domingo, 12 de diciembre de 2010 11:37
Eliseo Oliveras
Sacrificios y bonus en la crisis
Los directivos
del quebrado grupo Allied Irish Banks (AIB), que ha tenido que ser rescatado
con fondos públicos de momento por valor de unos 11.000 millones de euros por
parte del Gobierno irlandés, se van a repartir este año más 40 millones en
bonus, según reveló la cadena de televisión irlandesa RTE el pasado 9 de
diciembre.
El salvamento del
AIB ha sido una de las principales causas que ha disparado el déficit público
irlandés a un astronómico 32% del producto interior bruto (PIB), ha forzado a
la Unión Europea (UE) y al Fondo Monetario Internacional (FMI) a poner en
marcha un plan de rescate financiero de Irlanda con una ayuda externa de 67.500
millones y ha impuesto a la población irlandesa un draconiano plan de ajuste
con recortes del salario mínimo y de las ayudas sociales.
El comportamiento
de la dirección del banco irlandés, con ese generoso reparto de bonus entre sus
directivos responsables de la pésima situación de la entidad, consolida la
pauta internacional de injusticia que ha dominado la actual crisis financiera
iniciada en el 2008 y que condujo a Europa y EEUU a la recesión más grave desde
la Segunda Guerra Mundial: la impunidad total e incluso recompensa de los
responsables de la crisis y los enormes sacrificios que deben sufrir el resto
de sus conciudadanos para superarla.
Los directivos
bancarios, cuando han sido apartados de sus cargos, han recibido con generosas
compensaciones económicas en lugar de afrontar una persecución judicial por daños
y perjuicios por su irresponsable gestión. En los demás casos, han seguido
confortablemente en sus puestos y continúan repartiéndose generosas
bonificaciones, como si nada hubiera ocurrido. Sus conciudadanos, por el
contrario, deben afrontar el desempleo, la pérdida de poder adquisitivo y unas
condiciones de vida peores.
Esta pauta se ha
reproducido por todas partes: en Gran Bretaña, en Bélgica, en Alemania, en
todos los países donde se ha tenido que recurrir a fondos públicos para
apuntalar al sector financiero. Incluso en España, la restructuración forzada
de las cajas de ahorros tampoco ha conllevado la necesaria exigencia de
responsabilidades a los directivos que han debilitado a las entidades, sino que
por el contrario han sido estos mismos directivos quienes han pactado las
condiciones de las fusiones de las cajas a su propia medida.
El caso irlandés
es aún más grave porque la crisis financiera de Irlanda ha tenido un efecto
contagio en los mercados internacionales, que ha perjudicado en especial a
Portugal y España. Ambos países han visto notablemente encarecido el coste de
su deuda pública y que deberán pagar los ciudadanos con ajustes adicionales.
A nadie debe
extrañarle el profundo malestar que impregna al conjunto de la población
europea, que considera que los gobiernos nacionales y las instituciones
europeas no adoptaron ninguna medida para prevenir la crisis financiera que se
avecinaba y que ahora les imponen duros sacrificios sin que se persiga a
ninguno de los responsables de la crisis.