En las antípodas del soñado semestre estelar europeo, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se despidió hoy definitivamente de sus responsabilidades como gestor rotatorio de la Unión Europea (UE) con una comparecencia ante el Parlamento Europeo para hacer balance y donde recibió muchas críticas y pocos elógios.

Zapatero intentó presentar un balance más realista y modesto de su gestión, lejos de los irrealistas planteamientos que dominaron la preparación y el inicio de su mandato. Pero sólo consiguió convencer a los eurodiputados de su propio grupo socialista, mientras que los demás grupos parlamentarios criticaron abiertamente su gestión.

"Decepción", "escasos resultados", "oportunidad perdida", "falta de impulso" y "ausencia de liderazgo", fueron algunas de las críticas más repetidas. Los representantes del PP se distinguieron por proseguir en Estrasburgo su campaña de ataques destructivos a la gestión gubernamental que esperan que les allane su camino de retorno a La Moncloa y calificaron la gestión de "chapucera" y  "tristemente irrelevante" con "fracasos de gran calado", como la anunciada y nunca celebrada cumbre entre la UE y EEUU de mayo.

Zapatero presentó como los grandes éxitos del semestre español la puesta en marcha sin sobresaltos ni fisuras de los cambios institucionales del Tratado de Lisboa y los avances hacia un gobierno económico europeo, con el plan de salvamento de Grecia y la creación del mecanismo de estabilización financiera de la zona euro.

Si en el primer caso, el mérito le corresponde realmente a Zapatero, que supo renunciar a un protagonismo que ya no le correspondía; en el segundo caso, la influencia política española ha sido mucho más mitigada, ya que el peso y la dirección de las negociaciones estuvo en fundamentalmente en otras manos.

La aceleración de la reducción del déficit público, impuesta a España por sus socios comunitarios en mayo, acabó de debilitar la capacidad de influencia política del Gobierno en el seno de la UE en materia económica.

La decepción causada por el mandato español viene determinada en parte del error gubernamental de haber fijado unas expectativas excesivas de cara de gestión de la UE basadas en el antiguo tratado. Con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, las antiguas presidencias semestrales rotatorias han quedado relegadas a un más que discreto segundo plano, como ha podido comprobar dolorosamente Zapatero en su propia piel.

La UE cuenta con un presidente estable, Herman Van Rompuy, a quien corresponde no sólo la presidencia de las cumbres europeas y de la UE con los demás países, sino también la responsabilidad de impulsar las políticas europeas y el desarrollo práctico de los acuerdos de los Veintisiete. En esta línea, Van Rompuy ha desempeñado un papel clave en la definición de la Estrategia económica para el 2020 y en las negociaciones para reforzar el gobierno económico europeo, mucho mayor que Zapatero y su equipo.

Del mismo modo, el papel de España en la gestión de la crisis griega y de los ataques especulativos a la zona euro ha sido secundario, porque el protagonismo correspondió al presidente del Eurogrupo, el primer ministro luxemburgués Jean-Claude Juncker, al propio Van Rompuy y al eje franco-alemán.

La creación del cargo de 'ministro' europeo de Asuntos Exteriores, ocupado por  Catherine Ashton, ha acabado de reducir la influencia práctica de la presidencia semestral española. Y la insistencia del ministro Miguel Ángel Moratinos en impulsar estrategias fallidas, como pretender cambiar la posición común europea hacia Cuba sin que el régimen castrista cambie su actitud de pisotear los derechos humanos, no ha mejorado la situación.

Con la comparecencia ante la Eurocámara cayó definitivamente el telón del semestre europeo en el que Zapatero, prisionero de los problemas políticos y económicos nacionales, ha dejado pasar la oportunidad de demostrar en alguna tribuna mediática o universitaria que tiene una visión precisa y detallada de Europa y del camino que la UE debe seguir.