A pesar de las declaraciones oficiales de la OTAN, la situación en Afganistán va de mal en peor y la Alianza Atlántica camina hacia un desastre. La decisión del mando aliado el pasado 16 de julio de abandonar la base avanzada de Wanat, al este del país, muestra la gravedad de la situación militar para las fuerzas internacionales frente a la guerra de desgaste emprendida por los grupos talibanes. Al mismo tiempo, la acumulación de víctimas civiles inocentes por los bombardeos aéreos de la OTAN y de Estados Unidos está reduciendo de forma peligrosa el apoyo de la población afgana a la presencia de las fuerzas internacionales en el país.

En el puesto avanzado de Wanat, en la provincia de Kunar, perecieron el pasado 13 de julio nueve soldados norteamericanos durante un asalto talibán. Tras el repligue de las tropas internacionales, el distrito fronterizo ha vuelto a quedar en manos de los talibanes.

Las fuerzas de la OTAN y EEUU suman actualmente alrededor de 70.000 soldados, pero esto representa unos efectivos muy limitados dado la inmensidad territorial del país, con una superficie cercana a la de Francia. Como comparación, basta recordar que la fuerza de pacificación de la OTAN que se desplegó en Bosnia a finales de 1995 contaba con unos 60.000 efectivos, para un territorio 13 veces inferior al de Afganistán. 

Desde el 2005 se ha producido un grave recrudecimiento de la violencia en Afganistán, con un número creciente de bajas militares de las fuerzas aliadas y, sobre todo, de la población afgana. Frente a los 58 soldados aliados muertos en el 2004, el número de bajas aumentó a 130 en el 2005, subió a 191 en el 2006, a 232 en el 2007 y ya alcanza los 143 muertos en lo que va de año.

El número de muertos afganos ascendió a 4.400 en el 2006, de los cuales unos 1.000 eran civiles. La cifra se dobló al año siguiente con unos 2.000 civiles muertos de un total de 7.300 afganos fallecidos a causa de la violencia en el país. Este año ya se han contabilizado como mínimo 800 víctimas civiles.

La gravedad de la situación actual, con una guerra que ya dura siete años y que no tiene visos de concluir a medio plazo, es consecuencia de los errores estratégicos cometidos por Estados Unidos al principio del conflicto.

Washington rechazó en septiembre del 2001 la ayuda de la OTAN, porque quería gestionar la guerra a su manera, sin cortapisas ni controles políticos de sus aliados. EEUU, que quería evitar tener bajas en sus propias filas, envió al principio unas fuerzas militares muy escasas al territorio y delegó la responsabilidad de los combates en las milicias afganas de la Alianza del Norte.

La convicción prepotente de Washington de que unos grupos de fuerzas especiales norteamericanas y de unidades de inteligencia, con la ayuda de las milicias de la Alianza del Norte, serían suficientes para erradicar a los talibanes y capturar a sus líderes se ha demostrado fatalmente errónea.

Cuando EEUU comprobó que era incapaz de gestionar la situación en solitario, inició sus presiones diplomáticas hasta lograr que la OTAN asumiera la responsabilidad de garantizar la seguridad en la totalidad del territorio afgano. De este modo, la misión inicial de paz de la OTAN se transformó en una operación de guerra abierta en el sur y el este de Afganistán.

La corrupción e incompetencia del Gobierno de Kabul y del presidente afgano, Hamid Karzai, impide un efectivo desarrollo de Afganistán, que podría servir de muralla frente al resurgimiento talibán. A pesar de las ingentes ayudas financieras internacionales, los planes de desarrollo gubernamentales se concentran en Kabul y apenas llegan al resto del territorio, como han criticado en retiradas ocasiones España, Francia, Alemania  y otros países aliados europeos.

La táctica de la OTAN y de EEUU de bombardeos aéreos en las localidades y zonas donde sospechan que hay insurgentes desemboca en una constante sucesión de matanzas de civiles. El pasado 4 de julio un avión norteamericano mató a 15 civiles en el noreste del país. Tres días después, otro bombardeo alcanzó a una ceremonia de boda en el este, causando otros 47 muertos, la mayoría mujeres y niños. El 16 de julio, otro bombardeo aéreo mató a nueve miembros de una familia en la provincia occidental de Farah.

Las presiones de los embajadores de España, Francia y Alemania en la OTAN arrancaron el año pasado la promesa en el Consejo Atlántico de que el mando militar aliado pondría fin a esas matanzas de civiles. La realidad demuestra cada día lo contrario.

En un país donde las familias son muy extensas y priman los lazos de sangre, cada muerte civil a causa de los ataques aliados favorece que más gente esté dispuesta a ayudar a los grupos talibanes y se perciba con hostilidad a las fuerzas internacionales.

En los últimos meses además se están multiplicando los incidentes fronterizos con Pakistán, donde los ataques de la OTAN y de EEUU han causado ya incluso bajas entre los soldados del propio ejército paquistaní. El último ataque aliado sobre territorio paquistaní se produjo el pasado 16 de julio, donde la artillería y los helicópteros de la OTAN bombardearon un supuesto campamento talibán.

Una de las principales fuentes de financiación de los grupos talibanes es el opio, que se cultiva masivamente en Afganistán. La estrategia de la OTAN y las organizaciones internacionales se ha centrado hasta ahora en intentar erradicar el cultivo del opio, en un territorio donde apenas puede crecer nada más y sin ofrecer una alternativa igual de rentable a los agricultores. Esta estrategia ha demostrado hasta ahora ser un absoluto fracaso, porque cada año aumenta la superficie cultivada.

Una alternativa inteligente podría ser adquirir a los agricultores toda la producción de opio, que luego podría destruirse o venderse a la industria farmacéutica. Esto privaría a los talibanes de su fuente de ingresos y a los grupos narcotraficantes de su materia prima, pero la OTAN y las organizaciones internacionales han desestimado hasta ahora esa posibilidad por temor a las críticas conservadoras.

La OTAN concentra ahora sus esperanzas en un incremento significativo de las fuerzas militares norteamericanas en Afganistán y en un entrenamiento acelerado del ejército afgano para que asuma una responsabilidad creciente en la seguridad del territorio. Pero con un Gobierno cuya autoridad no va mucho más allá de Kabul, unos grupos insurgentes fortalecidos, unas fuerzas insuficientes de la OTAN, un desarrollo que no llega y una población víctima de los bombardeos aliados, el futuro es tan oscuro como el humo que deja tras de sí la explosión de las bombas.