En un principio fue el verbo, y EL habló de fútbol. Dios se le anuncia a los argentinos para contarles todo lo que hizo por su selección nacional. De las proverbiales hazañas del cielo (goles evitados) y, también, de los prodigios del hombre en la cancha que se, se pensaba, habían sido obra de El Eterno. Le dice Dios a los argentinos que otra vez confía en ellos en este Mundial, que no podía ser de otra manera porque si alguien tiene un lugar asignado en los cielos, es el equipo celeste y blanco. La publicidad de la cerveza Quilmes toca fibras profundas de esta sociedad futbolera, donde la pelota y la religión (de la pelota) confluyen en el mismo altar, un altar que no admite herejes en estas horas sagradas, horas donde todos, o casi todos, "creen" en lo único que se puede creer. La Copa Mundial es el desvelo de una nación que respira fútbol y que se siente "elegida".

            -Porque, cuántos países pueden darse el lujo de haber visto nacer a Alfredo Distéfano, Diego Maradona y Leonel Messi?

            Todos los países vibran de manera especial durante esta competencia global. Pero los argentinos están convencidos que son los más intensos a la hora de manifestar los sentimientos por una camiseta y la idolatría a sus jugadores o ex jugadores.

            La publicidad del canal deportivo TyC lleva esa presunción a niveles casi de certeza científica. En la pantalla se muestran cuatro escenas de argentinos que ponderan cómo en Estados Unidos los autos dan paso a los peatones y en Suiza se percibe la jubilación puntualmente. Luego, en un almuerzo se elogia el sistema "bicing" de Barcelona y, en un bar, la pulcritud urbana de Alemania, donde nadie osaría a arrojar un papel en la calle sin recibir la reprobación de los demás. "Europa es Europa", dice el pasajero de un taxi. "Sí, Europa es Europa pero aquí no ligamos (acertamos) ninguna", le responde el conductor. La escena se traslada luego a los países europeos. En Alemania, dos jóvenes se maravillan el apasionamiento con el que se recibe al seleccionado, arrojando al aire millones de papelitos. En Francia, envidian ese aliento constante a los jugadores, se gane o pierda, en Italia, un cocinero relata asombrado, cómo los chicos pobres aprenden el dominio del balón con una media a la que llenan de papel (!!ah, el encanto de la pobreza!!: en la pantalla se muestra un partido en una calle de tierra, los chicos juegan en una villa miseria, entre chabolas. Lo que no se muestra pero, se sabe, existe, son los narcos que los vigilan). En otro país lejano se exalta la valentía de Maradona de jugar el Mundial de 1990 con el tobillo destruido. Finalmente, en una mesa, varias personas escuchan arrobadas el relato de alguien que vino de la Argentina: "si pierden no van al cine ni al teatro". La gente llora. Es como si se le cayera el mundo. "Ellos no juegan con las piernas, juegan con el corazón", explica un francés.

            "Si se mira el aviso detenidamente, uno se da cuenta de que los extranjeros elogian solamente nuestro fútbol, mientras que las virtudes que los argentinos elogiamos de los otros son de convivencia social. El respeto por el otro (evidenciado en el tránsito), la estabilidad de las instituciones (que permite un sistema jubilatorio confiable), mayor seguridad en la vía pública y la certeza de que el espacio público pertenece a todos más que ser tierra de nadie", advirtió sobre esa publicidad el catedrático Mariano Turzi. El artículo se llama, sugestivamente, "¿Somos un equipo o somos un país?".

            Y agrega: "Es realmente admirable lo que nos pasa como comunidad durante el Mundial: un equipo, una voz, un aliento, un deseo. Tenemos que aprovechar esa fuerte energía comunitaria mundialista para encauzarla en un proyecto nacional de unidad; para pasar de un equipo a un país" .

            El Mundial es el momento de las excepcionalidades: suspende el tiempo, como el carnaval. Ya lo he dicho. Los odios políticos (que aquí son intensos por estas horas) se atenúan o pueden borrarse en el abrazo de un gol. Montescos y capuletos se unen por los mismos colores.

            Es, además, un momento de optimismo irrefrenable: aflora el pensamiento mágico. Se cree, realmente, que Dios es argentino y se llama Diego Maradona.

            Una reciente encuesta da cuenta de que casi el 50 por ciento de los argentinos confía en que la selección volverá de regreso con la Copa Mundial.

            Esa fe, alimentada por las publicidades (Claro, la empresa telefónica de Carlos Slim, se presenta como "hincha incondicional" de la selección), tiene un lógico y enorme impacto en el consumo: se estima que, al calor de los sueños de campeón, un millón de argentinos han comprado o comprarán su plasma para ver esas imágenes imborrables con la mejor definición.

            Cuando juegue Argentina no habrá clases en las escuelas.

            La ciudad estará desierta.

            En esos instantes de paroxismo, Buenos Aires parecerá una locación abandonada y silente.

            ¿Quiénes querrán recorrerla?