martes, 21 de septiembre de 2010 17:52
Eliseo Oliveras
Bélgica, 100 días sin Gobierno
Bélgica
cumplió hoy 100 días sin gobierno y con muchas dudas de que los partidos
flamencos y francófonos lleguen a alcanzar un compromiso sobre la reforma en
profundidad del Estado que exige Flandes, la región más rica, poblada y
dinámica del país.
El
partido independentista Nueva Alianza Flamenca (NVA), vencedor de la pasadas
elecciones en la mitad norte de Bélgica, y el Partido Socialista francófono,
que se impuso en el sur del país, aceptaron in extremis el pasado 20 de
septiembre reanudar las paralizadas negociaciones sobre la reforma del Estado,
condición previa a la formación de un nuevo Gobierno federal de coalición. Pero
nadie parece tener muchas esperanzas a esa nueva ronda de negociaciones.
Una profunda
desconfianza política se ha instalado entre los partidos flamencos y
francófonos sobre la voluntad real de unos y otros de llegar a un acuerdo. Da
la impresión que las negociaciones se reanudan una y otra vez infructuosamente
sólo por que ningún partido quiere ser señalado como el culpable de la ruptura
definitiva de las mismas.
En este
clima enrarecido, los dirigentes francófonos han comenzado a evocar
públicamente la posibilidad de una escisión de Bélgica, una tema que era
considerado tabú entre la mitad sur del país hasta ahora. Dirigentes socialistas
y democristianos francófonos han señalado en las últimas semanas que debería
comenzar a prepararse un «Plan B» para crear una eventual Federación
Bruselas-Valonia si la supervivencia de Bélgica quedara condenada.
DIVERGENCIAS
El
principal escollo de la negociación es la reforma de la ley de financiación de
las regiones, que Flandes quiere cambiar para poder recortar las transferencias
de fondos que realiza hacia la endémicamente deficitaria comunidad francófona
de Bruselas y Valonia a través del presupuesto del Estado.
La NVA
reclama que las regiones dependan más de lo que recaudan en su territorio para
financiar sus gastos. Flandes considera que debe acabarse con el actual
"federalismo del consumo", que mantiene a Valonia y Bruselas con unas
tasas de paro elevadísimas y un confortable nivel de protección social costeado
por la laboriosidad de los flamencos.
Los
partidos francófonos no pueden aceptar un cambio significativo de la ley de
financiación, porque les obligaría a recortar los gastos en educación, sanidad
pública, protección social y desempleo. Los dirigentes francófonos consideran
que la reforma de la ley será "abrir la caja de Pandora" y acusan al
norte de querer recortar la solidaridad interna norte-sur del país.
Otro de
los focos de fricción es el incremento de competencias regionales, en las que
Flandes quiere incluir, entre otros, el empleo, la protección social, la
asistencia sanitaria, la fiscalidad y la justicia. La importancia de estas
áreas hace temer a la comunidad francófona que Flandes esté preparando el
terreno para una posterior escisión de Bélgica.
Los
demás divergencias principales son el aumento de la financiación de Bruselas,
que reclaman los partidos francófonos, y la escisión del distrito electoral y
judicial que une Bruselas con su periferia flamenca (Bruselas-Halle-Vilvoorde, BHV), que exige Flandes para
consolidar la homogeneidad lingüística y la frontera política de su territorio
y que recortará los derechos lingüísticos, políticos y judiciales de los
150.000 francófonos que viven en la periferia de la capital belga.