En la crónica publicada por este diario sobre el entierro de las víctimas del terremoto de los Abruzos, Rossend Doménech recordaba acertadamente a un gran escritor de aquella tierra, a Ignazio Silone (1900-1978). Albert Camus lo definió como un hombre "unido radicalmente a su tierra, y sin embargo tan europeo". De esta unión tan estrecha con los Abruzos nació la obra que le dio a conocer como escritor, Fontamara, la novela con la que explicó al mundo la miseria y la explotación a la que eran sometidos los campesinos de la montañosa y entonces aislada Italia centro-meridional.
Silone sabía de aquellas miserias. Las había sufrido desde su infancia. Nacido en Pescina, en la provincia de L'Aquila tan duramente golpeada ahora por el terremoto, a los 11 años tuvo que ponerse a trabajar la tierra tras la muerte de su padre y a los 15 sobrevivió a un seísmo mucho más mortífero que el del pasado día 6, el de Avezzano, que dejó más de 20.000 muertos, entre ellos, su madre y varios familiares.
Aquella dura adolescencia le dejó bien marcado el sentido de la injusticia y a partir de los 17 años la combatió y denunció, en la prensa y con la militancia política. Vinculado primero al Partido Socialista Italiano (PSI), lo abandonó para ser uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano (PCI) en 1921. Calificado de trotskista por su actitud antiestalinista, Silone fue expulsado del partido en 1931.
Acababa de escribir Fontamara en el exilio, novela que se publicó en 1933, en Zurich, y en alemán. Pese al éxito internacional conseguido rápidamente y a sus muchas traducciones, la primera edición en Italia no llegó hasta 1949. Fontamara es novela social en estado puro. Sus protagonistas no son el proletariado urbano, son los parias del campo, en una tradición literaria de la época que también alimentó aquí Ramón J. Sender con Siete domingos rojos (1932), Casas Viejas (1933), Viaje a la aldea del crimen (1934) o la posterior Réquiem por un campesino español (1960) sobre la guerra civil en una aldea, o César Arconada con Reparto de tierras (1934).
En Fontamara, por boca de uno de los personajes, Silone describe la jerarquía social imperante en aquella tierra de los Apeninos:
"Por encima de todos está Dios, señor del cielo. Esto lo sabe todo el mundo.
"Luego viene el príncipe Torlonia, señor de la tierra.
"Luego vienen los guardias del príncipe.
"Luego vienen los perros de los guardias del príncipe.
"Luego, nada.
"Luego, todavía nada.
"Luego, todavía nada.
"Luego vienen los payeses.
"Y se puede decir que aquí se acaba."
La novela cuenta la rebelión de los campesinos de un pueblo, contra los propietarios de la tierra cuando éstos quieren desviar un cauce de agua en beneficio propio. Silone quería romper el círculo cerrado en el que vivían aquellas gentes en un mundo donde "las injusticias más crueles eran tan antiguas que habían adquirido la misma naturaleza de la lluvia, del viento o de la nieve", escribía el propio autor en la introducción. Aquel círculo estaba hecho de sembrar, sulfatar, segar y vendimiar, "¿Y después?", se preguntaba Silone. "Vuelta a empezar".
Aquella literatura social y de denuncia con voluntad reformadora de los años 30 tiene hoy poco predicamento. Y Silone es un autor italiano ni muy publicado ni muy leído entre nosotros. El terremoto de los Abruzos es una buena excusa para leer o releer a Silone y conocer, más allá de las imágenes que nos ofrece diariamente la televisión, un poco mejor aquella tierra históricamente castigada por la codicia de los hombres y los movimientos telúricos de su suelo.
Hay una edición en catalán de Fontamara publicada por Edicions del 1984 en el 2006.