martes, 22 de julio de 2008 20:38
Eliseo Oliveras
Cicatería de la UE con Serbia
La ceguera política y la cicatería se han vuelto a imponer en la Unión Europea (UE) respecto a Serbia. Dos semanas después de asumir el poder, el nuevo Gobierno proeuropeo de Belgrado ha demostrado con la detención del ex líder serbiobosnio y criminal de guerra Radovan Karadzic su determinación a integrarse en la UE.
Los ministros de Asuntos Exteriores de los Veintisiete, en lugar de recompensar ese valiente esfuerzo con un gesto que afiance entre la población serbia a ese Gobierno proeuropeo de precaria mayoría parlamentaria, han vuelto a reiterar sus viejas exigencias de detener al ex general serbiobosnio Ratko Mladic, carnicero de Srebrenica, como condición para desbloquear la aplicación inmediata de las ventajas del Acuerdo de Asociación y Estabilización firmado el 29 de abril.
La mala conciencia de Holanda, debido al requisito de la unanimidad, ha impuesto una vez más su estrecho criterio a la racionalidad más elemental en la política europea en los Balcanes. Holanda ha convertido la detención de Mladic en el eje de su política balcánica y ha arrastrado con ella a los Veintisiete, porque los soldados holandeses bajo bandera de la ONU que tenían por misión proteger Srebrenica (Bosnia) entregaron en 1995 la ciudad a Mladic, que exterminó a la población. Bélgica y Suecia la respaldan y los demás países sufren las consecuencias.
Los gestos de Serbia, como en su momento la detención del ex presidente y artífice de las guerras yugoslavas, Slobodan Milosevic, no han sido respondidos desde la UE con una decidida y generosa política de apoyo que hubiera favorecido una transición y una reforma política más acelerada del país y hubiera contribuido a una mayor estabilidad en los Balcanes.
La UE, en lugar de recordar que la entrega de Milosevic al Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia le costó la vida al primer ministro reformista serbio Zoran Djinjic, ha mantenido una política de máximas exigencias a Serbia que sólo ha alimentado a las fuerzas ultranacionalistas.
A la UE parece importarle más la detención del criminal de guerra Mladic, que de lograr tener rápidamente junto a sus fronteras una Serbia plenamente democratizada, estable y próspera, cuya propia transformación facilitaría el desmantelamiento de las redes subterráneas de la era Milosevic, que aún subsisten bajo las estructuras de la actual frágil república.
Los mismos países de la UE que ahora se muestran tan exigentes con la captura de Mladic o hasta ahora con la de Karadzic no se esforzaron en lo más mínimo para capturarlos ellos mismos cuando podían haberlo hecho: cuando desplegaron sus tropas nacionales en Bosnia a finales de 1995 en el marco de la contundente fuerza de pacificación de la OTAN, ni en los años siguientes, como denunciaron reiteradamente los fiscales del Tribunal de La Haya.
La UE además está aplicando una política de doble rasero en los Balcanes, porque exige mucho más a Serbia de lo que exigió en su momento a Croacia. La UE firmó y aplicó el Acuerdo de Asociación con Croacia, aunque el Gobierno seguía sin cooperar plenamente con el Tribunal de La Haya y no colaboraba en la detención de los criminales de guerra croatas. El ex general croata Ante Gotovina fue detenido incluso mucho después de que Croacia iniciara nada menos que las negociaciones de adhesión a la UE.
La seguridad de los ciudadanos europeos, la estabilidad de los Balcanes y el alejar definitivamente a la población serbia de los cantos de sirena de las fuerzas ultranacionalistas requiere otra política que la persistente mano vacía que la UE tiende a Belgrado.