miércoles, 09 de julio de 2008 16:07
Eliseo Oliveras
Los referéndums rematan al Gobierno austriaco
El Gobierno austriaco acaba de ser la última víctima del triunfo del “no” en el referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa. El anuncio por parte del canciller austriaco, el socialista Alberd Gusebauer, de que a partir de ahora el Partido Socialista (SPO) exigirá la celebración de referéndums para ratificar futuros tratados europeos remató la agonizante coalición gubernamental con los conservadores.
El líder del Partido Popular Austriaco (OVP) y viceprimer ministro, Wilhem Molterer, calificó ese planteamiento de ruptura con la política europea tradicional del país y anunció el fin de la coalición gubernamental y la convocatoria de elecciones anticipadas para otoño. Molterer acusó a Gusebauer de caer en la tentación del populismo para compensar la pérdida de votos de los socialistas en los últimos comicios regionales.
La experiencia ha demostrado que confiar la suerte de un tratado europeo a un referéndum equivale casi a condenarlo al fracaso en muchos países de la Unión Europea (UE). No sólo los ciudadanos europeos han olvidado que la creación de la UE ha aportado el periodo de paz y prosperidad más largo que han conocido sus estados miembros, sino que se siente alejados de un proyecto político que no comprenden o que perciben de forma negativa y que sus lideres nacionales no defienden.
Los referéndums son una mala práctica política para ratificar los tratados internacionales en una democracia parlamentaria. Si la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA) se hubiera sometido a referéndum en 1951 en plena posguerra, ese embrión de la UE nunca hubiera existido y quizá las líneas militares defensivas estarían ahora de nuevo dividiendo a los países europeos. El Tratado de Roma de 1957, que creo la UE, probablemente tampoco habría sobrevivido a un referéndum. Del mismo modo, si la creación del euro se hubiera votado en referéndum, ahora tampoco existiría la moneda común europea, los tipos de interés serían el doble o el triple de altos, el petróleo costaría un 30% más y la crisis económica sería mucho más profunda.
Los 18 meses que ha durado la coalición gubernamental socialista-popular han sido una sucesión continua de enfrentamientos que han paralizado al Gobierno y que han impedido la adopción de las reformas prometidas. Por ello, la popularidad del canciller Gusebauer ha caído tan en picado, que ha sido sustituido al frente del Partido Socialista por Wermer Faymann. Éste último será quien encabezará la lista socialista en las próximas elecciones de otoño.