En las últimas jornadas se ha incrementado alarmantemente la acumulación de declaraciones destructivas sobre el euro por parte de economistas, analistas y políticos norteamericanos y británicos, como si su objetivo fuera destruir la moneda europea que hace sombra al dólar como monarca absoluto de las finanzas internacionales y que ha relegado a un papel muy secundario a la libra esterlina.

Los ataques proceden precisamente de quienes criticaron desde el principio el proyecto de creación de la divisa europea por el temor a las implicaciones políticas y económicas a largo plazo que tendría consolidar un poder político autónomo económica y financieramente en el continente europeo con una moneda propia.

Son los mismos economistas y analistas que en la década de los 90 aseguraban en las tribunas de los medios de comunicación anglosajones que el euro nunca llegaría a ver la luz y que incluso en vísperas de la puesta en circulación de los billetes del euro pronosticaban toda suerte de desgracias a los países de la unión económica y monetaria, incluida la guerra.

Ahora aprovechando la crisis griega han vuelto a la carga con renovados ánimos y nuevos augurios catastrofistas para dar munición de gran calibre a los fondos especulativos que, asociados a las agencias de calificación (rating) y sus constantes degradaciones de los valores europeos, están realizando un ataque sin precedentes contra el euro y la deuda pública de sus estados miembros.

El nivel de despropósitos alcanzó su clímax el pasado 14 de mayo cuando nada menos que el consejero económico del presidente norteamericano y ex presidente del banco central de EEUU, Paul Volcker, afirmó en una conferencia en Londres que "el euro ha fracasado" y evocó la posibilidad de  "desintegración del euro", lo que acabó de hundir los mercados financieros.

Los analistas y economistas anglosajones redoblan también desde la semana pasada sus esfuerzos por sabotear el plan de rescate de Grecia e insisten una y otra vez que en Grecia no podrá devolver las ayudas ni hacer frente a los intereses de su deuda, que es precisamente la apuesta de los fondos especulativos y sus operaciones que escapan a cualquier supervisión y regulación.

Muchos de los analistas y economistas que opinan con fluidez en los medios de comunicación trabajan además en entidades financieras y bursátiles muy activas en los mercados -incluso para las firmas que aparecen como responsables de la crisis financiera que se inició en el 2007-2008--  y sus opiniones sirven para respaldar las operaciones realizadas por sus empresas en esos mercados.

Otros, por afán de protagonismo, buscan la frase más llamativa y lapidaria que les garantizará su aparición en los medios de comunicación.

Hay unos terceros, como el presidente del Deutsche Bank, Josef Ackermann, que están enzarzados en una guerra política contra el Gobierno alemán y la cancillera Ángela Merkel, porque se niega a aportar más fondos públicos para apoyar al sector financiero, y también se dedican a echar más leña al fuego.

No deja de sorprender la actitud de entidades como el Deutsche Bank, que no habrían sobrevivido a la crisis sin la generosa intervención del estado que salvó de la quiebra a los bancos más tocados del país. El Deutsche Bank además se hizo tristemente célebre el año pasado al descubrirse el sofisticado sistema de espionaje que empleaba para vigilar a los ejecutivos, empleados e incluso a los principales accionistas de la entidad.    

Hasta los economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI) parecen interesados en agravar la crisis financiera con pronósticos alarmistas de niveles de déficit público y deuda pública insostenibles para España en los próximos cinco años, sin que estén respaldados de unos datos exactos de recaudación y gasto público que se correspondan a la realidad para esos años. El objetivo del nuevo informe del FMI parece más bien un ejercicio teórico para evitar que EEUU aparezca en el 2015 como el país desarrollado con mayor nivel del déficit público.

El presidente del Banco Central Europea (BCE), Jean-Claude Trichet, asegura en una entrevista a la revista alemana Der Spiegel que no existe un ataque contra el euro, pero Trichet también negó que hubiera especulación en el mercado petrolífero cuando el precio del crudo subió vertiginosamente hasta más de 140 dólares por barril en el 2008 sin que existiera ninguna carencia de crudo, ni problemas de suministro. La realidad demostró entonces que se trataba de una burbuja especulativa, empujada por los mismos que se habían lucrado con las hipotecas basura norteamericanas (subprime), y cuando pinchó esa burbuja el precio del petróleo cayó a menos de la mitad de su máximo en un tiempo récord.