"Sólo quiero cantar y no importa la suerte que pueda correr una canción".Alguna vez fue un chico terrible y lo bajaron de los cabellos delos escenarios ("Hace rato que vengo lidiando con gente/ que dice que yo canto cosas indecentes", comenta en esa misma canción, Debo partirme en dos). Hablo de Silvio Rodríguez, quien luego del escarmiento, a principios de los años 70, devino una suerte de voz estatal de la canción ("te doy una canción y digo Patria") , solo desplazada, un a vez extraviado el Unicornio, por el uso y el abuso de la nostalgia (Buena Vista Social Club) y la salsa dolarizada. El Silvio Rodríguez de ese lejano ayer habló otra vez asegurando, durante la presentación de su último disco, Segunda Cita, que los cubanos "están pidiendo a gritos una revisión en montones de cosas, desde conceptos hasta instituciones". Recordó en ese sentido que el reclamo de "reinventar la revolución" es tan viejo como la misma era inaugurada en 1959 pero que ha sido difícil llevarla a la práctica "porque hemos caído en la retórica o nos hemos adormecido". Quien ha despertado del sueño hace bastante tiempo es el narrador Leonardo Padura. Su última novela, El hombre queamaba a los perros, es excepcional por varias razones. Una de ellas es que aprovecha la historia del asesinato del líder bolchevique León Trotski en México, perpetrado por un agente de Stalin, en 1940, para meditar sobre el errático destino de la isla en la que se refugió ese mismo asesino, Ramón Mercader. Iván, el personaje a quien, a partir del encuentro en una playa con Mercader enla mismísima Habana sovietizada, es empujado a descubrir la historia de Trotski, un personaje ignorado por el marxismo castrista. Y cuando termina de atar todos los cabos del crimen han pasado demasiados años y se fugaron demasiadas esperanzas de redención. Es entonces que medita sobre su vida y los de su generación, que alguna vez creyó. Dice Iván:

            A estas alturas no creo que haya mucha gente que se atreva a negarme que la historia y la vida se han ensañado alevosamente con nosotros, con mi generación, y, sobre todo, con nuestros sueños y voluntades individuales, sometidas por los arreos de las decisiones inapelables. Las promesas que habían alimentado en nuestra juventud y nos llenaron de fe, romanticismo participativo y espíritu de sacrificio, se hicieron agua y sal mientras nos asediaban la pobreza, el cansancio, la confusión, las decepciones, los fracasos, las fugas y los desgarramientos. No exagero si digo que hemos atravesado casi todas las etapas posibles de la pobreza. Pero también hemos asistido a la dispersión de nuestros amigos más decididos o más desesperados, que tomaron la ruta del exilio en busca de un destino personal menos incierto, que nos siempre fue tal. Muchos de ellos sabían a qué desarraigos y riesgos de sufrir nostalgia crónica se lanzaban, a cuántos sacrificios y tensiones cotidianas se someterían, pero decidieron asumir el reto y pusieron proa  a Miami,México, París o Madrid, donde arduamente comenzaron a reconstruir sus existencias a una edad en que, por general, ya éstas suelen ser construidas.Los que por convicción, espíritu de resistencia, necesidad de pertenencia o por simple tozudez, desidia o miedo a lo desconocido optamos por quedarnos, más que reconstruir algo, nos dedicamos a esperar la llegada de tiempos mejores mientras tratábamos de poner puntales para evitar el derrumbe...Pero era evidente que estábamos hundidos en el fondo de una atrofiada escala social, donde inteligencia, decencia, conocimiento y capacidad de trabajo cedían el paso antela habilidad, la cercanía al dólar, la ubicación política, el ser hijo, sobrino primo de Alguien, el arte de resolver, inventar, medrar, escapar, fingir,robar todo lo que fuera robable. Y del cinismo, del cabrón cinismo.

 

            La novela editada recientemente por Tustquets en Barcelona tiene casi 600 páginas. Confieso que me las he devorado durante este fin de semana. Hasta dónde conozco, por mis amigos en la isla, esta novela de Padura no está editada ni lo será, al menos por mucho, muchísimo tiempo. Supongo que Silvio Rodríguez, al fin de cuentas un hombre de mundo, ya la tiene entre manos. ¿La habrá leído?