23 March 2010 16:05
Abel Gilbert
Ojalá que Messi nunca sea Maradona
Messi anotó ocho goles en una semana notable. Uno desearía que siempre fuera así pero el fútbol es, afortunadamente, la esencia de lo impredecible. La excepcionalidad de Messi provoca, no obstante, un acto reflejo, la necesidad de la comparación. Y la pregunta de si Messi "es", ya, Diego Maradona o ha superado su marca. A los 22 años, Messi disfruta del juego y de su presente, pero también conoce de manera precoz los efectos de laidolatría, la de Barcelona y la que, a otra velocidad, con otro estilo, más propenso a la exaltación e inmediata condena, se ha puesto en marcha en su país de origen. Ese apasionamiento encuentra en la Argentina una frontera en la figura ubicua de Maradona. Y siempre se llega al mismo lugar. Secretamente se conocen todas las respuestas posibles. La explicación, tan frecuente en Buenos Aires, de que Lio "será" Maradona solo si repite sus hazañas en un Mundial funciona, desde el vamos, como una suerte de prueba suprema, hercúlea, que encierra, al mismo tiempo, una suerte de sutil extorsión:"aquí, en esta parte del mundo austral Argentina solo te amaremos incondicionalmente en la medida que tú, Messi, nos garantices, tú solito, ¿eh,ese instante supremo de gloria que tanto esperamos. Y a partir de ese momento,es decir, cuando levantes con tus manos la copa en Sudáfrica, solo entonces, serás canonizado". Ahora bien, ¿cómo ha funcionado ese implícito contrato social con Maradona desde 1986? ¿Qué se hizo de él, con él, por él y contra él mismo? Se omitieron sus contradicciones, perdonaron o justificaron sus actos desleales, se toleraron el egocentrismo, la mentiras, la doble moral, los falsos juramentos, los excesos, públicos y privados; se aceptó como natural su ambivalencia política,un día amagando por izquierda para después encarar por derecha. Se le exigió que opinara de todo, de la economía y la inseguridad ciudadana. ¿Messi necesita ocupar ese mismo centro de la escena? Por eso, pienso, existe una posibilidad latente para la estrella del Barcelona: no "ser" Maradona, evitar sistemáticamente mirarse en ese espejo donde converge lo sublime y lo patético. Escribir, endefinitiva, como lo está haciendo, su propia historia. Olvidarlo. Olvidarse de la exigencia mediática de ser leyenda -en definitiva, una sucesión de sucesos imaginarios o maravillosos- para ser, como lo es, realidad, presente puro. ¿Será posible, por otra parte, que su fulgor adquiera con la selección argentina la potencia que irradia en Barcelona mientras el hombre a quien llaman el Diez, con mayúscula, sea su entrenador? ¿Podría Maradona aceptar un lugar en segundo plano? ¿Tendría la generosidad que muestra Messi a los 22 años?