Diego Maradona se realizó hoy una pequeña cirugía facial por una mordedura de su perro. Guau: 10 puntos de sutura y sumo cuidado durante los próximos días. De inmediato, se activó en Buenos Aires la cultura de la sospecha. ¿Fue realmente un perro? ¿Una riña? ¿Otra cosa? La suspicacia es cultural. Y, muchas veces, los hechos han dado la razón. En los años noventa, Carlos Menem consideró que su conversión ideológica -el paso del populismo peronista al neoliberalismo tatcheriano-merecía dibujarse en su  cara. Entonces se sometió a una cirugía estética. Pero, claro, al aparecer en público, atribuyó los remiendos a la picadura de una aviesa avispa.

            La relación entre el cuerpo de los hombres públicos y las prótesis llegó a su delirante expresión con el ministro del Interior de Menem, José Luis Manzano. Se dijo que el ministro entró al quirófano para mejorar sus glúteos. Y  aunque ese episodio se negó una y otra vez, en la memoria colectiva quedó como una verdad irrefutable. A esas alturas, los hábitosde algunos dirigentes se parecían tanto a los de la farándula que la cirugía, más que un programa estético, devino político. La fascinación de la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner por el uso del botox se inserta en esa genealogía del forzado mejoramiento de la imagen (un acto de servicio público).

            El perro de Maradona no hizo más que recordar todo lo que se pone en juego cuando aquí se habla de cirugías.