Europarlamentarios de extrema derecha muestran una pancarta mientras mantienen una protesta en apoyo al 'no' irlandés al Tratado de Lisboa El triunfo del "no" en el referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa muestra hasta que punto los ciudadanos se sienten alejados, desinteresados de la Unión Europea (UE) y de sus instituciones. Más allá de la pésima campaña del Gobierno irlandés a favor del "sí", el hecho de que una extraña coalición de intereses de extrema derecha y extrema izquierda con una oscura financiación pueda imponerse a la opinión defendida por la casi totalidad del arco parlamentario a favor del nuevo tratado revela una alarmante falta de sintonía de la UE con sus ciudadanos.

Si el resultado del referéndum no fuera suficiente, el último Eurobarómetro indica también una caída en picado de la confianza en tan sólo seis meses en la Comisión Europea y en las ventajas de pertenecer a la UE entre los ciudadanos de países clave para la integración europea como son Alemania y Francia.

Las razones fundamentales del alejamiento de los ciudadanos de la UE son tres: la falta de un proyecto político europeo, la falta de líderes a nivel europeo y nacional y la propia actuación de las instituciones europeas.

El proyecto de integración política europea ha quedado diluido por el acelerado proceso de ampliación de la UE y la incorporación de los países del Este, con marcados planteamientos nacionalistas y una notoria prioridad en sus lealtades hacia Estados Unidos antes que a sus socios comunitarios.

La UE, tras la creación del euro, la reunificación de Europa y el fracaso del proyecto de Constitución Europea, ha perdido el rumbo. No sabe que quiere ser y no sabe a donde quiere ir. Se ha abandonado el antiguo proyecto de integración política y no hay ningún proyecto político capaz de ilusionar a los ciudadanos, de motivarlos, de empujarlos a ir a votar a un referéndum, de interesarse por la UE.

Los dirigentes de las instituciones europeas --con la sola excepción del responsable de la política exterior, Javier Solana- carecen de una visión europea a largo plazo, carecen de talla política, de autoridad moral, de capacidad de convicción. Por ejemplo, el presidente de la Comisión Europea, el conservador portugués José Manuel Durao Barroso, fue uno de los instigadores de la funesta Guerra de Irak y fue el anfitrión de la aciaga cumbre de las Azores, aunque ahora quiera correr un tupido velo sobre su pasado. Además, las  posiciones políticas europeas de Barroso y su discurso cambia en función de qué país preside la UE. Por esa razón, se le ha definido alguna vez en la Eurocámara como un "camaleón político".

Los líderes nacionales están dominados cada vez más por sus estrechos objetivos nacionalistas a corto plazo y utilizan la UE como chivo expiatorio de todas las medidas impopulares que adoptan. Son líderes que carecen de la visión y de la valentía necesarias para formular propuestas políticas a largo plazo capaces de arrastrar al resto. Los más europeístas prefieren moderar sus discursos para no soliviantar a los países más euroescépticos en una estrategia de apaciguamiento que sólo conduce a la parálisis y al desencanto.

Las instituciones europeas -Comisión Europea, Consejo de Ministros y Parlamento Europeo- también contribuyen de forma decisiva al desencanto ciudadano con las medidas que adoptan y con su incapacidad para adoptar medidas ante problemas candentes. Un ejemplo claro de esto último fue la reciente cumbre europea de Bruselas del 19 y 20 de junio, donde los líderes a pesar de sus discursos grandielocuentes fueron incapaces de adoptar o impulsar ninguna iniciativa concreta nueva para hacer frente al problema común que más preocupa a sus ciudadanos: la escalada de los precios del petróleo y de los alimentos. La cumbre dejó en manos de cada estado la adopción de las medidas para ayudar a la población y a los sectores más afectados y solo propuso estudios, análisis o avaló medidas ya previstas.

En otros casos, las medidas que propone la Comisión Europea y que luego aprueban el Consejo de Ministros de la UE y el Parlamento Europeo son percibidas claramente como negativas por parte de la población, como la posibilidad de ampliar la jornada laboral, la ampliación de la publicidad en la televisión o las declaraciones a favor de que las compañías telefónicas puedan cobrar a los usuarios por recibir llamadas en su teléfono móvil, por citar solo unos pocos ejemplos recientes.

Ante este panorama no debe extrañar que el 46% de los ciudadanos irlandeses no acudiera a votar en el referéndum del Tratado de Lisboa porque tenía cosas más importantes que hacer, como indican los sondeos posteriores, o que la confianza en la Comisión Europea y en la UE caiga en picado entre los ciudadanos franceses, alemanes e italianos, tres de los países fundadores.