Con una Unión Europea (UE) paralizada (ya antes del no irlandés) y después de una presidencia eslovena de trámite, Nicolas Sarkozy había preparado un ambicioso programa para relanzar Europa durante los seis meses de la presidencia francesa iniciados a bombo y platillo con una torre Eiffel iluminada con los colores y las estrellas europeos. Al final de estos seis meses de apretada actividad, Sarkozy cerraría una etapa de la construcción europea al dar paso, el 1 de enero del año próximo, a una UE regida por el Tratado de Lisboa, el nuevo marco jurídico que, entre otras cosas, pone fin a las presidencias rotatorias semestrales y establece en su lugar la figura de un Presidente del Consejo elegido por dos años y medio.

Sin embargo, los hechos no respetan programas ni ambiciones. Irlanda, con su negativa a aprobar el Tratado, le ha aguado la fiesta al presidente francés. Si en un principio el resultado de aquel referéndum parecía quedar delimitado a aquel país, a medida que pasan los días aparecen otras dudas sobre el minitratado. La República Checa no esconde sus recelos y el presidente de Polonia, Lech Kaczynski, ha anunciado que no va estampar su firma, imprescindible para que la nueva normativa sea válida, pese a que el parlamento ya lo ratificó en su momento, en abril pasado.

Sarkozy había planteado la presidencia francesa de la UE como la demostración, por otra parte necesaria, de que Europa debe centrarse en los problemas concretos de los ciudadanos, en los desafíos cotidianos a los que se enfrentan diariamente los europeos. Cuatro son las prioridades sobre las que quiere centrarse el presidente francés en los próximos seis meses: medio ambiente, con la propuesta de reducir en un 20% los gases de efecto invernadero y una estrategia energética común; agricultura, con una revisión de la polémica política agraria; mayor autonomía en defensa, y un pacto europeo sobre inmigración. Un quinto objetivo es el lanzamiento de la Unión para el Mediterráneo.

El planteamiento de la presidencia francesa evitaba, por innecesarios, los temas institucionales que son precisamente los que resultan más obtusos a los ciudadanos, pero Irlanda le cambió la agenda. Contrariamente a su voluntad, a estos deberá dedicarles buena parte de su tiempo para sacar a la UE del callejón en que está metida.