"La fuerza militar no lo cura todo". La frase es de uno de los redactores del nuevo concepto estratégico de la OTAN, el diplomático alemán Hans Friedrich von Ploetz. Con ella explicaba que, según la nueva doctrina aprobada ahora en Lisboa, en los próximos diez años, la Alianza Atlántica tendrá otro enfoque, más allá del estrictamente militar. Será un enfoque que incluirá aspectos políticos y capacidades civiles para hacer frente a los desafíos a la seguridad que se ciernen sobre un mundo cada vez más imprevisible.

         La consecución de la supremacía militar sobre EEUU en la que se embarcó la Unión Soviética le llevó al desastre sin que la OTAN, el enemigo en aquellos años de guerra fría, disparara un solo tiro. La apuesta por el uso de la fuerza militar hecha por la Administración neocon de George W. Bush solo sirvió para embrutecer más si cabe a un país como Irak que ya tenía la desgracia de haber vivido bajo un brutal dictador. La voluntad de aquellos políticos ultraconservadores y belicistas de convertir la Alianza Atlántica en un gendarme global con aliados de todo el planeta, dispuesta a actuar de forma preventiva afortunadamente no ha llegado a nacer. Como tampoco la creación de un escudo antimisiles en Europa con Rusia en un inconfesado punto de mira. @

         Por el contrario, por primera vez en la historia, Rusia y la OTAN cooperarán para defenderse conjuntamente. Moscú colaborará en el futuro sistema de defensa antimisiles balísticos que debe proteger el territorio de la Alianza. No se trata de que Rusia sea un nuevo miembro de la organización de seguridad euroatlántica. De momento ambos harán un análisis conjunto de las amenazas a las que puede hacer frente este escudo que debe cubrir el espacio europeo, unas amenazas que nadie cita oficialmente, pero que tienen por nombre Irán y Corea del Norte, y otras innominadas centradas en la posibilidad de que estados gamberros o incontrolados se hagan con juguetes mortíferos de alta tecnología.

         Las relaciones entre Rusia y la OTAN tuvieron un buen comienzo en el 2002, cuando se creó un ente bilateral, pero el conflicto militar con Georgia en el 2008 las mandó al congelador del que ahora han salido. El presidente de EEUU, Barack Obama, anunció el pasado año un nuevo inicio de las relaciones de EEUU con Rusia y ahora la Alianza Atlántica se ha sumado a este cortejo de la potencia euroasiática.

         Con toda seguridad habrá muchas reticencias entres sectores militares y/o nacionalistas rusos que todavía consideran enemiga, o poco de fiar, a la OTAN, pero son muchos los puntos en que Moscú y la Alianza tienen intereses comunes como el de frenar la proliferación de armas de destrucción masiva, la lucha contra el terrorismo global, o la prevención de conflictos en las exrepúblicas soviéticas de Asia central. Otra ventaja nada desdeñable para Rusia es el compartir tecnología para la modernización de sus fuerzas armadas.

         Volviendo al principio, el poderío militar no lo cura todo, pero si Europa necesita una defensa, mejor que la OTAN y Rusia colaboren. La alternativa, que Moscú se considere amenazada y siga montada en el recelo y la sospecha, ni es buena para los rusos ni para los europeos.