Está crónica fue escrita hace 19 días en una libreta que había extraviado y creía perdida para siempre. A los efectos de recuperarla para este blog ha sido justicieramente retocada e incluida como preludio de algunas de las cosas que han sucedido en Chile tras el terremoto y la llegada al poder del multimillonario Sebastián Piñera, y que me gustaría comentar:
El cabo Osvaldo Barraza se ha adueñado de la situación en el centro histórico de Talca. Parapetado detrás de una cinta que dice “no pasar”, espera que el comienzo del toque de queda atempere los ánimos de los que aún se mueven como un enjambre inquieto. “A los de tropas especiales nos respetan más”, le dice a este cronista, y señala con la cabeza el bastón negro, la insignia de su autoridad zonal.
El presente de una parte de esta ciudad de la región del Maule ubicada unos 300 kilómetros al sur de Santiago tiene la sustancia de los escombros que se acumulan en las aceras. El ulular de las ambulancias y los camiones de bomberos recuerda que todavía se está en una situación de emergencia. “Nos anotan para la recepción de comida. Pero la gente se pelea por las raciones o se la quita al más débil por el camino”, dice Juana Burgos cuando pasa frente al Pub Nacho´s, en momentos que sus dueños se llevan la heladera que pudieron salvar. El negocio contiguo se llama Julli y era de entretenimientos. Aquí los talqueños jugaban a los videojuegos. El Ejército chileno también tiene sus juegos de ordenadores en los que se realizan simulacros de terremotos. El que opera la máquina se enfrenta con una hipótesis de desastre natural y debe resolver los dilemas que se le plantea. Pero esos programas no han servido de mucho para mitigar los efectos del 27-2. “No creo que haya sido Dios, son cosas de la naturaleza”, piensa el cabo Barraza, sobre ese sábado destructivo.
Pasan unos turistas y toman fotos. Las montañas de escombros se convierten ante el extraño en una suerte de parque temático obsceno. Las cámaras o los celulares atesoran imágenes de montañas de vidrios en la calle 3 Sur. En sus inmediaciones funcionaba el “barrio rojo” de los pobres de la conservadora Talca. Las casas de adobe se cayeron y sus habitantes han dejado en la acera sus camas, enseres y utensilios. Miguel Angel Hernández era el dueño de una posada. Se queja de que las autoridades no han asomado la cabeza en estas calles porque las consideran de perdición. “No hay baños. Las personas entran a las casas desechas a hacer sus necesidades y corren el peligro de que el techo se les caiga encima”. Hernández dice que hay dos muertos, una pareja, cuyos cuerpos todavía no han sido rescatados. Fernanda Chamorro estudia derecho y vino a la 3 Sur a traerles alimentos a los perdedores. “Harta maldad”, dice sobre lo que sucede a con esos difuntos. “Como son gays no vienen a sacarlos. Los siguen discriminando”.
Luis Alberto Campos es tasador de inmuebles y recorre esta parte de la ciudad para realizar su inventario. “Un 92% de la Talca vieja está dañada. Y ni le cuento el hospital”. Se habla de que hay unas 15.000 casas, o lo que queda de ellas, que llevan inscritas en sus fachadas una equis bien grande. Eso quiere decir inutilizables.
En la esquina de la calle 1 Sur se percibe un hedor insoportable. La gente pasa y conjetura. ¿Quién está debajo? El doctor Patricio Bustos, del Servicio Médico Legal (SML), garantizó que no habrá fosas comunes para los fallecidos que no pudieron ser identificados. Sus cuerpos se mantendrán en camiones frigoríficos por un tiempo prudencial. Y si nadie los reclama, se les tomará muestras de ADN antes de enterrarlos con pulseras en las que se detalle su perfil genético.
Hay gente que se cubre la nariz al pasar por la esquina de la calle 1 Sur. Y los que se detienen brevemente, frenados por la hediondez, quieren saber por qué los bomberos no han tomado cartas en el asunto. Un vecino dice que no tiene sentido: lo que se está pudriendo es una res. O varias. En ese lugar donde se acumulan desechos (un tejado, una cortina metálica,ladrillos) funcionaba una carnicería.
