colateral de la disputa es una explicación inconsistente y dolorosa. Entre otras cosas, porque no da cuenta de la realidad disciplinaria que se ha forjado internamente más allá del pleito bilateral.

Utilizar el embargo comercial como justificación de los dislates económicos internos (la baja productividad, el sistemático robo de los bienes estatales, llamados “faltantes”, por parte de los mismos cubanos) y, a estas alturas, las restricciones de diferente orden que enfrentan los cubanos (el uso de internet, el acceso a la información periodística, literaria, histórica, sociológica), es, por lo tanto, un bofetazo al sentido común.

Zapata era un disisente en una isla que no acepta márgenes de diferencia. Desconozco el proceso que lo llevó a la oposición, pero, a estas alturas, es un dato accesorio. El fontanero, de 43 años, quien figuraba como preso de conciencia en las listas de Amnesty Internacional, murió en prisión. Y murió de hambre, protestando por su situación. Y este no es un elemento menor. La poderosa seguridad cubana estatal y los servicios penitenciarios son fuerzas con suficiente autonomía para infligir castigos y definir albedríos. No se las puede considerar ajenas a lo que ha ocurrido. Ni se deben descartar las derivaciones racistas del hecho.

El caso Zapata ha trascendido los límites de la isla aislada y ha puesto a América Latina en un brete. El esfuerzo regional por contribuir a una transición política en La Habana, sin la intervención de EE.UU, encuentra en este desgraciado episodio una dificultad y un desafío. Ya lo sabe Luiz Inacio Lula da Silva, quien recibió la noticia del fallecimiento de Zapata en la misma Habana y tuvo que balbucear explicaciones. ¿Le resultará más fácil a Brasil desempeñarse como sutil mediador entre EE.UU e Irán que hacerlo con Cuba y la Casa Blanca?

El caso Zapata tendrá consecuencias de diferente orden. Una, previsible, es que volverá a dificultar el proceso de reinserción internacional de una isla que atraviesa enormes dificultades económicas. Pero, peor, volverá a alimentar a los grupos más duros del anticastrismo.

Por último, habrá que ver hasta que punto la muerte de Zapata incide en la silenciosa polémica en el mismo Partido Comunista. La vieja burocracia no quiere hacer concesiones y se regodea gritando la consigna de que no hay que dar pasos atrás. Raúl Castro, de otro lado, es un admirador del modelo chino. Esto quiere decir apertura de los mercados con control político. Los primeros no tienen remordimientos a la hora de imponer castigos. La lógica administrativa del modelo oriental contempla el destino fatal de los disidentes como un accidente colateral. Total, de ellos no se informa en la prensa.