II
Talca no es Santiago, pero algo las hermana en la desgracia. La tierra no ha dejado de cimbrar después de mi viaje por el sur. La toma de posesión de Piñera queda como testimonio de esa fragilidad que no es solo telúrica. En medio de las postales de la desolación que ha dejado la catástrofe, la política la añade sus propios estremecimientos que siguen conectando un pasado atroz (la dictadura) con el presente, y permiten inferir cómo puede ser el futuro.
Piñera quiso refundar el país a imagen y semejanza. El también hizo sus proyecciones de videojuego a la hora de confeccionar su Chile venidero. El terremoto lo ha obligado a postergar sus planes. La historia ahora le asigna la posibilidad de entrar por la puerta grande como el hombre que levantó el país. Como parte de ese anhelo fue que el 11 de marzo designó al agricultor y vicepresidente de la patronal del rubro, José Miguel Stegmeier, como gobernador del Bio Bio, la región más castigada por los efectos del temblor de 8,8 grados.
¿El presidente sabía de quién se trataba?
Los medios de prensa independientes exhumaron expedientes y se supo de las relaciones de Stegmeier con las redes financieras de protección de Paul Schäfer, el ex SS nazi, pedófilo y líder hasta 2005 y desde los sesenta de un enclave alemán que colaboró con los servicios secretos de Augusto Pinochet. La llamada Colonia Dignidad (¡vaya nombre!) fue su reino y desde allí se traficaron armas, se hizo uso costumbrista de la tortura. Allí, en Dignidad, se abusaron sexualmente niños de escasos recursos con niveles de perversión que todavía erizan.
Cuando estalló el escándalo, el Gobierno se hizo el distraído. El sitio online CIPER, que dirige la prestigiosa periodista Mónica González, aportó entonces nuevas pruebas sobre la participación de Stegmeier en la red clandestina y otras sociedades que utilizó Schäfer para sacar dinero de Chile en forma ilegal.
Recién en esa instancia fue que el ministro del Interior Rodrigo Hinzpeter anuló la designación de Stegmeier. La pregunta que ha quedado flotando en Santiago es si esa fallida designación fue apenas un equívoco coyuntural o forma parte de una matriz política más inquietante.
Algunos analistas se inclinan a pensar en lo segundo. El caso Stegmeier solo se explica como un efecto de otra causa de mayor alcance: la relación entre política y negocios que ha marcado el ascenso de Piñera a la presidencia, y que se expresa de manera contundente en su equipo de Gobierno.
El equipo presidencial incluye, en su gran mayoría, a abogados e ingenieros de la Universidad Católica y con experiencia en gestión empresarial o en los principales bufetes de abogados. “Existe una amplia conciencia en el país de que las nominaciones en general en el gabinete, los altos cargos, son de una falta de diversidad social y cultural abismal”, dijo el ex senador socialista Carlos Ominami. “Son todos rubios, todos gerentes”, señaló el senador del Partido por la Democracia (PPD), Guido Girardi.
¿Son estos “rubios” y “gerentes” los apropiados para las colosales tareas que tiene por delante el país? ¿Están en condiciones de llevar adelante los proyectos que puedan financiar las tareas de poner de pie a la economía y a las ciudades destruidas? Ya se sienten en Chile las presiones de las empresas mineras para impedir un impuesto que contribuya a la reconstrucción.
III
Cuando viajaba por ese Chile desolado, se decía que era inminente la venta de todas las acciones de Piñera en la poderosa Lan Chile. El magnate empezaría la presidencia sin vestigios de su antiguo oficio. Piñera todavía no completó la venta de sus activos. Sigue siendo un empresario. El chiste que se escuchaba en Santiago en las vísperas de las elecciones terminó siendo profético. Chile tiene hoy un Estado atendido por sus propios dueños.